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La puerta de la morada
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'Harás para la puerta del tabernáculo una cortina de azul, púrpura, carmesí y lino torcido, obra de recamador. Y harás para la cortina cinco columnas de madera de acacia, las cuales cubrirás de oro, con sus capiteles de oro; y fundirás cinco basas de bronce para ellas.' (Éxodo 26:36-37)

Una gran diferencia entre esta puerta y la puerta del atrio es que por la primera podía pasar cualquier israelita, mientras que por esta segunda solo podían hacerlo los sacerdotes. De forma que es fácil ver que a medida que nos adentramos se reducen cada vez más el tipo de personas que pueden acercarse a Dios, hasta el punto de que llegará un momento en el que nadie, sino solo el sumo sacerdote, podrá penetrar en el recinto más interior. Esta reducción progresiva será evidente también en el templo, donde el atrio de los gentiles era el recinto más alejado, al que le seguía el atrio de las mujeres, después el de Israel, reservado a los varones, para finalmente entrar en el recinto sacerdotal.

Como el sistema del Antiguo Testamento era representativo, esto es, el sacerdote representaba al pueblo y en la persona del sacerdote el pueblo entraba en la presencia de Dios, aunque nadie que no fuera sacerdote jamás entrara personalmente. Entraba representado por el sacerdote, pero nunca personalmente. Sin embargo, el sistema del Nuevo Testamento comparte la representatividad del Antiguo, en el sentido de que Jesucristo es nuestro representante ante el Padre, tal como vemos en Hebreos 9:24 cuando dice que Cristo se presentó 'por nosotros ante Dios', pero por otro lado tiene la característica de ser un sistema personal; esto es, cada creyente es un sacerdote y tiene acceso directo a Dios. El fin del sistema representativo del Antiguo Testamento ya está anunciado en el Antiguo Testamento mismo, como vemos en Jeremías 31:34 al decir: 'Y no enseñará más ninguno a su prójimo, ni ninguno a su hermano, diciendo: Conoce al Señor; porque todos me conocerán, desde el más pequeño de ellos hasta el más grande, dice el Señor.' Pero la abolición del sistema representativo no sucede por la abolición del sacerdocio sino por su extensión a todo el pueblo de Dios. Es decir, mientras que en la antigua dispensación los sacerdotes eran de un clan particular, en la nueva dispensación el sacerdocio es patrimonio común de todo el pueblo.

Para ser sacerdote en el Antiguo Testamento había dos requisitos:

  • Ser del linaje de Aarón (Éxodo 28:1).
  • Haber sido consagrado mediante el rociamiento de la sangre del carnero de consagración (Levítico 8:24) y la unción con el aceite santo (Levítico 8:30).

Ahora bien, en el Nuevo Testamento todo creyente es sacerdote en virtud del nuevo nacimiento, por el que ha sido hecho linaje de Cristo, habiendo sido rociado con su sangre y ungido con el Espíritu Santo, de forma que se le denomina sacerdocio santo (1 Pedro 2:5), real sacerdocio (1 Pedro 2:9) y sacerdotes (Apocalipsis 1:6). Es decir, estamos aquí ante una clase de sacerdocio superior al del Antiguo Testamento que descansaba en símbolos y figuras, mientras que el del Nuevo descansa en la realidad.

Según fue pasando el tiempo y multiplicándose la descendencia sacerdotal, se hizo evidente la necesidad de organizar el ministerio sacerdotal, dado que era imposible que todos los sacerdotes pudieran estar en un recinto reducido realizando las mismas funciones a la vez. De ahí que David los organizara en veinticuatro turnos de acuerdo a las casas paternas, según se especifica en 1 Crónicas 24, estando resumida toda esa organización en 24:19 al decir: 'Estos fueron distribuidos para su ministerio, para que entrasen en la casa de Jehová, según les fue ordenado por Aarón su padre, de la manera que le había mandado el Señor el Dios de Israel.' Posteriormente y con el subsiguiente crecimiento numérico de las familias sacerdotales, hubo que echar a suertes dentro de esos turnos para limitar el número de sacerdotes que pudieran ministrar en el santuario. Por eso cuando Zacarías, el padre de Juan el Bautista, recibe el anuncio de que va a ser padre, lo recibe en el santuario porque le había tocado en suerte entrar en el mismo (Lucas 1:8-9). Por lo tanto, había turnos según el orden de las familias y dentro de esos turnos había suertes para determinar a quién le tocaría entrar. Todo esto quiere decir que aunque alguien fuera sacerdote, su ministerio podía quedar reducido a un pequeño margen de maniobra por la abundancia numérica de sacerdotes y la restricción física del santuario.

Ninguno de estos inconvenientes ensombrecen el sacerdocio del Nuevo Testamento, donde podemos entrar en cualquier momento en la presencia de Dios sin necesidad de turnos ni suertes.

Se ha comentado que dada la riqueza material que contenía la morada, resulta sorprendente que toda la defensa que había para protegerla consistiera de una cortina que fácilmente podía ser traspasada. Matthew Henry en su comentario a este texto alega dos razones para ello:

  • Que de esta manera los sacerdotes y levitas estaban obligados a mantener una estricta vigilancia sobre ello.
  • Que Dios muestra su cuidado sobre su pueblo, que es fácilmente vulnerable y está continuamente expuesto al peligro, no mediante métodos humanos fuertes, como puertas de bronce y barras de hierro, sino mediante algo tan liviano como una simple cortina de tela.

La cortina de la puerta de la morada estaba hecha de los mismos tejidos que la cortina de la puerta del atrio: azul, púrpura, carmesí y lino torcido. Esta cortina representa a Cristo, a través del cual ministramos como sacerdotes a Dios, tal como se nos dice en 1 Pedro 2:5.

Los colores azul y púrpura se obtenían de las secreciones de ciertos moluscos abundantes en el Mediterráneo oriental, especialmente en las costas de Sidón y Tiro. A causa de la importancia de estos teñidos la región adquirió gran prosperidad, lo cual se refleja en el nombre de Canaán, palabra hurrita que significa 'país de la púrpura', siendo Fenicia la palabra griega que tiene el mismo significado. El color carmesí procedía de las hembras de ciertos insectos, siendo este tinte altamente apreciado. El lino fino era de Egipto, formando parte de los dones que los egipcios dieron a los israelitas al salir del país (Éxodo 12:35).

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