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La puerta de entrada
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'Y para la puerta del atrio habrá una cortina de veinte codos, de azul, púrpura y carmesí, y lino torcido, de obra de recamador; sus columnas cuatro, con sus cuatro basas.' (Éxodo 27:16)

Que el atrio tuviera una puerta pudiera parecer algo corriente, sin mayor importancia. Pero el hecho es que la existencia de tal puerta pone de manifiesto que la morada de Dios entre su pueblo no es un recinto estanco. En otras palabras, que Dios es accesible o, mejor dicho, que se hace accesible, al mandar hacer una puerta de entrada al atrio. Que hubiera una sola puerta también es indicativo de que solamente hay una vía de acceso a Dios.

Esa puerta representa a Cristo, de quien se dice que '...por medio de él los unos y los otros tenemos entrada por un mismo Espíritu al Padre.' (Efesios 2:18). En un contexto de casa y habitación, el apóstol Pablo designa a Cristo como el acceso a Dios. No solo para los judíos sino también para los gentiles. Es decir, no hay dos vías distintas por las que nos allegamos a Dios dependiendo de nuestro trasfondo, sino que independientemente de nuestra pertenencia a tal o cual pueblo, o a tal o cual creencia, todos hemos de acercarnos a Dios por medio de Cristo. Esta verdad es preciso retenerla en los días que vivimos, cuando se pretende introducir la validez de otras puertas alternativas.

Los materiales con los que estaba hecha la cortina que tapaba la puerta eran cuatro: azul, púrpura, carmesí y lino torcido. Estos van a ser los mismos que volverán a estar presentes en la puerta de la morada y también en el velo que separaba el lugar santo del lugar santísimo. Eran materiales costosos, primorosamente hechos, que publican el valor regio del que mora en esa estancia. Belleza, ornamentación y colorido, que hablan de un acceso precioso e ilustre.

A esa puerta es adonde debían ser traídas las ofrendas que iban a ser presentadas. Seguramente allí, antes de pasar al atrio donde estaba el altar de bronce, la ofrenda sería examinada para ver si cumplía con los requisitos ceremoniales exigidos. Tras lo cual se le franqueaba el paso a la persona y su ofrenda. Un recordatorio perpetuo para que nos detengamos antes de presentarnos ante Dios, no sea que vengamos de cualquier manera, mediante una ofrenda que no está en consonancia con lo que él es digno de recibir.

La puerta del atrio siempre se orientaba hacia el oriente, lugar por donde sale el sol.

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