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 El tabernáculo

El tabernáculo ha sido capaz de atraer la atención de muchos autores y estudiosos que, a lo largo del tiempo, han sido cautivados por las profundas enseñanzas que contiene. En español existen algunos títulos dedicados exclusivamente a este tema, que están disponibles en las librerías cristianas. Seguramente nuevos títulos se añadirán con el paso del tiempo, dada la riqueza inagotable que el tabernáculo tiene.

Pero al comenzar a leer los textos bíblicos que tratan sobre el tabernáculo hay dos peligros, al menos, que nos acechan. El primero es el del aburrimiento. Su descripción ocupa bastantes capítulos de los libros de Éxodo, Levítico, Números y algunos de Deuteronomio. Lamentablemente, la experiencia de muchos lectores ha sido abandonar tales textos, ante el estilo prolijo y minucioso con el que están redactados. Algunos de esos pasajes nos resultan distantes, al no existir más las ceremonias y sacrificios que describen. Nos llaman más la atención los relatos de acción, con personajes y trama argumental. Sin embargo, no tenemos que ceder a esa tentación, porque de lo contrario nos quedaremos sin entender verdades fundamentales que pertenecen a un asunto del más alto nivel: nuestra salvación.

El otro peligro es el de la espiritualización exagerada, que consiste en ver, o pretender ver, en cada detalle del tabernáculo una verdad, que no siempre está contrastada ni respaldada por el conjunto de la enseñanza bíblica. Una espiritualización que a veces procede más del deseo del promotor de la idea, que de una equilibrada y sana interpretación. Es sabido que uno de los métodos más antiguos de interpretación de la Biblia es la alegoría. Ciertamente hay lugar para la alegoría en la Escritura, pero no hasta el extremo al que algunos han querido llevarla. De ser así, creeremos haber encontrado en las campanillas que estaban en el borde inferior del manto del sumo sacerdote, la clave para entender los más altos misterios de la Escritura. Claro que no faltará quien lo interprete todo en clave pseudo-científica moderna y pretenda ver en los querubines del propiciatorio un condensador (¡?), cuya descarga eléctrica producía la chispa que a Moisés le parecía ser la presencia de Dios.

Si salvamos estos escollos, aburrimiento y espiritualización exagerada (aparte de lo descabellado), seguramente el estudio y meditación del tabernáculo nos proporcionará ricas bendiciones.

Wenceslao Calvo

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