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Introducción al Tabernáculo

‘El Señor habló a Moisés, diciendo: Di a los hijos de Israel que tomen para mí ofrenda; de todo varón que la diere de su voluntad, de corazón, tomaréis mi ofrenda. Esta es la ofrenda que tomaréis de ellos: oro, plata, cobre, azul, púrpura, carmesí, lino fino, pelo de cabras, pieles de carneros teñidas de rojo, pieles de tejones, madera de acacia, aceite para el alumbrado, especias para el aceite de la unción y para el incienso aromático, piedras de ónice, y piedras de engaste para el efod y para el pectoral. Y harán un santuario para mí, y habitaré en medio de ellos. Conforme a todo lo que yo te muestre, el diseño del tabernáculo, y el diseño de todos sus utensilios, así lo haréis.’ (Éxodo 25:1-9)

Su importancia

Al leer los textos de Éxodo, Levítico y Números donde se menciona al Tabernáculo o las disposiciones que le acompañaban, nos puede surgir inmediatamente la pregunta: ¿Qué tiene que decirnos a nosotros, hombres y mujeres del siglo XXI, este objeto de hace 3.500 años y de cuyos restos no queda absolutamente nada? ¿Será pertinente para nosotros? ¿Acaso no ha abolido Cristo todas las ceremonias y símbolos procedentes del Antiguo Testamento?

Para responder a esas preguntas nada mejor que estudiar esos textos; al hacerlo descubriremos que el significado del Tabernáculo es primordial por las siguientes razones:

1.Nos enseña el camino para acercarnos a Dios, no de acuerdo a nuestros criterios sino según el criterio de Dios.

2.Es figura de Cristo, tanto en su persona como en su obra.

3.Contiene lecciones espirituales válidas para siempre.


Su iniciativa

‘El Señor habló…’ (v.1)

El tabernáculo no es una idea humana, fruto de la imaginación o deseo de Moisés ni de alguien de Israel. No fue una imitación de lo que ellos hubieron conocido durante su estancia en Egipto. Es algo que surge de la mente y el corazón de Dios, quien da las instrucciones pertinentes para su construcción.


Su propósito

‘Y habitaré en medio de ellos…’ (v.8)

Es fácil definir cuál es el gran propósito del tabernáculo, porque Dios mismo lo especifica: su intención de habitar en medio de su pueblo. Esta idea no es algo que surge en ese instante de la historia del pueblo de Dios sino que es algo que ya viene de muy atrás.

Pero para captar la magnitud de ese propósito es preciso tener en cuenta la grandeza, majestad y trascendencia del que quiere habitar en medio nuestro. Solamente entonces podremos valorar en su debida profundidad ese hecho. Esas cualidades podemos apreciarlas unos versículos antes, en Éxodo 24:15-18, donde la gloria de Dios se manifiesta, si bien velada por una nube que la oculta al ojo carnal. Ese ojo solo puede captar la apariencia de esa gloria, la cual se manifiesta en forma de fuego abrasador. Aquel que unos momentos antes había prescrito que nadie se acercara al monte so pena de perecer (Éxodo 19:12), es el mismo que ahora procede a dar las instrucciones precisas para que se construya un tabernáculo.

Este propósito es una constante a través de toda la Escritura. Ya desde el principio podemos ver a Dios paseándose en el huerto en compañía del ser humano (Génesis 3:8). Esa escena respira familiaridad y cercanía, denotando cómo Dios se hace accesible a nosotros. También le hallamos visitando a Abraham en Mamre (Génesis 18:1), en otra escena donde todo el marco está puesto en la intimidad de una comida. Luego tenemos en 1 Reyes 6:13 las palabras de Dios a Salomón, referentes a su intención de morar en aquella casa que él había construido. Es significativo que Dios se refiera al templo como ‘casa’, lo que habla de familiaridad y cercanía.

Después vemos en el templo futuro que contempla Ezequiel la misma intención de Dios (Ezequiel 43:7,9). Igualmente en Zacarías 2:10-11 Dios anuncia que va a morar en Sion. Obsérvese el nombre de Dios al acabar el libro de Ezequiel (Ezequiel 48:35), en contraste con la movilidad en otras partes del libro.

Al entrar en el Nuevo Testamento, la intención de Dios no cambia. Jesús es Emmanuel, esto es, Dios con nosotros. No hay mejor manera de concretar esa intención de Dios que mediante el hecho de la Encarnación, es decir, que Dios asume una naturaleza humana con la cual va a quedar permanentemente unido. No se puede dar una cercanía mayor, porque se trata de una unión y una unión no temporal sino perpetua. Es interesante que el apóstol Juan para describir ese hecho dice que el Verbo puso su tabernáculo entre nosotros (Juan 1:14).

Finalmente, la Iglesia es descrita en términos de un edificio en el que Dios habita (Efesios 2:20-22), siendo el mismo creyente  templo del Espíritu Santo (1 Corintios 6:19).

La visión final del libro de Apocalipsis es la de la Nueva Jerusalén, donde se nos presenta a Dios morando con los hombres. Es una ciudad donde Dios y el hombre conviven (Apocalipsis 21:3) y donde no hay necesidad de símbolos ni figuras, porque allí está la realidad: la propia presencia de Dios entre su pueblo.


Su nota característica

‘Y harán un santuario para mí…’ (v.8)

Al lugar donde Dios va a morar entre su pueblo se le denomina santuario. Es muy importante ese calificativo, porque después de haber visto que el propósito de Dios es habitar en medio de su pueblo y que a esa morada incluso se le denomina casa, aquí descubrimos que la tal casa no es una común o corriente sino que tiene una peculiaridad distintiva que la hace diferente: se trata de un santuario, es decir de un recinto santo.

Pero ¿qué es lo que determina que tenga esa peculiaridad? Solamente hay una respuesta a esa cuestión: la morada es santa porque el que la habita es Santo.

Esa santidad va a determinar todo lo que allí se haga, de forma que utensilios y personas han de ser previamente santificados para estar acorde con la naturaleza de la casa.

Esta exigencia de santidad se aprecia en el hecho de que cualquier israelita que estuviera contaminado era echado fuera del campamento (Levítico 13:46; Números 5:2-3). De una forma absoluta se aprecia en el incidente del becerro de oro, tras el cual, como todo el pueblo había pecado, Moisés sacó el tabernáculo fuera del campamento (Éxodo 33:7).


Sus ministros.

'Harás llegar delante de ti a Aaarón tu hermano, y a sus hijos consigo... para que sena mis sacerdotes.' (28:1)

¿Quién podía ministrar en ese recinto santo donde estaba la presencia de Dios? ¿Quién tenía la competencia moral necesaria para hacerlo? Es evidente que nadie. Sin embargo, Dios llama a quienes desea que lo hagan y también los inviste para que puedan estar a la altura de la elevada función. Y así es como en los capítulos 28 y 29 se nombra a los escogidos para desempeñar el cargo del sacerdocio, se manda elaborar sus vestiduras especiales y se efectúa una ceremonia de consagración, en la que el aceite de la unción (29:7) y la sangre expiatoria (29:20-21) les capacitan. Lo que es imposible humanamente Dios lo hace posible.


Sus artífices

‘Yo he llamado… y lo he llenado…’ (31:1-6)

‘Habló él Señor a Moisés, diciendo: Mira, yo he llamado por nombre a Bezaleel hijo de Uri, hijo de Hur, de la tribu de Judá; y lo he llenado del Espíritu de Dios, en sabiduría y en inteligencia, en ciencia y en todo arte, para inventar diseños, para trabajar en oro, en plata y en bronce, y en artificio de piedras para engastarlas, y en artificio de madera; para trabajar en toda clase de labor. Y he aquí que yo he puesto con él a Aholiab hijo de Ahisamac, de la tribu de Dan; y he puesto sabiduría en el ánimo de todo sabio de corazón, para que hagan todo lo que te he mandado...’
(Éxodo 31:1-6)

Para la realización de todo el trabajo que la construcción del tabernáculo requería era preciso el concurso de personas sabias y capacitadas.

Hay dos palabras que destacan en el texto superior: llamar y llenar.

Para la obra del tabernáculo Dios llamó a Bezaleel para tal menester. Él era ya un hombre con dotes naturales para hacer ese tipo de tarea, pero hubo de ser llamado por Dios para tal papel. Esto es algo que de nuevo pone las cosas en su sitio, porque enseña que la obra de Dios se va a realizar a través de instrumentos que Dios ha llamado y escogido.

La otra cuestión a tener en cuenta es que Dios lo llenó del Espíritu Santo para dicha obra. Esto nos enseña que la capacitación de los que allí trabajaron fue obra de Dios también. La plenitud del Espíritu Santo es condición indispensable para que pueda haber iniciativas humanas que tengan el sello divino.

Otra lección muy importante es que el Espíritu de Dios es la fuente de lo estéticamente bello y hermoso. El santuario debía ser un reflejo de la hermosura y belleza de Dios, por lo cual la expresión artística que allí se mostrara debía estar acorde con esos cánones de sabiduría e inteligencia.

Aparte de los principales artífices, Bezaleel y Aholiab, hubo otras personas anónimas que también trabajaron en el proyecto, tal como vemos en los hombres y mujeres sabias de corazón descritas en Éxodo 35:35, 36:1-2.

Bezaleel y sus ayudantes trabajaron de acuerdo a las instrucciones de Dios. Si en los capítulos 25 al 30 se describe la obra que hay que realizar, en los que van del 36 al 39 se detalla cómo fueron haciendo exactamente lo que Dios había mostrado. Ambas secciones parecen duplicadas y hasta alguien podría pensar que son un desperdicio de relato repetitivo, pero en realidad son la demostración de que estamos ante unos siervos fieles que hicieron las cosas no según innovaciones personales sino según la voluntad de Dios. Por otro lado fueron siervos honrados. Hay que tener en cuenta el valor y cantidad de los materiales usados, lo que era una tentación para apropiarse de algo. Pero había una serie de resortes que garantizaban la transparencia de las cuentas: no había una sola persona al tanto de ellas sino varias (Éxodo 38:21) y había una contabilidad registrada (Éxodo 38:24-31). Todo un ejemplo para nosotros hoy en día.


El origen de los materiales

‘Que tomen para mí ofrenda… de su voluntad… de corazón…’ (v.2)

‘Y Jehová dio gracia… y les dieron cuanto pedían.’ (Éxodo 12:36)

Cuando nos preguntamos por el origen de las materias primas empleadas en la construcción del tabernáculo, nos damos cuenta de que todas ellas fueron ofrendas voluntarias del pueblo de Dios. Nótese las expresiones ‘de su voluntad’, y ‘de corazón’ que hablan de forma elocuente de la espontaneidad y generosidad del pueblo (Éxodo 35:20-29). No hubo nada compulsivo ni forzado.

Los donantes fueron tanto hombres como mujeres, tanto gente del pueblo como personas de relieve (Éxodo 35.5; 36:5).

Por lo tanto, al ver el origen de los materiales podríamos llegar fácilmente a la siguiente conclusión: el tabernáculo fue posible gracias a la generosidad del pueblo.

Pero eso es solo una parte de la verdad, porque ¿cómo es posible que un pueblo que había sido esclavo por generaciones tuviera tanta riqueza? ¿de dónde sacaron el oro, la plata, el bronce y todas las demás costosas materias?

La respuesta está en Éxodo 3:21-22; 12:35-36, donde vemos que los egipcios le dieron a Israel tales materiales cuando salieron de Egipto. Y ello fue posible porque Dios movió el corazón de los egipcios para que los israelitas no se fueran con las manos vacías. Por lo tanto, todo lo que ellos tenían era un don de la gracia de Dios.

Y aquí es donde llegamos a una importante conclusión: ellos dieron para Dios simplemente de lo que Dios les había otorgado previamente. Así pues, bien podemos decir que el origen de los materiales para la casa de Dios, fue Dios mismo.  


Su posición

‘Los hijos de Israel acamparán… alrededor del tabernáculo.’ (Números 2:2)

El tabernáculo ocupaba la posición central del campamento, estando todas las tribus alojadas alrededor del mismo (Números 2).

Es importante darse cuenta de este detalle, porque indica que la presencia de Dios era el eje alrededor del cual giraba la vida del pueblo de Dios.

El tabernáculo no estaba arrinconado en una esquina del campamento, sino que lo presidía. O en otros términos, el que habitaba en el tabernáculo era el Señor de su pueblo.

En los tiempos que vivimos, cuando el secularismo quiere que confinemos nuestra fe al rincón privado de nuestra conciencia, sin que tenga repercusión en la vida pública, o que hagamos un tabique de separación entre lo privado y lo público, es importante tener en cuenta la gran lección que nos da el hecho de la posición geográfica del tabernáculo, dominando todos los aspectos de la vida: los privados y los públicos, los sociales, los familiares y los personales.

Del diagrama de la izquierda se pueden extraer algunas lecciones importantes:

  • La primera es que la imagen que asociamos, tal vez por la influencia del cine, de Israel en el desierto como de una muchedumbre amorfa es equivocada. Una nube polvorienta que envuelve a una masa de seres humanos y animales vagando por el desierto, podrá estar acorde con nuestra imaginación, pero desde luego está en las antípodas de lo que Dios ordenó.

 

  • Israel marcha por el desierto según las pautas de un ejército organizado y disciplinado. Es decir, estamos ante una imagen castrense y militar, lo cual es necesario en vista de que la meta es la conquista de un territorio plagado de fuerzas enemigas. La etapa del desierto es, pues, una preparación o adiestramiento para lo que se avecina: la guerra.

 

  • Sería impensable que de la noche a la mañana un pueblo desacostumbrado a moverse de acuerdo a pautas militares lo hiciera. Por eso, ya en el desierto, ellos tienen que funcionar de acuerdo a las mismas, para que cuando llegue la hora de la batalla estén preparados.


Su inauguración

'En el primer día del mes primero harás levantar el tabernáculo, el tabernáculo de reunión.' (Éxodo 40:2)

Es importante constatar la fecha en la que el tabernáculo fue erigido, consagrado y puesto en funcionamiento: el primer día del año. No puede ser una fecha al azar sino que el significado es bien preciso, pues significa un comienzo nuevo en el tiempo, es decir, una etapa nueva para el pueblo de Dios. Si el tabernáculo es su eje geográfico y espiritual, es también lo que marca una nueva andadura.


Su plenitud

'Entonces una nube cubrió el tabernáculo de reunión, y la gloria del Señor llenó el tabernáculo' (Éxodo 40:34)

No había cabida para otra presencia que pudiera rellenar algún hueco, dado que la sola presencia de Dios invadía plenamente el recinto. La toma de posesión de su morada fue total, no habiendo nadie equiparable a Dios que pudiera compartir su gloria.

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