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La fuente de bronce
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'Habló más el Señor a Moisés, diciendo: Harás también una fuente de bronce, con su base de bronce, para lavar; y la colocarás entre el tabernáculo de reunión y el altar, y pondrás en ella agua. Y de ella se lavarán Aarón y sus hijos las manos y los pies. Cuando entren en el tabernáculo de reunión, se lavarán con agua, para que no mueran; y cuando se acerquen al altar para ministrar, para quemar la ofrenda encendida para el Señor, se lavarán las manos y los pies, para que no mueran. Y lo tendrán por estatuto perpetuo él y su descendencia por sus generaciones.' (Éxodo 30:17-21)

La fuente estaba colocada en el atrio, entre el altar de bronce y la morada. Su origen se encuentra en la donación que hicieron las mujeres que velaban a la puerta del tabernáculo, tal como se nos dice en Éxodo 38:8. Dichas mujeres donaron sus espejos, que eran de bronce, para que fueran fundidos a fin de que la fuente se hiciera. Hay que recordar que los espejos de aquel tiempo no eran como los nuestros, ya que los espejos de vidrio no existían en aquel entonces. Los pueblos antiguos tuvieron que recurrir a metales pulidos (bronce, plata, etc.), para producir reflexión, lo cual explica el comentario que el apóstol Pablo hace en 1ª Corintios 13:12 'Ahora vemos por espejo, oscuramente...', al comparar nuestro conocimiento espiritual aquí abajo, que es parcial como la imagen que reflejaban los espejos de su tiempo, con el que tendremos cuando estemos cara a cara con Dios, cuando conoceremos con total claridad. No deja de ser hermoso pensar que aquellas mujeres piadosas se desprendieron de un objeto muy cercano a su feminidad para dedicarlo a la obra de Dios.

Esta fuente contenía agua, siendo por tanto una provisión para lavarse. Es decir, tenemos aquí un gran espejo, hecho de multitud de ellos más pequeños, lleno de agua, lo que aumenta su capacidad de reflexión. De manera que la fuente tiene dos grandes propósitos: reflejar la imagen y proporcionar limpieza. En ese sentido, esta fuente nos recuerda lo que la Palabra de Dios es y hace: es un espejo fiel que nos muestra nuestra verdadera condición y, al mismo tiempo, es el remedio para limpiarnos de las suciedades adquiridas.

La primera función de la Palabra es enseñarnos cómo estamos, de ahí que en Romanos 7:7 el apóstol Pablo haga referencia a esa tarea de la ley de Dios: '¿Qué diremos, pues? ¿La ley es pecado? En ninguna manera. Pero yo no conocí el pecado sino por la ley; porque tampoco conociera la codicia, si la ley no dijera: No codiciarás.' La ley, pues, es ese gran espejo, sin el cual creeríamos ser santos y justos, cuando en verdad estamos en las antípodas de la santidad y la justicia. El hecho de que fuera de bronce vuelve a mostrarnos lo apropiado que es equiparar ese metal con el juicio sobre el pecado. En efecto, el gran espejo nos ayuda a juzgarnos a nosotros mismos de una manera verídica, conforme a como Dios nos ve. Pero la Palabra tiene otra función añadida a ésa, y es la de ser el lavacro donde limpiarnos de la suciedad adquirida. Jesús así lo dice: 'Ya vosotros estáis limpios por la palabra que os he hablado.' (Juan 15:3).

El uso de esta fuente estaba reservado para los sacerdotes, quienes en el ejercicio de su ministerio eran proclives a ensuciarse. Tengamos en cuenta su contacto con el altar de bronce, donde la leña, las cenizas, el humo, los animales, etc. eran causas permanentes de suciedad. Ese uso no era opcional sino obligatorio. Es decir, no se trataba de algo dejado al criterio del sacerdote sino algo por lo que tenía que pasar para ministrar. La obligatoriedad del uso era diaria, porque diariamente ministraban. Y el uso de la fuente era previo a la ministración; por lo tanto, antes de entrar en el lugar santo para hacer los servicios sagrados el sacerdote tenía que lavarse, para realizarlos así en un estado de limpieza. Las partes del cuerpo que debía lavarse eran las manos y los pies, órganos del cuerpo que nos hablan de nuestro hacer y nuestro caminar. De la obligatoriedad del uso de la fuente da buena cuenta la razón que se aduce: para que no mueran.

Notemos la sabiduría de Dios al poner esta fuente para los sacerdotes, porque pudiera darse el caso de que se concentraran tanto en el ministerio hacia los demás, que se olvidaran de sí mismos. Pero con esta fuente Dios les obliga a examinarse a sí mismos, antes de examinar a otros. Es lo que le recuerda el apóstol Pablo a Timoteo: 'Ten cuidado de ti mismo...' (1 Timoteo 4:16). Y es que es fácil estar pendientes de los demás, de sus necesidades y problemas y olvidarse de las propias. Si eso llega a acontecer, el ministro de Dios ya no podrá ser de ayuda para otros, al estar él mismo necesitado de ella. ¡Cuidado con el exceso ministerial hacia otros, no sea que terminemos descalificados por no estar atentos hacia nosotros mismos! Hay muchas almas que cuidar, pero una por encima de todas: la nuestra.

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