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El arca del pacto
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'Harán también un arca de madera de acacia, cuya longitud será de dos codos y medio, su anchura de codo y medio, y su altura de codo y medio. Y la cubrirás de oro puro por dentro y por fuera, y harás sobre ella una cornisa de oro alrededor. Fundirás para ella cuatro anillos de oro, que pondrás en sus cuatro esquinas; dos anillos a un lado de ella, y dos anillos al otro lado. Harás unas varas de madera de acacia, las cuales cubrirás de oro. Y meterás las varas por los anillos a los lados del arca, para llevar el arca con ellas. Las varas quedarán en los anillos del arca; no se quitarán de ella. Y pondrás en el arca el testimonio que yo te daré.' (Éxodo 25:10-16)

Se ha creado toda una leyenda alrededor de este objeto, hasta el punto de haberlo mitificado y haberse escrito novelas y hecho películas que pretenden hacerse pasar por historia y relatos ficticios que quieren ser tenidos por verídicos. Se han elaborado todo tipo de teorías sobre su paradero, siendo continua la especulación interesada en este campo. Pero los que así se conducen ignoran, voluntaria o involuntariamente, que no hay nada mágico en este objeto ni tiene poder en sí mismo. La prueba de ello la tenemos en el relato de 1 Samuel 4:3-11, donde la creencia supersticiosa de los israelitas en el poder intrínseco del arca, va a quedar desmentida por los acontecimientos, pues la derrota de Israel en el campo de batalla va a ser total, a pesar de la presencia del arca entre ellos. Y es que Dios no puede ser manipulado, ni siquiera por los objetos que le representan. No hay sustituto para la obediencia, ni aun por la confianza en lo sagrado, que puede derivar fácilmente en idolatría, tal como sucedió con la serpiente de bronce que el rey Ezequías tuvo que destruir (2 Reyes 18:4).

En cualquier caso, no se menciona el arca en el relato de la edificación del segundo templo en el libro de Esdras, ni aparece entre los objetos que Ciro devolvió a los judíos (Esdras 1:9-11). Sería impensable no hacer una mención expresa, si el arca hubiera estado entre los mismos. Ya Jeremías había predicho que llegaría un momento en que el arca no formaría parte de la memoria del pueblo de Dios (Jeremías 3:16).

Arca del pacto (Números 10:33) y arca del testimonio (Éxodo 25:22) son dos nombres con las que se le designa. La ley de Dios es su testimonio porque es su propia afirmación sobre su ser y propósito. También esa ley es su pacto, porque ella contiene los términos del mismo. Como la ley, reflejada en los diez mandamientos, estaba guardada en el arca es lógico que a ésta se le designe por los mismos nombres que a aquella.

Debía ser transportada por los levitas (Deuteronomio 10:8), pronunciándose una invocación al comenzar la marcha y al detenerse (Números 10:35-36), aunque en el paso del Jordán (Josué 3:6) y en la toma de Jericó (Josué 6:6) son los sacerdotes quienes la llevan. Cuando el tabernáculo se desmontaba por mudarse el campamento, era responsabilidad de los sacerdotes cubrirla con el velo y poner encima la cubierta de pieles de tejones, siendo el conjunto tapado con un paño de azul (Números 4:5-6).

Estaba hecha de madera de acacia cubierta de oro y sus dimensiones eran de 115 cm. x 70 cm. x 70 cm. Estaba colocada en el lugar santísimo y contenía las tablas de la ley, aunque posteriormente se añadieron el maná y la vara de Aarón que reverdeció (Hebreos 9:4), de forma que en el arca estaba preservada la santidad de Dios (ley), su provisión misericordiosa (maná) y su soberanía electiva (vara).

Pero sin duda el principal objeto eran las tablas de la ley que hacen referencia a la voluntad santa y perfecta de Dios, contenida en los diez mandamientos. Lejos de ser una normativa vigente para un lapso de tiempo, se trata de unos principios atemporales en los que Dios determina lo que es bueno y lo que es malo, tanto en nuestra relación con él como con nuestro prójimo. El quebrantamiento de esa ley acarrea maldición (Deuteronomio 27:26) así como su obediencia bendición (Deuteronomio 28:1).

Nuestro problema reside precisamente en que hemos transgredido esa ley y por lo tanto estamos bajo maldición, con todas las consecuencias que la misma conlleva: culpa, extrañamiento y condenación. La ira de Dios pende sobre nosotros con justicia a causa de nuestros pecados. Y por supuesto Dios no va a pasar por alto su ley, porque eso sería tanto como negarse a sí mismo. No es extraño que el lugar santísimo sea inaccesible para el pecador. Y en realidad es mejor que así sea, porque su entrada a ese lugar significaría su muerte segura.

Cristo ha guardado perfectamente esa ley, no de manera externa o legalista sino interna y perfectamente. Su vida de obediencia perfecta al Padre le constituye a él como la verdadera arca del pacto. Por lo tanto aquellos que pierden el tiempo, y lo hacen perder a otros, en búsquedas inútiles, harían bien en buscar a Cristo, porque al hacerlo estarán bien dirigidos en la búsqueda y al encontrarlo habrán hallado el arca auténtica, de la cual la antigua no fue más que una sombra.

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