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El altar del incienso
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'Harás asimismo un altar para quemar el incienso; de madera de acacia lo harás. Su longitud será de un codo, y su anchura de un codo; será cuadrado, y su altura de dos codos; y sus cuernos serán parte del mismo. Y lo cubrirás de oro puro, su cubierta, sus paredes en derredor y sus cuernos; y le harás en derredor una cornisa de oro. Le harás también dos anillos de oro debajo de su cornisa, a sus dos esquinas a ambos lados suyos, para meter las varas con que será llevado. Harás las varas de madera de acacia, y las cubrirás de oro. Y lo pondrás delante del velo que está junto al arca del testimonio, delante del propiciatorio que está sobre el testimonio, donde me encontraré contigo. Y Aarón quemará incienso aromático sobre él; cada mañana cuando aliste las lámparas lo quemará. Y cuando Aarón encienda las lámparas al anochecer, quemará el incienso; rito perpetuo delante del Señor por vuestras generaciones. No ofreceréis sobre él incienso extraño, ni holocausto, ni ofrenda; ni tampoco derramaréis sobre él libación. Y sobre sus cuernos hará Aarón expiación una vez en el año con la sangre del sacrificio por el pecado para expiación; una vez en el año hará expiación sobre él por vuestras generaciones; será muy santo al Señor.' (Éxodo 30:1-10)

'Dijo además el Señor a Moisés: Toma especias aromáticas, estacte y uña aromática y gálbano aromático e incienso puro; de todo en igual peso, y harás de ello el incienso, un perfume según el arte del perfumador, bien mezclado, puro y santo. Y molerás parte de él en polvo fino, y lo pondrás delante del testimonio en el tabernáculo de reunión, donde yo me mostraré a ti. Os será cosa santísima. Como este incienso que harás, no os haréis otro según su composición; te será cosa sagrada para el Señor. Cualquiera que hiciere otro como este para olerlo, será cortado de entre su pueblo.' (Éxodo 30:34-38)

Este altar no debe ser confundido con el altar de bronce que estaba colocado nada más cruzar la puerta del atrio. Son diferentes por su tamaño, construcción, y, sobre todo, por su función. El altar del incienso tenía unas dimensiones modestas de 45 cm. x 45 cm. x 90 cm., siendo su propósito el de quemar incienso al amanecer y al atardecer sobre él, lo cual era una de las tareas diarias del sacerdote. Cuando el tabernáculo se desmontaba por mudarse el campamento, era responsabilidad de los sacerdotes cubrirlo con un paño azul y luego con la cubierta de pieles de tejones; igualmente todos los accesorios del altar eran cubiertos con un paño azul y la cubierta de pieles de tejones (Números 4:11-12).

El incienso quemado en él era el resultado de una mezcla que encontramos en Éxodo 30:34-38, estando categóricamente prohibido usarlo para otro fin distinto del estipulado. Se le cataloga como cosa santísima (Éxodo 30:36). Era aromático y por lo tanto agradable a Dios.

El incienso en la Escritura es figura de la oración, como queda bien aclarado en Lucas 1:10 y Apocalipsis 5:8; 8:3. De forma que este altar tipifica el ministerio de la oración que es agradable a Dios. Siendo un objeto de modestas dimensiones cuadra bien con la modestia de la oración, que no es un ministerio llamativo ni grandioso, humanamente hablando. Tenía una cornisa de oro en derredor que protegía al incienso de caer al suelo, con lo cual queda explícito lo precioso del incienso, del cual ni un grano debía perderse, tal como David expresa en el Salmo 56:8, al aludir a su clamor derramado ante Dios que éste tenía en cuenta. El hecho de que este altar estuviera colocado delante del velo, es decir, inmediatamente antes del lugar santísimo, es revelador también de la importancia de la oración, justo al lado de la presencia de Dios, en el lugar más interno dentro del lugar santo y a un paso del santísimo. Toda una lección que nos enseña el valor de la oración a los ojos de Dios. Ese lugar recogido e interior denota el espíritu que debe presidir nuestra oración, tal como Jesús nos enseña en Mateo 6:6. Ese secreto del que él habla es el mismo secreto al que se refiere Dios en Jeremías 23:18,22. Un secreto de intimidad y comunión estrecha.

Era oficio sacerdotal quemar incienso en este altar, lo cual implica que cada vez que nos acercamos a Dios mediante la oración estamos ejerciendo nuestro oficio sacerdotal. El aroma del incienso es el aroma de la oración, cuya fragancia llega hasta la presencia de Dios. Era un ministerio cotidiano, 'cada mañana' y 'al anochecer', no cuando el sacerdote estimara necesario u oportuno, sino diario. Algo que a nosotros se nos recuerda que hagamos diligentemente (2 Timoteo 2:15). Quemar el incienso era un ministerio que se hacía simultáneamente con el oficio llevado a cabo con el candelabro; por la mañana, a la vez que se alistaban las lámparas se quemaba el incienso y por la tarde, a la vez que se encendían las lámparas se quemaba el incienso. Un recordatorio de que la oración y la Palabra deben ir juntas en nuestra vida devocional.

La frase 'rito perpetuo' (Éxodo 30:8) es bien significativa, porque indica que estamos ante algo que no es para tal o cual época sino para siempre. Es decir, la oración no es sustituible ni prescindible, sino el medio que Dios ha escogido para que nos acerquemos a él, siendo ese medio vigente ayer, hoy y siempre. La frase 'por vuestras generaciones' que aparece en ese mismo versículo, alude a que con la oración estamos ante un principio inmutable. Esa frase 'por vuestras generaciones' aparece relacionada con otras instituciones y oficios realizados en el tabernáculo, tales como el holocausto continuo (Éxodo 29:42), el aceite de la unción (Éxodo 30:31) o el día de reposo (Éxodo 31:13).

Las ideas y fines humanos sobre la oración quedan descartados, al afirmarse que el incienso es para Dios, no para nosotros mismos. Cualquiera que use la oración en otra manera distinta de la estipulada, queda condenado (Mateo 6:5; Lucas 18:11). El incienso a ser quemado era el resultado de la mezcla de cuatro ingredientes en igual peso. Por lo tanto, estaba hecho de una composición multiforme, en la que cada sustancia le comunicaba su peculiar aroma. La oración también es multiforme, tal como vemos en nuestra propia experiencia y en la Escritura misma, donde en el libro de los Salmos se aprecia el clamor, el júbilo, la meditación, la angustia, etc. Que el peso de cada ingrediente fuera equilibrado también nos enseña que nuestra oración debe serlo; Jesús nos propuso una oración en la que vemos ese equilibrio (Mateo 6:9-13), comenzando por la invocación a Dios y siguiendo por la petición para nosotros. Tocando los aspectos espirituales y los materiales. El incienso debía estar bien molido en polvo fino, lo que nos habla de la naturaleza espiritual de la oración, que es intangible e indivisible, imposible de ser atrapada en categorías humanas de análisis y estudio.

En el altar había brasas procedentes del fuego del altar de bronce, las cuales en contacto con el incienso producían la nube y el intenso aroma. Aunque el incienso estaba molido en polvo fino, de tal manera que cada partícula era insignificante, lo que potenciaba su aroma no era su tamaño sino su propia naturaleza perfumada y el contacto con las brasas. De igual manera, aunque nuestra oración está hecha en debilidad, lo que la hace eficaz y poderosa es que no está hecha en nuestro propio nombre sino en el de Jesús (Juan 14:13) y no en el poder nuestro sino en el del Espíritu Santo (Romanos 8:26).

Como en todos los demás objetos del tabernáculo tenemos aquí una alusión a Cristo, quien como sacerdote está continuamente orando por los suyos (Romanos 8:34). Esa intercesión es la que, una vez rescatados, nos mantiene para que no caigamos de forma permanente, tal como Jesús le dice a Pedro en Lucas 22:32. De no ser por ese ministerio suyo a nuestro favor, a causa de nuestra debilidad, bien pronto seríamos presa fácil del enemigo y nuestra caída sería definitiva. La suya fue una vida de oración: en la cotidianeidad (Marcos 1:35), antes de tomar decisiones importantes (Lucas 6:12), en la prueba (Mateo 26:39) y desde la misma cruz (Lucas 23:34). No sólo enseñó a los demás sobre la oración; la practicó. Y si su ministerio actual a la diestra del Padre consiste en la intercesión a favor de los suyos, también hizo lo mismo mientras estuvo aquí en la tierra, como vemos en esa oración que se ha llamado la oración sacerdotal, contenida en Juan 17.

El altar del incienso nos habla de la intercesión de nuestro sumo sacerdote a favor de nosotros. El altar de bronce nos habla de la expiación que él ha efectuado a nuestro favor. La expiación la hizo una vez y para siempre y no se repite más (Hebreos 9:25-26). La intercesión es el ministerio continuo que Cristo ejerce ahora a favor de aquellos cuyos pecados han sido expiados para que sean guardados fieles hasta el fin (Hebreos 7:25). Su intercesión es eficaz debido a la posición a la que Dios mismo le ha elevado, a su diestra (Romanos 8:34). Es decir, estamos ante alguien que tiene la máxima cercanía a Dios y que está al mismo nivel que Dios; en otras palabras, este hombre, que es nuestro sacerdote y nuestro representante, tiene asegurado el sí y el amén de Dios a todo lo que le pida. ¡Qué insensatez la de aquellos que buscan otros intercesores! Intercesión y expiación son las dos grandes lecciones que nos trasmiten estos altares. Son dos aspectos de la obra de Cristo, diferentes pero complementarios.

Pero aunque el altar de bronce y el del incienso son diferentes hay una relación estrecha entre ambos, ya que el segundo tenía que ser expiado mediante la sangre expiatoria vertida en el primero. Cuando el sacerdote había pecado y traía su ofrenda al altar, era imprescindible que rociara con esa sangre los cuernos del altar del incienso (Levítico 4:18), pues de otra manera su ministerio de oración quedaría invalidado. Es decir, el ministerio del sacerdote se fundamenta en la expiación que a su favor ha realizado una víctima vicaria. Se trata de una permanente lección para nosotros, que necesitamos la sangre expiatoria de Cristo como base y sostenimiento para que nuestra oración sea agradable a Dios (1 Pedro 2:5).

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