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El aceite de la unción
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'Habló más el Señor a Moisés, diciendo: Tomarás especias finas: de mirra excelente quinientos siclos, y de canela aromática la mitad, esto es, doscientos cincuenta, de cálamo aromático doscientos cincuenta, de casia quinientos, según el siclo del santuario, y de aceite de olivas un hin. Y harás de ello el aceite de la santa unción; superior ungüento, según el arte del perfumador, será el aceite de la unción santa. Con él ungirás el tabernáculo de reunión, el arca del testimonio, la mesa con todos sus utensilios, el candelero con todos sus utensilios, el altar del incienso, el altar del holocausto con todos sus utensilios, y la fuente y su base. Así los consagrarás, y serán cosas santísimas; todo lo que tocare en ellos, será santificado. Ungirás también a Aarón y a sus hijos, y los consagrarás para que sean mis sacerdotes. Y hablarás a los hijos de Israel, diciendo: Este será mi aceite de la santa unción por vuestras generaciones. Sobre carne de hombre no será derramado, ni haréis otro semejante, conforme a su composición; santo es, y por santo lo tendréis vosotros. Cualquiera que compusiere ungüento semejante, y que pusiere de él sobre extraño, será cortado de entre su pueblo.' (Éxodo 30:22-33)

No hay que confundir este aceite con el otro aceite, hecho exclusivamente de olivas machacadas, que servía para alimentar el candelabro. El aceite de la unción era un compuesto de cinco ingredientes: mirra, canela, cálamo, casia y aceite en distintas proporciones. Se usaba para ungir todo lo que estuviera consagrado a Dios, tanto objetos (Éxodo 40:9-11) como personas, estando terminantemente prohibido su uso con otro fin diferente. Estaba bajo el cuidado directo del sumo sacerdote (Números 4:16).

En la ceremonia de consagración de Aarón y sus hijos el aceite fue derramado sobre la cabeza de Aarón (Levítico 8:12), aunque no sobre las de sus hijos, que fueron rociados junto con su padre con ese aceite y sangre del altar (Levítico 8:30). Aquí hay una diferencia observable entre la plena unción del sumo sacerdote y la unción parcial de los otros sacerdotes. De hecho, la Escritura se refiere al sumo sacerdote como aquel 'sobre cuya cabeza fue derramado el aceite de la unción' (Levítico 21:10). También hay una alusión al orden de esa unción en Éxodo 40:13,15, donde se especifica que primero es ungido Aarón y en segundo lugar sus hijos. Aquí hay una lección sobre la diferencia de la unción que hay entre Jesús y nosotros. Él es el Ungido (Mesías, Cristo) por antonomasia (Lucas 4:18) y nosotros participamos de su unción (Juan 1:16).

La diferencia es que aquel aceite físico estaba reservado a los sacerdotes, que solamente eran una pequeña fracción del pueblo de Dios. Por lo tanto ellos eran los ungidos, quedando el resto del pueblo al margen. En el nuevo pacto, en cambio, la unción reposa sobre cada miembro del pueblo de Dios, siendo esta realidad algo que ya el Antiguo Testamento anunciaba (Joel 2:28) y que en el día de Pentecostés comenzó a cumplirse. Aquí de nuevo tenemos confirmada la idea de que bajo el nuevo pacto cada creyente es un sacerdote, al haber sido ungido personalmente, no con el símbolo sino con la realidad misma.

Una de las cualidades que el aceite tiene es que hidrata y por lo tanto regenera y rejuvenece. Una vez llegados a cierta edad nos damos cuenta de que nuestro cuerpo necesita hidratación, porque la piel se torna seca y áspera debido al proceso de envejecimiento. Hay objetos que con el paso del tiempo pierden lubricación y llegan a ser inútiles, siendo el aceite quien los recupera de nuevo para su uso. Pues bien, la misma necesidad de hidratación y lubricación ocurre en lo espiritual, si queremos estar en plenitud de vigor y vida; por eso hay un paralelismo entre fuerza y aceite en el Salmo 92:10. De ahí su asociación con la curación y la salud, como vemos en Santiago 5:14. El aceite que nos unge y nos renueva es el Espíritu Santo, con el cual somos capacitados por Dios para ministrar (2 Corintios 1:21). Por ello se hace imprescindible ser continuamente renovados con su frescura y poder.

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