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1 y 2 Samuel
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TABLA CRONOLÓGICA
Fecha a. C. Hebreos Fenicios Arameos Asirios
c. 1040 Samuel Reinos arameos en Siria
c. 1030-1010 Saúl Invasión aramea
c. 1010-970 David Hiram de Tiro

David y Goliat por Gustave DoréA estos dos libros, que en realidad es una sola obra, se les ha dado el nombre de Samuel, no solamente porque él es el personaje principal en la primera parte, sino también porque fue él quien ungió a los otros dos personajes principales, Saúl y David. En la Septuaginta a estos dos libros se les da el nombre de 1 y 2 de Reyes, mientras que a nuestros 1 y 2 de Reyes se les denomina 3 y 4 de Reyes, encuadrando los cuatro libros en una obra con división cuádruple, lo cual no está lejos de la realidad en cuanto a la unidad de los cuatro. Los libros de Samuel constituyen la secuencia histórica que va desde la terminación del periodo de los jueces hasta los últimos días de David. Se pueden dividir a grandes rasgos, según la preponderancia de los tres personajes que llenan sus páginas, Samuel, Saúl y David, de esta manera:

1. Ministerio de Samuel (1 Samuel 1-8).
2. Saúl rey (1 Samuel 9-15).
3. Saúl rey y David candidato (1 Samuel 16-31).
4. Reinado de David (2 Samuel 1-24).

La primera parte de la obra está presidida por la figura de Samuel, que conecta con el periodo anterior de los Jueces. La genealogía de Samuel está en 1 Crónicas 6:33-38, de la cual se desprende que era de la tribu de Leví, llegando el cantor Hemán a ser su nieto, quien fue autor del Salmo 88. Hay que señalar que Samuel descendía de Coré por línea directa, lo cual muestra que Dios se complace en suscitar instrumentos de salvación procedentes de una cabeza sentenciada, siendo el ejemplo supremo Jesucristo mismo.

En medio de la confusión reinante y de la decadencia de los dirigentes, ejemplificados en los hijos de Elí (1 Samuel 2:12-17), surge el personaje de Samuel, quien tras un nacimiento especial y ser dedicado por su madre a Dios, cubrirá toda la carrera de su existencia como un hombre de Dios que es providencial para su nación en un momento muy complicado. El texto de 2:1-10 es de carácter poético en forma de cántico, que tendrá su contraparte en el Nuevo Testamento cuando la que será madre del Salvador prorrumpa en una alabanza a Dios (Lucas 1:46-55). Llama la atención que Samuel fuera llevado por su madre cuando era niño a Silo, donde estaba el tabernáculo, pero donde estaban también Ofni y Finees, quienes allí servían de manera vergonzosa. Sin embargo, Samuel quedará preservado de esa influencia maligna, creciendo en el sentido físico y también espiritual (2:26). Hay un marcado contraste entre la figura decadente de Elí y sus hijos y la emergente de Samuel en los capítulos 2 y 3.

Derrota de Israel y muerte de Elí, ilustración para la traducción
de la Biblia de Lutero, 1534, folio 40
Los problemas existentes no eran solo internos sino también externos, siendo el enemigo por antonomasia en los libros de Samuel los filisteos, quienes, al no haber sido conquistados por la generación que entró en Canaán, se convertirán en un continuo quebradero de cabeza para Israel. De hecho, la situación llega a ser tan deplorable que los filisteos incluso capturan el arca del pacto, el símbolo más sagrado de la nación (4). Este capítulo contiene amargas y duras lecciones, como son la confianza vana de que la simple presencia del arca entre el ejército, sin que haya un verdadero cambio, dará la victoria frente al enemigo (4:3). Cabe la posibilidad de que hacia lo sagrado haya una actitud basada en la superstición. La euforia por la tenencia del símbolo religioso (4:5) no fue más que el preámbulo de una severa derrota (4:10) y es que un ministerio corrompido (4:4) no puede ser contrarrestado por la presencia de un objeto sagrado, aunque sea el más singular de todos. Finalmente, el ministerio que deshonra a Dios acaba recibiendo justa remuneración (4:11), cumpliéndose la palabra profética que Dios le diera a Elí (2:30). La muerte de Elí al conocer las desastrosas noticias (4:18) es el triste epílogo de toda esta época, que se cierra con las palabras de su moribunda nuera (4:22), y es que Dios juzga a los padres que no han sabido juzgar adecuadamente a sus hijos (3:13).

Mapa del recorrido del arca en 1 Samuel 4-7

Pero aunque en un sentido las palabras de la nuera de Elí son verdaderas, en otro no lo son, ya que a pesar del fracaso de su pueblo y de la victoria del enemigo, Dios se bastará a sí mismo para vindicar su nombre, manifestar su realidad y ejecutar sus juicios (5). La prueba irrefutable que Dios muestra a los filisteos de que los juicios que han devastado sus ciudades no son meras casualidades sino obra de él es que las vacas van a transportar el carro con el arca en dirección opuesta adonde han sido dejadas sus crías (6:12), yendo en contra de su instinto (6:7). Pero la gloria de Dios no sólo se manifiesta contra los paganos sino también contra los israelitas profanos (6:19), ue irreverentemente miran dentro del arca.

Tras un periodo de veinte años de postración, surge Samuel con una palabra para Israel (7:3). Es un llamamiento a la conversión verdadera, fruto de la cual será la liberación del yugo enemigo. Pero esta vez la batalla va a tener un cariz muy distinto a la anterior, aun cuando todo haría suponer que de nuevo los filisteos obtendrían la victoria. En contraste con la insensata confianza anterior en el símbolo, destaca ahora la conversión (7:4), confesión (7:6) y ruego (7:8), siendo Dios mismo quien interviene en favor de su pueblo (7:10), otorgándoles una victoria que será duradera (7:13). Hay una recuperación del territorio perdido (7:14) y un periodo de paz y estabilidad (7:15-17). Bajo el mandato de Samuel la nación vive un periodo de paz (7:15-17).

La petición de un rey por parte del pueblo desagrada a Dios y a Samuel, porque la intención que la alienta es ser como los demás pueblos (8:5). Ya en Deuteronomio 17:14 se preveía el deseo de Israel de tener un rey 'como todas las naciones', ante lo cual se establecen unos mínimos para que esa monarquía se mueva dentro de unos cauces determinados (Deuteronomio 17:15-20). Pero en esencia la monarquía humana no es la voluntad perfecta de Dios, ya que demuestra una falta de aprecio por el Rey que Israel ya tiene, lo que provocará el enojo de Dios (1 Samuel 8:7; 10:19; 12:17). Es decir, hay un rechazo hacia la teocracia y una preferencia por la monarquía convencional. Pero a pesar de los avisos de Samuel sobre las cargas que suponen la existencia de un rey (8:11-17), el pueblo insiste y Dios permite su deseo. Finalmente, la fusión perfecta entre teocracia y monarquía se efectuará en la persona del Dios-Hombre, descendiente de David.

La segunda parte de la obra está presidida por Saúl, el primer rey de Israel. Un hombre que en principio prometía mucho, pero que se convertirá en un verdadero obstáculo con el paso del tiempo. Sus reiteradas desobediencias (13:8-9; 15:9) causaron que Dios le retirara el respaldo, siendo escogido David en su lugar. La declaración en 15:35 evoca el desengaño de Samuel y el dolor de Dios por el fracaso de Saúl, hasta el punto de que se le puede definir como el rey fallido.

Ungimiento de David por Samuel, ilustración para la traducción
de la Biblia de Lutero, 1534, folio 40
Con el surgimiento de David en escena (16:13) comienza la tercera etapa del libro, en la que la persecución de Saúl contra David es el tema central que la domina. Precisamente ese ascenso se convertirá en una obsesión para Saúl, que buscará quitar de en medio al joven ungido. Los celos comenzarán pronto, nada más darse a conocer David por la victoria ante el gigante (18:8), yendo en aumento por su amistad con Jonatán (20:30). Los intentos de matarle por parte de Saúl se suceden, ya sea personalmente (18:11; 19:9) o con su tropa (19:15; 23:8; 24:2; 26:2). El último acto de desobediencia de Saúl (28) es el preludio de su muerte en el monte Gilboa (31). Mientras tanto, todos esos años de huidas y peligros se constituyen en la escuela donde David aprenderá las más duras, pero preciosas, lecciones necesarias para el futuro que le aguarda. Algunos de los Salmos que escribió fueron fruto de esa etapa (34; 52; 54; 56; 57; 59; 63; 142).

Mapa de las huidas de David por causa de Saúl

Todo el segundo libro de Samuel está dedicado a David, su ascenso al trono (5), el pacto de Dios con él en lo referente a su dinastía (7), la extensión de sus dominios (8, 10), su pecado (11) y los problemas que le acarrea. El ascenso al trono se divide en dos etapas, la primera de siete años, durante los cuales solamente es reconocido como rey por la tribu de Judá (2:4), y la segunda y definitiva de treinta y tres años, por las doce tribus, con capital en Jerusalén (5:5). El pacto de Dios con David supone el punto álgido de su vida, al prometerle una dinastía perpetua sobre el trono (7:16), concretada en un descendiente. Aunque en Salomón se efectuará un cumplimiento parcial e inmediato de la promesa, sin embargo, en toda su extensión no se llevará a cabo más que con el Hijo de David, el Mesías, Jesucristo. La promesa a David se convierte, pues, en un hilo conductor a lo largo de todo el Antiguo Testamento (Salmos 2, 45, 72; Isaías 11:1; Daniel 7:14) que alienta la esperanza de Israel, aun en los momentos más bajos, de que finalmente el reino de Dios será una realidad. Un reino que es el tema con el que se abre el Nuevo Testamento (Mateo 1:1) y se cierra (Apocalipsis 22:16).

Tras el pacto se produce una etapa de campañas militares que aumentan el territorio gobernado por David. Tanto hacia el norte como hacia el sur, al este como al oeste, las fronteras del reino se amplían por todas partes, sin que David sufra una sola derrota. Pero el pecado de David será el punto de inflexión entre la primera parte de su reinado y la segunda.

Mapa de las campañas de David

David contempla a Betsabé, ilustración para la traducción
de la Biblia de Lutero, 1534, folio 88
Si la primera fue fulgurante y victoriosa, la segunda está salpicada de graves problemas, procedentes especialmente de su propia familia, como el caso de Amnón (13) y la rebelión de Absalón (15-18), que llegó a poner en peligro su su trono y su vida. El profundo cambio entre la primera etapa de su reinado y la segunda será consecuencia de su pecado (11), a partir del cual, salvo la engañosa conquista de Rabá (12:29-31), todo irá cuesta abajo hasta el final de su vida, pues incluso tras la derrota de Absalón, se sucederá la sublevación de Seba (20) y el error de David de censar al pueblo (24), lo que acarreará graves perjuicios. El pecado de David muestra la inclinación del corazón humano hacia el mal, en este caso hacia la codicia sexual, y el intento de tapar ese pecado a cualquier precio (12:9). También muestra que Dios no hace acepción de personas (11:27), juzgando severamente a David (12:10-12). Este caso muestra que el pecado tiene una componente de culpa y otra de castigo, dividiéndose ésta en castigo eterno y temporal; el primero le fue remitido a David, el segundo no. Hay una lección que se desprende de todo esto y es que el pecado notorio de una persona piadosamente notoria posee un agravante que lo hace especialmente odioso, al convertirse en un argumento contra Dios en boca de sus enemigos (12:14). Aunque David pecó así como lo hizo Saúl, hay una diferencia notable entre ambos, pues mientras que éste nunca reconoció su pecado, aquél se dolió profundamente del mismo. A pesar de todo y de la severa disciplina con la que Dios trató a David, todavía la fidelidad de Dios al pacto hecho con él será patente, como lo demuestra el que en el momento de mayor debilidad de David la intervención de Dios será la causa de la derrota de su hijo Absalón (17:14).

Al igual que ocurrió con 1 Samuel referente a que algunos de los acontecimientos allí relatados tienen reflejo en los Salmos, así ocurrirá con 2 Samuel (Salmo 3; 18; 51; 60).

El carácter de David presenta una serie de claroscuros, pues junto a su brillante carrera pública, como ungido de Dios para ser rey, están sus graves deficiencias en su ámbito familiar. Junto a su fortaleza se muestran sus debilidades, de las cuales son prueba las abundantes referencias personales contenidas en los Salmos que él escribió. Como base de sus posteriores problemas familiares está el hecho de que tuvo numerosas mujeres (3:2-5), lo cual da pie a que las discordias sean constantes entre sus descendientes hasta el fin de sus días. Con todo, prevalece, incluso en el momento más bajo de su carrera, el temor de Dios (2 Samuel 12:13), por lo cual no es extraño que Dios se agrade de él (1 Samuel 13:14). Las características que lo convierten en un ejemplo serían su celo por la causa de Dios cuando ésta estaba siendo desafiada por el enemigo (1 Samuel 17:26), su respeto a un principio esencial, aunque ello le perjudique (1 Samuel 26:9), su dolor por la muerte de su enemigo (2 Samuel 1:7), su amor por la casa de Dios (2 Samuel 7:2), su humildad en el momento de exaltación (2 Samuel 7:18), su lealtad a la palabra dada (2 Samuel 9:1) y su reconocimiento de la culpa personal (2 Samuel 12:13). Por otra parte destaca el contraste entre él y el entorno de ayudantes que le rodean, hombres que se mueven por intrigas, venganzas y traiciones (2 Samuel 3:27; 15:31; 18:14).

Casi al final del libro hay un canto de liberación de David (22), que es el Salmo 18, y unas palabras proféticas sobre el Ungido (23), el auténtico Rey que cumplirá las expectativas que David no podía cumplir.

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