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1 y 2 Reyes
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Elías asciende al cielo en un carro de fuego
Ilustración para la traducción de la Biblia de Lutero, 1534, folio 124
Los dos libros de Reyes, que en realidad son una sola obra, abarcan desde los últimos días de David hasta la caída de Jerusalén y el exilio en Babilonia. En estos libros se capta la razón por la que desde Josué, siguiendo con Jueces y Samuel y terminando con estos libros, los judíos los han encuadrado a todos ellos en una sección a la que han dado el nombre de profetas primeros, ya que la presencia de estos personajes es notable (1 Reyes 1:8; 11:29; 13:11; 14:2; 16:7; 18:22; 19:16; 20:13,35; 22:7; 2 Reyes 3:11; 14:25; 19:2). El nombre de Reyes es obvio, ya que son los reyes de Israel y Judá el hilo conductor del relato.

Una de las grandes lecciones de estos libros es la perspectiva teológica de la historia que nos proveen. La historia de las naciones es posible verla desde muchos ángulos, al ser como un tapiz entretejido por innumerables hilos, en el que cada uno tiene su papel. Y así es posible contemplar la historia de una nación como el resultado de fuerzas políticas, económicas, militares, sociales, etc., que trabajan y actúan entre sí. Sin embargo, es fácil perder de vista que un aspecto primordial es el teológico, esto es, la intervención de Dios en los asuntos humanos, al ser el juez que evalúa y remunera. En el caso del pueblo de Dios, el escritor de Reyes no tiene duda alguna de que la ascendencia o decadencia del pueblo de Dios tiene, principalmente, una causa moral. Es el pecado lo que ocasiona la ruina, la derrota y la caída. Del mismo modo que la obediencia, la devoción y la santidad traen fortaleza, victoria y bendición.

Las vidas de los reyes que se van enumerando uno tras otro en estos libros son testimonio elocuente de esa verdad, que ya estaba expuesta en los libros de la ley, especialmente en Deuteronomio. La prosperidad de Salomón va al compás que su acercamiento a Dios, mientras que los problemas en su reino comienzan al apartarse de Dios.

Tabla cronológica de 1 y 2 Reyes

El reinado de Salomón ocupa la mitad del primer libro de Reyes, con una larga etapa de prosperidad y esplendor, hasta el punto de que en varios pasajes se recoge el estado de bienestar de la nación (4:20,25; 8:66), que es señal de plenitud. Tras muchos años de guerras en vida de David, Salomón hará honor a su nombre (pacífico) y heredará los territorios que su padre había conquistado y los administrará (4:7), constituyéndose el comercio en uno de los ejes centrales de su reinado (10:22). La edificación del templo es el gran proyecto al que Salomón dedica buena parte de sus energías (6-8), centralizándose así la adoración en Jerusalén. Precisamente el cisma tras su muerte consistirá en la descentralización del lugar de adoración. Que el templo en sí no es garantía de seguridad, ya lo especificó Dios mismo tras la ceremonia de dedicación; lo único que es garantía de seguridad es la obediencia a Dios (9:4-9). La parte final del reinado de Salomón está marcada por su idolatría (11), resultado de la cual es el levantamiento de varios adversarios que ponen en peligro su trono, adversarios que Dios mismo se encarga de suscitar (11:14,23,31), lo que indica que Dios se ha convertido en adversario de Salomón por su pecado. Resulta llamativo el contraste entre el amor de Salomón por Dios al comienzo de su reinado (3:3) y su amor por las mujeres cuando ya era viejo (11:1); dos amores incompatibles que definen las dos etapas de su vida.

Mapa del imperio de David y Salomón

Al suceder la división del reino, las diez tribus escindidas quedarán bajo el mando de Jeroboam, cuyo pecado se convertirá en un precedente que sus sucesores seguirán, denominándose 'el pecado de Jeroboam' (1 Reyes 16:31; 2 Reyes 3:3; 10:29,31; 13:2,11; 14:24; 15:9,18,24,28) o 'el camino de Jeroboam' (1 Reyes 15:34; 16:19,26; 22:52). Lo que Jeroboam hizo fue inventarse un sistema religioso para que sus súbditos no tuvieran nada que ver con Jerusalén como lugar de adoración y de esta manera no tuvieran que ir allí, capital del reino rival, para adorar, asegurándose así la estabilidad de su trono. Para ello instituyó dos lugares de culto (1 Reyes 12:29), una fiesta sagrada y un sacerdocio (1 Reyes 12:32) que oficiara. El precedente que sienta Jeroboam continuará hasta la desaparición de las diez tribus. Resulta aleccionador considerar cómo la ficción y mentira que fabricó Jeroboam no solamente la mantuvo él sino también sus sucesores. Una ficción y mentira que estuvo creyendo toda una nación durante 250 años.

Mapa del avance de Sisac, según la información hallada en el templo de Amón en Karnak

Otro mal precedente que está presente en los dos libros de Reyes son los lugares altos, iniciados por Salomón y enquistados en ambos reinos (1 Reyes 11:7; 12:31,32; 13:32,33; 14:23; 15:14; 22:43; 2 Reyes 12:3; 14:4; 15:4,35; 16:4; 17:9,11,29,32; 21:3); solamente Ezequías (2 Reyes 18:4) y Josías los destruyeron (2 Reyes 23:8). Ambos precedentes, malignos y persistentes, muestran cuán difícil resulta desarraigar lo perverso cuando echa raíces.

Mapa de los ataques asirios y sirios

Joás dispara la flecha (2 Reyes 13:17), por William Dyce
En 1 Reyes 17 hace acto de presencia Elías, quien será testigo de Dios en una de las épocas más oscuras del reino del norte, el reinado de Acab, lo que enseña que incluso en los periodos más graves de apostasía Dios levanta sus instrumentos para dar testimonio de él, un testimonio que va acompañado por señales sobrenaturales (17:1,6,16,22; 18:38,42) que muestran la realidad de Dios, lo mismo que en el pasado. Aunque su pueblo esté sumido en la oscuridad de la idolatría, Dios sigue siendo el mismo. La figura de Elías traspasa los límites de su existencia en la tierra, porque aparte de ser arrebatado al cielo (2 Reyes 2:11) volverá a hacer acto de presencia en la escena de la transfiguración de Jesús (Mateo 17:3), siendo de nuevo su ministerio evocado en Apocalipsis 11:6.

Los primeros capítulos, hasta el 8, de 2 Reyes tienen como protagonista a Eliseo, quien sucederá a Elías en el cargo, sucesión simbolizada en el manto (2:13). Las señales sobrenaturales se suceden durante su ministerio, como la apertura del Jordán (2:14), la sanidad de las aguas de Jericó (2:22), la multiplicación del aceite de la viuda (4:3-5), la resurrección del hijo de la sumanita (4:33-35), la sanidad de la olla contaminada (4:41), la multiplicación de los panes (4:44), la sanidad de Naamán (5:14), la recuperación del hacha (6:6), la ceguera de los sirios (6:18) y la liberación del asedio de Samaria (7:6); incluso después de muerto hay un milagro que acontece con su cadáver (13:21). La palabra dada por Eliseo es eficaz y sus declaraciones en nombre de Dios se cumplen (2:21,24; 3:17; 4:16,43; 5:10,27; 7:1; 8:10; 13:17-19). Un rasgo destacable durante el ministerio de Eliseo es la frecuencia con la que aparecen los 'hijos de los profetas' (2:3,5,15; 4:1,38; 5:22; 6:1; 9:1), expresión que en relidad es anterior a él (1 Reyes 20:35) y que ya se puede vislumbrar durante la etapa de Saúl (1 Samuel 10:5,10; 19:20). Pero es durante la vida de Eliseo donde con más profusión aparecen, pudiendo tratarse de una especie de escuela o comunidad espiritual, donde jóvenes son instruidos por un maestro experimentado.

Mapa de los lugares del ministerio de Elías y Eliseo

Mapa de Israel y Judá en tiempos de Elías

Jehú postrado ante Salmanasar III de Asiria. Obelisco Negro.
Destacable entre los reyes del reino del norte es Jehú, cuya biografía ocupa dos capítulos completos (9 y 10), quien será el instrumento para ejecutar juicio sobre la casa de Acab y su obra, al exterminar su descendencia (10:17) y acabar con el culto a Baal (10:26-28), cumpliéndose así la palabra que Elías diera a Acab (1 Reyes 21:21). También Jezabel cae a manos de Jehú (9:33), efectuándose la remuneración de Dios sobre sus enemigos de manera contundente. La dinastía de Jehú es la más larga del reino del norte, consistiendo de cinco eslabones, incluido él mismo. Una prolongación que obedece a la remuneración por haber hecho la voluntad de Dios en cuanto a la casa de Acab (10:30). De hecho, de la larga lista de reyes del reino del norte es el único del que se dice algo bueno; no obstante, es significativo que en contraste con su enérgica actitud hacia el culto a Baal resalta su laxitud hacia los viejos pecados instaurados por Jeroboam (10:31), una lección de cómo es posible ser muy severo hacia ciertos pecados y muy indulgente hacia otros, aunque todos sean igualmente odiosos ante Dios. La figura de Jehú aparece en el llamado Obelisco Negro, una estela asiria en la que se detallan por escrito y en imágenes los logros de Salmanasar III, apareciendo Jehú postrado ante él rindiéndole tributo.

Mapa de las guerras en el siglo VIII a. C.

Aunque hubo momentos en los que hubo prosperidad material y expansión territorial (2 Reyes 14:25), lo que parece desmentir la tesis teológica principal del libro, es importante captar que el cumplimiento de la tesis del libro se aprecia cuando tenemos una visión panorámica de la historia de estos libros. De ese modo, el capítulo 17 de 2 Reyes es el colofón en el que acaba todo el itinerario anterior de apostasía continuada, con la caída de las diez tribus y su exilio irreversible. No obstante, incluso la prosperidad material del reinado de Jeroboam II se debió no tanto a su propia fuerza sino a la acción benevolente de Dios (14:26-27). Es durante el reinado de este rey que tuvo lugar el ministerio profético de Amós y Oseas, que, sin dejarse engañar por las apariencias de prosperidad, denunciarán los pecados del reino y vaticinarán su caída.

Mapa de las campañas asirias

Es verdad que el autor de estos libros tiene en cuenta los instrumentos humanos que intervienen en la vida de esta nación. Hay otras naciones que están presentes, como Siria, y que se convertirán en amenazas reiteradas. Y, sobre todo, hay un poder mundial hegemónico que se levanta, el imperio asirio, que finalmente será quien acabe con el reino de las diez tribus. Pero el autor no pierde nunca de vista que Dios utiliza a esas naciones para ejecutar sus juicios por el pecado de Israel. El texto de 2 Reyes 17:7-18 es la explicación de las causas últimas que llevaron a la nación al desastre; causas que no son políticas, ni económicas, ni militares sino morales. El destierro de las diez tribus será definitivo, siendo sustituidas por gentes de Siria y Mesopotamia (17:24), lo cual explica la negativa posterior de Esdras a que ellos participaran en la construcción del templo (Esdras 4:2). La mezcla de creencias de esas gentes se nota en su inclusión de la adoración de Dios con la adoración de otros dioses (17:33), opuesta totalmente a la exclusividad absoluta que Dios demanda.

En el caso del reino del sur se aprecia también que su existencia no es ajena a los vaivenes internacionales producidos por las contingencias políticas, pero de nuevo se destaca que quien tiene el control último de los acontecimientos es Dios. Nada más narrar la caída del reino del norte a manos de los asirios, comienza, en el capítulo 18, el relato del ataque de Senaquerib contra Jerusalén, donde todo hacer prever que esa ciudad caerá en sus manos como cayó Samaria; pero por la humillación y búsqueda de Dios por parte de Ezequías, la ciudad será librada de manera sobrenatural (19:35). Hay tres reinados en los que la vuelta a Dios es una característica notoria, que son los de Josafat, Ezequías y Josías. Es por ello que la existencia de ese reino se prolongará en el tiempo algo más de cien años respecto al reino del norte. Estos avivamientos son la fuerza que rompe la inercia, siempre presente en la nación, hacia la decadencia. Es decir, que la inclinación al pecado no es solamente una cuestión individual que cada ser humano arrastra sino una inclinación colectiva. Las reformas de Josías son consecuencia del hallazgo del libro de la ley (22:8), presumiblemente Deuteronomio, lo que muestra que una verdadera conversión siempre es el fruto de la confrontación del corazón con la Palabra de Dios (22:13). La obra de este rey es ensalzada ampliamente (23:24-26); no obstante, ni siquiera esas reformas podrán compensar la iniquidad que estaba arraigada en la nación (23:26). La prematura e inesperada muerte de Josías (23:29) es indicio de que el fin de la nación se acerca.

Los cuatro últimos reyes de Judá, Joacaz, Joacim, Joaquín y Sedequías, serán o bien tributarios de Egipto o de Babilonia, acabando esta potencia por apoderarse del reino. Es durante los reinados de Josías y sus cuatro sucesores que Jeremías ejercerá su ministerio profético.

Tabla relación entre profetas y reyes de 1 y 2 Reyes

Una enseñanza importante de estos libros es señalar la vigencia de la promesa hecha a David (2 Samuel 7:16), en lo tocante a su linaje y trono. Mientras que el reino del norte es un continuado vaivén de dinastías que surgen y desaparecen, en muchos casos de un solo representante, el reino del sur mantiene la dinastía de David, salvo en el breve lapso del reinado de Atalía (2 Reyes 11), hermana de Acab, quien quiso acabar con el linaje real. Tenía poder para hacerlo, pero la providencia de Dios, por medio de una hermana del que sería futuro rey, lo preservó de ese intento maligno (11:2). Esa preservación se aprecia incluso cuando acontece la caída de Jerusalén y el exilio, pues el libro se cierra con una señal de la misericordia de Dios dada al rey Joaquín en Babilonia (2 Reyes 25:27-30), lo cual es un anuncio de la sostenida fidelidad de Dios al pacto que hizo con David.

Hay una constante moral invariable en los reyes del reino del norte, siendo todos reprobados sin excepción, mientras que en los del sur algunos son aprobados, incluso con excelencia, y otros son reprobados. Algunos comienzan bien su reinado y acaban mal, como Asa o Uzías; otros comienzan mal y acaban mal, como Joram y Acaz; uno empieza mal y acaba bien, que es Manasés; pero otros comienzan bien y acaban bien, como Josafat, Ezequías, si bien con un tropiezo, y Josías.

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