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Levítico

Vestiduras del sumo sacerdoteLevítico, el tercer libro de Moisés, se inicia con las palabras "y llamó" (vaiqrá) y así lo denominan los judíos. En tiempos talmúdicos también se le daba el nombre de Ley de los Sacerdotes (toráh kohanim). En la Septuaginta lleva el título de Levitikon ("Levítico", un adjetivo que modifica a la palabra biblion, "libro", la cual no está escrita pero se presupone). La Vulgata lo designa simplemente como Leviticus.

Este libro es la continuación de Éxodo pues al cerrarse éste con la inauguración del tabernáculo, Levítico se centra en el culto que en ese lugar se daba a Dios, según las ordenanzas que él mismo había instituido. Hay cuatro notas dominantes en ese libro que están íntimamente relacionadas entre sí: La santidad de Dios, el sistema de sacrificios, el sacerdocio y la limpieza.

La santidad de Dios. Levítico ha sido denominado el 'código de santidad', porque la noción de santidad lo recorre desde el principio al fin. De hecho, la frase clave del libro sería Levítico 11:44-45, que se repite en otras ocasiones (19:2; 20:7). Esa santidad será la norma determinante para todos los que se acerquen a Dios, estando preparadas todas las ceremonias que el libro describe para ese fin. De esa manera Dios provee lo que manda, ya que de otro modo el hombre pecador, por sí mismo, no podría acercarse al Dios santo. La noción contraria a santidad es profanación, que consiste en rebajar al nivel de lo normal o vulgar lo que es elevado y sublime, es decir, lo santo. Aparece en 10:10, tras ofrecer Nadab y Abiú fuego extraño en sus incensarios, volviendo a aparecer profusamente en los capítulos 21 y 22, donde se especifica la santidad de sacerdotes y ofrendas. El contraste entre las nociones de santidad y profanación volverá a destacar en Ezequiel.

El sistema de sacrificios. En los primeros siete capítulos de Levítico está detallado en gran parte el sistema de sacrificios establecido por Dios. Es evidente que el pecado no puede tener asociación con lo santo, ni lo sucio con lo limpio; de ahí la necesidad de un método que quite el pecado y que limpie lo sucio. Ese método es el sacrificio. Los siguientes son los principales tipos de sacrificio:

Holocausto (1:1-17). El holocausto ('ôlâ) es la ofrenda de un animal sacrificado previamente y enteramente quemado en el altar, significando la total consagración del que ofrenda a Dios. Además tiene carácter expiatorio.
Oblación (2:1-16). La ofrenda (minhah) es la oblación no animal sino vegetal que se presenta a Dios.
Sacrificio de paz (3:1-17). El sacrificio de paz (zevah shelamim) era una ofrenda participativa, en la que el que ofrenda comía de ella. La otra parte era quemada en el altar. Por tanto, la idea de comunión entre Dios y el que ofrenda prevalece en este tipo de ofrenda.
Sacrificio por el pecado (4:1-35). El sacrificio por el pecado (hattat) tiene valor expiatorio.
Sacrificio por la culpa (5:14-6:7). El sacrificio por la culpa (asham) también tiene valor expiatorio, debiendo en ciertos casos hacerse una restitución por lo dañado.

El ritual del sacrificio en el Antiguo Testamento era el siguiente:

El pecador lleva a la víctima (animal sin tacha) a la puerta del tabernáculo.
El pecador pone sus manos sobre la cabeza de la víctima y confiesa sus pecados.
El pecador degüella a la víctima.
El sacerdote recoge la sangre y la derrama alrededor del altar.
El sacerdote hace arder parte o toda la víctima sobre el altar.
El sacerdote y el pecador comen de la víctima en determinados sacrificios.

Del sistema de sacrificios del Antiguo Testamento se deduce:

El sacrificio enseña la realidad del pecado.
Los sacrificios eran efectivos para los que estaban dentro del pacto, es decir, para Israel.
Los sacrificios estaban destinados a reparar los pecados hechos por yerro o ignorancia, no los hechos con soberbia (Números 15:22-31).
Los sacrificios eran continuamente repetidos; eran ejemplos, no la verdadera expiación.
Los sacrificios tenían un propósito didáctico, al enseñar al pueblo que el castigo sobre el pecado y la gracia de Dios son reales.
El sacrificio exige derramamiento de sangre, porque sin sangre no hay solución para el pecado (Hebreos 9:22).
El sacrificio supone la identificación del pecador con la víctima. Hay una sustitución. La víctima carga con la responsabilidad del pecador.

Todo ese sistema de sacrificios, que era constante, alcanzaba su culminación el día de la expiación (Levítico 16), cuando el sumo sacerdote entraba al lugar santísimo para efectuar la expiación por sus propios pecados y por los del pueblo.

El sacerdocio. Unida a la idea de sacrificio está relacionada la noción de sacerdocio. La figura del sacerdote es esencial para cualquier sistema que pretenda aproximarnos a Dios, al ser el mediador a través del cual nos ponemos en contacto con él. Sin sacerdote cualquier intento en esa dirección está condenado al fracaso, al carecerse del nexo de unión central entre las dos partes. Por supuesto el sacerdocio ha de ser legítimo para que sea reconocido por Dios, de lo contrario estaremos ante una pretensión temeraria. Por eso al sacerdote no lo elige el pueblo sino que lo llama Dios a ese menester. Aparte del llamamiento (8), el sacerdote ha de estar cualificado por una vida que destaca sobre la de aquellos a quienes va a representar. Por eso Levítico 21 especifica las cualidades que deben adornar a los sacerdotes. Aunque muchas de las prescripciones tienen un sentido ceremonial, es evidente que su propósito último es moral. Cuestiones que le son permitidas al resto del pueblo, no le están permitidas al sacerdote, en razón de la función que desempeña.

La limpieza. Las nociones de limpieza y su contraria, la contaminación, están muy presentes en Levítico. Los capítulos 11 al 15 tratan esa cuestión en el siguiente orden:

Capítulo 11. Animales limpios e impuros. El capítulo sirve como una introducción a las leyes de la purificación.
Capítulo 12. Purificación de una mujer después del alumbramiento.
Capítulos 13, 14. Las leyes sobre la lepra. Aquí aparece una división cuádruple. (a) 13:1-44, la lepra en el hombre; (b) 13:47-59, la lepra en las ropas; (c) 14:1-32, purificaciones; (d) 14:33-35, la lepra en las casas. De las anteriores, b, c, y d, están subdivididas cada una en cuatro partes.
Capítulo 15. Purificación de ciertos flujos. Versículos 1-15, flujo del hombre; vs. 16-18, derramamiento de semen; vs. 19-24, flujos de la mujer; vs. 25-33, flujo persistente de la mujer.

Se podría pensar que Levítico solamente tiene interés en los aspectos rituales y ceremoniales; sin embargo, su enseñanza abarca las cuestiones morales también, porque sería estéril subrayar lo ritual si lo ético está ausente. Por eso en los capítulos 18 y 19 se enseña ese aspecto:

Leyes contra el incesto (18:6-18).
Prohibición de otros pecados sexuales (18:19-23).
Diversas advertencias (18:24-30).
Leyes de conducta hacia el prójimo (19:9-18).
Diversos preceptos (19:19-32).
Castigos (20).

La noción de festividad es importante en este libro, teniendo las acepciones de reunión, solemnidad y celebración gozosa. El capítulo 23 las detalla así:

El sábado (3).
Las celebraciones anuales. La Pascua (5-8), la fiesta de la siega (15-21), el día de la expiación (27:32) y la fiesta de los tabernáculos (34-43).

Pero el libro de Levítico todavía tiene un aspecto más a considerar. Se trata del aspecto social y civil y en ese sentido el año sabático (cada siete años) y el del jubileo (cada cincuenta) (capítulo 25) muestran la importancia de la justicia en las relaciones económicas. Todo un programa de práctica sensibilidad social.

El libro acaba con las consecuencias de la obediencia y desobediencia (capítulo 26) y un apéndice sobre los votos (27).

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