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Jueces

TABLA CRONOLÓGICA
Fecha a. C. Hebreos Asirios Heteos Egipcios
c. 1200-1025 Periodo de los jueces Tiglat-pileser I Expulsados de Asia Menor Invasión de los pueblos del mar

Estatua de SansónEl libro recibe su nombre de los gobernantes, "jueces" (shophetim), que rigieron a Israel durante el período entre Josué y Samuel. El mismo nombre aparece también en la Septuaginta, (Kritai), y en la Vulgata. Hay que tener en cuenta que el nombre traducido por jueces no se corresponde exactamente con lo que en la actualidad se entiende por tal nombre. Más bien se refiere a la facultad de mando, de estar al frente y de dirigir a otros, como puede apreciarse por los casos que en este libro se describen.

Se puede dividir en tres secciones: Una preliminar en los capítulos 1 y 2, donde se comienza en el punto en que terminó el libro de Josué y se presenta la condición actual del pueblo; una central en los capítulos 3 al 16, donde se van sucediendo, uno tras otro, los dirigentes que Dios levanta para liberar a Israel de yugos opresivos y una final en los capítulos 17 al 21, que muestra el grado de deterioro espiritual, moral y civil al que han llegado las cosas.

La ciudad de Jerusalén ilustra algunas realidades sobre la fase de conquista. Josué la derrotó (12:10), pero años después (Jueces 1:8) la tribu de Judá la tomó de nuevo, lo cual indica que hubo de ser repoblada por los cananeos entre un acontecimiento y otro. Y aun después de la segunda toma, los jebuseos persistían en ella (1:21), no siendo definitvamente conquistada hasta el tiempo de David (2 Samuel 5:6). Todos estos avances y retrocesos muestran que tras el establecimiento inicial hubo pérdidas y recuperaciones alternantes de territorio. Con el caso de los jebuseos persistiendo en Jerusalén, a los que no pudo arrojar la tribu de Benjamín, se comienza en el capítulo 1 de Jueces una enumeración de conquistas parciales que dejarán en pie el poder cananeo (1:28,29,30,31,33,34).

Mapa de los asentamientos de Israel en Canaán tras la muerte de Josué

Ya en el capítulo 2 se constata el principio de la desviación del pueblo, que comienza con la asociación de los israelitas con las creencias cananeas, de lo cual ya habían avisado Moisés (Deuteronomio 31:29) y Jousé (Josué 23:13) en sus discursos de despedida. Es decir, una cosa es la ocupación militar de unos territorios y otra el asentamiento ideológico y religioso que derrote y extirpe definitivamente lo erróneo. Aunque Israel subyugó parcialmente a los cananeos militarmente, éstos influyeron y contagiaron a Israel, a la larga, con sus creencias. En esta indulgencia temeraria hacia el enemigo está la clave de la caída de Israel, lo que hace bueno el mandato de Dios a Josué, que parece tan duro, de exterminar totalmente a los cananeos. Por primera vez en 2:11 se mencionan los baales, un pecado que será recurrente a lo largo de toda la historia de Israel en el Antiguo Testamento.

Hay una cadencia repetitiva en este libro, consistente en los siguientes pasos: Apostasía de Israel, opresión a manos de un poder extranjero, clamor ante Dios y envío de un libertador. Hasta en siete ocasiones se dice que Israel hizo lo malo a los ojos de Dios (2:11; 3:7,12; 4:1; 6:1; 10:6; 13:1). La frase 'el Señor los entregó' también es recurrente (6:1; 10:7; 13:1), frase que tiene su contraparte en el Nuevo Testamento, al describir el apóstol Pablo el estado en el que queda sujeto el hombre al negar a Dios (Romanos 1:24,26,28). Finalmente, lo que ha sido un continuo vaivén de caídas y restauraciones, acaba por convertirse en una cuesta abajo que no tiene fondo, siendo la última frase del libro el resumen de las condiciones de la nación, donde el caos y la anarquía han hecho mella: 'Cada uno hacía lo que bien le parecía.' (21:25).

De esa cadencia se pueden extraer algunas lecciones sobre Dios y su pueblo. Sobre Dios es posible captar su soberanía, ya que los pueblos que subyugan a Israel no son sino instrumentos que Dios usa para el castigo. Esos pueblos, en sí, no tienen la hegemonía en sí mismos; solo la tienen por permisión de Dios; una lección que volverá a repetirse en la historia posterior. También sobresale su paciencia, al proporcionar, vez tras vez, un instrumento salvador. Dios no se cansa, a pesar de las continuas caídas de Israel, de levantar a la nación y darle una nueva oportunidad. Igualmente es fácil captar la justicia de Dios, que entrega a la nación desobediente en manos de aquellos a cuyos dioses han servido. Hay una paradoja en esta dura disciplina: Lo que se ama desordenadamente se convierte en un amo implacable. Del pueblo se aprecia la irremediable tendencia a la idolatría que es, a pesar de las amargas lecciones recibidas, continua piedra de tropiezo, lo que muestra el estado de un corazón sin regenerar.

Los nombres de Débora, Gedeón, Jefté y Sansón destacan entre la lista de dirigentes, hasta trece, que hay en ese periodo, que cubre un total de unos doscientos años. En contraste con el género narrativo del libro se encuentra el capítulo 5, que presenta un poema celebrando la victoria de Israel sobre los cananeos. El poema es de un elevado carácter literario y describe con poderosas imágenes el curso de los acontecimientos. No es la única ocasión que en medio de una unidad narrativa se incluye el género poético, como en Éxodo 15:1-18, Deuteronomio 32:1-43 y 2 Samuel 1:19-27.

El nombre de Débora es notable porque es la primera vez que una mujer es instrumento de salvación para Israel, siendo Ester una compañera posterior similar. En la batalla que se libra la intervención de Dios es determinante (4:15), aunque no se especifica el modo. Una batalla en la que la actitud de las tribus fue muy diversa (5:14-18), abarcando desde la pasividad (5:17) hasta la entrega total (5:18), pasando por la resolución teórica pero sin consecuencias prácticas (5:16).

Gedeón ilustra el caso del hombre que se considera insignificante (6:15) y que va a la batalla con una tropa insignificante (7:7), pero que va a obtener la victoria ante un enemigo muy superior (7:12), para que sea patente que la victoria es de Dios. Pero el caso de Gedeón también enseña que junto a su celo por Dios (8:23) hay mezclado un deseo desordenado de promoción propia (8:27), al entrar en una esfera ilícita, siendo su decisión motivo de extravío para el pueblo.

Jefté ilustra de manera fehaciente la confusión que ya era hegemónica en la mentalidad de los israelitas, al querer agradar a Dios haciendo lo que Dios aborrece (11:30-31).

Sansón es el hombre donde la mezcla alcanza su máxima expresión, siendo por un lado consagrado a Dios desde su nacimiento (13:5), pero comportándose como un profano en diversas ocasiones (14:2; 16:1,4). La mujer extraña, sobre la que el libro de Proverbios avisará repetidamente, se convertirá en causa de su ruina.

Mapa de los sitios destacados de los jueces de Israel

El libro se cierra con los capítulos 17 al 21, en los que ya no aparece ningún gobernante destacado en la escena y en su lugar se muestran las condiciones prevalecientes en la nación. Los capítulos 17 y 18 muestran la confusión religiosa existente, porque se dedica a Dios lo idolátrico (17:3), se consagra sacerdote a cualquiera (17:5) e incluso un levita no tiene escrúpulos en servir a un particular como sacerdote (17:10) y luego a una tribu (18:20) en condiciones desordenadas. La degradación moral se constata en el capítulo 19, donde lo que pasaba en Sodoma (19:22) se repite. El caos civil se manifiesta en los capítulos 20 y 21, donde se desata una guerra entre las demás tribus y la de Benjamín, quedando ésta grandemente mermada y buscándose soluciones para su supervivencia basadas en medios dudosos (21:14,23). La última frase del libro prepara el terreno para la instauración de la monarquía en los libros de Samuel.

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