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Josué

TABLA CRONOLÓGICA
Fecha a. C. Hebreos Fenicios Griegos Egipcios
c. 1220-1200 Josué conquista Canaán Ciudades-Estado independientes Guerra de Troya Ramsés II

Josué ora a Dios para que el sol se detenga de Gustave DoréCon Josué se abre una nueva sección en la Biblia, que es la de los libros históricos, así denominados por su predominio del relato, en contraste con los anteriores del Pentateuco, donde con el relato iba mezclado el discurso y la enseñanza. Los judíos denominan profetas primeros a esta sección de libros.

El propósito del libro es mostrar cómo Dios introdujo a Israel en la tierra prometida. Es la continuación de la historia contenida en el Pentateuco, mostrando cómo Josué fielmente desempeñó la tarea que Dios le había encomendado, y cómo Dios, en cumplimiento a sus promesas, le dio a su pueblo dicha tierra.

Incluso un vistazo superficial al libro permite hacer una división en dos grandes partes, que serían conquista y reparto de la tierra. Pero para ser más precisos se podría dividir en tres partes que serían las siguientes: Conquista de Canaán (1:1-12:24), distribución del territorio (13:1-22:34) y despedida y muerte de Josué (23-24).

Con la etapa que inaugura Josué se producen una serie de cambios de importancia decisiva. Hay cambio de dirigente, Moisés por Josué; hay cambio de escenario, el desierto por Canaán; hay cambio de generación, la que salió de Egipto por sus hijos. Pero al mismo tiempo hay una continuidad, ya que el propósito de Dios sigue siendo el mismo que cuando salieron de Egipto: darles Canaán. Es decir, los hombres pasan pero Dios y sus planes permanecen. Hay que destacar que el poder sobrenatural de Dios se despliega en esta etapa igual que en la anterior, porque hay acontecimientos milagrosos que se suceden: Paso del Jordán (3), caída de Jericó (6) y victoria sobre los amorreos (10).

Derrumbe del muro de Jericó, ilustración para la traducción
de la Biblia de Lutero, 1534, folio 3
Es preciso fijarse en algunos prolegómenos que el relato presenta. Nada más iniciarse aparece una frase que anteriormente se había repetido en innumerables ocasiones, siendo Moisés el interlocutor de Dios, pero que ahora tiene como destinatario a Josué (1:1). El mismo Dios que antes habló a Moisés habla ahora a Josué, dándole las claves para el éxito en la etapa que inicia. Esas claves son las siguientes: Promesa de la presencia divina (1:5), valentía personal (1:6) y obediencia a la palabra de Dios (1:8). Unas claves vigentes para cualquier creyente de cualquier época. En el capítulo 2 aparece el personaje de Rahab, quien por su condición (ramera) y pertenencia (cananea) está destinada a perecer con los demás en Jericó. Sin embargo, será salvada de la destrucción por identificarse con los espías, siendo además incorporada a la estirpe de Israel, hasta el punto de ser antepasada de Jesús (Mateo 1:5). Toda una ilustración, en pleno Antiguo Testamento, de la gracia de Dios que salva al pecador. En el capítulo 3 se presenta una dificultad natural para acceder a Canaán, que es el río Jordán. Del mismo modo que para salir de Egipto hubo una imposibilidad, el Mar Rojo, ahora para entrar en la tierra prometida hay otra. Pero Dios intervendrá sobranaturalmente como lo hizo en el pasado, lo cual es una señal de que él sigue siendo el mismo y que su voluntad es introducirlos allí. El capítulo 4 relata un acto pedagógico, por el que Dios quiere que las generaciones venideras tengan memoria de lo que hizo en ese momento al separar las aguas del Jordán. Israel no entró en Canaán por su capacidad o recursos sino por el poder de Dios. Las doce piedras son un monumento recordatorio de esa lección. En el capítulo 5 se establece la necesidad de que cada generación debe ser circuncidada, no siendo meramente hijos de circuncidados sino circuncidados ellos mismos. Es decir, la experiencia personal del pacto es vital. Gilgal recuerda que no es suficiente ser hijos de creyentes sino que la fe personal es necesaria.

Hay dos grandes temas en este libro: La guerra y la tierra.

Victoria sobre los cinco reyes amorreos, ilustración para la traducción
de la Biblia de Lutero, 1534, folio 7
  1. La guerra.
    Que Josué es un libro de guerra se hace patente desde el principio y la teofanía del varón con la espada desenvainada (5:13-15) es una señal evidente de ello. Pero la guerra que se libra en este libro no es convencional, sino que se trata de una guerra de exterminio total. Deuteronomio 20:10-18 hace diferencia entre la una y la otra. Ese tipo de guerra contra los cananeos es el que se describe una y otra vez (6:21; 8:26; 10:28,35,37,39,40; 11:11,12,21). Se ha acusado a Josué y a los israelitas, y consecuentemente a Dios, de crueldad manifiesta por el trato dado a los cananeos. Pero a la luz de lo que ocurrió posteriormente, tras la muerte de Josué, cuando la nación se hundió en la corrupción e idolatría por su mezcolanza con las prácticas y creencias cananeas (Jueces 2:2), se entidende la racionalidad del mandato, dado que había una incompatibilidad total entre lo que creían y practicaban los cananeos y lo que creía y practicaba Israel, sin posiblidad de acuerdo. La coexistencia de lo bueno con lo malo, sin que lo bueno salga profundamente dañado, es imposible, por lo cual se hace preciso escoger entre dicha coexistencia, lo que significará la desintegración de Israel, y el exterminio de los cananeos. El triunfo de lo bueno implica necesariamente la destrucción de lo malo. Los cananeos no son inocuos representantes de un sistema moral más o menos aceptable, sino artífices de una estructura maligna que durante siglos se había perpetuado (Génesis 15:16). Los cananeos jamás dotaron a sus dioses de moral. Por lo que se puede deducir de los códigos legislativos de la época, la conducta de los dioses estuvo bastante por debajo de la que mantuvo en conjunto la sociedad. La mitología cananea es más brutal que cualquier otra de la antigua Asia occidental. Por otra parte, gracias a las pruebas contenidas en la Biblia, parece ser que el culto popular incluía algunas de las prácticas más degradantes conocidas en el momento. No sólo fue corriente la prostitución sagrada, sino también el sacrificio de hombres y niños, a pesar de que los egipcios y babilonios habían dejado de practicarlos desde hacía mucho tiempo. Los cananeos aceptaron también el culto a las serpientes, desconocido entre los otros pueblos. No tiene fundamento alguno, pues, la acusación de xenofobia contra Josué. No es por ser extranjeros que son exterminados, sino por su depravación. La presencia cananea es una negación total de la soberanía de Dios sobre esa tierra, un impedimento absoluto a sus planes para con Israel y una provocación continua por su corrupción moral, la cual merece justo castigo (Deuteronomio 18:12). En realidad lo que asombra es la paciencia de Dios al soportar tanta iniquidad durante tanto tiempo. Antes de las guerras de Canaán ya había habido exterminios colectivos por parte de Dios debido a la saturación de pecados, como se aprecia en el caso del diluvio y en el de Sodoma y Gomorra. La diferencia aquí es que en vez de usar instrumentos inertes, como agua o fuego, Dios usa instrumentos humanos. En definitiva, es la justicia de Dios contra el pecado lo que destaca en la orden de destruir completamente las ciudades cananeas.
    La desobediencia en el cumplimiento de este mandato en Jericó no sólo provoca la derrota ante el enemigo (7:2-5) sino también la ira de Dios (7:11), algo en lo que incurrirá posteriormente Saúl en un mandato similar (1 Samuel 15:9).

    Hay dos campañas militares principales, que son la inicial, acometida en el territorio central, nada más cruzar el Jordán, narrada en los capítulos 6 al 10, y la posterior, en el territorio septentrional, narrada en el capítulo 11. Pero entre ambas se efectúa la lectura de la ley en el monte Ebal (8:30-35), lo cual enseña que la permanencia y el avance dependen de la obediencia a la Palabra, porque sería fácil caer en la euforia y olvidar que la victoria depende del continuado sometimiento a la voluntad expresada de Dios. El capítulo 9 recoge el engaño de los gabaonitas, que lograron hacer creer a los dirigentes de Israel que eran extranjeros, usando la adulación (9:9-10). Al hacer pacto con ellos, sin haber consultado a Dios sobre su verdadera identidad, quedan obligados a respetarles la vida, aunque eran cananeos, quedando los dirigentes israelitas en evidencia ante el pueblo por su negligencia (9:18).

    Mapa de las campañas de Josué

  2. La tierra.
    Dado que Canaán es la culminación de lo que comenzó con la salida de Egipto, su conquista y reparto ocupa la mayor parte del relato. Una tras otra, las ciudades van cayendo en manos de Josué y el territorio va siendo ocupado por los vencedores. Pero en el lapso de la vida de Josué no se terminó esa tarea (13:1), que debería haber sido llevada a cabo por la generación siguiente. El reparto entre las doce tribus, capítulos 15 al 19, establece los límites entre ellas, de acuerdo al número de sus componentes. La fijación de estos límites es la que el año del jubileo, Levítico 25, tenía como propósito mantener. Comenzando en el capítulo 14 y terminando en el 19 se especifican los territorios adjudicados a cada tribu. A destacar es el caso de Caleb, el espía que creyó en el desierto que era posible la conquista de Canaán y que en su ancianidad tomará las armas para conquistar su heredad (14:6-15). La unidad religiosa se establece en Silo (18:1), perteneciente a Efraín, donde se instalará el tabernáculo hasta su traslado a Jerusalén en días de David (2 Samuel 6:12). Hay seis ciudades que se apartan para que sirvan como ciudades de refugio (20:7-8), con el objetivo de que los homicidas involuntarios puedan encontrra protección en ellas. Tres están a un lado del Jordán y las otras tres al otro, en distancias equidistantes unas de otras, para facilitar el acceso a ellas. Igualmente se señalan las ciudades de los levitas (capítulo 21), para los cuales cada tribu cede algunas como morada. La posesión de la tierra de Canaán es de importancia suprema, porque supone el cumplimiento de las antiguas promesas dadas a los patriarcas (21:43-45), lo cual muestra la fidelidad de Dios a su promesa.
    El deseo de Rubén, Gad y la media de tribu de Manasés de quedarse en la otra orilla del Jordán (Números 32) dará origen a un incidente con las demás tribus (Josué 22). De forma unilateral erigieron un altar con buena intención, pero al no dar explicaciones al resto de las tribus el malentendido estuvo a punto de provocar una guerra.

    Mapa de los territorios de las doce tribus de Israel

    Hay un detalle sobre el reparto de la tierra que es destacable y es que Josué fue el último en heredar la parte que le correspondía (19:49). Es decir, él va a esperar a que todos los demás ya estén asentados. Todo un ejemplo de ética y responsabilidad por parte de este dirigente. Su discurso de despedida al pueblo (24) recuerda los de Moisés y Samuel (1 Samuel 12).

El libro de Josué tiene su contraparte en el Nuevo Testamento, ya que el cristiano tiene un combate permanente aquí abajo con enemigos internos y externos. Los internos son las pasiones, a las que hay que dar muerte sin contemplaciones (Colosenses 3:5), y los externos son las huestes espirituales de maldad (Efesios 6:12).
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