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Joel

Joel predicando en un mercado. A la derecha escena de Pentecostés
Ilustración para la traducción de la Biblia de Lutero, 1534, folio 25
Nada se sabe de este profeta salvo la lacónica presentación que hace de sí mismo (1:1). Tampoco sabemos cuándo vivió, para situar así históricamente su mensaje.

El libro se puede dividir en cuatro grandes secciones:

  1. Una crisis nacional (1:2-2:11).
  2. Una humillación nacional (2:12-17).
  3. Una restauración nacional (2:18-32).
  4. Un juicio final y una salvación final (3:1-21).

1. Una crisis nacional (1:2-2:11). Hay una amenaza que se manifiesta en una plaga que consume todos los recursos básicos que son esenciales para vivir. Las sucesivas oleadas destructoras se suceden una tras otra y al ir dirigidas contra los productos esenciales ponen en peligro la supervivencia. Además de la plaga se mencionan la sequía (20) y el fuego (19,20), que puede aludir a las altas temperaturas o también a incendios. Todos los cultivos son dañados (10,12) y el ganado se resiente (18). Todas las capas de la población se ven afectadas, pues tanto los vividores (5) como los trabajadores (11) sufren las consecuencias. Incluso los representantes de la religión, los sacerdotes, están desolados al no tener nada que ofrecer en el templo (13).

Pero lo que está pasando no es más que el preludio de algo peor que está en el horizonte. Se trata de un ejército no convencional, cuya presencia tiene repercusiones cósmicas (2:10). Se trata del día del Señor, día de destrucción y calamidad por excelencia (1:15; 2:1,11). La perspectiva, por tanto, no puede ser más catastrófica. El presente es desolador, pero el futuro es aún peor.

Las causas de esta crisis sin precedentes no están especificadas, pero al considerar el remedio para salir de ella es fácil descubrir cuáles son.

2. Una humillación nacional (2:12-17). Es el mismo Dios que está al frente del imponente ejército amenazante quien muestra el remedio salvador. Ese remedio se llama conversión. La profundidad de la misma se aprecia en que no debe ser un gesto grandilocuente externo sino un acto del corazón, intensificado por la aflicción (ayuno). La extensión de la conversión se destaca en que no son unos pocos los que deben realizarla sino todos (16). Nadie está exento. Si el pecado es colectivo, el remedio también debe ser colectivo. Su urgencia se describe mediante el toque de la trompeta, instrumento que se usaba para congregar al pueblo en las ocasiones solemnes. Con esa conversión cambia la noción de bendición, que de ser algo que Dios nos da pasa a ser algo que Dios nos da para que le demos a él (14).

3. Una restauración nacional (2:18-32). ¿Responderá Dios a esta conversión colectiva? Sí y la restauración consiste en el otorgamiento del perdón (18), lo cual indica que había una culpa, origen de la crisis. A continuación se describe la bendición material (19). Pero es importante considerar el orden en que las cosas están puestas; primero la bendición espiritual, expresada en el perdón, luego la material, reflejada en la lluvia temprana y tardía. Sin embargo, lo mejor está por venir, ya que Joel es el profeta, junto con Isaías, que anuncia un derramamiento general del Espíritu Santo (28), texto que el apóstol Pedro usará para refrendar lo sucedido en Pentecostés (Hechos 2:16-21). Se trata de un anuncio que tendrá su cumplimiento en el evangelio, donde quedarán eliminadas las diferencias nacionales en cuanto a la salvación.

4. Un juicio final y una salvación final (3:1-21). Juicio y salvación son las dos caras que muestra este capítulo. La alusión al valle de Josafat (3:2,12), lugar donde Dios juzga, eso significa el nombre de Josafat, a las naciones, indica el sitio del veredicto o la decisión final (3:14). Es llamativo el hecho de que tanto Joel como Ezequiel contemplan, tras la restauración del pueblo de Dios, un último ataque que pretende ser letal por parte de las naciones (Ezequiel 38:11, Joel 3:9). Lo mismo en Apocalipsis 20:8. La ilustración del lagar (3:13) donde las uvas van a ser pisadas es una figura que en otras partes de la Biblia se emplea para describir la destrucción de sus enemigos por parte de Dios (Isaías 63:2-3; Lamentaciones 1:15; Apocalipsis 14:19-20; 19:15). La acción y presencia salvadora de Dios (3:16-21) hacia su pueblo pone el contrapunto, terminando el libro con la morada de Dios entre su pueblo.

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