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Jeremías
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TABLA CRONOLÓGICA
Fecha a. C. Hebreos Babilonios Medos Egipcios Fenicios
609 Muerte de Josías Nabopolasar Imperio medo Necao
Joacaz Nabucodonosor II
600 Joacim
1ª Deportación
Batalla de Carquemis
598 Joaquín
2ª Deportación
587 Sedequías
Caída de Jerusalén
3ª Deportación
Huida a Egipto
Asedio de Tiro (Ezequiel 26-28)

Baruc escribiendo las profecías de Jeremías (Gustave Doré)La profecía lleva el nombre del mismo profeta, Yirmeyahu o Yirmeyah. En la Septuaginta el nombre aparece como Hieremías, y en la Vulgata Jeremías. Es el más largo de los libros de los profetas, siendo más extenso que los doce profetas menores en conjunto. Contemporáneo de Jeremías fue Sofonías.

Se conoce más acerca de la vida de Jeremías que de la de cualquier otro de los profetas del Antiguo Testamento. Fue hijo de Hilcías, de los sacerdotes que estuvieron en Anatot. Siendo aún joven recibió el llamamiento para ser profeta (1:6). Este llamamiento lo recibió durante el año decimotercero de Josías (1:2; 25:3) esto es 627 a. C., continuando su ministerio hasta la destrucción final de Jerusalén por Nabucodonosor en 587 a. C. y aún más allá, pues fue obligado a marcharse con un grupo de fugitivos a Egipto.

La primera parte de su ministerio lo ejerció bajo el rey Josías, siendo este período el más prometedor, dadas las reformas que ese rey emprendió (2 Crónicas 34), de ahí que cuando Josías murió prematuramente Jeremías lo lamentó profundamente (2 Crónicas 35:25). A Josías le sucedió Joacaz (llamado también Salum), hijo suyo, quien reinó sólo durante tres meses. Después de Joacaz ocupó el trono Joacim, hermano suyo. Durante el cuarto año de su reinado sucedió la famosa batalla de Carquemis, en la cual Nabucodonosor resultó victorioso y luego sitió a Jerusalén, llevándose cautivos (entre los cuales estaba Daniel) y utensilios del templo. Durante el reinado de Joacim, el profeta pronunció su gran discurso en el templo. Fue el rey Joacim quien mandó quemar el documento con las palabras del profeta. Joaquín, hijo de Joacim, reinó durante tres meses, siendo llevado cautivo. Le sucedió en el trono el tercer hijo de Josías, Sedequías, el cual había sido puesto en el trono por los babilonios (597-586 a. C.). Sedequías se negó a seguir pagando tributo a Babilonia y trató de aliarse con Egipto (Ezequiel 17:13; 2 Crónicas 36:13), pero Jeremías le exhortó a que continuara sometido a Babilonia (27:12-22), lo cual sería el menor de los dos males y evitaría a la vez que la nación fuera destruida. Finalmente, Nabucodonosor, después de un largo asedio, tomó la ciudad. A Sedequías le sacaron los ojos y junto con el pueblo fue llevado al cautiverio.

No solamente se conoce más de la vida de Jeremías que de ningún otro profeta; también se conoce más de su personalidad que de la de los demás. Sus continuos clamores, quebrantos y desmayos por la dureza de sus oyentes y las oscuras perspectivas que se percibían en el horizonte, nos presentan todo un cuadro de su sensibilidad y sufrimiento. Una de las fuentes mayores de sufrimiento para él fue la constatación de que los dirigentes del pueblo eran reacios a escuchar la palabra de Dios (20:1-2), prefiriendo oír mensajes halagüeños, aunque huecos y falsos (14:13).

La posición del profeta, por causa de su mensaje, era muy delicada, dado que anunciaba la inutilidad de hacer frente a los caldeos (21:4), aconsejando la rendición ante ellos (38:17), lo cual fue tomado como un acto de traición y de anti-patriotismo (38:4). Su fidelidad al mensaje de Dios le dejaba enfrentado a su propio pueblo, al tiempo que parecía estar de parte de sus enemigos (37:13).

Algunos de los más grandes discursos que hay en el Antiguo Testamento son suyos. Especialmente imponente es el del capítulo 2, donde hace un llamamiento a la nación en los términos más ilustrativos, apremiantes y emotivos. De hecho, los primeros capítulos del libro son un discurso sin solución de continuidad, donde el profeta va describiendo los males que aquejan a su pueblo, denunciando el pecado que apresura la ruina y llamando al arrepentimiento.

Resulta complicado hacer una clasificación u ordenamiento del libro de Jeremías, porque los mensajes y sucesos no están puestos en orden cronológico. Por ejemplo, el capítulo 21 corresponde al reinado de Sedequías, el último rey, pero los capítulos 26 y 27 al reinado de Joacim. No obstante, a grandes rasgos, podría dividirse de esta manera:

  1. Oráculos contra Judá y Jerusalén (1-25).
  2. Relatos biográficos (26-28).
  3. Mensajes de esperanza (29-33).
  4. Relatos biográficos (34-44).
  5. Oráculos contra las naciones (46-51).
  6. Caída de Jerusalén y cautiverio (52).

Mapa de los imperios rivales en tiempos de Jeremías

El ordenamiento cronológico del libro podría ser el siguiente, siguiendo el orden de los cinco reyes bajo los cuales profetizó Jeremías:

(1) Ministerio bajo Josías.
Josías es el rey que emprendió un gran movimiento de reforma en la nación (2 Crónicas 34), tras los decadentes reinados de su abuelo y de su padre.
(a) Capítulo 1:1-19. El profeta recibe su llamamiento en el año decimotercero del reinado de Josías, quien gobernó 34 años. En el llamamiento ya están las claves de su ministerio, como son la predicación del juicio (1:14-16), rechazo al mensaje (1:17) y respaldo de Dios.
(b) Capítulo 2:1-3:5. Primer mensaje a la nación, en el que se describe su apostasía en términos conyugales. Resulta llamativo que este mensaje se haya pronunciado durante el reinado de Josías, cuando aparentemente se trataba de un momento de resurgimiento espiritual. Lo cual quiere decir que más allá del impulso del rey, los pecados nacionales seguían bien arraigados en el alma colectiva. Unos pecados que venían de muy atrás.
(c) Capítulos 3:6-6:30. Este es el segundo mensaje del profeta, donde se expone la condición de infidelidad del pueblo (3:20) y el anuncio del surgimiento del instrumento de castigo (6:22). Se compara al reino del norte (Israel) con el reino de Judá, como si fueran dos hermanas en su relación con Dios, usándose términos descalificadores para ambas; si Israel fue apóstata, Judá es traicionera (3:8). Es decir, no hay diferencia entre una y otra; pero la culpabilidad de la segunda es mayor que la de la primera, al no haber aprendido de la lección retributiva que recibió. Tal vez en 3:10 esté la clave para entender que las reformas de Josías no habían sido profundas, de ahí el llamamiento a la conversión verdadera (3:14; 4:14; 6:8,16). Aquí es donde comienzan las expresiones de dolor (4:19), a causa del duro castigo que viene, que serán recurrentes en este profeta a lo largo de su libro (8:18,21; 9:1-2,10; 13:17; 14:18). También aparece aquí un desgarrador asunto, como es la existencia de falsos profetas portadores de un mensaje mentiroso (5:31), algo que una y otra vez Jeremías denunciará (6:14; 8:11; 14:13; 23:9; 27:14-16; 28:15-17; 29:8-9).
(d) Capítulos 7-10. Mensaje pronunciado en la puerta del templo, estableciendo las verdaderas condiciones para permanecer en la tierra; el templo por sí solo no es garantía de nada, como demuestra lo que ocurrió con Silo, en el reino del norte (7:12). En 7:16 aparece por vez primera la negativa de Dios a atender la intercesión en favor del pueblo transgresor (14:11-12; 15:1); una actitud insólita fruto del agotamiento de la paciencia de Dios. La primera parte del capítulo 10 contiene toda una doctrina sobre Dios, contrastado con los falsos dioses, en la que se destaca su soberanía, grandeza, poder y sabiduría en la creación y preservación del mundo, frente a la inerte existencia de los ídolos, que son pura materia.
(e) Capítulos 11-13. Las terribles consecuencias que anuncia el profeta (11:11) por la continuada violación del pacto (11:8), son la causa de la conspiración contra Jeremías por su mensaje (11:19), algo que volverá a repetirse posteriormente (18:18; 26:8). En 13:19 se anuncia, por vez primera, el cautiverio venidero, anuncio que se convertirá en recurrente (16:13).
(f) Capítulos 14-15. Ante la sequía y las causas de la misma, surge otra cuestión que también será repetitiva en el libro, como es el conflicto interno que libra el profeta por el rechazo que despierta su mensaje (15:10,15; 17:15), pero, a la vez, la consolación que recibe de parte de Dios (15:20-21).
(g) Capítulos 16-17. Al profeta le manda Dios no tomar esposa ni tener decendencia, ante lo que se avecina (16:2). En medio de los terribles juicios que se declaran (16:6-7), se anuncia por vez primera que, más allá del duro correctivo, habrá un regreso a la tierra temporalmente perdida (16:14-15), un tema al que el profeta volverá posteriormente.
(h) Capítulos 18-20. La ilustración en casa del alfarero es premonitoria de lo que ocurrirá con la nación, que no está abocada indefectiblemente a la ruina, sino que puede variar su destino si se convierte a Dios (18:11). El rompimiento de la vasija (19:10) refleja la condición irreversible por la dureza del material, reflejado en el corazón del pueblo, acto simbólico que provocará no ya solamente maquinaciones y amenazas verbales contra Jeremías, sino la persecución abierta y el castigo (20:2). Aquí es donde el alma del profeta, desgarrada por el dolor, se derrama a borbotones ante Dios (20:7-18).

(2) Ministerio bajo Joacaz.
No se menciona ninguna profecía durante este reinado y el mensaje acerca de Joacaz (llamado Salum), en 22:11-12, fue pronunciado mientras Sedequías fue rey. En cualquier caso el reinado de Joacaz fue efímero, pues solamente duró tres meses (2 Crónicas 36:2).

(3) Ministerio bajo Joacim.
El reinado de Joacim duró once años. Su actitud no deja lugar a dudas en cuanto a su desprecio hacia el mensaje de Dios que viene por el profeta Jeremías, al quemar el documento que lo contiene (36).
(a) Capítulo 26. El principio de este reinado supone la oportunidad de la nación para establecer un nuevo comienzo, de ahí la orden al profeta para que se ponga en el atrio del templo y anuncie lo que se avecina si no se pone por obra la palabra de Dios. Todavía hay tiempo para variar el destino si se cambia de actitud (26:3). Pero el mensaje despierta la animosidad de los dirigentes y el pueblo contra el profeta (26:8-9), si bien algunos ancianos aluden al caso de Miqueas, con un mensaje similar (Miqueas 3:12), para que se respete a Jeremías (26:18-19), aunque otro profeta, Urías, no será exonerado (26:23).
(b) Capítulo 25. A esta profecía, que anuncia los setenta años de desolación (25:11), se le da la fecha del cuarto año de Joacim, esto es, el año en que Nabucodonosor vino a Jerusalén y la sitió (Daniel 1:1). Destaca en ella la soberanía de Dios para juzgar, hacer y deshacer. Juzga y castiga a los culpables, usando instrumentos insólitos (25:9), para juzgar, a su vez, a los instrumentos usados (25:12). Esa soberanía se extiende a todas las naciones, que han de beber de la copa de ira que Dios ha preparado (25:15).
(c) Capítulo 35. El clan de los recabitas es puesto como ejemplo de fidelidad a la palabra de su progenitor, en contraste con la infidelidad de la nación al mandato de Dios.
(d) Capítulo 36. Donde se describe la quema, por parte del rey, del libro escrito por Baruc de boca de Jeremías (36:23). La fulminante sentencia pronunciada contra Joacim (36:30) no se hace esperar. Es notorio el hecho de que Mateo omite a Joacim en la genealogía de Jesús, saltando el evangelista de Josías a Jeconías (Mateo 1:11). Tal vez se deba a que el hombre que quiso destruir la Palabra fue ignorado, por esa misma Palabra, de la lista de antepasados de Cristo.
(e) Capítulo 45. Jeremías da una palabra de preservación a Baruc, su escriba, ante la destrucción que se avecina.

(4) Ministerio bajo Joaquín.
No existen profecías que expresamente se atribuyan a este reinado, que fue fugaz, pues sólo duró tres meses (2 Crónicas 36:9). Sin embargo, se menciona a Joaquín (con el nombre de Conías) en 22:24-30, en una profecía anunciada durante el reinado de Sedequías. Joaquín es el Jeconías de Mateo 1:11,12.

Jeremías echado en la cisterna, ilustración para la traducción
de la Biblia de Lutero, 1534, folio 64
(5) Ministerio bajo Sedequías.
El rey Sedequías es un personaje vacilante, que se mueve entre la esperanza superficial de una intervención salvadora de Dios (21:2), la petición de intercesión (37:3) y consulta al profeta (37:17), su encarcelamiento (32:3) y su protección (37:21); pero también se mueve por consideración ante sus consejeros (38:5) y por el miedo (38:19).
(a) Capítulos 21-24. Anuncio expreso de la caída de la ciudad y del rey en manos de los caldeos (21:4-7) y amonestación a hacer justicia (21:12; 22:3), siendo llamativo que el nombre del rey, Sedequías, es portador de la palabra justicia. Pero en contraste con este rey, que no hace honor a su nombre, el profeta anuncia un Rey en el que esa justicia irá incorporada a su persona (23:5-6), siendo a la vez la justicia de su pueblo, una verdad que el Nuevo Testamento llevará a su conclusión con la doctrina de la justicia imputada de Cristo (Romanos 4:5). En el capítulo 22 procede a evaluar a los tres reyes anteriores: Joacaz (al que se denomina Salum), 22:11,12; Joacim, 22:18-23; Joaquín (al que se llama Conías), 22:24-30.
Como en el reinado de Sedequías la amenaza caldea se hacía notar de forma palpable, siendo, por tanto, un tiempo de crisis en el que se buscaban soluciones fáciles, es notoria la proliferación de falsos profetas con mensajes positivos. De ahí la fuerte denuncia contra ellos (23:9-40). En medio del anuncio del desastre nacional y cuando ya se ha producido la segunda deportación (24:1), el profeta declara el regreso de los deportados (24:6).
(b) Capítulos 27-34. Una de las maneras de comunicar un mensaje es a través de símbolos físicos (1:11). Dios manda al profeta usar algunos en determinados momentos (13:1; 19:10; 51:63-64). Y ahora usa yugos y coyundas para manifestar la necesidad de someterse al yugo de Nabucodonosor (27:2), a quien Dios llama su siervo (27:6), en el sentido de que hará su voluntad, aunque sin saberlo. Esta simbología de los yugos y su mensaje será contradicha por un falso profeta (28:10), quien recibirá una palabra de condenación. Tras la segunda deportación, la de Joaquín, el profeta escribe una carta de consolación (29:10-14) a los deportados, avisándoles también de no prestar oído a los falsos profetas surgidos en el cautiverio que anuncian un regreso inminente (29:8-9).
El mensaje del regreso del cautiverio, a su debido tiempo, se convierte en tema de promesa y consolación (30:3; 31:3-14), hasta el punto de que Jeremías anuncia la promulgación de un nuevo pacto (31:31-34), dada la impotencia del primero. Es un anuncio insólito en el Antiguo Testamento, que tendrá su complimiento en el Nuevo (Mateo 26:28).
Un año antes de la caída de Jerusalén y mientras la ciudad está asediada, el profeta recibe la oferta, estando preso, de rescatar la heredad de un primo suyo. Aprovechándose sin escrúpulos de la ley sobre el rescate de la tierra, este pariente le presenta a Jeremías que se haga cargo del asunto (32:7-8). Es un negocio, humanamente, desastroso, porque esa heredad va a ser tomada por los caldeos, como el resto de la tierra. Sin embargo, Jeremías asume el riesgo, lo cual es señal de que la palabra definitiva no la tendrán los enemigos, sino Dios, que hará que los judíos vuelvan a su tierra (32:37), anunciándose de nuevo el pacto (32:39-40) y también el descendiente de David que traerá justicia imperecedera (33:15-16). El capítulo 34 vuelve al escenario del asedio de la ciudad y al destino inmediato que la aguarda, una vez que se ha violado la promesa de dejar libres a los esclavos hebreos (34:11).
(c) Capítulos 37-39. Describen el encarcelamiento de Jeremías, su castigo en la cisterna, la caída de Jerusalén, su destrucción, la captura del rey y el destierro del pueblo.

(6) Capitulos finales.
Los capítulos 40-44 recogen la situación en la que quedó Jeremías tras la caída de Jerusalén, el asesinato del gobernador judío nombrado por Nabucodonosor y la huida a Egipto de los supervivientes, llevándose con ellos al profeta. Incluso tras el duro correctivo recibido, los judíos se obstinan en mantener las costumbres idolátricas practicadas (44:17), lo que significa que el ministerio de Jeremías, que desde el comienzo fue rechazado, lo será también en el final.

Los capítulos 46-51 son difíciles de situar en cuanto a la fecha. El 46:2 especifica que fueron pronunciados después de la derrota de los egipcios en Carquemis ante los babilonios. En dichos capítulos se pronuncian profecías contra las naciones de alrededor y otras lejanas (Egipto, Filistea, Moab, Amón, Edom, Damasco, Cedar, Hazor, Elam y Babilonia), lo que muestra que el llamamiento que recibiera Jeremías en su juventud, tocante a su extensión (1:10), se cumple; por otra parte, muestra la intervención de Dios sobre los pueblos. Hay dos largos capítulos dedicados a Babilonia y su caída (50-51), como retribución merecida por su pecado contra el pueblo de Dios (50:14,29; 51:11,24).

El capítulo 52 acaba con el resumen del reinado de Sedequías, su final y el pormenorizado relato del saqueo del templo. En medio de ese terrible escenario, el epílogo del libro supone una nota de bálsamo y evocadora esperanza, por el trato dado al cautivo rey Joaquín en Babilonia, que en definitiva es expresión de la fidelidad de Dios a la promesa hecha a David sobre su linaje.

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