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Prólogo

  1. Importancia de la historia en la Biblia

    La Biblia es, por definición, un libro histórico: esta es una de las diferencias que la distinguen de otros libros que tratan sobre cuestiones trascendentales. Por ejemplo, las interminables mitologías griegas, romanas, nórdicas o hindúes, no son históricas; son, como bien dice la palabra, mitos o fábulas. Frente a ellas, la Biblia se levanta como un libro enraizado en la Historia como bien nos atestigua el apóstol Pedro, quien hablando del acto central alrededor del cual gira el mensaje bíblico, esto es, la venida de Cristo al mundo, afirma lo siguiente: 'Porque no os hemos dado a conocer el poder y la venida de nuestro Señor Jesucristo siguiendo fábulas artificiosas, sino como habiendo visto con nuestros propios ojos su majestad.' (2 Pedro 1:16).

    No es extraño que uno de los grandes objetivos de los enemigos de la Biblia haya sido intentar demostrar su nulidad histórica, bien sea por afirmar que el relato de la creación es solamente una composición literaria adecuada para la mentalidad de aquellos tiempos, o que verdaderamente Adán no existió como tal, sino que es meramente un símbolo de la humanidad, o que Cristo realmente no resucitó sino que la fe de los primeros cristianos elaboró esa creencia. Los críticos de la Biblia saben que la piedra angular sobre la cual descansa la veracidad de la Revelación de Dios es su historicidad, de ahí todos sus intentos para destruir ese fundamento.

    1. Importancia de la historia en el Antiguo Testamento

      Uno de los elementos que salta a primera vista al leer, aunque sea por encima, las páginas del Antiguo Testamento es el gran peso que tienen los relatos históricos: todo el libro del Génesis lo es, pues arranca con la creación del mundo y del hombre, sigue con la Caída y continúa, tras el diluvio, concentrándose en las biografías de ciertos personajes clave: Abraham, Isaac, Jacob y José. A esos personajes, sobre todo a Abraham, se harán múltiples referencias en las páginas del Antiguo y del Nuevo Testamento para demostrar la legitimidad histórica de lo que Dios ha prometido hacer. Es porque Dios, en un determinado momento histórico, hace una promesa a cierto personaje histórico, que luego sus descendientes pueden apelar a la fidelidad de Dios; por eso Abraham se convierte en punto de referencia obligado para descansar, aun en los peores momentos, en lo que Dios hará.

      Una buena parte del Antiguo Testamento se conoce técnicamente como libros históricos, que son los que abarcan desde Josué hasta Ester. Todos ellos, a diferencia de los Salmos o Proverbios por poner un ejemplo, están constituidos por relatos históricos: personajes, batallas, dinastías, genealogías, etc., que se entrecruzan para darnos una panorámica de la historia del pueblo de Dios y de la inmutabilidad de las promesas que Dios ha hecho.

      La apelación a la historia es un recurso pedagógico que Dios usa en el Antiguo Testamento para que su pueblo aprenda. Una de las exhortaciones repetitivas en el libro de Deuteronomio es 'Acuérdate...' Vez tras vez Dios manda a su pueblo que se acuerde de ciertos acontecimientos históricos: 'Acuérdate que fuiste siervo en tierra de Egipto' (Deuteronomio 5:15), 'Acuérdate bien de lo que hizo Jehová tu Dios con Faraón' (7:18), 'Acuérdate, no olvides que has provocado la ira de Jehová tu Dios en el desierto' (9:7), 'Acuérdate de lo que hizo Jehová tu Dios a María en el camino' (24:9), 'Acuérdate de los tiempos antiguos, considera los años de muchas generaciones' (32:7). Por lo tanto Dios quiere que su pueblo conozca su historia y saque de ella lecciones pertinentes y provechosas.

    2. Importancia de la historia en el Nuevo Testamento

      En el Nuevo Testamento encontramos mucho material narrativo: principalmente los evangelios y el libro de los Hechos; en los evangelios tenemos el cumplimiento histórico, en la persona de Cristo, de las históricas promesas hechas a Abraham y a David; de ahí que el Nuevo Testamento se abre en el evangelio de Mateo con una genealogía en la que se demuestra que Cristo es, históricamente, descendiente y por tanto depositario de las promesas hechas a Abraham y a David.

      El nacimiento, la muerte y la resurrección de Cristo, es decir, el corazón del evangelio, son hechos históricos y si le faltara historicidad la fe cristiana sería simplemente un sistema religioso más, seguido por ciertos ilusos: 'Si Cristo no resucitó, vuestra fe es vana; aún estáis en vuestros pecados.' (1 Corintios 15:17).

      El apóstol Pablo nos exhorta a los cristianos a que aprendamos a conocer a Dios sobre la base de lo que hizo en la historia del Antiguo Testamento: 'Y estas cosas les acontecieron como ejemplo, y están escritas para amonestarnos a nosotros...' (1 Corintios 10:11). Ya que Dios sentó principios y fundamentos en el Antiguo Testamento que son eternos, el conocimiento de esa parte de la Biblia es fundamental para el cristiano. De manera que también nosotros cristianos, igual que los judíos, somos un pueblo necesitado de conocer esa historia.

      El otro material histórico del Nuevo Testamento es, como ya dijimos, el libro de los Hechos, el cual constituye el registro del nacimiento y desarrollo de la Iglesia en sus primeras décadas de vida. La manera en la que el libro termina, dando sensación de inacabado, es una indicación de que esa historia de la Iglesia no hizo entonces más que empezar y que las generaciones sucesivas han de continuar escribiéndola. Por lo tanto es preciso que, enlazando con los que nos precedieron, nosotros hoy día continuemos trabajando para hacer historia para el reino de Dios. Y la única manera de enlazar con los que nos precedieron de manera eficaz es conociendo nuestra historia.

  2. Los grandes períodos de la historia de la Iglesia

    Para nuestro estudio hemos dividido la historia de la Iglesia en cuatro grandes períodos, marcados por fechas cruciales, que son los siguientes:

    Primer período: la Iglesia antigua (hasta el año 476).
    Segundo período: la Iglesia medieval (476-1517).
    Tercer período: la Reforma y la Contrarreforma (1517-1648).
    Cuarto período: la Iglesia moderna (1648- ).

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