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Habacuc
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Habacuc predicando
Ilustración para la traducción de la Biblia de Lutero, 1534, folio 44
Muy poco se conoce de la vida de este profeta, excepto lo que se puede inferir del mismo libro. Tampoco es posible determinar con precisión la fecha de la profecía. Por 1:5,6 parece que se refiere a una época un poco anterior a la de que los caldeos subieran al poder. Los caldeos estuvieron en el poder del año 625 al 539-8, por tanto, el ministerio de Habacuc se pudo haber efectuado bajo Manasés. Sin embargo, es probable que 1:6 se refiera a los caldeos como una amenaza directa para Judá y como esa amenaza se llevó a cabo tras la batalla de Carquemis (605) muchos han pensado que Habacuc profetizó durante el reinado de Joacim.

El libro se puede dividir en cinco partes:

1. La queja del profeta (1:2-4).
2. La respuesta de Dios (1:5-10).
3. La perplejidad del profeta (1:12-2:1).
4. La respuesta de Dios (2:1-19).
5. La oración del profeta y la teofanía de Dios (3).

1. La queja del profeta (1:2-4).
Está motivada por la indignación que le produce ver la injusticia cotidiana y prevaleciente, agravada por la tardanza de Dios en intervenir. No es un caso aislado. Job afirma algo parecido en su prueba (Job 19:7) y también Jeremías (Jeremías 14:9). Esos por qué y hasta cuándo son bien expresivos del sentir de Habacuc y se pueden encontrar en Salmos 13:2; 74:10; 94:3. La hegemonía de la maldad está expresada en las palabras violencia, iniquidad, molestia, pleito, contienda y destrucción, aunque molestia sería mejor traducirlo como miseria. El cuadro que Habacuc tiene ante sí, la sociedad de su tiempo, es moralmente oscuro. A causa de ese estado de cosas la ley y la justicia salen dañadas antes esta oleada de maldad. La ley no tiene fuerza para imponerse y su aplicación, la justicia, no se hace conforme a la verdad, de ahí que las sentencias salgan torcidas. Hay un acoso del malo contra el justo, de modo que prevalece lo perverso. Por todo ello, el desconcierto de Habacuc se dirige hacia Dios, quien parece indiferente e inactivo.

2. La respuesta de Dios (1:5-10).
En la que Dios anuncia la justicia retributiva que está a punto de hacer valer. Los caldeos serán su instrumento poderoso. No es que va a permitir su ascenso y apogeo sino que es él mismo quien los levanta y catapulta. Se trata de una nación implacable y terrible, siendo su recorrido una victoria anunciada y teniendo sus propios conceptos sobre lo que es justo y digno. Las comparaciones del ejército con animales de presa, como leopardos, lobos y águilas, ejemplifican notablemente la clase de conquistadores que Dios va a usar. Se trata de un instrumento insólito, el último en el que se podría pensar que Dios usaría. Teniendo en cuenta sus cualidades morales, consistentes en que sus nociones de justicia y dignidad son subjetivas y que sus triunfos los atribuye a su dios, que es falso, no es extraño que se diga que se trata de una obra que no se creerá, aunque se anuncie. Esta identificación de Dios con un instrumento insólito también aparece en Jeremías 25:9; 27:6; 43:10). Sería fácil dar el título de siervo de Dios a Ciro, quien aun siendo pagano fue el instrumento para el beneficio del pueblo de Dios, pero es a un hombre como Nabucodonosor y a una una nación como los caldeos, a quienes se da ese título.

3. La perplejidad del profeta (1:12-2:1).
¿Cómo puede Dios usar instrumentos tan viles para ejecutar su justicia? ¿Cómo conciliar la santidad suya con la maldad de ellos? Parece indigno de Dios no que traiga la destrucción a manera de juicio sino que la traiga mediante un instrumento tan vil como los caldeos. No concuerda que Dios sea como es con que use ese instrumento. ¿Cómo es Dios? Hay varios atributos suyos que el profeta enumera y que son su eternidad, su soberanía, su santidad y su fidelidad. Si no puede ver el abuso, si no puede consentir el mal ¿por qué hace que el malo sea juzgado y castigado por lo peor y más malo?

4. La respuesta de Dios (2:1-19).
Lo primero que hay que destacar es que Dios no intenta ni deshacer un malentendido que Habacuc pueda tener en su mente ni tampoco intenta justificarse a sí mismo. Habacuc no le ha entendido mal, habiendo captado perfectamente los términos del dilema. Por otro lado, Dios no va a dar una explicación que despeje el conflicto que el profeta le ha planteado. Es más, le manda que escriba el mensaje y le asegura que se cumplirá. Pero además le enseña cuál es la actitud que ha de tener frente a ese dilema insoluble. Esa actitud es la que está declarada en la frase 'el justo por su fe vivirá.' Es decir, hay ocasiones en las que nuestra mente no puede entender los métodos y maneras de Dios. El justo no vivirá por el entendimiento; lo cual no quiere decir que haya que aparcar totalmente nuestro entendimiento y no debamos pensar. Dios nos ha dado el entendimiento para que lo usemos. Pero dicho esto es preciso tener en cuenta su limitación, especialmente en cuanto a los métodos y caminos insondables de Dios. Y lo que nos pide en tales ocasiones es que a pesar de no entender, sigamos creyendo en él y confiando en su sabiduría y hacer. Esto no es un mandato nuevo o aislado. Fue lo mismo con Abraham, cuando había una incompatibilidad entre la promesa de Dios y los medios a ser empleados. Pero lo que Abraham hizo fue rendir su mente a Dios, creyendo que Dios cumpliría la promesa, a pesar de que su razonamiento le decía lo contrario (Génesis 15:6). En su caso había una incompatibilidad entre la grandeza de la promesa de Dios y la impotencia humana. En el caso de Habacuc la incompatibilidad era entre la justicia de Dios y la iniquidad del medio empleado. Pero lo que Dios le pide es que haga lo mismo que Abraham. La frase de Habacuc 2:4 se convertirá en el texto demostrativo que el apóstol Pablo usará para enseñar que la salvación es por la fe, por la fe en Cristo (Romanos 4:5), esto es, confiando no en la propia sabiduría o justicia personal, sino en la promesa de salvación que Dios ha puesto en Cristo. Pero la respuesta de Dios a Habacuc va más allá, al mostrar que su uso de lo inicuo para castigar a lo malo, no significa una connivencia con lo inicuo. El mismo instrumento que va a usar será juzgado por él. De ahí los cinco ayes que declaran su aborrecimiento hacia el robo (2:6), la codicia (2:9), la violencia (2:12), el ultraje (2:15) y la idolatría (2:19). Es importante señalar que los cuatro primeros son contra pecados hacia el prójimo y el último es contra el pecado hacia Dios. Esto es, Dios no solamente se indigna con los pecados horizontales sino que también se indigna con los pecados verticales. De la misma manera que hay una unidad en las tablas de la Ley, hay una unidad entre el agravio hecho al prójimo y el agravio hecho a Dios. En medio de esos ayes devastadores hay una cuña (2:14) donde esa justicia de Dios va más allá de ser punitiva para ser gloriosa, pues su propósito último es que el conocimiento de Dios llene la tierra.

5. La oración del profeta y la teofanía de Dios (3).
Compuesta de una petición (3:1-2), la descripción de una majestuosa teofanía (3:3-15) y otra súplica (3:16-19). La teofanía (manifestación personal de Dios) es gloriosa (3), poderosa (4), abrumadora (6), cósmica (11), judicial (12) y salvadora (13). Es una manifestación reservada para el futuro, en la que de manera definitiva el mal queda derrotado y el propósito de Dios establecido. Las imágenes que el profeta emplea para describir esa teofanía son muy vigorosas. Ante la imponencia de los acontecimientos la reacción del profeta es de espanto (16) y es que la naturaleza humana, por muy fuerte que sea, no puede sino sobrecogerse ante lo que sobrepasa lo imaginable. Pero al mismo tiempo manifiesta una actitud de quietud frente al peligro humano (16), proclamando la victoria incluso ante la pérdida de lo más básico, que es la subsistencia (17-18). La bendición se puede perder, si es bendición material, pero Habacuc distingue entre la bendición perecedera y la imperecedera. Es decir, es del mismo sentir que Asaf en Salmo 73:25 y anticipa el mandato de Jesús en Mateo 6:33.

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