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Ezequiel

TABLA CRONOLÓGICA
Fecha a. C. Hebreos Babilonios Medos Romanos
598 2ª Deportación - Joaquín al cautiverio Nabucodonosor II Imperio medo Civilización etrusca
587 Caída de Jerusalén - 3ª Deportación

Visión de Ezequiel, grabado de Gustavo Doré
El nombre del profeta en hebreo es yehezqe'l, lo que probablemente quiere decir "Dios fortalece". En la Septuaginta aparece como Iezequiel y en la Vulgata como Ezechiel, de donde se deriva el nombre en español. No se hace ninguna mención de este profeta en las Escrituras, fuera de su propio libro. Era sacerdote (1:3) y fue llamado al ministerio profético cuanto tenía treinta años de edad, ministerio que duró unos 22 años. Ejerció el ministerio en el destierro, antes y después de que aconteciera la caída de Jerusalén. La datación del ministerio de Ezequiel nos la proporciona él mismo, al contar las fechas a partir del cautiverio del rey Joaquín, esto es, en la segunda de las tres deportaciones que la nación sufrió a manos de los caldeos, siendo la primera bajo Joacim, en la que Daniel fue llevado a Babilonia, y la tercera y definitiva bajo Sedequías, al producirse la caída de Jerusalén. De esta manera su ministerio comienza cinco años después de que Joaquín fuera deportado (1:2) y seis antes de que se produjera la caída de Jerusalén, estando las otras fechas en su libro consignadas en los siguientes pasajes: Ezequiel 8:1; 20:1; 24:1; 26:1; 29:1,17; 30:20; 31:1; 32:1,17; 33:21; 40:1. El texto en 33:21 señala el día en que Ezequiel supo que Jerusalén había caído, lo cual es un gozne demarcador en su libro.

Una somera división del libro podría ser la siguiente:

1. Pasajes anteriores a la caída de Jerusalén (1-24).
2. Profecías contra naciones extranjeras (25-32).
3. Profecías proclamadas después de la caída de Jerusalén (33-48).

El profeta emplea dos recursos para transmitir su mensaje; uno es la acción por medio de símbolos y otro es la metáfora, recursos que no son exclusivos suyos, pues otros profetas, como Jeremías u Oseas, también los usarán. La diferencia es que Ezequiel lo hace con mucha profusión.

1. Pasajes anteriores a la caída de Jerusalén (1-24).
El libro comienza con una visión de la gloria de Dios, en su majestad y trascendencia, visión que evocará la descrita en Apocalipsis 4. En los capítulos 2 y 3 se produce el llamamiento de Ezequiel a los cautivos, en el que, sin rodeos, es advertido por Dios sobre la dureza de su misión (2:4,6), pero al mismo tiempo es equipado para la misma (3:8-9), siendo constituido como atalaya entre ellos (3:17).
Los capítulos 4 y 5 describen el asedio y la destrucción de Jerusalén por medio de acciones simbólicas, en una especie de croquis minituarizado (4:1-3), durmiendo sobre el costado izquierdo durante 390 días (4:4-5), un día por año del pecado de Israel, lo que eleva la maldad de la ciudad hasta los comienzos del reino, racionando la comida y bebida, cocinándola en excremento animal (4:9-13) y cortándose el cabello y la barba (5:1-2), acciones todas ellas premonitorias de lo que le ocurrirá a la ciudad. Los capítulos 6 y 7 anuncian la espada que viene contra la tierra de Israel.
En los capítulos 8 al 11 el profeta es transportado sobrenaturalmente a la ciudad de Jerusalén, donde es testigo directo de las abominaciones que se cometen en el mismo templo (8:5,10,11,14,16), razón por la cual Dios envía seis verdugos para ejecutar su juicio, comenzando por el santuario (9:6), una alusión que Pedro usará en su carta (1 Pedro 4:17), librándose solamente los marcados con una señal (9:4). Además de este terrible juicio la presencia de Dios se retira del templo (10:18-19; 11:23), cosa lógica, al estar saturada esa morada de pecado. En la puerta oriental el profeta encuentra un grupo de hombres que alientan una falsa esperanza en el pueblo (11:3) y ante la súbita muerte de uno de ellos y la exclamación del profeta, temiendo que sea un anticipo de la destrucción total del pueblo (11:13), Dios anuncia el regreso de los cautivos y la obra de renovación interior que llevará a cabo en ellos (11:17-20). Es el primer anuncio, en medio de los anuncios de juicio, sobre la salvación venidera.
El capítulo 12 vuelve a echar mano del simbolismo, en esta ocasión representando el profeta la partida hacia el cautiverio (12:3-6). Un espinoso asunto que Ezequiel, igual que Jeremías, tuvo que enfrentar es la presencia de falsos profetas, cuyos mensajes son de bienestar engañoso (13:10) y de confusión moral (13:22). Los propios dirigentes del pueblo tienen corazones inconversos (14:3), no estando dispuestos a dejar su pecado, por lo que ni la presencia de algún justo entre el pueblo evitaría el juicio (14:14,17-18). Pero de nuevo, tras este duro anuncio, Dios declara la existencia de un remanante superviviente (14:22). El capítulo 15 compara a Jerusalén con la madera de la vid, que no sirve para ser trabajada y mucho menos si está calcinada.
En el capítulo 16 el profeta echa mano de la metáfora, recurso que volverá a utilizar, para describir la historia de Jerusalén; su bajo origen, su exposición a la muerte nada más nacer, su salvación de la misma por Dios, el pacto conyugal que establece con ella y el derramamiento de su bendición; en contraste con esas misericordias de Dios se presenta la infidelidad de Jersualén, a la que se describe como una ramera fornicaria en los términos más crudos, lo cual conlleva los juicios más severos. En comparación con Sodoma y con Samaria, Jerusalén sale más culpable que ellas. No obstante, y aquí está la grandeza de la gracia, Dios establecerá con ella un pacto eterno. Los capítulos 22 y 23 tienen ciertos paralelismos con el 16, ya que se evoca la infidelidad de Jerusalén hacia Dios en términos similares, esto es, como una mujer fornicaria que, desde sus comienzos, se ha prostituido. La idea de un marido traicionado por una esposa adúltera, con las consecuencias de repudio y castigo, satura el capítulo 22. La maldad de Jerusalén, en el capítulo 23, es superior a la de su hermana Samaria, ya que ésta fornicó con los asirios y sufrió las consecuencias, de todo lo cual fue testigo Jerusalén, quien tuvo la ventaja de sacar provechosas lecciones y escarmentar en cabeza ajena. Sin embargo, en lugar de aprender del caso de Samaria, la sobrepasó en maldad.
En el capítulo 17 de nuevo Ezequiel usa la metáfora, describiendo al reino de Judá como una vid y a Nabucodonosor como un águila y a Egipto como otra. Sedequías, puesto por Nabucodonosor sobre el trono, buscará el apoyo de Egipto, aunque en vano, ya que será llevado al cautiverio. Pero el fracaso de la monarquía en la persona de Sedequías da pie para el anuncio del establecimiento del reino que Dios levantará (17:22-24).
El capítulo 18 establece el principio de la responsabilidad individual, según el cual cada uno es responsable de sus actos, para bien o para mal. Se consideran tres generaciones, padre, hijo y nieto, siendo el primero justo, el segundo malvado y el tercero justo. La justicia del primero no se le cuenta al segundo, de la misma manera que la maldad del segundo no se le cuenta al tercero. Por otro lado, se advierte contra el peligro del determinismo, esto es, de pensar que el estado del justo es invariable, haga lo que haga, o que el estado del malvado también lo es, haga lo que haga. El justo puede caer y el malvado puede convertirse. De este modo se combaten dos posturas igualmente perniciosas, la de la presunción jactanciosa, por un lado, y la de la desesperación sin salida, por otro.
El capítulo 19 expone bajo dos metáforas la lamentable condición a la que ha quedado reducida la monarquía en Judá; la primera metáfora contempla a sus reyes como leones, habiendo sido llevado dos al cautiverio (Joacaz en Egipto y Joaquín en Babilonia); la segunda contempla a la nación como a una vid de cuyas varas salieron cetros; pero ahora la vid está seca y quemada, sin posiblidad de cetro.
En el capítulo 20 los ancianos de Israel vienen al profeta para consultar a Dios. Pero la respuesta de Dios es recordarles la triple rebelión histórica en que la nación se ha desenvuelto, primero en Egipto (20:8), luego en el desierto (20:13) y después en Canaán (20:28). Lo grandioso es que frente a esta trayectoria impía, Dios actuará para santificar su nombre (20:40-44), haciéndolo de manera totalmente contraria a lo que podría esperarse, dado que efectuará el regreso de la nación a la tierra de Israel.
El capítulo 21 tiene como tema la espada desenvainada de Dios, que no es otra que la de Nabucodonosor (21:19).
Hay dos señales en el capítulo 24, escrito cuando Nabucodonosor puso sitio a Jerusalén; una es la de la olla hirviente, que prefigura lo que va a ocurrir con esa ciudad y otra es la muerte de la esposa de Ezequiel, por la que el profeta no debe lamentarse ni guardar luto, lo cual es muestra de lo que los cautivos deben hacer cuando se enteren de la caída de Jerusalén. No es el lamento por esa caída lo que deben manifestar, sino por la causa de la misma por lo que deben llorar, es decir, por sus propias maldades (24:23).

2. Profecías contra naciones extranjeras (25-32).
La segunda parte del libro son profecías contra las naciones de alrededor: Amón, 25:1-7; Moab, 25:8-11; Edom, 25:12-14; Filistea, 25:15-17; Tiro, 26:1-28:19; Sidón, 28:20-26; Egipto, 29:1-32:32. Las cuatro primeras van dirigidas contra los tradicionales pueblos enemistados con Jerusalén, los cuales son juzgados por la actitud que tomaron ante su caída (25:3,8,12,15). La misma causa se alega contra Tiro (26:2), solamente que con esta ciudad la profecía se extiende en gran manera. Tiro son los fenicios, los grandes comerciantes de la antigüedad, que establecieron colonias comerciales hasta en regiones remotas y ricas, como las costas de España. La ruina de esa ciudad se producirá a manos de Nabucodonosor (26:7), anunciándose el fin de su emporio en unos términos (26:16-17) que evocan la caída de esa otra ciudad, denominada Babilonia, en Apocalipsis 18:9-11,15-19. El capítulo 27 de Ezequiel es una magistral descripción de Tiro, representada como si fuera una embarcación primorosamente construida, cuyas transacciones mercantiles abarcaban toda clase de productos y todo tipo de naciones. Precisamente la abundante riqueza producida por esos negocios es la fuente de la arrogancia del gobernante de Tiro (28:2), cuya ruina se anuncia en los términos más directos (28:18). El caso de Sidón es parecido a los anteriores, al ser la causa de su juicio la mala actitud hacia Jerusalén (28:24).
Las profecías contra Egipto se extienden a lo largo de cuatro capítulos (29-32) y también a lo largo del tiempo del ministerio de Ezequiel, pues son pronunciadas en los años décimo (29:1), undécimo (30:20; 31:1), duodécimo (32:1,17) y vigesimoséptimo (29:17), es decir, antes y después de la conquista de Jerusalén. El profeta describe a Egipto como a un cocodrilo (29:3), como a un gran árbol (31:18) o como a un león joven (32:2). En todas esas descripciones late el orgullo que anida en el alma de esa nación (29:3; 31:2; 32:2), por lo cual Ezequiel anuncia su destrucción a manos de Nabucodonosor (29:18; 30:10,25; 32:11). La endecha del profeta sobre el descenso de Egipto al Seol (32:18), donde yacen ya otras naciones poderosas (Asiria, Elam, Mesec y Tubal), es indicativa del hundimiento de cualquier grandeza nacional humana.

Mapa de la deportación de los judíos a Babilonia

3. Profecías proclamadas después de la caída de Jerusalén (33-48).
Desde 33:21 comienza la tercera parte del libro, al conocer Ezequiel la conquista de Jerusalén. En 33:23-31 hay un doble mensaje, uno para los que han quedado en la tierra de Israel y otro para los que ya estaban con Ezequiel en el cautiverio. Es significativo constatar que la actitud del primer grupo es de presunción orgullosa, al compararse con Abraham, a pesar de sus manifiestos pecados (33:24-26), mientras que la del segundo grupo es de falsa adulación a las palabras del profeta (33:30-32). Todo ello es indicativo de que a pesar del serio correctivo recibido, la nación sigue en sus viejos hábitos que le han llevado a la ruina. El capítulo 34 es una fuerte diatriba contra los dirigentes de la nación, que se han aprovechado del pueblo en lugar de apacentarlo (34:2-10); también contiene una dura reprensión contra los miembros poderosos del pueblo que han desplazado a los débiles (34:17-22). Todo ello da pie a dos grandes anuncios, siendo el primero el de la reunión del rebaño disperso y su vuelta a la tierra de Israel (34:11-16) y el segundo el levantamiento de un verdadero pastor que lo apaciente (34:23-31).
El capítulo 35 contiene una profecía contra Edom, el inveterado adversario de Jacob, a quien Dios juzga por su animadversión (35:5).
En el capítulo 36 hay dos mensajes que son sinónimos; el primero se encuadra geográficamente (36:1-15) y el segundo nacionalmente (36:17-36). Los montes de Israel, sus alturas, sus lugares destacados y prominentes, han sido tomados por el enemigo. La nación, sus gentes, también. Ambas entidades han quedado subyugadas, de manera que el triunfo del enemigo es total. Un triunfo que no solamente es sobre esas dos entidades, tierra y nación, sino sobre Dios mismo, por cuanto su nombre está ligado indisolublemente a ellas. De ahí los sendos mensajes de restauración que les son dirigidos. Es notorio destacar que el móvil para la intervención de Dios en favor de la tierra y de la nación es reivindicarse a sí mismo, dado que su nombre ha quedado en entredicho. En otras palabras, el fin último de la restauración de tierra y nación es la santificación del nombre de Dios. Esa intervención se anuncia en términos que son premonitorios del Nuevo Testamento (36:25-27), en cuanto a la limpieza, en cuanto al otorgamiento de un nuevo corazón y en cuanto a la donación del Espíritu de Dios; todo ello a fin de asegurar la permanencia dentro de la voluntad de Dios.
El capítulo 37 contiene dos mensajes; el primero es una visión (37:1-14) y el segundo una declaración (37:15-28). En la visión se compara a la nación como a un conjunto de huesos desperdigados. Lo que humanamente es imposible, que los huesos vuelvan a tener vida, se hará factible por la poderosa intervención de Dios. Se trata de una metáfora sobre la condición de la nación cautiva, sin esperanza, y su restauración. En la declaración se proclama la reunificación del pueblo dividido en dos en uno solo, anunciándose de nuevo el surgimiento del gobernante figurado en David.
Después de la anunciada restauración de Israel, los capítulos 38 y 39 tratan con el intento de las naciones gentiles coaligadas para destruirla (38:11-12); intento que será derrotado por una manifestación de Dios especial y sobrenatural (38:19-22). Esta batalla final será recogida en Apocalipsis 20:8.
Los capítulos 40 al 48 describen la visión del templo en el que la presencia de Dios será permanente (48:35), frente a la asuencia de dicha presencia en el templo antiguo. Esa presencia, expresada en la palabra gloria, hace su entrada en 43:2,4, llenando definitivamente el templo (43:5; 44:4).

Visión de Ezequiel, ilustración para la traducción
de la Biblia de Lutero, 1534, folio 81
Notas características de Ezequiel.
En el libro de Ezequiel es posible percibir las siguientes notas destacadas:

La trascendencia de Dios, que destaca en el capítulo inicial del libro con una teofanía de la gloria de Dios; una trascendencia que por su propia naturaleza es inexpresable por el lenguaje humano, de ahí el continuo uso de aproximaciones para describirla, con las palabras apariencia (1:5,16,27) y aspecto o semejanza, es decir, parecido (1:5,13,16,26,28).

La santidad de Dios, que se advierte por el continuado uso del término antónimo para santo, que es profano, un contraste procedente de Levítico. Profanar es reducir lo elevado y sublime al nivel de lo común y ordinario. De la misma manera que hay una antítesis entre lo limpio y lo inmundo, también hay otra entre lo santo y lo profano. La profanación es del templo (5:11), del sábado (20:13,16,21) y del nombre de Dios, o sea, de Dios mismo (20:22; 36:20,21,22,23), radicando el fracaso del ministerio en no hacer diferencia entre lo santo y lo profano (22:26), mientras que el ministerio renovado en el nuevo templo enseña a hacer esa diferencia (44:23). Entre las frases empleadas aparece en varias ocasiones la de que Dios se santifica (20:41; 28:22,25; 36:23; 38:16,23; 39:27), expresando con ella que Dios se manifiesta ostensiblemente, al desplegar su santidad, que es parte de su naturaleza.

Algo llamativo en este libro es que la intervención salvadora de Dios en favor de su pueblo tiene como razón de ser la vindicación de Dios mismo (36:21,22), siendo la salvación del pueblo solamente una conscuencia secundaria del propósito primordial. Además, la noción de gracia está presente de manera evidente, pues es en las descripciones de corrupción y decadencia de la nación, cuando todo indicaría que no hay nada más allá de la justicia y juicio de Dios, donde aparece la gracia restauradora (16:59; 20:44).

Una frase típica de Ezequiel es 'y sabrán (o conocerán) que yo soy el Señor', la cual aparece 51 veces en su libro. No es exclusiva de este profeta, pero casi. Aparece varias veces en Éxodo, especialmente en las señales contra Egipto (Éxodo 7:5,17; 14:14,18), pero también contra los israelitas (Éxodo 16:12), aunque en ocasiones las propias ordenanzas dadas a Israel tienen el propósito que comunica esa expresión (Éxodo 29:46; 31:13). Es decir, en todos los casos la idea detrás de la frase es que quede constancia rotunda de la indisputable realidad y prominencia de Dios, tanto entre sus enemigos como entre su pueblo, tanto a través de sus juicios como a través de sus instituciones. Pues bien, esa idea de la manifiesta soberana realidad de Dios es la que transmite la expresión que tantas veces se halla en Ezequiel, hasta el punto de ser peculiarmente suya. En muchas ocasiones surge a consecuencia del juicio (6:7,10,13,14; 7:4,27; 11:10,12,15,16,20; 12:15,16,20; 13:14,21,23; 14:8; 20:26,38; 22:16,47, 25:5,7,11,17; 26:6; 28:22,23,24; 29:6,9; 30:8,19,25,26; 32:15; 35:4,9,15; 38:23; 39:6,7), de forma que conocer a Dios de esa manera es experimentar su lado severo. Pero en otras ocasiones la frase alude a experimentar la gracia y misericordia salvadora y restauradora de Dios (16:62; 20:42,44; 28:26; 29:21; 36:11,38; 37:6; 39:22). Pero en ambos casos, tanto en el lado severo como en el lado benévolo, lo que brilla es el señorío de Dios.

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