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Éxodo
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TABLA CRONOLÓGICA
Fecha a. C. Hebreos Asirios Heteos Egipcios
c. 1250 Salida de Egipto Salmanasar I Batalla de Cades Ramsés II

Mapa de los grandes imperios durante la permanencia de Israel en Egipto

Moisés desciende con la Ley del monte Sinaí.
Grabado de Gustave DoréLos judíos llaman al libro de Éxodo por sus primeras palabras, veéile shemót ("Y estos son los nombres"), o simplemente shemót ("nombres"). La Septuaginta lo designó de acuerdo con su tema principal, Exodos (la palabra aparece en Éxodo 19:1), y la Vulgata Exodus. El hecho de que la primera palabra del libro sea 'y' significa que es la continuación de Génesis, aunque entre la terminación de éste y el comienzo de aquél transcurrirán cuatro siglos. El libro puede dividirse en tres secciones:

  1. Dios redime a Israel de Egipto (1:1-18:27).
  2. Dios da a Israel la ley (19:1-24:18).
  3. Dios manda a Israel construir el tabernáculo (25:1-40:38).

Esas tres secciones proporcionan las tres grandes nociones que presiden este libro: Redención, ley y morada.

1. Dios redime a Israel de Egipto (1:1-18:27).
Éxodo es el libro de la redención, conteniendo los principios básicos, en figura, del método salvador de Dios en favor de su pueblo. El primer capítulo expone el insoluble problema, humanamente hablando, en el que se encuentra el pueblo de Dios. Su situación es desesperada por ser opresiva en manos de sus opresores.

En el capítulo segundo aparece el principal personaje humano del libro, Moisés, cuyo nombre destaca en el Antiguo Testamento de manera particular, siendo igualado sólo por los de Abraham y David. Su preservación providencial al nacer muestra el propósito de Dios para con él.

Los capítulos 3 y 4 relatan el llamamiento de Moisés y su envío a Egipto, para sacar de allí a los israelitas. En el capítulo 3 sobresale la presentación que Dios hace de sí mismo, al revelar su nombre, compuesto de cuatro letras (YHWH), cuyo significado procede del verbo 'ser', lo que enseña que él es el existente por antonomasia, el Ser que no debe la existencia a otro ser sino que es la fuente de toda existencia.

Los capítulos 5 al 12 narran la confrontación con Faraón, quien se niega a que Israel salga de su tierra. Son capítulos que muestran el duelo entre Dios y Faraón, o lo que es lo mismo, entre el Dios de Israel y los dioses de Egipto. Un duelo que acabará con la victoria completa del primero y la derrota aplastante de los segundos. Victoria y derrota que se efectuarán por medio de las diez plagas enviadas por Dios, que son las siguientes:

PLAGAS CONTRA EGIPTO
1. Sangre 7:14-25. Imitada por los magos
2. Ranas 8:1-15-67. Imitada por los magos
3. Piojos 8:16-19.
4. Moscas 8:20-32. Comenzando con ésta, distinción entre israelitas y egipcios
5. Peste 9:1-7.
6. Úlceras 9:8-12.
7. Granizo 9:13-35.
8. Langostas 10:1-20.
9. Tinieblas 10:21-27.
10. Muerte de los primogénitos 12:29-30.

Paso del Mar Rojo, ilustración para la traducción
de la Biblia de Lutero, 1534, folio 54
Hay que destacar el aumento en severidad e intensidad de las plagas, que está en relación directa al endurecimiento de Faraón. Un endurecimiento que tiene dos aspectos, uno natural y otro judicial. El endurecimiento natural es consecuencia de la resistencia de Faraón a dejar salir al pueblo; es el endurecimiento propio que provoca el pecado; el endurecimiento judicial es el que Dios efectúa en quien se obstina en su pecado; es endurecimiento sobre endurecimiento. Las dos primeras plagas son imitadas por los magos de Egipto, pero a partir de la tercera ya no pueden hacer lo mismo, lo que muestra la superioridad del poder de Dios sobre las artimañas del poder humano y diabólico. En los castigos desde la cuarta plaga se hace una diferencia entre los egipcios y los israelitas (8:22), sufriéndolos los primeros y siendo preservados los segundos. La décima plaga es la definitiva para romper la resistencia de Faraón, quien, no obstante, saldrá en persecución de los israelitas, lo que servirá para que Dios efectúe un nuevo episodio sobrenatural, al abrirse el mar Rojo para que pase a Israel y cerrarse al intentar hacer lo mismo los egipcios. La décima plaga fue simultánea con la celebración de la Pascua, en la que el cordero muere en lugar de cada primogénito de Israel, tipificando así el método de rescate que Dios empleará mediante Jesucristo. La redención tiene dos caras que están unidas entre sí: Derrota y liberación; derrota del enemigo y liberación del pueblo de Dios. No puede existir la segunda sin la primera.

Mapa del itinerario de Israel desde Egipto a Canaán

Es notable que nada más ser redimido, el pueblo manifiesta su verdadera naturaleza al entrar en el desierto; la primera ocasión por falta de agua potable (15:23), la segunda por falta de alimento (16:2-3) y la tercera de nuevo por falta de agua (17:2-3). Aunque en realidad las quejas ya se manifestaron antes (5:21; 14:11-12). La murmuración contra Moisés y contra Dios será una constante en la etapa del desierto, como bien destaca el libro de Números. Esta mala actitud no tiene justificación, ya que este pueblo ha sido objeto de un trato especial por parte de Dios, quien ha desplegado su poder y su gracia para salvarlos. Si los ha salvado de lo primordial ¿cómo no les va a proveer de lo secundario? Sin embargo, su incredulidad e ingratitud manifiestan su dureza de corazón, algo que llegará a exasperar a Moisés y a encolerizar a Dios.

En el capítulo 17, además de la escena del agua, está recogida la de la primera batalla del pueblo contra un enemigo que les cierra el paso. Se trata de Amalec, un descendiente de Esaú, que manifiesta la enemistad de esa estirpe contra la de Jacob, algo que posteriormente será reiterativo. La batalla se decide no por lo que sucede en el campo de batalla sino por la intercesión que Moisés lleva a cabo en la cumbre del monte, mostrando así la lección imperecedera para lo por venir de que la victoria del pueblo de Dios no depende de las armas convencionales.

En el capítulo 18 se narra el encuentro de Moisés con su suegro y el establecimiento de jueces que ayuden a Moisés en la ardua tarea de juzgar al pueblo.

2. Dios da a Israel la ley (19:1-24:18).
Tras salir de Egipto, Israel llega a Sinaí, donde estuvieron casi dos años. El resto del libro de Éxodo está situado en esa localización, así como todo Levítico y la primera parte de Números. El capítulo 19 describe una gran teofanía de Dios en la cumbre del monte, donde entregará a Moisés los Diez Mandamientos (20:1-17). Es importante observar el orden de los acontecimientos: Primero Dios saca a Israel de Egipto y a continuación le da su ley. Es decir, la entrega de la ley es la consecuencia lógica de la obra redentora; o en otras palabras, Dios tiene derecho pleno a ordenar la ley al pueblo que él mismo ha rescatado y como ese pueblo le debe todo a Dios, es lógico que obedezca su ley. Una ley que lejos de ser opresiva y abusadora está diseñada para su bienestar en todos los sentidos. Los Diez Mandamientos están escritos en dos tablas; la primera ordena los deberes para con Dios; la segunda para con el prójimo. Es importante subrayar que la noción de deber o responsabilidad satura las dos tablas. En nuestro tiempo se procura evadir todo lo que tenga que ver con el deber y se subraya todo lo que tiene que ver con el derecho. Pero los Diez Mandamientos establecen que el derecho del otro es mi deber. De ahí que el derecho que Dios tiene a ser reconocido, adorado y servido, es mi deber. Y el derecho que mi prójimo tiene a que le honre, respete su vida, su sexualidad, sus posesiones y su honor, es mi deber. A su vez, el deber de mi prójimo es mi derecho. De esta manera derecho y deber están sabiamente balanceados. La validez y vigencia de los Diez Mandamientos es permanente, siendo prueba de ello que las dos tablas son puestas dentro del arca (25:16), como evidencia de que representan la voluntad de Dios.

Pero nada más promulgar Dios los Diez Mandamientos, los capítulos 21, 22 y 23 estipulan otras leyes añadidas. Algunas tienen que ver con el trato a los esclavos, otras con situaciones cotidianas que generan enfrentamiento y daño y otras con el tratamiento a diversos tipos de prójimos concretos. Es evidente que algunas de ellas hay que situarlas en el contexto social y cultural de la época en la que fueron dadas, como las que tienen que ver con la esclavitud. De ello no se infiere que la esclavitud sea respaldada en sí misma, sino que se legisla sobre ella para humanizarla. La esclavitud era una realidad en el mundo antiguo, una de las muchas consecuencias sociales de un mundo caído; al igual que con el divorcio, sobre el cual se legisla sin que ello signifique que se aprueba, porque lo que se aprueba es el modelo original del matrimonio, también se reconoce con la esclavitud una realidad que está ahí presente, procurando encauzarla lo más posible. De este conjunto de leyes de los capítulos 21 al 23 hay que extraer los principios que las mueven y el espíritu que las sustenta. En cualquier caso, existe, por así decirlo, una jerarquía de leyes, en el sentido de que los Diez Mandamientos marcan el rumbo a todas las demás leyes.

En el capítulo 24 se detalla el establecimiento del pacto que Dios hará con la nación. El pacto supone que entre Dios y el pueblo se establece una relación no de tipo informal o casual, sino sólida y estable. Un pacto en el que hay sangre que se rocía sobre el altar, que representa a Dios, y sobre el pueblo. Sobre el altar para propiciar a Dios, sobre el pueblo para expiar su pecado. Pero ese pacto será quebrado de manera flagrante a las primeras de cambio (32:1-6). Lo que muestra la necesidad de un mejor pacto.

3. Dios manda a Israel construir el tabernáculo (25:1-40:38).
El tabernáculo es la morada de Dios en medio de su pueblo y también el lugar en el que éste le adora. De la orden de su construcción en 25:1-9 se desprenden las siguientes verdades:

La iniciativa es de Dios. Algo tan importante no podía dejarse al arbitrio de cualquiera, sino que como sucede con todo lo concerniente a la obra de Dios, es él quien da el paso de establecer la existencia del tabernáculo y también su diseño.

El origen de los materiales (25:2). Si Israel fue un pueblo esclavo eso significa que no tenía posesiones. Ahora bien ¿de dónde sacaron el oro, la plata, las piedras preciosas y los tejidos para llevar a cabo la tarea? Sólo hay una respuesta: De lo que los egipcios mismos les dieron para que se fueran cuanto antes de Egipto (Éxodo 3:21-22; 12:35-36). Materiales que luego ellos donarían voluntariamente (Éxodo 35:20-29) para la obra. Es decir, ellos dieron a Dios lo que Dios previamente les había dado a ellos.

La nota característica del tabernáculo (25:8). No es una morada cualquiera o una más entre muchas, sino un santuario, esto es un lugar santo, porque el que va a habitar allí es Santo. Esto va a determinar todo lo que en ese lugar se haga y los que se acerquen a adorar deben hacerlo según las normas de santidad estipuladas.

El propósito del tabernáculo (25:8). El designio de morar en medio de su pueblo es un hilo conductor que es posible vislumbrar ya en Génesis 3:8, pero que aquí se especifica y detalla. Lo mismo ocurre con el templo (1 Reyes 6:13) y también con el templo descrito en Ezequiel 43:7,9. La encarnación del Verbo (Juan 1.14) es un acto que se describe en términos de poner su tabernáculo entre nosotros. La morada de Dios en medio de su Iglesia se lleva a cabo por la obra del Espíritu Santo (Efesios 2:20-22) y la escena final de la Biblia es la nueva Jerusalén (Apocalipsis 21:3), donde Dios y los redimidos conviven en comunión por toda la eternidad.

El modelo del tabernáculo (25:9). No fue de inspiración humana; mucho menos era una imitación de lo que los israelitas habían visto en Egipto. El criterio de Dios, en cuanto a materiales, dimensiones y posición de los distintos objetos, es la norma, lo cual quiere decir que estamos ante algo perenne que no puede ser alterado según el gusto humano.

Los ministros del tabernáculo (28-29). ¿Quién podía ministrar en ese recinto santo donde estaba la presencia de Dios? ¿Quién tenía la competencia moral necesaria para hacerlo? Es evidente que nadie. Sin embargo, Dios llama a quienes desea que lo hagan y también los inviste para que puedan estar a la altura de la elevada función. Y así es como en los capítulos 28 y 29 se nombra a los escogidos para desempeñar el cargo del sacerdocio, se manda elaborar sus vestiduras especiales y se efectúa una ceremonia de consagración, en la que el aceite de la unción (29:7) y la sangre expiatoria (29:20-21) les capacitan. Lo que es imposible humanamente Dios lo hace posible.

Los artífices del tabernáculo (31:1-11). Que son Bezaleel y Aholiab, hombres llamados por Dios y llenos del Espíritu Santo. La construcción de esa morada debía ser efectuada por personas que tuvieran no competencia humana sino competencia divina, para armonizar la grandeza de la obra y el medio adecuado para hacerla.

El tabernáculo

El tabernáculo estaba compuesto de dos partes principales: El atrio y la morada. En el atrio (27:9-19) estaba el altar de los sacrificios (27:1-8) y la fuente de bronce. La morada (26:1-37) estaba dividida en dos partes: Lugar santo y lugar santísimo. En el primero estaba la mesa de los panes de la proposición (25:23-30), el candelabro (25:31-39) y el altar del incienso (30:1-10). En el segundo estaba el arca del pacto (25:10-22).

Los israelitas danzando alrededor del becerro de oro, ilustración para la traducción
de la Biblia de Lutero, 1534, folio 56
Hay que destacar que en medio de las instrucciones para construir esa morada de Dios entre su pueblo, ocurre la escena que describe el pecado de idolatría (capítulo 32) que el pueblo comete, lo cual pone en marcado contraste el plan de Dios para con ellos y la defección de ellos hacia él. El pecado cometido va directamente contra el primero de los Diez Mandamientos, lo que supone el quebrantamiento del pacto desde su primer punto. La gravedad de lo ocurrido es tal que conlleva la destrucción del pueblo y del propósito para con él (32:10). Sin embargo, la intercesión de Moisés logró aplacar a Dios, que accede a continuar con ellos en el propósito original. Toda la escena de los capítulos 32, 33 y 34 presenta grandes lecciones a ser considerdas, sobre Dios y sobre el pueblo. Sobre el pueblo muestra su rápida degeneración hacia la idolatría más burda, que se hace más culpable al haber sido testigo recientemente de una gran teofanía de la gloria de Dios. El pronto olvido y la tenedencia a lo conocido en Egipto se hacen patentes en su comportamiento. Sobre Dios destaca su ira, al constatar el quebrantamiento de su ley, su juicio, por la mortandad que ocurre, y su paciencia, al avenirse a seguir con ellos. Notable es el valor que la intercesión tiene, no queriendo significar que el hombre puede retorcer el brazo de Dios, ya que es el mismo Dios el que ha ordenado la intercesión. No osbtante, Dios se reserva su derecho de soberanía, como bien lo expresa en 33:19. En 34:6-7 hay toda una enseñanza teológica sobre los atributos de Dios, que están balanceados perfectamente.
Es consolador constatar que a pesar del fracaso del pueblo, el propósito de Dios en cuanto al tabernáculo, es decir, en cuanto a su presencia entre ellos, continúa describiéndose en los capítulos siguientes.
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