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MATRIMONIO
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Historia del matrimonio

Contrato matrimonial de la época del emperador Augusto
Papiro de Alejandría, Berlín
Matrimonio entre griegos y romanos.
Entre los griegos y romanos la dignidad del matrimonio como una institución que tiene sanción divina estaba basada en su importancia para la familia (que era un grupo de ciudadanos con plenos derechos civiles y políticos, consistiendo de varias generaciones y consolidadas por su propia adoración) y para el Estado. Su propósito era el nacimiento de hijos legítimos que continuarían la adoración familiar y formarían un conjunto de ciudadanos. El matrimonio era deseado por reverencia hacia la familia y el Estado, también por el apoyo garantizado durante la vida y en la vejez y por proveer para el pago de los últimos honores a los muertos. Los hijos competentes para esos deberes podían proceder sólo de una mujer que hubiera sido recibida en la adoración familiar. Los resultados fueron la monogamia y la elevación de la posición de la mujer. Es verdad que los intereses de la familia se decidían por la elección del marido y que la esposa quedaba bajo la supervisión legal del esposo; pero en tanto ella traía una dote, administraba los asuntos de la casa y educaba a los hijos, era relativamente independiente y altamente estimada. Pudo haber sido posible una exhaustiva e íntima comunión de marido y esposa como un don ético resultante del matrimonio, especialmente en Roma, donde la mujer disfrutó de libertad de movimientos fuera del hogar y tuvo interés en la actividad del hombre, mientras que en Atenas su reclusión en el hogar hizo que tal cosa fuera imposible; pero tal comunión se vio impedida por las disipaciones de las relaciones sexuales que todavía eran estimadas en una forma naturalista y que se podían pasar por alto en cualquier hombre, por lo que Demóstenes dice: "Mantenemos cortesanas para la diversión, concubinas para ser asistentes y esposas para la procreación de hijos legítimos y ser fieles supervisoras de la casa." Los cambios en la forma de producción económica y en las relaciones de la familia produjeron consecuencias desfavorables. Los principales deberes de la mujer perdieron su importancia cuando tuvo lugar la degeneración de la adoración familiar y de la producción económica. Al quedar más restringido el poder del cabeza de familia, la mujer se hizo legalmente más independiente. De este modo el matrimonio se convirtió meramente en un contrato civil sin más elevado propósito, pudiendo ser disuelto con el consentimiento de ambas partes, lo que ocurrió frecuentemente. El deseo del varón de hijos legítimos decayó con el debilitamiento de la reverencia por la familia y del interés en el Estado. El único incentivo del matrimonio que quedó, la esperanza de aumentar en influencia y fortuna, no proporcionó un lazo ético permanente. Por otro lado, el matrimonio fue benéficamente influenciado por el nacimiento de la idea filosófica de la personalidad espiritual y ética. La relación sexual, que para el espiritualismo neo-pitagórico era bajo cualquier circunstancia contaminación del espíritu, fue, a consecuencia de la idea estoica del control de los deseos sexuales mediante el propósito racional, declarada admisible sólo en el matrimonio y para el propósito de procrear hijos. Se estimaba que era incumbencia del marido ser fiel en el matrimonio, desarrollándose la idea de una comunión de vida ética armoniosa de marido y mujer, aunque sin llegar a realizarse ningún cambio notorio ya fuera en la teoría o en la vida práctica.

Las bodas de Caná, por Veronés. Museo del Prado, Madrid
Noción del matrimonio en el Nuevo Testamento.
El cristianismo produjo un cambio al aplicar motivos más fuertes que los que la filosofía proporcionaba, tales como los sentimientos religiosos de reverencia a los mandamientos de Dios y el temor a su castigo, a los que contribuyeron el poder de una moral más elevada y la disciplina penitencial de la congregación. Ciertamente la expectativa del inminente fin del mundo obstruyó el desarrollo de un sistema doctrinal completo del matrimonio e impidió la apreciación de la importancia que tiene en la evolución de la historia y en la misión universal del cristianismo. Sin embargo, el contraste de los conceptos fundamentales del cristianismo con la moral judía y pagana produjeron inmediatamente un gran avance. Cristo condenó la facilidad de la ley judía para el divorcio; declaró toda separación una desobediencia del mandato de Dios (la adición "salvo por causa de fornicación", Mateo 5:22, falta en 1 Corintios 7:10-11 y no concuerda con la actitud sin transigencia del Sermón del Monte), porque una relación de comunión que, a causa de su impulso divinamente creado, toma precedencia incluso sobre la relación con padre y madre, no puede ser disuelta por el acto arbitrario del hombre. Pablo subraya la incondicional condenación de la fornicación (entre los paganos, al menos entre los hombres, no era considerada una ofensa) sobre la base de la idea de santidad, del deber del hombre que ha sido llamado a ser miembro del pueblo de Dios e incluso elevado a ser templo de Dios y miembro de Cristo, para dedicar incluso la vida física al honor Dios y evitar los impulsos de la carne (1 Corintios 6:13,20; 1 Tesalonicenses 4:7.8). Debido al énfasis sobre este factor, derivado del judaísmo posterior e intensificado por el dualismo helenista de espíritu y carne, y también a la expectativa escatológica, que para Pablo la virginidad era el ideal más elevado y el matrimonio un medio concedido para la prevención de un mal peor, la fornicación, aunque el matrimonio era un estado que, para personas no especialmente bendecidas con la gracia de la abstinencia, era no sólo permisible sino preferible (1 Corintios 7:2,36,38). Más aún, el celibato le parece más conveniente, en vista de los sufrimientos de los últimos días (1 Corintios 7:26 y sgg.) y también porque el celo por el Señor se puede ver fácilmente impedido por los cuidados mundanos (1 Corintios 7:32-34). El molde del pensamiento de Pablo reaparece en Apocalipsis 14:4; 1 Timoteo 3:2,12; 4:3-5. En vista de la expectativa del fin del mundo, retrocedió el propósito moral que había impulsado a paganos y judíos a casarse, pues la idea de que la procreación de hijos es un medio de cumplir los propósitos de Dios no había surgido todavía. Esta idea "inferior" del matrimonio, que no obstante en relación a la prohibición de toda fornicación significa progreso, no impidió, sin embargo, la idealización de las relaciones mutuas de marido y esposa mediante la idea cristiana de que esposo y esposa son de igual valor en Cristo (Gálatas 3:28); de ahí que la unión conyugal se presentara como una unión ética entre personas de igual posición, cuyas diferencias consisten sólo en las distinciones de naturaleza, si bien se demanda la continuidad de la subordinación legal y social de la esposa al marido, no sólo por causa de los incrédulos, sino como el orden de Dios (Colosenses 3:18; 1 Pedro 3:1-6) demostrado por la historia del hombre (1 Corintios 11:3-15; Efesios 5:22; 1 Timoteo 2:11-14). El hombre debería usar su posición superior no con el propósito de reclamar sus pretensiones legales sino para mostrar el debido respeto y amor a la mujer (Efesios 5:25,33). La subordinación de la mujer aparece sólo como un acto especial de subordinación bajo Dios y Cristo y bajo el deber general del amor (Colosenses 3:18; Efesios 5:22-24).

Matrimonio en la Iglesia primitiva.
La Iglesia antigua difundió esas ideas y costumbres en círculos más amplios. El matrimonio recibió una mayor santidad al ser transformado de un acto privado y civil en una ceremonia religiosa y pública. Tenía lugar bajo la sanción de la Iglesia con acompañamiento de la oblación eucarística, la intercesión congregacional y la bendición sacerdotal. Tras el tiempo de Agustín fue considerado un sacramento, es decir, un signo de dones invisibles, la unión de Cristo con la congregación, lo que proporciona una razón añadida para su indisolubilidad, incluso en caso de infidelidad y falta de hijos. La comunión de fe, de ejercicios religiosos, de obras de caridad en pie de igualdad, pues el lazo matrimonial había de ser consumado sólo entre cristianos, produjo una unión más estrecha entre marido y mujer (Tertuliano, Ad uxorem, ii. 9). A pesar de ello, no se desarrolló una apreciación apropiada del significado ético del matrimonio para el cristiano. Aunque la condenación sistemática del matrimonio por los gnósticos por ser contaminante se rechazó sobre la base de que Dios fue su creador, reinó un sentimiento de que la comunión de los sexos contaminaba de hecho porque envolvía el apetito sensual. Agustín vio en este apetito una consecuencia del pecado. De este modo la abstinencia adquirió un rango más elevado. La relación conyugal, según él, no era pecado si su propósito era la generación de hijos; pero era pecado mortal si su propósito era la concupiscencia. Un segundo matrimonio se consideraba una señal de exceso de sensualidad. La razón para estimar el matrimonio únicamente como una protección contra la falta de castidad se encuentra tanto en el ideal ascético como en el hecho de que la expectativa del inminente fin del mundo impedía la apreciación de un ideal ético positivo. Tertuliano consideró absurdo para un cristiano desear hijos, pues ¿para qué iba a desear un hombre tener herederos o regocijarse en su posición si debía desear su rápida salida de este peligroso mundo? Según Agustín el auténticamente piadoso desea sólo hijos espirituales. Cualquiera que entra al estado del matrimonio debe, por supuesto, buscar hijos que han de ser nacidos de nuevo (generare regenerandos) y educarlos consecuentemente. Con una abstinencia general la humanidad desaparecería, pero la venida del reino de Dios se apresuraría. En el curso del tiempo tales argumentos se convirtieron meramente en una forma dialéctica para la defensa del ideal ascético, que ensalzaba la abstinencia como una anticipación de la vida angélica y como la contraparte espiritual y por tanto superior del matrimonio que es comunión del amor con Dios y con Cristo, lo que es una expresión explícita que el matrimonio también procura descubrir.

Clérigo casando. Miniatura aragonesa del siglo XIII
Estimación medieval del matrimonio.
Esta idea, que es inteligible desde la condición del cristianismo primitivo, persistió una vez que la Iglesia captó la perspectiva de un largo futuro sobre la tierra y del propósito de educar a otros pueblos en la religión cristiana, pero fue usada por el cristianismo para ganar entre los representantes de una perfección más elevada instrumentos apropiados para el cumplimiento de su dominio mundial. De este modo la estimación del matrimonio, en comparación con la santidad de la estados monástico y sacerdotal, permaneció baja. La falta de castidad de muchos monjes y célibes y una baja evaluación del matrimonio indujeron en el laicado una degeneración moral que se intensificó hacia finales de la Edad Media por la ordinariez que asumió la literatura, por la difamación habitual hacia la mujer y por el renacimiento humanista de la lascivia pagana y el desprecio del matrimonio.

Noción de Lutero.
En contraste con el desprecio secular y religioso del matrimonio, Lutero dio a la institución el honor debido. Estimó el apetito sexual como una consecuencia de la caída del hombre que se hace defendible sólo a través del orden de Dios. Por tanto para él también el matrimonio es una enfermería y también un estado necesario para todos aquellos a quienes no les ha sido otorgado el raro don de la abstinencia. Desde este punto de vista alaba la gloria del matrimonio. Mientras que la estimación del celibato descansa sobre la ilusión de que Dios se agrada de logros auto-escogidos, el estado del matrimonio es una institución de Dios. Consecuentemente una esposa es un don de Dios. Por tanto el que usa el matrimonio consigue una buena conciencia, siendo una protección contra las tentaciones a la infidelidad. Las dificultades que el matrimonio supone se hacen preciosas mediante la seguridad de que Dios se agrada en ellas. Finalmente el matrimonio promueve un espíritu más casto que el celibato. Al dar el debido respeto al matrimonio como el orden divino natural, Lutero se opuso a la restricciones eclesiásticas arbitrarias del impulso natural.

Johann Bugenhagen oficiando el matrimonio de Martín Lutero y Catalina von Bora
Por tales motivos se explican los errores que cometió para aliviar la carga de aquellos para quienes el matrimonio, por la falta ya fuera del marido o de la mujer, no ofrecía protección contra la tentación. Pero concedió a la naturaleza sólo su derecho, no su dominio, en el matrimonio. Demandó la moderación del instinto sexual, buscándola en una profundización de la fidelidad física en el amor y la armonía y no en la guía casuística del confesionario. La auténtica gloria del matrimonio la encontró Lutero en el propósito ético por el que Dios creó al hombre y a la mujer y en los dones éticos cuyo desarrollo es su "naturaleza." Los hijos no sólo han de ser procreados sino criados en el temor de Dios y para su servicio. Sobre este hecho basó Lutero su juicio de que ningún estado es mejor ante Dios que el matrimonio, que tiene especial precedencia sobre la virginidad. Su razonamiento procedió de que la creencia de que nada agrada Dios más que la salvación de las almas, particularmente como es hecha por los padres, que son los apóstoles y obispos de sus hijos. "Particularmente en el estado del matrimonio los hijos son educados en el temor de Dios y en el honor y la virtud, pues el amor natural de los padres hace del objetivo de la educación un placer, y en el amor parental, que es similar al amor de Dios, los hijos encuentran una imagen del corazón divino." Aquí finalmente amanecía ese conocimiento que el cristianismo debía haber adquirido previamente, junto con la concepción de su objetivo en la historia universal: el conocimiento de que el propósito natural del matrimonio, la procreación y educación de hijos, es un propósito ético, especialmente para los cristianos. Dios todavía tiene un plan para la humanidad y necesita para su cumplimiento fieles siervos en la Iglesia y el Estado y en todas las condiciones de la vida. Él está, por tanto, interesado no sólo en la conversión de los hombres que viven ahora, sino también en el nacimiento de nuevas generaciones. Más aún, la sanción divina del estado matrimonial descansa para Lutero sobre el hecho de que es una escuela de fe y amor en tanto suscita el ejercicio constante de simpatía, sacrificio y paciencia. Efectivamente ese estado es el que ofrece la mejor oportunidad para obtener en fe y amor lo que la vida contemplativa lucha por obtener, una vida por encima del mundo. Esta estimación del matrimonio expresa el espíritu del cristianismo hasta donde une la convicción de que el hombre tiene que vivir para el propósito eterno del reino de Dios con la fe de que Dios como creador ha ordenado que la naturaleza sea un medio de lograr su propósito ético eterno.

Casamiento de Stephen Beckingham y Mary Cox,
por William Hogarth
Kant, Fichte y Schleiermacher.
En su valoración del matrimonio Lutero tuvo en mente el estado normal del matrimonio que tiene sus motivos en el deseo sexual así como en el interés de la economía y de la familia. El ideal del matrimonio se elevó y la prohibición de la fornicación y el divorcio salió reforzada cuando las ideas independientes de personalidad e individualidad ética se aplicaron en la esfera general del protestantismo. Kant y Fichte, partiendo de esta noción de personalidad ética y considerando la satisfacción del apetito sexual, llegaron a la conclusión de que la degradación inmoral de la mujer está ausente sólo cuando marido y esposa se someten mutuamente en su entera personalidad, como en el matrimonio monógamo de por vida. Tal unión, según Fichte, remueve de la comunión sexual su contaminación animal, le da un carácter digno de un ser racional y es una escuela de ennoblecimiento ético para la que no hay sustituto. A esas ideas Schleiermacher dio una clara y plena expresión. El placer sensual no necesita estar ausente, pero no debe ser la fuerza impulsiva y debe estar bajo el control del espíritu. Esta concepción está alejada tanto de la idea neopitagórica-agustiniana de codicia como de la aseveración sobre la corrección de la sensualidad estéticamente sublimada, que apareció en el Renacimiento y se convirtió en un culto a la carne. Yace entre la esfera del juicio cristiano que no sólo no niega los dones de la naturaleza, sino que más bien los aprecia hasta donde pueden estar subordinados al espíritu ético. Una segunda idea es la de la individualidad. El individuo debe no sólo ponerse bajo el código moral general, sino también desarrollar sus propios dones personales bajo la guía de la norma de ética universal hasta representar a la humanidad dentro de sí mismo en una forma peculiar. Este pensamiento se adapta bien al juicio cristiano de la relación de la naturaleza con el espíritu moral y con la estimación de la Reforma por la dignidad del hombre. De acuerdo con esta idea Schleiermacher se opuso a las parejas meramente convencionales. Su noción del matrimonio suponía que las dos individualidades se deben complementar mutuamente y en virtud de este hecho atraerse mutuamente, siendo el resultado que promueven el crecimiento moral mutuo y por la perfecta comunión de vida se hacen una voluntad e incluso un ser. De acuerdo con el carácter individualista del tiempo él al principio transfirió el propósito del matrimonio totalmente a la relación ética mutua de marido y mujer, abstrayendo su propósito natural de servir para la propagación de la humanidad, yendo al extremo de aplicar su idea tan absolutamente que por realizar su ideal disolvería un matrimonio que no se correspondiera con ese ideal. Tras el tiempo de Friedrich Schlegel esta última idea se hizo tan dominante que no sólo se consideró moral la anulación de matrimonios que no cumplían esas condiciones, sino que la cooperación de la sociedad para promover el matrimonio que es resultado de un sentimiento que no está bajo control fue declarada inmoral. Durante los turbulentos tiempos de la guerra, los ojos de Schleiermacher se abrieron a la importancia moral de la comunidad, por lo que tuvo que corregirse a sí mismo, perdiendo su individualismo ético su parcialidad. Por tanto, contempló los deberes involucrados por el matrimonio y la educación doméstica resultante como medios específicos para el cultivo del corazón. Rechazó la poligamia y el derecho al divorcio porque entonces faltaría las condición fundamental de la educación, esto es, la comunión espiritual permanente de los padres. La importancia del matrimonio bajo el cristianismo es el resultado para él del conocimiento de que el crecimiento moral del individuo está condicionado por la sociedad. La familia cristiana es el medio más eficaz para la expansión del cristianismo.

Una boda cuáquera
Base ética del matrimonio.
Del principio de distinción sexual se han desarrollado en la historia dos bienes éticos que pueden realizarse únicamente en el matrimonio monógamo y de por vida, esto es, la vida familiar que es pedagogía moral y el avance mutuo ético de las dos personas que se complementan entre sí. Los dos son independientes de los cambios en las condiciones políticas, económicas y sociales. La predicción comunista de la desaparición de la familia a consecuencia de la abolición del hogar y el traslado de la propiedad privada al Estado no se puede cumplir mientras haya un llamamiento para la individualización de las condiciones materiales de la vida y mientras la superioridad de la instrucción parental sobre toda la educación pública sea tan decisiva. Más aún, el amor mismo, en su inicio y desaparición, no es totalmente independiente de la voluntad y puede ser la ocasión de oportunidades presentadas en el matrimonio y la familia elevadas al rango de un intercambio ético de perpetua simpatía. Por eso los dos bienes éticos del matrimonio forman el propósito de la creación del hombre y la mujer y el matrimonio monógamo y de por vida es el orden de la creación de Dios. El matrimonio con sus dos bienes es un medio para expandir el reino de Cristo en la tierra. El propósito superior es el social, pues el propósito ético del matrimonio debe ser análogo a su propósito natural y el complemento ético mutuo de dos individualidades se puede realizar sólo si ambas están perpetuamente unidas por su especial propósito ético. Pero debido a la diferencia de vocaciones del marido y la mujer tal unión tiene lugar como norma sólo cuando la educación de los hijos les da un propósito común.

Boda puritana en Nueva Inglaterra en el siglo XVII
Consideraciones prácticas.
Las condiciones para la realización del matrimonio ideal son la mutua inclinación, la relativa igualdad de educación y rango y la posesión de los más grandes objetivos en la vida. Un matrimonio ideal entre una parte cristiana y otra no cristiana, parece, por tanto, imposible. Ya que el matrimonio tiene que depender del reconocimiento público y en sus resultados toca a la vida pública, es un deber someter a la regulación pública lo que le concierne, mientras que los cristianos deberían procurar también la sanción de la Iglesia. En teoría el matrimonio debería ser indisoluble, pero debido al pecado este ideal no puede ser realizado siempre. El cristiano debe siempre sentir que la separación del cónyuge vivo contradice su deber. Donde las divergencias de temperamento o defectos morales en cada parte impidan la realización del ideal, se debe, según Mateo 5:29-30, salvar el alma, incluso aunque la vida sea acortada. En caso de infidelidad, el amor cristiano debe procurar condonar incluso tal culpa. La declaración de que el adulterio es de facto la anulación del matrimonio, se apoya en un énfasis parcial de la fase física del matrimonio. El adulterio se puede cometer también sin el pecado de la carne (1 Corintios 7:2-15). Pero puede ser correcto e incluso un deber para el cónyuge separarse si el poder moral no es suficiente para soportar la carga impuesta por la culpa o si el amor perdonador no aprecia indicios de cambio en la parte culpable; y, en caso de un segundo matrimonio por parte de la persona culpable, el propio peligro moral puede justificar un nuevo matrimonio. Esas normas éticas ideales no pueden ser transformadas en normas legales por el Estado y la Iglesia, pues ambos han de tomar en consideración la debilidad de sus miembros y han de ajustar sus medidas legales lo más posible a los efectos éticos. Cuando la muerte de un cónyuge interviene, un segundo matrimonio no debería ser conttestado, pues no supone infidelidad hacia el cónyuge fallecido.

Casamiento desigual y matrimonio morganático.
El desarrollo de distinciones de clase en Alemania hasta el siglo XVI muestra, además de los siervos, tres clases claramente diferenciadas: nobles, caballeros (nobleza inferior) y hombres libres. Por el principio de igualdad y nacimiento, los matrimonios entre miembros de esas clases eran considerados casamientos desiguales y la esposa de rango inferior no era elevada al rango de su marido, mientras que los hijos pertenecían a la clase de su madre. Esta condición fue parcialmente obviada por la introducción de la ley romana, salvo para la nobleza, pero, en virtud de su autonomía, pudo mediante leyes y acuerdos familiares impedir que los principios de la jurisprudencia romana interfirieran con sus derechos familiares, conservando de este modo las teorías tradicionales del derecho germánico. El denominado matrimonio morganático, sálico, o de mano izquierda (matrimonium ad morganaticam, ad legem Salicam) es normalmente un matrimonio entre personas de rango desigual, pero difiere del casamiento desigual, en el estricto sentido del término, en que sus efectos están basados en un contrato especial, en lugar de en la ley y la costumbre. El término "morganático" parece que se deriva de morning-gift, don matutino, (alemán, Morgengabe), que era usualmente dado en tales matrimonios. La expresión matrimonium ad legem Salicam, que todavía se emplea, no tiene explicación. La frase "matrimonio morganático" es ahora de uso común y tales matrimonios tienen lugar sólo en familias reinantes y en las de la alta nobleza.

Costumbres de la boda.
Bajo el encabezamiento de costumbres de la boda se pueden convenientemente citar varios detalles relativos a los esponsales o al matrimonio. El examen preliminar tiene el propósito de descubrir si hay algún impedimento civil o eclesiástico al matrimonio y si las partes respaldan los deberes del estado matrimonial; el ritual católico instruye al sacerdote a comprobar si los contrayentes conocen los rudimentos de la fe, para que puedan enseñarla a sus hijos. Tal examen también es prescrito en algunas iglesias evangélicas. El uso moderno de los amigos del novio y de las doncellas es una reliquia de uso antiguo (cf. Juan 3:29; Mateo 25:1-13). La costumbre de tener un paranymphus para el esposo y una paranympha para la esposa fue usual en el este, siendo comparados a los padrinos del bautismo. En el oeste la costumbre se considera regular en el cuarto sínodo de Cartago (398). Se contemplaba en el antiguo derecho germánico, que exigía que la esposa fuera entregada a su marido por su anterior guardián.

Anillos de boda
El anillo de bodas es un símbolo de gran antigüedad. Se usó en el derecho romano para símbolo de otros contratos mutuos, pero especialmente el del matrimonio (Plinio, Hist. naturalis, xxxiii. 1). La Iglesia adoptó su uso, que es mencionado por Tertuliano (Apol., vi). Que ya en el siglo séptimo o incluso el noveno el anillo fue dado en el primer desposorio lo atestiguan Isidoro de Sevilla y el papa Nicolás I. Posteriormente se daba en la boda y frecuentemente se intercambiaban dos anillos. La ceremonia de dar los anillos varía en diferentes lugares. Según el ritual romano es bendecido por el sacerdote y colocado por el esposo sobre el tercer dedo de la esposa. La razón de la elección de este dedo es la antigua creencia de que una larga vena iba directamente desde allí al corazón. El uso de coronas como parte del atuendo nupcial fue evitado por los antiguos cristianos a fin de apartarse de los paganos y judíos (Justino, 1 Apol. ix; Tertuliano, De corona, v. 13). Posteriormente no sólo entró en uso sino que adquirió una importancia especial. En la Iglesia griega se hizo costumbre que el sacerdote pusiera guirnaldas o "coronas" sobre las cabezas del esposo y la esposa, aunque la regla estricta lo prohibía salvo cuando la esposa era virgen. En el oeste la costumbre nunca obtuvo tanta importancia, porque fue preferido el velo, como se muestra en Ambrosio, Isidoro y Nicolás I. En Alemania las guirnaldas fueron muy comunes y la restricción de su uso a las vírgenes fue establecida en muchos lugares por la ley civil y la eclesiástica.

Derecho matrimonial

Historia del derecho matrimonial

Bendición nupcial. Copia francesa de la crónica de Jean de Vignay
titulada Miroir Historial, finales del siglo XIV. Lansdowne MS 1179, f. 24
Desarrollo de la jurisdicción eclesiástica sobre el matrimonio.
De la doctrina cristiana del matrimonio, incluso en su desarrollo eclesiástico, no se puede deducir ninguna ley matrimonial nueva, porque la relación del matrimonio no es parte del plan de redención. No obstante, se hizo necesario que, bajo su influencia, tanto el uso como el derecho matrimonial mismo experimentaran una renovación parcial en la cristiandad. Fue responsabilidad de la Iglesia establecer principios y gradualmente, junto con el desarrollo del dogma de que el matrimonio cristiano es un sacramento, evolucionó el concepto en la Iglesia occidental de que la Iglesia tiene el derecho exclusivo de establecer las leyes matrimoniales para los cristianos. El concilio de Trento confirmó este dogma con gran firmeza y precisión (sesión xxiv, canon 1: "Quienquiera que afirme que el matrimonio no es verdadera y apropiadamente uno de los siete sacramentos de la ley evangélica, instituidos por Cristo Nuestro Señor, sino que es una invención humana introducida en la Iglesia y no confiere la gracia, sea anatema" y también en la inferencia (canon 12): "Quienquiera que afirme que las causas matrimoniales no pertenecen a los jueces eclesiásticos, sea anatema"). La jurisdicción en asuntos matrimoniales es aquí expresamente afirmada por la Iglesia católica, que también indirectamente reclama el control de las leyes, ya que, según el sistema católico, se da por supuesto que los jueces eclesiásticos pueden decidir sólo según las leyes eclesiásticas y no según las normas seculares legales, a menos que éstas sean reconocidas por la Iglesia. Mucho antes de la Reforma se había elaborado un derecho eclesiástico matrimonial completo, que formaba parte del derecho canónico en el oeste, habiendo logrado una autoridad exclusiva, especialmente en Alemania.

Matrimonio protestante, en la galería Louis Philippe
El matrimonio secularizado por el protestantismo.
Lutero disputó el carácter sacramental del matrimonio y lo declaró una relación puramente secular, sujeta a las leyes de la autoridad civil ("Apología", xiii). Que el matrimonio es mandato de Dios y tiene promesas divinas lo afirmó firmemente, así como que las autoridades cristianas están obligadas a ser guiadas en el ejercicio y ejecución de las leyes matrimoniales por las declaraciones de la revelación divina. El suplemento a los Artículos de Esmalcalda, 80-81, declara que el establecimiento de tribunales especiales para los asuntos matrimoniales es una necesidad eclesiástica. De acuerdo con esas ideas en los territorios alemanes evangélicos, las correcciones bíblicas de las leyes matrimoniales canónicas se introdujeron en las disciplinas eclesiásticas promulgadas por los gobernantes, de acuerdo con el consejo de los teólogos, encargándose los consistorios de la jurisdicción matrimonial. La legislación matrimonial y su ejecución se basó totalmente en la armoniosa cooperación del Estado y la Iglesia. Hacia mediados del siglo XVIII, siguiendo el ejemplo de Prusia, se produjo gradualmente una transformación completa de esas relaciones. En Prusia, por un edicto fechado el 10 de mayo de 1749, la jurisdicción de los consistorios en general, especialmente en asuntos matrimoniales quedó abolida y transferida a los tribunales seculares regulares, mientras que las leyes fueron pronto modificadas en tal forma que el matrimonio fue contraído exclusivamente desde un punto de vista secular, sin la ayuda de la Iglesia. No obstante, aunque la importancia religiosa del matrimonio fue enteramente desechada, la ceremonia religiosa del mismo fue inadvertidamente mantenida.

La Vicaría, de Mariano Fortuny
Ministro y materia del matrimonio.
La idea fundamental de esta legislación, extraña a los reformadores y a la Iglesia evangélica, según la cual la legislación civil no presta atención al significado religioso del matrimonio, sino que lo deja enteramente a la Iglesia para hacer valer esas relaciones del matrimonio por influencia de la conciencia, tuvo su origen en la Iglesia católica de Francia, donde surgió el debate sobre lo que en el matrimonio cristiano constituye la materia sacramenti y el agente o minister sacramenti. Debía hacerse una distinción, según la opinión que prevalecía en Francia, entre el contractus naturalis y el sacramentalis. El contrato hecho por las partes recibía su carácter sacramental del sacerdote (como minister sacramenti), mediante su bendición (materia). El Estado debe fijar las condiciones bajo las que el matrimonio civil se puede contraer y anular. El sacerdote sólo puede bendecir el matrimonio (que era válido como contrato civil), no necesitando hacerlo en caso de impedimentos eclesiásticos; pero su retirada de la bendición no debe prejuiciar la validez del matrimonio, cuya regulación estaba reconocida por la ley del Estado. Los papas rechazaron siempre esta doctrina sin decidir claramente lo que había de ser estimado como materia y quién como minister sacramenti en el matrimonio, aunque mediante su rechazo y por los mandatos del concilio de Trento la Iglesia católica indirectamente enseñó que la materia sacramenti es la unión del hombre y la mujer, de acuerdo con la ley eclesiástica y que las partes del matrimonio constituyen el ministri sacramenti. La teoría francesa expuesta se convirtió en el fundamento de la legislación civil para los Estados católicos de Alemania, con la adición de una forma civil matrimonial obligatoria, siguiendo el ejemplo de la ley francesa de 1792.

Ratum y legitimum matrimonium.
Sobre la teoría de que la Iglesia tiene autoridad para hacer una ley matrimonial parcial se basa la distinción entre ratum y legitimum matrimonium, es decir, entre un matrimonio que responde a las demandas eclesiásticas y uno que cumple los requerimientos de las provisiones seculares legales (cf. Corpus juris canonici, causa xxviii, quæstio 1, dictum de Graciano). Según el derecho canónico, es concebible un matrimonium ratum non legitimum entre cristianos, pero no un matrimonium legitimum non ratum; un matrimonio que responde sólo al derecho secular y no a la ley eclesiástica no puede, por el derecho canónico, ser considerado matrimonio entre creyentes, mientras que contraer matrimonio desechando la ley secular no disminuye el carácter sacramental del matrimonio, incluso cuando la ley secular no reconoce tal unión como matrimonio. Sólo por la teoría francesa puede un matrimonium legitimum non ratum existir entre creyentes. En el concepto eclesiástico protestante esta distinción es imposible, ya que no contempla a la Iglesia con autoridad para aprobar leyes sobre el matrimonio. Por tanto, un matrimonio civilmente válido no puede ser más inválido eclesiásticamente que un matrimonio civilmente inválido pueda ser eclesiásticamente válido, ya que las promulgaciones del derecho civil no son absolutamente inconsistentes con la palabra divina. Desde una posición protestante la cuestión de un matrimonium legitimum non ratum puede existir sólo en el sentido figurado del matrimonio no aprobado por la Iglesia y por tanto no bendecido.

Teoría y concertación del matrimonio

Estela que representa las cabezas de los miembros de una
familia romana (siglo I d. C.). Museo de Salónica
Influencia del derecho romano.
El derecho romano distingue entre esponsales y matrimonio, definiendo el segundo como "la unión de un hombre y una mujer", que también puede contraerse por un acuerdo simple informal para entrar inmediatamente en el estado conyugal, considerando los esponsales como "una declaración y promesa de matrimonio futuro." La Iglesia reconoció la validez del derecho romano sobre el matrimonio, pero nunca sostuvo que un mandato divino definiera la forma de contraer matrimonio, aunque siempre estimó como una expresión necesaria de la piedad cristiana no casarse sin aprobación eclesiástica y sin "el agradecimiento y la santificación por la palabra de Dios y la oración." Por otro lado, nunca hizo que el estatus legal del matrimonio dependiera del cumplimiento de esas demandas de la piedad cristiana. Como el derecho romano, la Iglesia estimó que el consentimiento de las partes era la única condición necesaria para el matrimonio. Aunque se adoptó esencialmente la práctica romana, la distinción entre esponsales y matrimonio fue menos subrayada, incluso aunque los esponsales fueron bendecidos y aunque el matrimonio tras los esponsales fue considerado más sólido de lo que había sido el caso entre los romanos. Más aún, la Biblia denomina al matrimonio de José y María compromiso y por esa razón los Padres distinguieron esponsales y matrimonio menos claramente. Sin embargo la necesidad demandaba una distinción. Los esponsales eran disolubles, mientras que el matrimonio fue estimado por la Iglesia como indisoluble; los esponsales no eran sacramento como el matrimonio, aunque la razón precisa era dudosa, ya que la existencia de matrimonios no sacramentales fue también reconocida. La cuestión de si el matrimonio es un sacramento y por qué razones es indisoluble fue muy disputada, dando ocasión a profundas diferencias de opinión.

Celebración de matrimonio, siglo XIII.
Iluminación del Decreto de Graciano. Biblioteca Municipal, Laon
Elementos germánicos.
Para sustanciar sus ideas, los escolásticos y canonistas se vieron obligados a aducir citas, especialmente aquellos pasajes de la Biblia en los que José y María son llamados sponsus y sponsa. Las dificultades de la interpretación quedaron vencidas por las distinciones. Graciano distinguió entre desponsatione (es decir, consensu) initiatum y copula perfectum coniugium (siendo sólo esta sacramental e indisoluble); mientras que los escolásticos, comenzando con Hugo de San Víctor, distinguieron dos clases de nupcias, la que tenía el efecto de los esponsales romanos y la que tenía el del matrimonio romano, sponsalia de futuro y sponsalia de præsenti (siendo la segunda sacramental e indisoluble incluso sin cópula). En Alemania la Iglesia igualmente halló una ley nacional del matrimonio y la retuvo igual que la romana en el imperio romano. La ley germánica no respondió en todas partes al desarrollo general del Estado y derecho germánico y es en vano sacar una impresión uniforme de las muchas leyes tribales. No obstante, se pueden determinar ciertas características generales. Según las mismas, el contrato matrimonial pasó de ser una compra de la esposa a una compra del mund, o poder (mundium), sobre la esposa. De este modo el matrimonio era la consecuencia del sometimiento del mund y el pago de una cantidad de dinero. El contrato, o compromiso, precedente al matrimonio, del futuro sometimiento de la esposa y el pago de la cantidad de dinero, de hecho tenía su efecto, que era mayor que en el caso de los esponsales romanos, pues el compromiso no podía ser disuelto sin daños pecuniarios, aunque no fue considerado matrimonio auténtico. Mientras que el matrimonio originalmente tenía lugar por la adquisición del mund (normalmente por la trasferencia de su poseedor al novio), no teniendo la voluntad de la esposa importancia, los deseos de ésta se hicieron más y más importantes, hasta que se convirtieron en el factor decisivo y no el mund. De este modo la compra se convirtió en algo ficticio. El desarrollo germánico por tanto llegó a coincidir con el principio romano, de que el consentimiento de las partes causaba el matrimonio.

Boda de Leonor de Aquitania con Luis VII en 1137 (izquierda)
y Luis VII partiendo para la segunda cruzada (1147)
Ilustración de Les Chroniques de Saint-Denis, finales del siglo XIV
Relación del derecho canónico con la ley romana y la germánica.
El derecho canónico interfirió seriamente con esta evolución, pues la validez de que solo los tribunales seculares determinaban la licitud del matrimonio experimentó un cambio en el tiempo de Alejandro III. La Iglesia entonces adquirió jurisdicción sobre el matrimonio y con ello el poder de desarrollar sus principios. En lo que concierne a la realización del matrimonio, la Iglesia tomó su posición sobre la simple máxima del derecho romano, consensus facit nuptias, expresando esta máxima en la forma escolástica de ambos esponsales. El consentimiento con referencia al futuro (accipiam te) producía unos esponsales en el sentido romano (sponsalia de futuro); el consentimiento con referencia al presente (es decir, accipio te in uxorem [o in maritum]) producía el matrimonio (sponsalia de præsenti). Si la copula carnis iba unida con la sponsalia de futuro se consideraba præsemuptio iuris et de iure del consentimiento conyugal y exigía el matrimonio. No obstante, todo esto fue meramente una nueva terminología para los simples principios del derecho romano.

En el derecho matrimonial germánico original no había lugar para la intervención de un sacerdote, pero ahora se hizo posible. El pueblo alemán se adhirió a la antigua formalidad de la entrega; pero ya que en realidad no había nada más que entregar, una tercera persona escogida por las partes, el sacerdote, podía realizar la formalidad. De hecho, era la voluntad de las partes lo que constituía el matrimonio. Sin embargo, este matrimonio eclesiástico no se hizo general en Alemania, ni de hecho la Iglesia estimó su cooperación necesaria para la validez, ya que el mero consentimiento expresado era suficiente. Aquí yace el peligro para la ley matrimonial eclesiástica, no siendo hasta el concilio de Trento cuando se mandó que en el futuro la declaración de consentimiento para casarse debía ser hecha ante el propio sacerdote, en presencia de dos o tres testigos si el matrimonio había de ser válido.

Declive de la importancia de los esponsales.
En la Iglesia protestante el decidido rechazo de la validez de los matrimonios secretos de ninguna manera hizo su validez dependiente de su solemnización por la Iglesia, sino que resultó al principio meramente en el no reconocimiento de los esponsales clandestinos que procuraban el matrimonio inmediato y posteriormente en la terminación compulsiva de los esponsales públicos, ya fueran incondicionales o seguidos por cohabitación, por el matrimonio eclesiástico. Sin embargo pronto se hizo costumbre general celebrar el matrimonio mediante una boda eclesiástica; mientras el declive de la costumbre de estimar los esponsales públicos incondicionales como matrimonio, facilitó la ley prescriptiva que había sido firmemente establecida en Suiza y Alemania hacia comienzos del siglo XVIII y que fijó la ceremonia religiosa como la forma propia y necesaria. El movimiento inaugurado en círculos evangélicos por Just Henning Böhmer contra la teoría de los esponsales en el derecho canónico, virtualmente condicionó la importancia de la ceremonia matrimonial, que fue considerada el auténtico matrimonio. En Inglaterra se estableció primero por el Acta Hardwicke en 1753. En Escocia la ley del matrimonio canónico pre-tridentino está todavía en vigor, lo que explica los famosos matrimonios en Gretna Green, que, siguiendo esa ley, tuvieron lugar mediante una mera sponsalia de præsenti sin un matrimonio formal.

Matrimonio protestante alsaciano.
Museo de Artes y Tradiciones Populares, París
Teoría del matrimonio en los primeros rituales luteranos.
Para la intervención de la Iglesia en la realización del matrimonio, el protestantismo retuvo esencialmente inmutables las amonestaciones eclesiásticas. El ritual del matrimonio de Lutero hace que la ceremonia tenga lugar delante de la iglesia, siendo sólo la lectura bíblica y la oración de bendición pronunciadas ante el altar. En el libro de Lutero y en la mayoría de los rituales protestantes la forma matrimonial reza: "Os declaro unidos en matrimonio, en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo." La agenda de Nördlingen de 1676 tiene la forma añadida: "Os declaro unidos en matrimonio en manera semejante como Dios unió a nuestros primeros padres en el paraíso, en el nombre del Padre..." etc. Algunos rituales, especialmente en Alemania meridional, leen como la agenda de Brandenburgo–Nuremberg "Habéis hecho los votos matrimoniales en la presencia de Dios y su santa congregación y yo confirmo al mandato de la congregación cristiana en el nombre..." etc. En otros rituales ambas formas se combinan, como en el manual de Eisleben de 1563: "Este matrimonio ordenado y estipulado por Dios Todopoderoso entre vosotros, lo confirmo como ministro de la Iglesia en su lugar y en la presencia de esta congregación os declaro públicamente unidos en matrimonio, en el nombre..." etc. De ahí se sigue que el auténtico significado esencial del "unidos" en el nombre de la Trinidad representa la unión divina en el matrimonio, pero esto no significa que el matrimonio sea realizado por el acto del ministro. El matrimonio originalmente se daba por realizado mediante el compromiso precedente a la ceremonia y las amonestaciones. En la introducción del ritual matrimonial a veces se dice (como en la agenda bajo sajona de 1585): "Las personas aquí presentes, en la forma acostumbrada, con el conocimiento de sus parientes por ambas partes, etc., han entrado en el santo estado del matrimonio." La vida conyugal ya comenzada era meramente completada por la ceremonia eclesiástica. Cuando, en un tiempo posterior, se ignoró la distinción entre inchoatum y consummatum matrimonium, trazándose de nuevo una raya entre vida de comprometidos y vida de casados (estimándose el matrimonio necesario para la segunda), el pronunciamiento "juntos" en el nombre de Dios vino a denotar la declaración de matrimonio, que podía celebrarse sólo por tal declaración. No obstante, este nuevo desarrollo no sustituyó a la importancia original y principal del pronunciamiento "juntos", pues como acto religioso nunca perdió su significado, surgiendo su aspecto declarativo del carácter legal que había asumido ahora en adición a sus funciones religiosas. La auténtica validez del contrato matrimonial siempre se sostuvo que residía en el mutuo acuerdo de las partes, expresado en su asentimiento a las preguntas en la ceremonia matrimonial. Por tanto, los contrayentes se casaban entre sí, siendo el ministro quien lo confirmaba solemnemente por su declaración, aunque esta ceremonia era necesaria para la validez del matrimonio. Aquí el derecho canónico protestante finalmente difirió del católico tridentino, al sostener el segundo que un casamiento formal no era necesario para la validez del matrimonio, en el caso de que una declaración de consentimiento mutuo se hubiera hecho.

La esposa escoge el hábito, por William Mulready
Museo Victoria y Alberto, Londres
Desarrollo del matrimonio civil.
Varias dificultades graves que surgieron de la exigencia de una ceremonia religiosa para la validez legal del matrimonio, desembocaron en el desarrollo de un servicio de matrimonio civil, que se convirtió en suficiente o necesaria para su validez civil. La ceremonia civil, según se practicaba en el siglo XVI en Holanda, y en Francia en 1787, tenía por objeto la protección de la libertad de conciencia de los miembros de comunidades protestantes que eran meramente toleradas; al observar una forma civil prescrita de matrimonio quedaban capacitados para obtener el mismo recoocimiento público del mismo, como podía ser obtenido sólo por la cooperación de la Iglesia estatal. Una ley francesa de 1792 hizo la ceremonia civil obligatoria para todos los ciudadanos, sobre el principio de que "los ciudadanos pertenecen al Estado, independienmenet de la religión", siendo la base legal la distinción entre contractus sacramentalis y naturalis. La obligatoria ceremonia civil introducida fue adoptada en el código civil napoleónico, permaneciendo de referencia en aquellas partes de Alemania en las que se hizo naturalizada bajo gobierno francés. La misma teoría forma la base de la obligatoria ceremonia civil en Holanda, Italia, Chile, México, Rumanía, Hungría, Japón y Estados Unidos. En Inglaterra, Escocia e Irlanda la ceremonia civil se introdujo en 1653 para liberar a la Iglesia de asuntos seculares. Abolido en la Restauración (1660), el matrimonio civil fue introducido de nuevo optativamente en Inglaterra por razones prácticas en 1836. En Alemania la ceremonia civil obligatoria, introducida primero por la ley de 6 de febrero de 1875, estaba basada en el principio de la separación de la Iglesia y el Estado, según el precedente belga. En Estados Unidos, donde prevalece le principio de que el consensus facit nuptias, tanto los ministros de diferentes denominaciones como los oficiales judiciales tienen el derecho a casar.

Según la ley de la Iglesia católica un matrimonio realizado por un funcionario civil puede convertirse en ratum y legitimum matrimonium sólo donde el decreto tridentino no haya sido promulgado; donde ha sido promulgado, o es practicado sin ser promulgado, la ceremonia civil se convierte en ratum matrimonium sólo mediante un matrimonio religioso subsecuente, según la forma prescrita por el decreto. La Iglesia protestante, al contrario, considera el matrimonio vinculante a la conciencia desde el instante en que se realiza la ceremonia civil, no necesitándose una ceremonia religiosa posterior para su validez.

La validez del matrimonio en la Iglesia católica experimentó un cambio muy importante bajo Pío X por la constitución Provide de 1906 y por el decreto Ne temere de 2 de agosto de 1907. Por el decreto Ne temere se introdujo una forma especial de esponsales (un contrato escrito firmado por ambas partes, el sacerdote u ordinario y por al menos dos testigos); la validez de la forma tridentina de consumar el matrimonio (que, por supuesto es reconocida en todas partes) se hace actual por la presentación del decreto Ne temere al obispo diocesano y se extiende a todos los bautizados en la Iglesia católica y a quienes han vuelto a ella del cisma o la herejía. La declaración para contraer matrimonio debe tener lugar ante el sacerdote, quien oficia de su propia voluntad y ante dos testigos. El sacerdote debe ser de la propia diócesis, pero si no es el caso el matrimonio no se declara vacío como anteriormente.

Impedimentos para el matrimonio

Clasificación de los impedimentos.
Los impedimentos para el matrimonio, o aquellas circunstancias que impiden el estado apropiado o legal del matrimonio, se dividen en ciertas categorías generales: (a) Impedimentos públicos y privados (impedimenta publica y privata), según que el impedimento tenga el carácter del matrimonio mismo o existe meramente en los derechos de los individuos, por lo que el impedimento concierne ya sea a la comunidad o sólo a los individuos. Un impedimento público es la consanguinidad, mientras que uno privado es la coerción. (b) Impedimentos dirimentes e impedientes (impedimenta dirimentia y tantum impedimentia), según que el impedimento vacíe el estatus legal del matrimonio o, aunque exista, meramente retrasa las condiciones propias de su realización. En el segundo caso, el matrimonio se pospone hasta que el impedimento sea removido; pero si no se hace el matrimonio no queda invalidado, sino que como mucho es punible. Por otro lado, en caso de impedimento dirimente el matrimonio puede ser anulado si las causas son públicas; pero tal anulación no debe entenderse como divorcio, al ser meramente una declaración de la invalidez o no existencia del matrimonio. Los impedimentos dirimentes son, por ejemplo, un matrimonio previo todavía existente, la impotencia o esterilidad de una de las partes, siendo el primero público y el segundo privado. Los impedimentos impedientes son los esponsales (sponsalia de futuro) y los tiempos cuando el matrimonio está prohibido. (c) Impedimentos absolutos o relativos, según sea la causa que impide la legalidad del matrimonio en general o sólo entre ciertas personas. Un impedimento absoluto es no haber llegado a la pubertad y uno relativo la diferencia de religión.

Impedimentos canónicos.
Los diversos impedimentos canónicos son los siguientes: (a) No haber llegado a la edad de pubertad, es decir, cuando el varón no tiene catorce años de edad y la mujer no tiene doce. La ley, tanto católica como protestante, lo considera un impedimento dirimente público; pero en el derecho canónico se sostiene esta posición sólo cuando el matrimonio no ha sido consumado por el desarrollo previo de la pubertad. La ley civil ha elevado siempre la edad del matrimonio. (b) Un matrimonio previo y todavía existente de una de las partes contrayentes (impedimentum ligaminis) es un impedimento dirimente público, ya que por su misma naturaleza el matrimonio sólo puede existir entre un hombre y una mujer. La ignorancia sobre la continuidad de un matrimonio anterior excluye sólo el delito de bigamia, pero no la necesaria ruptura del segundo matrimonio, convirtiéndose en un matrimonio vergonzoso que no puede ser legalizado ni siquiera por el consentimiento de la parte injuriada o mediante una dispensa, ya que el impedimento se considera basado en la ley divina. (c) El impedimento que existe a consecuencia de un matrimonio todavía existente se funda por el derecho canónico en la recepción de una consagración más elevada y en el solemne voto de castidad tomado al entrar en una orden religiosa aprobada por la Iglesia católica. (d) Por la consanguinidad la ley de Moisés (Levítico 18:7 y sgg.; 20:17 y sgg.; Deuteronomio 27:20 y sgg.) prohíbe a un hombre casarse con su madre, hermana (sea natural o no), nieta y tía materna y paterna.

Árbol del parentesco que representa los grados de consanguinidad.
La computación germánica o eclesiástica en números romanos,
la romana o civil en números arábigos
Consanguinidad.
En el derecho romano el matrimonio entre parientes en línea ascendente o descendiente son de libre acceso, pero está prohibido entre hermanos y hermanas (sean uterinos o no) y entre parientes colaterales que "están relacionados en el lugar de padres e hijos", siendo una parte nacida del tronco común. Según la ley antigua el matrimonio entre primos también estaba prohibido, renovándose esta prohibición temporalmente por los emperadores cristianos bajo la influencia de la Iglesia, que rechazaba tales matrimonios, por lo que no existe en el código de Justiniano. En la ley de Mosiés y en la romana era irrelevante si la relación era legítima o ilegítima. Según las decretales, que en este aspecto son todavía autoritativas en la Iglesia católica, los matrimonios entre relaciones colaterales hasta el cuarto grado están prohibidos, mientras que antiguamente se extendía la prohibición hasta el séptimo grado. Esas relaciones estaban calculadas por la teoría germánica, que asumía tantos grados de relación como actos de procreación fueran requeridos para establecer las relaciones de un pariente con otro, tomándose la línea más distante en caso de falta de igualdad de los parientes colaterales. Los reformadores rechazaron la ley canónica y retrocedieron a la ley de Moisés y la romana, adoptando de la segunda el impedimento "relativo al parentesco." Aunque en ningún modo uniforme, la extensión del impedimento se hizo generalmente hasta el tercer grado de la computación canónica. Con la teoría prevaleciente en el siglo XVIII de que la ley de Moisés no tenía que ser considerada divina en este aspecto, el derecho de dispensa del soberano adquirió amplia facultad; pero incluso una vez que el Estado hubo limitado grandemente el impedimento de relación, la Iglesia evangélica mantuvo una parte de la antigua ley en la forma de impedimento para el matrimonio religioso.

Afinidad.
La relación de un cónyuge con la parentela del otro constituye afinidad. Por esta razón la ley de Moisés expresamente prohíbe el matrimonio con una madrastra, la esposa de un tío paterno, una nuera, una cuñada y una hijastra. El matrimonio con la hermana de la esposa está prohibido sólo en vida de la esposa, siendo la poligamia todavía permisible. El matrimonio con la viuda de un hermano sin hijos, el matrimonio levirático, era obligatorio (Deuteronomio 25:5). Según la ley romana la afinidad era un impedimento absoluto. El matrimonio con hermanos y hermanas de un cónyuge fallecido estuvo primero prohibido por las leyes de los emperadores cristianos. Incluso en las antiguas leyes un impedimento para el matrimonio, basado en un sentimiento de honor, existía en la cuasi-afinidad entre un prometido y el pariente de la otra parte en línea directa, así como entre hijastros y padrastros o entre un hombre y la hija de su esposa divorciada por un segundo matrimonio. Según la ley romana, solo el matrimonio legal establecía afinidad real, ya sea que fuera consumado o no y cuando el matrimonio cesaba, también cesaba la afinidad aunque continuaba siendo un impedimento para el matrimonio. La relación sexual ilícita generalmente no era impedimento para el matrimonio de una parte con los parientes de la otra, efectuando un impedimento sólo el concubinato y el matrimonio con esclavos, similar al del matrimonio ilícito.

Afinidad en el derecho canónico y el protestantismo antiguo.
El derecho canónico derivaba el impedimento de afinidad no tanto del matrimonio sino de la "unión de la carne" efectuada por la relación sexual, por lo que hacía coincidir el impedimento de afinidad con el de parentesco, extendiéndolo incluso a matrimonios entre la parentela del marido y los hijos de la segunda esposa. Incluso una affinitas secundi generis, entre un cónyuge y el affines (primi generis) de la otra, y, en ciertos casos, una affinitas tertii generis (la relación con el affines secundi generis de la otra parte del matrimonio) se consideraron un impedimento. Por la relación no matrimonial se originaba también una afinidad, de donde surgía un impedimento entre la parte culpable y la parentela de la otra parte (affinitas illegitima). Prevaleció igualmente la opinión de que los matrimonios deberían anularse por una affinitas superveniens, que surge del adulterio por parte de un cónyuge con alguien de la parentela del otro cónyuge. Por la ley de 1215 Inocencio III abolió enteramente las prohibiciones de matrimonio en secundo et tertio genere affinitas y también permitió el matrimonio entre parientes del marido e hijos del segundo matrimonio de su esposa, además de limitar la prohibición de affinitas primi generis al cuarto grado. Igualmente resolvió que la affinitas illegitima superveniens capacitaba a la parte injuriada sóla a rechazar los derechos maritales. El concilio de Trento limitó el impedimento de la affinitas illegitima (antecedens) al segundo grado, mientras que la cuasi-afinidad romana por los esponsales fue hecha colindante, bajo el nombre impedimentum quasi affinitatis, con la auténtica afinidad. El concilio de Trento limitó el impedimento de primer grado, pero sin abolir la extensión del impedimento de afinidad ex matrimonio rato non consummato al cuarto grado, aunque, como en el primer caso, fue sólo un impedimentum publicæ honestatis. La legislación, doctrina y práctica protestante antigua se apropió del concepto canónico del impedimento de afinidad y en general igualmente aceptó las deducciones resultantes del derecho canónico, por lo que la afinidad legítima e ilegítima actuó como impedimento para el matrimonio en los mismos grados de consanguinidad. Al mismo tiempo, las prohibiciones del derecho romano a causa de la cuasi-afinidad se retuvieron e incluso a veces se extendieron, a pesar de su abolición por Inocencio III mediante la total abrogación del impedimento de affinitas secundi generis. Tras la regulación del impedimento por la ley civil, la Iglesia evangélica fue más allá al establecer impedimentos al matrimonio religioso.

Relación espiritual y diferencia de religión.
La relación imitativa o artifical se denota como legalis y spiritualis cognatio. La primera se reconoció como impedimento dirimente público por el derecho canónico, que, sin embargo, no impuso nuevas regulaciones que definieran su extensión y el derecho canónico respecto a este impedimento ha sido retenido por la Iglesia protestante. El impedimento por la relación espiritual tiene su fundamento en el código de Justiniano (XXVI, v. 4), que prohíbe el matrimonio entre un padrino y la persona bautizada. En el derecho canónico medieval se amplió grandemente. Según los decretos del concilio de Trento (sesión xxiv, canon 2), la relación parental es un impedimento sólo para el matrimonio entre quien bautiza o confirma y los padrinos por un lado y la persona bautizada o confirmada y sus padres por otro. La agenda evangélica ha prohibido a veces los matrimonios entre padrino y ahijado, pero en la Iglesia protestante posterior la relación espiritual ya no se contempla como un impedimento matrimonial. La diferencia de religión (cultus disparitas) no llegó a ser un impedimento dirimente público por una ley eclesiástica, sino por un derecho eclesiástico general prescriptivo, siendo reconocido como tal por la Iglesia protestante, aunque Lutero repetidamente lo desaprobó, en parte pasando por alto la diferencia entre cristianos y no cristianos y en parte subrayando parcialmente la secularidad del matrimonio. Aunque la ley del Estado no reconoce la diferencia de religión como impedimento matrimonial, es siempre considerada un impedimento para un casamiento religioso. La Iglesia no puede bendecir y consagrar un matrimonio en el que una de las partes considera irrelevante para la unión de vida si la otra profesa a Cristo o no. La mera diferencia de confesión cristiana es considerada por la Iglesia católica y muchas iglesias protestantes, un impedimento impediente.

El castigo del adulterio. El paseo infamante.
Miniatura del Libro de los Estatutos y Costumbres de Agen,
llamado Libro juratorio (Siglo XIII). Biblioteca Nacional, Agen
Impotencia y adulterio.
La incapacidad física para consumar el matrimonio mediante la unión sexual (impotentia cœundi) es un impedimento dirimente privado según el derecho canónico, ya que, en caso de existir y ser incurable al comienzo del matrimonio (o que puede ser curada sólo mediante una operación que pone en peligro la vida) capacita a la otra parte para que el matrimonio sea anulado. Sixto V (1587) prescribió un impedimento público sólo para los eunucos. En la Iglesia católica la opinión prevaleciente es que el efecto de este impedimento es el mismo bien fuera conocido de la otra parte o no. La doctrina y práctica protestante, por otro lado, ha sostenido siempre que la anulación del matrimonio por impotencia (o esterilidad) puede ser demandada por la parte sana sólo a condición de que contrajo el matrimonio sin conocer el defecto de la otra parte. El adulterio (impedimentum criminis) es, según el derecho canónico, un impedimento dirimente público en cuanto al matrimonio con la persona accesoria al adulterio, en caso de que los adúlteros hayan prometido casarse entre sí, o hayan contraído matrimonio o que uno de los adúlteros haya atentado contra la vida del cónyuge. En caso de un cónyuge asesinado por el otro con la ayuda de una tercera persona, a fin de poder casarse, tal acto se convierte en un impedimento para el matrimonio, aunque sólo una parte quisiera hacerlo cuando perpetuó el hecho. Esta ley canónica se convirtió en ley de la Iglesia protestante, aunque Lutero había objetado: "El vicio y el pecado se han de castigar de otra manera y no prohibiendo el matrimonio."

Bòria avall, por Francisco Galofré (1892). Museo de Valls (Tarragona)

Error.
El impedimento de error está reconocido en el derecho canónico sólo respecto a la persona de la otra parte, pero no respecto a la cualidad o condición (con la sola excepción de la libertad). Aquí el error en cuanto a la persona sucede cuando alguien intenta casarse con una persona determinada y por error se casa con otra (error qualitatis in pesonam redundans). Algunas agendas evangélicas del siglo XVI consideraron la ausencia de virginidad, el embarazo de la novia por una tercera persona (en referencia a la ley de Moisés) y enfermedades contagiosas incurables, condiciones que justificaban la anulación de un matrimonio a causa de error. La práctica y doctrina protestante posterior se inclina a atribuir ese efecto a cada defecto moral o físico que en un grado similar afecte a la naturaleza de la relación conyugal. Hasta donde el error es considerado impedimento, no hay diferencia si fue causado o utilizado por fraude o no. El derecho canónico no reconoce el fraude como un impedimento absoluto. En la Iglesia evangélica la opinión opuesta nunca ha gozado del consenso general, aunque ha sido estipulada con bases y limitaciones muy diferentes y ocasionalmente ha sido impuesta y hecha asunto de legislación especial.

Impedimentos impedientes.
El derecho canónico permite que el matrimonio sea contraído bajo condiciones a posteriori. Las partes contrayentes están legalmente, pero no conyugalmente, unidas. Tan pronto como las condicione se cumplen, el matrimonio tiene lugar. La condición deficiente forma un impedimentum deficientis conditionis appositæ. No se consideran vinculantes las condiciones imposibles o inmorales, pero una estipulación secundaria anula uno de los tria bona matrimonii (fides, proles, sacramentum) y hace al matrimonio ilegal. Es necesario el permiso del obispo y el aviso al sacerdote oficiante. La falta de consentimiento parental se considera un impedimentum impediens en el derecho canónico, ya que el sacramento conyugal es llevado a cabo por las partes contrayentes mismas y porque una tercera parte no debería decidir sobre la validez del sacramento. Sin embargo, el derecho protestante, refiriéndose al quinto mandamiento, y el derecho civil difieren del derecho canónico, aunque ambos contemplan limitaciones temporales y proporcionan protección contra la arbitrariedad por parte de los padres. Un simple impedimento impediente lo produce el tempus clausum, o las épocas de Adviento y Cuaresma en las que, según la antigua costumbre eclesiástica, los matrimonios eran considerados inadmisibles, aunque el concilio de Trento (sesión xxiv, canon x) restringió la prohibición a las festividades matrimoniales. La costumbre la retuvieron los protestantes, pero con modificaciones detalladas. Un impedimento impediente se presenta por el vetitum o interdictum ecclesiæ, por el que la prohibición provisional del matrimonio ordenada por la autoridad eclesiástica a causa de la supuesta presencia de un impedimento dirimente u objeción no milita contra la validez de un matrimonio legal en sí mismo, aunque contraído a pesar de la prohibición; si bien, hasta que esta prohibición sea removida, el matrimonio en cuestión es sujeto de castigo por parte de la Iglesia. El efecto de un impedimento impediente es también poseído por los esponsales en el sentido estrecho y en el derecho canónico por el simple voto de castidad. En algunos países el annus luctus, "año de afliccion", es un periodo durante el qy una viuda no puede contraer matrimonio, a menos que haya tenido un hijo tras la muerte del marido. El propósito de esta ley es impedir la ambigüedad en asuntos de paternidad.

Eliminación de impedimentos.
la eliminación de impedimentos tiene lugar cuando está basada en razones transitorias, aunque no valida un matrimonio contraído bajo condiciones invalidadas a causa de impedimentos. Los impedimentos privados surgidos por falta de consentimiento se pueden remover sólo por el pleno consentimiento posterior de la parte concernida. Sin embargo, si el matrimonio va a ser válido, la práctica católica exige una renovatio consensus en la forma tridentina, a menos que el impedimento haya sido secreto. Los impedimentos públicos que no pueden ser removidos por sí mismos pueden serlo por dispensa solamente; pero esta acción sólo es posible en casos que no están considerados basados en la ley divina. Por tanto, la práctica católica niega absolutamente la posibilidad de dispensa en caso de un impedimento de matrimonio existente o de relación en línea directa y en el primer grado de línea colateral. Por otro lado, el impedimento de diferencia en religión de afinidad propia en línea directa y de crimen ex occisione coniugis cum adulterio, que posteriormente se convierte en públicamente conocido son incapaces de dispensa. Por el tercer canon de la sesión 24 del concilio de Trento se declara expresamente que la Iglesia católica puede otorgar dispensas en ciertos grados de consanguinidad y afinidad mencionados en Levítico. En la Iglesia evangélica toda prohibición de la ley de Moisés de afinidad y relación, usualmente con extensiones generalizadas, fue anteriormente considerada incapaz de dispensa, con la excepción del matrimonio con la viuda del hermano fallecido, de lo que la ley misma otorgó un cierto grado de dispensa al matrimonio levirático. En tiempos más recientes ha sido opinión prevaleciente en la Iglesia evangélica que sólo los impedimentos de relación y afinidad en la línea directa y de consanguinidad en el primer grado colateral están totalmente excluidos de dispensa. En la Iglesia católica el papa tiene el derecho exclusivo de otorgar dispensas de todos los impedimentos dirimentes, al igual que de los impedimentos impedientes de mixta religio y de votos simples de castidad perpetua o de entrada en una orden religiosa. Las demás dispensas las otorgan los obispos, cada uno en su propia diócesis, aunque el papa delega en los obispos el ejercicio de varias porciones del poder de dispensa que le es exclusivo.

Disolución del matrimonio

Clases de disolución del matrimonio.
La disolución del matrimonio, según el derecho canónico, tiene lugar ipso jure sólo tras la muerte; durante la vida de ambas partes un matrimonio, aunque exista simplemente de facto sólo puede ser disuelto por decisión legal o por dispensa, salvo en caso de anulación de un matrimonio no consumado por un voto, posible según las leyes de la Iglesia católica. En general se extrae una distinción entre una disolución del lazo nupcial (a vinculo matrimonii), que permite un nuevo matrimonio, y la mera separación de lecho y mesa (separatio a toro et mensa), que, según el derecho canónico, puede ser sólo de por vida (perpetua), pero según el protestantismo puede ser meramente temporal (temporaria). En la disolución del matrimonio se debe hacer la distinción entre la disolución a causa de un impedimento matrimonial (anulación) y la disolución del matrimonio legal (divorcio). La bula Dei miseratione de Benedicto XIV (3 de noviembre de 1741) contiene normas estrictas para el procedimiento de los tribunales eclesiásticos con referencia a la anulación del matrimonio y entre esas regulaciones está el muy pertinente principio, retenido en la ley civil posterior, de que en todos los procedimientos para la anulación del matrimonio debe haber un oficial "defensor del lazo matrimonial", para proteger los intereses de la comunidad religiosa o civil para mantener el matrimonio. Es característico de la ley católica que la entrada de una de las partes en un monasterio o una dispensa papal pueden anular un matrimonio no consumado todavía, y por tanto no sacramental.

En la Iglesia antigua.
El divorcio, como acto arbitrario de una parte, legalmente permitido bajo ciertas condiciones por la ley de Moisés y la romana, es considerado en las bien conocidas palabras de Cristo: "Lo que Dios unió que no lo separe el hombre." Por tanto, la Iglesia ha considerado siempre, y debe seguir haciéndolo, al divorcio incompatible con el auténtico sentimiento cristiano. De ello la Iglesia católica ha extraído la deducción de que la ley debe tratar un matrimonio consumado (y sacramentalizado) absolutamente indisoluble, que todo divorcio, incluso por adulterio, queda excluido, aunque sea otorgado por un tribunal. Agustín (De fide et operibus, iv. 19) consideró al menos dudoso si se podía conceder la sanción de una simple separación a la parte inocente, a la que, sin embargo, no se le permitía casarse de nuevo hasta la muerte de la parte culpable. Un sínodo africano en el año 407 reconoció expresamente el derecho de la Iglesia a impedir el nuevo matrimonio de la parte culpable, aunque sólo mediante la disciplina eclesiástica, ya que para lograr la imposibilidad legal de un nuevo matrimonio, la Iglesia necesitaba la aprobación de una ley imperial. Entre las naciones germánicas incluss la Iglesia católica permitió divorcios, al menos mediante el "disimulo" hasta el siglo IX.

En la Iglesia católica.
Tan pronto como la Iglesia occidental obtuvo plena jurisdicción y legislación sobre el matrimonio, cesó toda indulgencia; aunque se reconoció claramente que el divorcio ya no era posible, era imperativamente necesario que se pudiera permitir una separación que mantuviera el matrimonio y no obstante abrogara la cohabitación, permanentemente en caso de adulterio. Las consecuencias de tal separación fueron las mismas que las de un divorcio en cuanto a los derechos de propiedad y la separación, como el divorcio, presupuso un procedimiento legal. Si las palabras de Cristo con respecto al divorcio se tomaban como una prohibición legal del mismo, la frase "salvo por causa de fornicación" (Mateo 5:32 cf. Mateo 19:9) deben ser interpretadas necesariamente como un permiso legal o al menos perpetua separatio en tal caso. La ley de la Iglesia católica es, por tanto, que tras la petición se concede una separación durante un tiempo definido o indefinido (temporarira separatio a toro et mensa) según sea el mayor o menor daño de la vida conyugal, en caso de tentación para cometer actos inmorales o crímenes, en caso de seguridad amenazada y semejantes. La separación perpetua (perpetua separatio) se puede otorgar sólo por adulterio o crímenes contra natura, aunque en tal caso la petición se puede objetar mediante la petición de compensación (adulterio practicado por el demandante), capricho o connivencia, y condonación.

Divorcio en la Iglesia protestante.
La ley de divorcio protestante tiene su origen en la proposición establecida en el apéndice de los Artículos de Esmalcalda: "Injusta también es la tradición que prohíbe a una persona inocente casarse tras el divorcio" (cf. H. E. Jacobs, Book of Concord, i. 351, Filadelfia, 1893). Las normas positivas que los magistrados iban a establecer con el consejo de la Iglesia sobre el divorcio en el estricto sentido del término (aunque la Iglesia misma no podía hacer una legislación independiente sobre el asunto) estarían basadas en los pasajes relevantes de la Biblia sometidos a una concienzuda exégesis libre de tradición eclesiástica. El resultado fue sustanciar las palabras de Lutero, en su exégesis del Sermón del Monte (edición de Erlangen, xliii, 17): "Cristo (y por supuesto también Pablo) no establece aquí ninguna regla o mandato como jurista o regente en cuestiones externas, sino simplemente como un predicador que instruye la conciencia para que la ley del divorcio pueda usarse rectamente." La cuestión, pues, no es de "bases bíblicas para el divorcio", como si la Biblia asignara ciertas bases que otorgan a una parte casada un derecho legal para separarse de la otra y la libertad de casarse de nuevo; pues incluso en este sentido el adulterio de la otra parte no es una base bíblica para el divorcio. El único problema es qué forma de separación o culpa de una parte, en armonía con la Biblia, debería ser la auténtica base para las autoridades civiles para ayudar a la parte inocente mediante la concesión de la disolución del lazo legal del matrimonio. Si, desde este punto de vista, iban a ser consideradas aquellas bases del divorcio por las que una petición de separación judicial sería contemplada por las autoridades civiles para la protección de la santidad del matrimonio y la defensa del inocente contra el culpable, las bases bíblicas más indudables para el divorcio son el adulterio y el abandono premeditado. Las tales fueron expresa y generalmente reconocidas como tales por la agenda evangélica del periodo de la Reforma.

Matrimonios mixtos
Matrimonios mixtos son los contraídos entre personas de diferente confesión cristiana, especialmente entre protestantes y católicos. Al ser imposible esa perfecta armonía entre marido y esposa que demanda el concepto ético y religioso del matrimonio, pues la familia fundada necesariamente queda bajo la influencia de dos iglesias antagonistas, a la vez que dificultades casi insuperables surgen sobre la educación religiosa de los hijos, cada Iglesia los desaprueba y disuade a sus miembros de tales matrimonios.

Posición católica.
Aunque este debería ser el caso especialmente con la Iglesia católica, nunca se ha considerado el matrimonio mixto ilícito o falto de carácter sacramental. No obstante, se aplicaron plenamente las prohibiones de la antigua Iglesia sobre el matrimonio entre católicos y herejes a los matrimonios entre católicos y protestantes, a pesar de que éstos fueron reconocidos por el Estado como miembros de iglesias a la par con la Iglesia católica y sin estimar las circunstancias de que esas iglesias protestantes eran esencialmente diferentes a las sectas a las que se referían las prohibiciones mencionadas. La curia romana mantuvo que existía un impedimento impediente basado en las leyes eclesiásticas generales para los matrimonios mixtos entre católicos y protestantes. Una dispensa para tal clase de matrimonio sólo la podía otorgar el papa y sólo a condición de que la parte protestante abjurara del protestantismo, con la promesa de que todos los hijos habidos en la unión serían educados en la fe católica. Además, la plena aplicación del derecho canónico católico a tales matrimonios se afirmaba sobre la base de que esos protestantes pertenecían por el bautismo a la Iglesia católica y estaban sujetos a sus estatutos. Bajo ciertas circunstancias se hizo una exención de la ejecución estricta de esos principios por expreso favor papal o "disimulo". La abjuración del protestantismo era el asunto menos subrayado, pero se ponía especial énfasis en la seguridad de que los niños fueran educados en el catolicismo. Por principio la Iglesia católica siempre procura impedir los matrimonios mixtos totalmente y como poco hacerlos difíciles; pero en cualquier caso donde asiste a su realización, expresa su desaprobación por la profanación del sacramento del matrimonio que aprecia en cada unión mixta. Sin embargo, la prevención absoluta incluso desde el punto de vista de su propia ley, es posible sólo donde el decreto tridentino sobre la realización del matrimonio ha sido promulgado o es practicado sin promulgación. Por otro lado, donde el decreto tridentino es autoritativo se puede producir un ratum matrimonium por consentimiento informal, aunque la Iglesia se niegue a cooperar. Siempre que se pide una dispensa se presentan dificultades. La desaprobación se puede expresar negando las amonestaciones y retirando la ayuda activa en el consentimiento de las partes al matrimonio, quedando la cooperación de la Iglesia restringida a la denominada ayuda pasiva fuera de la iglesia y sin indumentaria sacerdotal o al menos al rechazo a celebrar la misa nupcial con su bendición, omitiendo la bendición relacionada con la ceremonia. Donde se hacen más o menos amplias excepciones a esos principios, se deben al deseo de evitar males mayores. Hacia finales del siglo XVIII los matrimonios mixtos fueron tratados suavemente por la Iglesia católica, pero en el siglo XIX se reavivó la severidad de sus estrictos principios, siendo meramente temporales las modificaciones concedidas por Pío VIII para la archidiócesis de Colonia (1830) y Baviera (1832) o por Gregorio XVI para Austria (1841).

Uso católico actual.
Según el estatus actual, el papa o el obispo como delegado suyo, elimina el impedimentum mixtæ religionis. Se exige la ceremonia católica, salvo en países a los que la declaración de Benedicto XIV (4 de noviembre de 1741) para Holanda y Bélgica ha sido extendida. El sacerdote proporciona meramente asistencia pasiva. El otorgamiento de la dispensa supone el cumplimiento de ciertas condiciones. La parte católica promete intentar la conversión de la parte protestante, mientras que a ésta se le pide que no haga tal intento; ambas están obligadas a criar a los hijos en la fe católica, exigiéndoseles que renuncien a una ceremonia evangélica. Por un decreto de la Inquisición (17 de junio de 1864) la ceremonia católica en adición a la protestante es inadmisible. Si la ceremonia católica es deseada tras la protestante, el sacerdote la realiza, pero debe imponer alguna penitencia a la parte católica. Si el sacerdote oye que las partes intenta también celebrar la ceremonia evangélica los disuadirá, aunque el énfasis no lo pondrá tanto en este punto sino en otras condiciones, especialmente la referida a la educación de los hijos. En la constitución Provide de 18 de enero de 1906 el papa Pío X decretó para Alemania que el matrimonio mixto de católicos con no católicos no consumado según el decreto tridentino está sujeto a castigo, aunque es válido, también los matrimonios de no católicos entre sí en Alemania no están sujetos al decreto tridentino para su validez. El Estado ha intentado repetidamente la regulación católica de los matrimonios mixtos, pero por la introducción del matrimonio civil obligatorio la cuestión ha perdido su carácter agudo en lo que al Estado concierne, convirtiéndose primordialmente en una controversia de las distintas confesiones. La realización de un matrimonio mixto tras el divorcio de la parte protestante necesariamente sería considerado ilícito por la Iglesia católica, aunque no considere a la parte protestante bajo sus leyes, ya que según su dogma la unión matrimonial existente entre dos que han sido bautizados no puede ser disuelta por separación judicial. Sólo en caso de divorcio, por el fallo de un tribunal católico hacia un matrimonio al que ha declarado nulo y vacío, puede la Iglesia católica permitir tal matrimonio mixto.

Uso luterano.
En la Iglesia protestante la mera diferencia de confesión cristiana, al menos en Alemania, nunca ha sido considerada un impedimento real del matrimonio que requiera una dispensa formal, aunque en Sajonia, hasta el siglo XVII y principios del XVIII, el matrimonio entre luteranos y católicos necesitaba una licencia especial del consistorio, que se otorgaba sólo bajo ciertas condiciones, especialmente la de criar a los hijos en la fe luterana. Sin embargo, durante muchos años la ceremonia eclesiástica ha sido generalmente permitida en matrimonios mixtos, salvo donde la parte protestante ha cedido para que todos los hijos se críen en la fe católica.

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