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LAICADO
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Laicado es el término que denota el conjunto de miembros no clericales de la comunidad cristiana. La designación era extraña en la Iglesia antigua (cf. Gálatas 3:26-28), aunque la distinción entre sacerdotes y pueblo era muy marcada entre los hebreos. El término surge cuando los oficiales de la congregación se hacen prominentes y cuando ese desarrollo culmina en el episcopado. La expresión ocurre por vez primera, al aplicarse a la congregación en la primera epístola de Clemente i, 16, significando, igual que en el cuerpo político donde los súbditos están en contraste con los gobernantes, al clero. A la cabeza del clero está el obispo, quien nombra al resto del clero y los instala en el cargo mediante el acto de la ordenación. Todas las funciones ceremoniales quedaban reservadas para el clero y prohibidas para los laicos. Si esos principios se valoran a la luz de la edad apostólica, indican una innovación enorme, una revolución total de las condiciones de la congregación. De hecho, durante un largo intervalo todavía aparecen expresiones, ideas y privilegios supervivientes de una etapa más antigua, pero que fueron gradualmente eliminadas por ser incompatibles con la Iglesia de los obispos. Por ejemplo, la designación de la congregación como fraternidad (griego adelphotēs), que refleja la idea de la Iglesia primitiva, estuvo durante largo tiempo en uso. El derecho de los laicos a bautizar quedó restringido, ya desde el tiempo de Tertuliano, al bautismo en caso de necesidad; los sermones por laicos cesaron prácticamente en el siglo tercero, aunque ha de añadirse que se hace provisión para la predicación laica en las Constituciones Apostólicas (viii, 32). Para un laico predicar en presencia de un obispo era particularmente censurable (cf. Eusebio, Hist. eccl., vi. 19). No obstante continuó siendo el derecho del laicado la elección del obispo, si bien gradualmente se fue circunscribiendo a la cooperación de los otros obispos de la provincia y a los derechos del metropolitano. Similarmente, la congregación originalmente tuvo el derecho de destituir al obispo en caso de faltas graves, una prerrogativa todavía ejercida en el tiempo de Cipriano, aunque contestada por el obispo romano Calixto († 222). La batalla del clero contra los antiguos derechos de los laicos se aprecia en una forma interesante en la Didascalia siríaca, siendo en este caso particular el derecho de absolución. La misma Didascalia muestra al laicado agrupado en clases, teniendo sus lugares separados en la adoración pública, los ancianos y los jóvenes, las ancianas, las jóvenes y las doncellas. Los Canones Hippolyti dan instrucciones especiales a los laicos en referencia a su conducta en el ágape.

En respuesta a la queja de Demetrio de Alejandría los obispos de Cesarea y Jerusalén escribieron que "cualquier persona que sea capaz de instruir a los hermanos que sea exhortada por los santos obispos a predicar al pueblo. De este modo en Laranda, Neón se lo pidió a Luelpin; en Iconio, Celso a Paulino y en Esmirna, Ático a Teodoro." La obra misionera fue frecuentemente acometida e iglesias fueron fundadas por laicos, como en Abisinia (siglo IV) por Frumencio y Edesio, jóvenes cautivos de Tiro (Sócrates, Hist. eccl., i. 19). Una ley imperial (394) prohibió a los laicos discutir cuestiones religiosas en público. El papa León I procuró frenar los errores nestoriano y eutiquiano por la exclusión de la enseñanza y predicación de monjes y laicos (453). Las prohibiciones frecuentes para que los laicos predicaran en el tiempo posterior indican una observancia imperfecta de la orden papal e imperial. Carlomagno incluso prohibió la recitación de la lectura en la iglesia por un laico. Es probable que la mayor parte de las prohibiciones de la actividad laica estuvieran dirigidas contra la enseñanza herética y que cualquier laico celoso en simpatía con la jerarquía podía en cualquier tiempo tener el permiso de ejercer sus dones. La multiplicación de grados en la clerecía (subdiáconos, lectores, exorcistas, acólitos, etc.) resultó en el crecimiento de la idea sacerdotal, de acuerdo a la cual incluso los deberes más externos y mecánicos en relación con el servicio de la iglesia debían ser realizados por funcionarios debidamente consagrados, lo que suponía la exclusión del laicado de la participación activa en la obra eclesiástica. Con el crecimiento del monasticismo y el declive en la eficacia del clero secular, la mayoría de la predicación y obra misionera del tiempo medieval fue hecha por monjes ordenados.

Facciones medievales evangélicas como los valdenses, insistieron en la libertad de predicar y enseñar. Pedro Valdo era un laico. Tanto hombres como mujeres que eran recibidos en el círculo interno de la sociedad evangelizaron libremente. Sin embargo, cuando se completó la organización hubo una clara línea de demarcación entre los "pobres" o perfecti, que renunciaban a la propiedad y a las relaciones familiares y se entregaban exclusivamente a la evangelización y los "amigos" de los evangelistas, que vivían en el mundo y apoyaban a los primeros en su obra religiosa. Todas las facciones evangélicas del siglo XVI (luteranos, zwinglianos, calvinistas y anabaptistas) afirmaron firmemente la doctrina del sacerdocio universal de los creyentes y la restricción se puso sobre la enseñanza y predicación laica sólo hasta donde parecía necesaria, en interés del buen orden y sana enseñanza.

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