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HOMILÉTICA
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Homilética es el nombre de una disciplina de antiguo origen aunque de clasificación moderna, ya que sólo en tiempos posteriores comenzaron los teólogos a tratar en obras especiales la teoría del sermón.

El reverendo John Hyatt predicando
Términos empleados.
Gregorio de Nacianzo, Crisóstomo, Ambrosio y Gregorio Magno ofrecen sólo ocasionales comentarios sobre el asunto. Agustín, en el cuarto libro de su De Doctrina Christiana, trató el tema por primera vez explícitamente, siendo seguido después por Rabán Mauro, quien, en el tercer libro de De institutione clericorum trató las artes liberales relacionadas con las eclesiásticas. Humberto de Romanos (c. 1275) trató el asunto más extensamente en su Eruditio religiosorum prædicatorum. Finalmente, hacia finales de la Edad Media, Ulrich Surgant escribió un Manuale curatorum que trata el sermón especialmente en referencia a la técnica, estructura y entrega. La transición a la homilética de las iglesias de la Reforma se formó por el Ecclesiastes de Erasmo (1535). De las obras de los teólogos protestantes sobre homilética desde el siglo XVI se pueden mencionar: Andreas Gerhard Hyperius, De formandis concionibus sacris (1563); Lucas Osiander, De ratione concionandi (1597); Jacob Andreä, Methodus concionandi, edición de P. Lyser (1594) y Ægidius Hunnius, Methodus concionandi (1596). El término "homilética" para designar una disciplina especial parece haberse originado con el Methodologia homileticæ (1672) de Sebastian Göbel y el Compendium theologiæ homileticæ (1677) de J. W. Bajer; pero otros nombres retuvieron su autoridad, escogiéndose nuevos nombres. De este modo Mosheim en su Anweisung erbaulich zu predigen (1771) usó el término "elocuencia espiritual" que todavía lo empleó H. Bassermann en Handbuch der geistlichen Beredsamkeir (Stuttgart, 1885). No hay duda de que los términos homilein y homilia se usaron para los sermones en los tiempos antiguos (cf. Eusebio, Hist. eccl., VI, xix). La palabra homilia pasó a occidente; pero en la Edad Media se usaron frecuentemente los términos sermo y prædicare con sus derivados. Para las iglesias de la Reforma Predigt y "sermón" fueron las designaciones establecidas en los órdenes eclesiásticos. En tiempos modernos "sermón" se ha convertido en un nombre colectivo, mientras que "homilía" se restringe a una clase especial de sermones.

Rowland Hill predicando a los mineros de Kingswood
Rowland Hill predicando a los mineros de Kingswood
Teoría de la homilética.
La homilética trata sobre el discurso o alocución pronunciada en el servicio eclesiástico de la congregación cristiana. Hubo una antigua tendencia manifiesta a incorporar la homilética en la teoría de la retórica; incluso Agustín estuvo gobernado por las teorías clásicas de la retórica y la costumbre medieval de subordinar las artes liberales al servicio de la teología produjo una unión todavía más estrecha con la retórica. Melanchthon estableció en favor del sermón un nuevo genus retórico, el genus didascalicum, pero la oportunidad de elevar la homilética al rango de disciplina independiente no se contemplaba. Hyperius en su intento de fundar la teoría del sermón sobre la Escritura, no halló imitadores y sucesores. Es imposible llegar a un tratamiento digno de esta disciplina teológica hasta que el punto de partida se busca dentro de la teología sistemática y en la comunidad eclesiástica. Considerada de esta manera, la homilética se convierte en una disciplina especial. La comunidad cristiana que ha nacido, está en un estado de crecimiento y por tanto de imperfección, consecuentemente expuesta a las influencias del pecado y del mal. A partir de ahí la posesión de las bendiciones espirituales en la congregación debe ser continuamente avivada y la influencia del pecado y el mal combatida, adaptándose la Palabra a las necesidades de la congregación como medio para cumplir ambas cosas. La mera posesión de la Sagrada Escritura no es suficiente; debe ser usada y aplicada a las necesidades de la congregación; de ahí la necesidad de la predicación. Incluso si la congregación pudiera alguna vez dejar atrás su imperfección, la misma posesión de la verdad cristiana todavía necesitaría de una presentación continua de la Palabra. Esta presentación se origina por tanto en las necesidades pedagógicas y prácticas de la congregación y es un factor esencial en su edificación. Alexander Schweizer distinguió entre homilética general o teórica y material y formal, una división que designa correctamente el curso que la homilética debe tomar, adhiriéndose los escritores homiléticos a la misma, al tratar primero la concepción del sermón, luego su contenido y finalmente su entrega.

John Wesley predicando en Cornualles
John Wesley predicando en Cornualles
Definición y tratamiento.
Sobre la palabra "homilética" la etimología, aunque interesante, no arroja mucha luz sobre el uso presente. Según la analogía de otra nomenclatura científica el término ha obtenido reconocimiento, aunque en ningún sentido uso exclusivo, al describir el conjunto de conocimiento y principios pertenecientes a la composición y entrega de sermones. La mayoría de los tratados sobre el asunto aparecen bajo otros y diversos títulos, aunque el mayor número emplean el término "homilética." Uno de los mejores libros americanos sobre el asunto lleva el título A Treatise on the Preparation and Delivery of Sermons (por J. A. Broadus, Filadelfia, 1870) y otro es The Theory of Preaching (por A. Phelps, Nueva York, 1881). Una definición del término dada por W. M. Taylor es: "La ciencia que trata del análisis, clasificación, preparación, composición y entrega de sermones, dirigidos a la mente y al corazón sobre asuntos sugeridos por la palabra de Dios y diseñados para la conversión de pecadores y la edificación de creyentes." Se trata de una definición que puede ser representativa de la idea angloamericana de la homilética. La predicación es primordialmente una institución distintivamente cristiana y sólo secundariamente referida a la oratoria en público. Este orden de pensamiento determina la relación de la homilética con la retórica general. Cualquier estudio sabio y profundo de los mejores métodos para presentar el verdadero evangelio a la gente de manera tal que gane su aceptación, debe tener en cuenta lo que la historia, experiencia y cultura expone como principios probados para hablar en público de manera fructífera. Por tanto, la homilética puede perfectamente ser entendida como la aplicación de la retórica a la predicación. Pero el origen, historia, materiales y objetivos de la predicación son tan diferentes de los de otras clases de oratoria pública que requieren un tratamiento distintivo. Los tratados y cursos de instrucción homilética difieren en muchos detalles, pero lo esencial no hay que buscarlo demasiado lejos. Los cuatro temas directrices de la homilética son: Material, arreglo, estilo y entrega, o, según la antigua terminología latina: Inventio, Disposotio, Elocutio, Pronunciatio. Bajo "material" ha de ponerse en primer lugar la Escritura, debiendo considerarse la selección, interpretación, exposición y refuerzo de los textos bíblicos. Otros materiales del discurso, tales como narrativa, descripción, argumento, ilustración y aplicación tienen su lugar. En "arreglo" o "división", la costumbre y propiedades evocan algunas peculiaridades del análisis del sermón, pero en general son aplicables los usuales consejos de la retórica. Para el "estilo" o "dicción" la homilética subraya la importancia de las cualidades gramaticales de corrección y propiedad y las cualidades retóricas de claridad y fuerza, con tal atención a la belleza u ornamento como puedan servir al más alto fin de la predicación. En "entrega" la homilética considera tres métodos: lectura del manuscrito, recitación de memoria de un discurso previamente aprendido o hablar libremente de acuerdo a diversas formas o grados de preparación previa. La homilética americana tiene poco en cuenta la recitación; unos pocos homiléticos practican y defienden la lectura del manuscrito; pero el consenso de opinión y la práctica favorece decididamente el método denominado improvisado, aunque insisten en la preparación. La elocución, como la preparación y práctica de la voz y el gesto, a veces se enseña en la homilética y otras se convierte en una disciplina especial. Junto con esos aspectos técnicos de la homilética hay un número de asuntos estrechamente relacionados y de gran importancia, que reclaman un tratamiento especial según las circunstancias, tales como el carácter del predicador, su idea de su obra, su relación con su época y gente, sus hábitos y métodos de estudio y muchos otros asuntos que directa y poderosamente influyen en su predicación.

El apóstol Pablo predicando, fresco del siglo IV,
fotografía de Lynn Johnson
El origen de la predicación.
El origen de la predicación está en el hecho de que Dios ha hablado y si no hubiera hablado la predicación no tendría lugar ni propósito. Pero la comunicación es algo intrínseco a Dios porque la segunda persona de la Trinidad es el Verbo y ese nombre indica bien a las claras que es propio de Dios darse a conocer, auto-revelarse (Juan 1:18). La carta a los Hebreos se abre con esta declaración: 'Dios, habiendo hablado muchas veces y de muchas maneras a los padres por los profetas, en estos postreros días nos ha hablado por el Hijo.' (Hebreos 1:1-2). Es pues este hecho, que Dios ha hablado, lo que determina la legitimidad, la necesidad, el contenido y la autoridad de la predicación, y es fundamental que como predicadores tengamos esto siempre presente pues en tantas ocasiones nos veremos atacados o presionados por el hecho de predicar y se nos ridiculizará o tildará de fanáticos. La legitimidad de nuestra predicación deriva de Dios mismo; si Dios no hubiera hablado y predicáramos podríamos con razón ser acusados de impostores, pero el caso es precisamente el contrario: 'ay de mí si no anunciare el evangelio.' (1 Corintios 9:16); cuando Dios ha hablado es callar lo que constituye delito. También la necesidad de la predicación procede de eso mismo: de que Dios ha hablado. En efecto, con Dios no ocurre como con algunas personas que hablan y hablan, pero lo que dicen es tan insustancial que si guardaran silencio todos ganarían. Cualquier palabra, cualquier frase que haya salido de la boca de Dios tiene un peso y una trascendencia tal que es absolutamente necesario que tal palabra se publique a los cuatro vientos. Que Dios ha hablado es lo que determina el contenido de la predicación: 'Así dice Jehová' es la frase introductoria de los mensajes de aquellos grandes predicadores, los profetas. Toda predicación verdadera ha de ceñirse a los límites de lo que Dios ha comunicado y en ese sentido la predicación ha de resultar un eco de esa comunicación divina. Que Dios ha hablado es lo que le da la autoridad a la predicación y por eso el predicador es un embajador, 'somos embajadores en nombre de Cristo' (2 Corintios 5:20) y, como tal, está respaldado por Aquel que le envía y su mensaje tiene autoridad divina porque no es de invención propia, sino que procede del mismo Dios, fuente de toda autoridad. De hecho la misma palabra predicación, que en griego es kerygma, procede de keryx, cuya traducción literal es heraldo; ahora bien, el heraldo en el mundo antiguo era alguien que desempeñaba la tarea de anunciar de forma oficial los grandes acontecimientos o mensajes que el monarca, gobernador o comandante militar querían que fuesen de dominio público. Era alguien investido de autoridad y su mensaje estaba respaldado desde las más altas instancias. Esto es precisamente lo que diferencia a la predicación cristiana de cualquier otra forma de mensaje: que está revestida de autoridad divina.

Martín Lutero, del taller de Lucas Cranach el Viejo
El origen registrado de la predicación.
Cuando hablamos del origen de la predicación y decimos que está en Dios mismo estamos tocando el más alto escalón que podamos tocar. Ahora bien, ¿cómo distinguir lo que Dios ha hablado de lo que no? ¿Cómo saber qué es lo genuino de lo que es un mero sucedáneo? ¿Cómo estar seguros de que lo que estamos entregando proviene de Dios y no de otra fuente o de nosotros mismos? Aquí es donde entra en juego un aspecto vital de la revelación de Dios, y es que tal revelación la ha dejado registrada por escrito. Esto ya excluye otras posibles fuentes de la predicación que pretendan hacerse pasar por auténticas; es decir, y para poner unos ejemplos, que la predicación verdadera no puede estar basada en el Corán, ni tampoco en los Vedas hindúes, ni en el libro de Mormón, ni en las tradiciones humanas por más prestigiosas que sean; ni siquiera en la propia inspiración o imaginación del predicador. Antes bien, todas esas posibles fuentes, y otras más en las que podamos pensar, quedan descalificadas porque Dios ha dejado registrado su mensaje en un solo lugar: las Sagradas Escrituras. Es evidente que todo predicador cristiano antes de subir a un púlpito ha de estar persuadido en lo más profundo de su corazón de la autoridad de las Escrituras, de lo contrario difícilmente su mensaje tendrá credibilidad porque se notará su falta misma de convicción en aquello que predica. Si el origen registrado de la predicación es la Escritura eso significa que el predicador ha de saturarse de ella para poder predicarla. Y ese es el manantial al que debe acudir para llenar su cántaro para sí mismo y para dar de beber a otros. 'Que prediques la palabra' (2 Timoteo 4:2) fue el mandato de Pablo a Timoteo, y el tal sigue siendo pertinente en nuestros días. Alguien ha dicho que la Biblia es 'el semillero homilético' del predicador; es decir, el saco de donde obtener las ideas, las verdades, la iluminación, la doctrina y la vida en suma que debe caracterizar la predicación cristiana. La esencia y la centralidad del mensaje han de proceder de la Biblia misma y solamente lo periférico del sermón, como ilustraciones, anécdotas o experiencias personales, pueden proceder de otra fuente distinta. Notemos que antes de decirle a Timoteo 'que prediques la palabra', Pablo acaba de decir 'Toda la Escritura es inspirada por Dios' (2 Timoteo 3:16). Este es el orden: primero estar persuadidos de lo que la Escritura es; segundo, y como consecuencia de ello, predicarla. Al examinar los sermones del libro de los Hechos veremos que salvo en el caso del que Pablo pronuncia en Atenas ante un auditorio ajeno totalmente a las Escrituras, todos los demás están apoyados en ellas. Véase el primero de Pedro en Pentecostés donde cita del libro de Joel 2:17-21, o el que sigue a la sanidad del cojo en el que se menciona a los profetas, a Moisés y a Abraham (Hechos 3:21-22, 24-25). Incluso ante el Sanedrín, Pedro pronuncia una frase llena de resonancias del Antiguo Testamento (Hechos 4:11; compárese con Salmos 118:22). Hasta en presencia de los gentiles, como Cornelio y sus amigos, Pedro se apoya en la autoridad de la palabra escrita (Hechos 10:43). También Pablo hace uso de ellas para demostrar que Jesús era el Cristo (Hechos 9:22). Aunque en este pasaje no se alude a las Escrituras, ¿qué otro modo tenía un judío de demostrar a otro judío que Jesús era el Mesías si no era echando mano a la autoridad a la que ambos reconocían, esto es, la Sagrada Escritura?. En la sinagoga de Antioquía de Pisidia, en su primer viaje misionero, enseña a sus oyentes que la muerte y la resurrección del Mesías no eran algo extraño a la enseñanza de la Escritura sino todo lo contrario (Hechos 13:27,29,33-35). El uso de las Escrituras que Pablo hace en su ministerio de enseñanza y predicación queda patente en la frase 'declarando y exponiendo por medio de las Escrituras que era necesario que el Cristo padeciese y resucitase de los muertos' (Hechos 17:3). Notable en este sentido es la predicación de Esteban ante sus verdugos (Hechos 7) donde toda ella está saturada de Escritura, pues arrancando con Abraham y los patriarcas, siguiendo con Moisés y pasando por David, concluye con Cristo. De la importancia que la Escritura tiene en el ejercicio del ministerio cristiano se nos da buena fe en 2 Timoteo 3:15-17: 'las Sagradas Escrituras... te pueden hacer sabio para la salvación... la Escritura es... útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia'. Por lo tanto la Escritura es una herramienta imprescindible para el predicador, pues tiene un auditorio al que ha de evangelizar, enseñar, convencer, librar de errores y formar en madurez cristiana.

Predicación a los lapones
El contenido de la predicación.
'Porque los judíos piden señales, y los griegos buscan sabiduría; pero nosotros predicamos a Cristo crucificado, para los judíos ciertamente tropezadero, y para los gentiles locura; mas para los llamados, así judíos como griegos, Cristo poder de Dios, y sabiduría de Dios.' (1 Corintios 1:22-24). Esa frase del apóstol 'predicamos a Cristo' nos descubre cuál es el contenido de la predicación cristiana. La persona y la obra de Cristo han de ser el eje fundamental alrededor del cual gire el mensaje cristiano. Es decir, que sin Cristo la predicación quedaría vacía de sentido. Notemos de nuevo las palabras del apóstol: 'me propuse no saber entre vosotros cosa alguna sino a Jesucristo, y a éste crucificado.' (1 Corintios 2:2) dichas a personas viviendo en un contexto cultural en el que se apreciaba sobre todo, más que el mensaje, el ropaje en el que venía envuelto. Sin embargo lejos de sucumbir a la tentación de la retórica y la sabiduría humana, el apóstol se centró en lo que verdaderamente importa. En otra frase feliz describe el meollo de su predicación con esta expresión: 'la palabra de la cruz' (1 Corintios 1:18), denotando así donde está el corazón del mensaje cristiano. Al analizar los sermones registrados en el libro de los Hechos vemos que invariablemente tienen este denominador común: son cristocéntricos. Por ejemplo, veamos el sermón de Pedro en Pentecostés; tras citar la Escritura (Hechos 2:17-21) (profecía de Joel sobre el derramamiento del Espíritu Santo), inmediatamente se centra en la muerte y resurrección de Cristo. Notemos la cantidad de alusiones directas o indirectas, ya sea por el uso del nombre propio de Cristo o de pronombres relativos a su persona: 'Jesús nazareno' (v.22), 'a éste' (v.23), 'al cual' (v.24), 'este Jesús' (v.32, 36). Otra vez en el sermón pronunciado en el pórtico del templo tras la sanidad del cojo, Pedro se centra en la muerte y resurrección de Cristo incluyendo su segunda venida (Hechos 3:13-21). Cuando Felipe va a Samaria el objeto de su predicación es Cristo (Hechos 8:5) y ya vimos en la lección anterior que Saulo nada más convertirse a Cristo se convierte también en un predicador, y en un predicador de Cristo: 'En seguida predicaba a Cristo.' (Hechos 9:20). Al examinar los sermones de Pablo también descubrimos ese rasgo que tenían los de Pedro: que Cristo es el gran tema de su predicación. Tomemos, por ejemplo, el de Hechos 13:16-41 y veremos que, tras una introducción histórica, el discurso desemboca en la persona de Jesucristo (v.23), su muerte (v.29) y su resurrección (v.30) y los frutos resultantes de ello: el perdón de pecados (v.38) y la justificación del pecador (v.39). Incluso en el sermón que pronuncia en Atenas en el Areópago, el clímax del mismo es, sin mencionarlo directamente por nombre, Cristo (17:31). Cuando decimos que el contenido de la predicación es Cristo no estamos diciendo que necesariamente tengamos siempre que predicar el evangelio; habrá ocasiones en las que tal cosa habrá de hacerse de forma simple y directa. Pero incluso cuando nuestra predicación va dirigida a los ya convertidos y maduros para que profundicen en las distintas facetas de la vida cristiana, el resultado final también será cristocéntrico, porque a fin de cuentas tanto el fundamento de la salvación como el crecimiento en la misma están subordinados a Cristo y a su señorío.

Silueta del reverendo L. Littleton Powys (1791-1872),
por un artista desconocido
La energía de la predicación.
La predicación se distingue del mero discurso moral o político o de la mera conferencia, además de por las razones dadas en los puntos anteriores, por la fuente de donde deriva su energía. Si bien es necesario que el predicador prepare y adiestre todas sus capacidades afectivas, mentales e intelectuales para volcarse en el acto de la predicación, de nada vale todo ello sin el poder del Espíritu Santo. El mejor bosquejo, la mejor dicción y las mejores reglas hermenéuticas de nada sirven sin la energía y la unción que el Espíritu Santo da. También aquí es preciso seguir el ejemplo de nuestros antepasados y repasar esos sermones claves a los que ya hemos hecho referencia. El sermón que Pedro pronuncia en Pentecostés, lo hace nada más recibir la plenitud del Espíritu Santo y lo que está predicando está saturado del poder de Dios. Notemos explícitamente cómo se menciona la fuente de donde Pedro saca el arrojo para plantarse frente al Sanedrín y hablar de Cristo: 'Entonces Pedro, lleno del Espíritu Santo...' (Hechos 4:8). Hay un componente en la predicación cristiana que la distingue de cualquier otro tipo de comunicación, ese componente es el denuedo. Eso fue lo que llamó la atención del Sanedrín en la forma de hablar de Pedro y de Juan (Hechos 4:13); notemos que los creyentes oran para que lejos de asustarse por las amenazas de las autoridades 'con todo denuedo hablen tu palabra' (Hechos 4:29), y una vez que fueron llenos del Espíritu Santo 'hablaban con denuedo la palabra de Dios.' (Hechos 4:31). Hay, pues, una relación directa entre ser llenos del Espíritu y predicar con denuedo. Ese denuedo consiste en no estar atenazado por la inseguridad o el temor que un mundo hostil al evangelio puede provocar en nosotros, y en tener la libertad de hablar con confianza y valor, incluso con intrepidez ante nuestra audiencia. Por eso Pablo pide a los efesios que oren por él para 'dar a conocer con denuedo el misterio del evangelio... que con denuedo hable de él, como debo hablar.' (Efesios 6:19-20). En las circunstancias personales que Pablo atravesaba, estando en la cárcel, esa petición de oración tiene toda la pertinencia, pues humanamente la tendencia sería callarse para no complicar más su situación. La predicación de Pablo, ya desde sus comienzos en la carrera cristiana estaba preñada de este rasgo del denuedo (9:29).

Requisitos del predicador.
Por más importante que pueda ser la preparación del sermón, nunca podrá compararse en importancia a la preparación del que entrega el sermón, es decir, del predicador. La preparación del corazón es el gran negocio en que el predicador ha de emplearse: 'Sobre toda cosa guardada, guarda tu corazón; porque de él mana la vida.' (Proverbios 4:23). Si hay alguien que ha de hacer suyas estas palabras, ese alguien es el predicador, porque no sólo ha de mirar por sí mismo sino también ha de vigilarse a sí mismo con vista a la responsabilidad que tiene hacia los demás.

Llamamiento.
En la vida cristiana el ser siempre es antes que el hacer y lo que hacemos es consecuencia de lo que somos y no al revés. Por eso en las cartas apostólicas se comienza siempre con lo que somos en Cristo para a continuación seguir con la práctica de aquello que somos. La vida cristiana comienza con el llamamiento que Dios hace personalmente a cada uno a través del evangelio: 'Llamados a ser de Jesucristo' (Romanos 1:6). Por supuesto que todo predicador ha de haber recibido este llamamiento porque de lo contrario ni siquiera será cristiano y se encontrará en la terrible posición de estar anunciando a otros lo que él mismo no tiene; de estar ofreciendo a los demás lo que a él mismo le falta. Los grandes pastores y predicadores siempre han puesto mucho cuidado, al hablar a los candidatos al ministerio, en la importancia de asegurarnos de que estamos contados entre los que han recibido la gracia salvadora de Dios. Veamos como ejemplo este texto del llamado Príncipe de los Predicadores:

'Un ministro inconverso envuelve en sí la más patente contradicción. Un pastor destituido de gracia es semejante a un ciego elegido para dar clase de óptica, que filosofara acerca de la luz y la visión, disertara sobre ese asunto, y tratara de hacer distinguir a los demás las delicadas sombras y matices de los colores del prisma, estando él sumergido en la más profunda oscuridad. Es un mudo nombrado profesor de canto; un sordo a quien se pide que juzgue sobre armonías. Es como un topo que pretendiera educar aguiluchos; como un leopardo elegido presidente de ángeles'
(Discursos a mis estudiantes, C.H. Spurgeon)
O este otro de Richard Baxter:
'Ten cuidado de ti mismo, no sea que te encuentres desprovisto de la gracia salvadora de Dios que ofreces a otros y seas ajeno a la obra eficaz del evangelio que predicas... Ten cuidado de ti mismo no sea que estés perdido mientras exhortas a otros a que no se pierdan; que desfallezcas de hambre mientras preparas alimento para los demás... hay muchos sastres que van en harapos mientras que hacen costosos trajes para otros y hay muchos cocineros que apenas pueden lamerse los dedos mientras preparan suculentos platos para otros. Creedme hermanos, Dios nunca salvó a nadie por ser predicador ni por ser un buen predicador, sino por haber sido justificado, santificado y consecuentemente ser fiel en la obra de su Señor.'
(El pastor reformado, Richard Baxter )
Pero además de este llamamiento a la salvación, el predicador ha de contar con otro llamamiento al ministerio y, concretamente, al ministerio de la predicación. 'Para esto yo fui constituido predicador y apóstol (digo verdad en Cristo, no miento), y maestro de los gentiles en fe y verdad.' (1 Timoteo 2:7). 'Del cual yo fui constituido predicador, apóstol y maestro de los gentiles.' (2 Timoteo 1:11). Es decir, que mientras el cristiano de a pie ha de tener un llamamiento, el predicador ha de tener dos, y en ello está la distinción entre uno y otro. Ya vimos en la primera lección que al hablar de la importancia de la predicación en el Antiguo Testamento, Dios llama a los que constituye profetas.

Predicando desde un tonel
Don.
Cuando Dios llama, equipa y cuando manda, da. En ese sentido es de esperar que si Dios llama a alguien a ejercer el ministerio de la predicación, le otorgue al mismo tiempo los dones necesarios para desarrollar tal función. Uno de los requisitos que el obispo (pastor o anciano) ha de tener es el de ser 'apto para enseñar' (1 Timoteo 3:2), lo cual tiene que ver directamente con el ministerio de la predicación. Esa expresión en griego es 'didaktikos', de donde proviene nuestra palabra didáctico. Es evidente que para la elaboración de un sermón y para la entrega del mismo se precisa un mínimo de claridad, orden y coherencia entre sus partes, de lo contrario el mensaje se perderá porque los oyentes no entenderán nada. Ahora bien, para hacer tal cosa se precisan ciertas cualidades mentales, porque sólo una mente ordenada y analítica puede sintetizar, clasificar, hilar y desarrollar hasta dar forma a esa estructura que se llama sermón. En ese sentido el sermón es un tapiz y el predicador el artesano que a base de hilos sueltos de diferentes colores ha ido, con pericia y paciencia, engarzándolos unos a otros según las reglas de la armonía, hasta llegar a conseguir una obra de arte. De nuevo se nos dice que 'el siervo del Señor no debe ser contencioso, sino amable para con todos, apto para enseñar, sufrido' (2 Timoteo 2:24). Ahí aparece de nuevo la expresión 'apto para enseñar' ('didaktikos') como algo necesario en el siervo de Dios que expone la Palabra. La idoneidad para la enseñanza de la Palabra es algo que volvemos a ver en el mandato que se le da a Timoteo: 'Lo que has oído de mí ante muchos testigos, esto encarga a hombres fieles que sean idóneos para enseñar también a otros.' (2 Timoteo 2:2). Esa palabra, idoneidad, indica que alguien es adecuado o competente para realizar una función y esa competencia es algo que solamente Dios puede dar: 'no que seamos competentes por nosotros mismos para pensar algo como de nosotros mismos, sino que nuestra competencia proviene de Dios.' (2 Corintios 3:5). Cuando decimos que el predicador ha de estar dotado por Dios con ciertos dones de enseñanza, no queremos decir que por su parte no tiene nada que hacer. Todo lo contrario, ese don que ha recibido ha de pulirlo, trabajarlo, desarrollarlo y llevarlo a su plenitud. En ese sentido ocurre algo similar con cualquier otro don que podamos haber recibido; es nuestra responsabilidad la de hacer que tales dones lleguen a su máxima utilidad para la gloria de Dios por nuestra dedicación y esmero en el ejercicio de ellos, 'No descuides el don que hay en ti' (1 Timoteo 4:14). Y no olvidemos que de la pereza o del mal uso que de ellos hagamos, tendremos que dar cuentas un día (Mateo 25:26-28). Que la capacidad que el predicador tiene es un don de Dios ha de ser algo que debe movernos siempre a humildad: '¿Qué tienes que no hayas recibido? Y si lo recibiste, ¿por qué te glorías como si no lo hubieras recibido?' (1 Corintios 4:7). Uno de los mayores peligros que acechan al predicador es la vanidad y el orgullo porque su ministerio es de dominio público; durante una hora los ojos de todos están puestos en él y si realiza bien su labor recibirá honor y agradecimiento. De ahí que siempre hemos de tener presente que el don no es nuestro, sino que nos ha sido dado.

Carácter.
'Ten cuidado de ti mismo y de la doctrina; persiste en ello, pues haciendo esto, te salvarás a ti mismo y a los que te oyeren.' (1 Timoteo 4:16). De nada sirve la predicación más elocuente que no está respaldada por el ejemplo y la vida del predicador. Es relativamente fácil enseñar durante una hora acerca de tal o cual verdad, pero lo verdaderamente importante es vivirla el resto de la semana. Todo nuestro ministerio se puede venir abajo si descuidamos esto, y demasiados ejemplos hay en nuestros días de predicadores famosos que han arruinado su prestigio por no haber sabido vivir en privado lo que predicaban en público. Volviendo a 2 Timoteo 2:2, veamos el orden de cualidades que han de tener los embajadores del evangelio: primera, ser fieles; segunda, ser idóneos para enseñar; ese orden no es una casualidad sino una necesidad. La coherencia entre la vida y la predicación del predicador es la condición número uno que siempre ha de tener presente, y por eso ha de ejercer una continua vigilancia sobre sí mismo sabiendo que está rodeado de debilidades como el que más. 'Sé ejemplo de los creyentes en palabra, conducta, amor, espíritu, fe y pureza.' (1 Timoteo 4:12) fue el mandato de Pablo a Timoteo, y efectivamente el predicador ha de ser un modelo en todas las facetas de su persona, y aunque sea joven se ganará el respeto de los más mayores si ellos ven que hay integridad en él. La ejemplaridad es la base de la autoridad y solamente quien vive ejemplarmente puede esperar consideración y respeto hacia su predicación y ministerio. Dado el llamamiento tan alto que el predicador tiene y a quien representa y de parte de quien habla es por lo que su testimonio ha de ser intachable, y faltas que en otros cristianos puedan ser tolerables no deben aparecer en él. 'No damos a nadie ninguna ocasión de tropiezo, para que nuestro ministerio no sea vituperado' (2 Corintios 6:3). Notemos que cuando se dan los requisitos para ocupar cargos de responsabilidad en la iglesia el énfasis está puesto no en las capacidades académicas de las personas sino en sus cualidades personales y familiares (1 Timoteo 3:2-7; Tito 2:7-9). Y en medio de una sociedad que ha perdido el norte, este principio es más que nunca pertinente para los predicadores actuales.

Estudio de la Palabra.
'No hay mejor aula para aprender homilética bíblica que el propio cuarto de estudio.' (La preparación de sermones bíblicos, A. W. Blackwood). En la lección anterior vimos que la Sagrada Escritura es el manantial adonde el predicador ha de ir a buscar el alimento que va a dar a otros y por eso es imprescindible que pase muchas horas en su compañía. La Sagrada Escritura no va a mostrar sus tesoros sino a aquellos que bucean lo bastante profundo como para tomar las perlas escondidas en su interior. Si hay un libro del cual el predicador ha de empaparse, ese libro es la Biblia porque esa es la biblioteca de Dios. De no ser así el predicador se convertirá en un mero vocero de lo que otros predicadores dicen, en un publicador de frases gastadas, en un superficial repetidor de ideas sin filo. Para no caer en esos peligros es preciso ser original y para ser original hay que ir al origen, y el origen de nuestra predicación está en la Sagrada Escritura. Solamente aquél que pasa tiempo estudiándola es auténticamente original porque está recibiendo algo fresco para dar; ni las voces, ni los trucos retóricos, ni la verborrea, podrán jamar suplir la falta de estudio de la Palabra. Además, el estudio de la Palabra es imprescindible para el predicador si quiere alimentar a los suyos con una dieta equilibrada. 'Ten cuidado de ti mismo y de la doctrina' (1 Timoteo 4:16). Tras el cuidado del propio corazón no hay cosa más importante a cuidar que la doctrina o verdad que vamos a enseñar. De hecho en las cartas pastorales el asunto de la doctrina tiene una gran importancia (1 Timoteo 4:6; 2 Timoteo 3:10; Tito 2:1) y es porque ya pululaban por las iglesias herejías y errores doctrinales. Y si en los tiempos apostólicos era así ¿qué será hoy en día? Por eso es sumamente importante que el predicador tenga una doctrina bien balanceada y no dirigida por las modas teológicas en boga. De estos peligros avisa Pablo a Timoteo poniéndole en guardia sobre las 'fábulas', 'vanas palabrerías' y 'cuentos de viejas' (1 Timoteo 1:4,6; 4:7; 2 Timoteo 3:16). En un pasaje en el que se mezcla, como tantas veces, la oración y la Palabra se dice lo siguiente: 'Procura con diligencia presentarte a Dios aprobado, como obrero que no tiene de qué avergonzarse, que usa bien la palabra de verdad' (2 Timoteo 2:15). La palabra traducida 'que usa bien' es en griego 'ortotomeo' que literalmente significa 'trazar rectamente'. Es decir, el predicador es un trabajador usando un instrumento de precisión muy eficaz que es la Palabra, pero ha de hacerlo igual que un cirujano que, sabia y cuidadosamente, usa el bisturí. La Palabra se convertirá en instrumento útil en los labios del predicador cuando el predicador sea un instrumento sujeto a la Palabra. Cuando decimos que la Sagrada Escritura ha de ser la fuente adonde el predicador acuda a tomar del agua fresca para sí y para otros, no estamos diciendo que no pueda echar mano de ciertas ayudas complementarias. Sin duda todo lo que pueda profundizar en el estudio de las lenguas originales, o en las costumbres culturales de aquellos tiempos, será una ayuda preciosa para el enriquecimiento de su predicación. Igualmente la lectura de buenos libros edificantes, así como el estar al tanto de lo que ocurre en el mundo hoy en día, serán herramientas que hagan de su sermón algo atractivo y pertinente. Si puede conseguir algún buen léxico de las palabras griegas y hebreas y algún comentario bíblico de confianza también serán una buena inversión que le reportará innumerables beneficios.

Oración.
'Ejercítate para la piedad' (1 Timoteo 4:7). No hay mejor preparación del corazón que pasar tiempo en la presencia de Dios en oración y quietud. El apóstol Pedro tenía claras sus prioridades: 'Y nosotros persistiremos en la oración y en el ministerio de la palabra.' (Hechos 6:4). Sin oración el predicador fracasará en el púlpito y, lo que es peor, fuera de él y todo lo que diga será como 'metal que resuena'. Que la oración es para el predicador algo vital se nos recuerda una y otra vez: 'Procura con diligencia presentarte a Dios aprobado' (2 Timoteo 2:15). En unos tiempos como los que vivimos de vértigos, prisas y estrés es preciso que el predicador sepa retirarse de todo eso y buscar en el lugar santísimo la presencia reconfortante de Dios. 'Hermanos míos, permitidme que os ruegue que seáis hombres de oración. Quizá no tengáis jamás grandes talentos, pero lo haréis bastante bien aun sin ellos, si abundáis en intercesión.' (Discursos a mis estudiantes, C.H. Spurgeon). Es vital también que el predicador busque apoyo en oración de intercesores que le respalden ante el trono de Dios. Un día en la eternidad sabremos cuánto debemos los predicadores a estos guerreros anónimos de la oración.

Ideal de la predicación.
En el Westminster Directory for the Publick Worship of God se proporciona el espíritu y manera en que la predicación debe ser hecha:

'La predicación de la Palabra, al ser el poder de Dios para salvación, y una de las más grandes excelentes obras que pertenecen al ministerio del evangelio, debe ser de tal forma realizada que el obrero no sea avergonzado, sino que se salve a sí mismo y quienes le escuchan...
El siervo de Cristo ha de realizar su ministerio:
1. Laboriosamente, no haciendo la obra del Señor negligentemente.
2. Claramente, que el sentido pueda ser entendido, entregando la verdad no con palabras atractivas de sabiduría humana, sino en demostración del Espíritu y poder, para que la cruz de Cristo no sea hecha ineficaz; absteniéndose también de un inútil uso de lenguas desconocidas, frases extrañas y cadencias de sonidos y palabras; citando escasamente declaraciones de eclesiásticos u otros escritores humanos, antiguos o modernos, aunque sean muy elegantes.
3. Fielmente, buscando el honor de Cristo, la conversión, edificación y salvación del pueblo nuevo y no su propia ganancia gloria; evitando todo lo que pueda impedir que se promuevan esos altos fines, dando a cada uno su propia porción y siendo indiferente [igual] respecto a todos, sin olvidar a los menores o eludir a los mayores, en sus pecados.
4. Sabiamente, enmarcando todas sus doctrinas, exhortaciones y parcialmente amonestaciones, de tal manera que puedan prevalecer; mostrando el debido respeto a cada persona y lugar y no mezclando su propia pasión o amargura.
5. Seriamente, como corresponde a la Palabra de Dios, rehuyendo todo gesto, voz y expresión que pueda ocasionar que la corrupción de los hombres desprecie su ministerio.
6. Con afección amorosa, que la gente pueda ver que todo surge de su celo piadoso y deseo sincero de hacerles bien.
7. Enseñado por Dios y persuadido en su propio corazón, de que todo lo que senseña es la verdad de Cristo, y caminando delante de su rebaño como ejemplo para ellos; sinceramente, tanto en privado como en público, encomendando sus trabajos a la bendición de Dios y velando sobre sí mismo y el rebaño sobre el cual el Señor le ha puesto como supervisor.
De esta forma la doctrina de la verdad será preservada incorrupta, muchas almas serán convertidas y edificadas y él mismo recibirá numerosos consuelo de sus trabajos incluso en esta vida y después la corona de gloria en el mundo venidero.'
La homilética en Gran Bretaña y América.
La historia y desarrollo de la enseñanza homilética en las islas británicas y los Estados Unidos ha estado necesariamente guiada y formada por el carácter social, educativo y religioso de los pueblos e instituciones de esos países. La enseñanza formal de la homilética parece no haber tenido un lugar tan grande en la educación del ministerio en Inglaterra y Escocia como en los Estados Unidos, siendo el producto de la literatura homilética más grande en América. El siglo XVII es el punto de partida para una investigación de la homilética angloamericana. La gran predicación inglesa de esa época, tanto anglicana como puritana, influenció profunda y permanentemente en todo lo posterior, tanto en la teoría como en la práctica. Ya en 1613 apareció un tratado de William Perkins, originalmente escrito en latín traducido por Thomas Tuke bajo el título The Arte of Prophecying. Contiene 11 capítulos y discute asuntos como la Palabra de Dios, interpretación y exposición, aplicación, la memoria en la predicación y promulgación (es decir, entrega). Varias otras obras de menos importancia siguieron a esta y en 1667 apareció una del obispo John Wilkins de Chester, quien expresa de esta manera la esencia de su enseñanza: "la esfera principal de un orador divino debe ser enseñar claramente, convencer fuertemente y persuadir poderosamente. Idóneas a las principales partes un sermón están estas tres: explicación, confirmación y aplicación." Esos asuntos son ampliados y explicados en una manera escolástica seca. Éstas y otras obras las menciona Kidder, pero ninguna parece ser de gran importancia. En el siglo XVIII unos pocos autores ingleses y escoceses escribieron sobre el arte de predicar. Principales entre esos tratados fueron los de Philip Doddridge (1751), George Campbell (Lectures on Pulpit Eloquence, 1775) y la bien conocida Rhetoric de Hugh Blair, quien dedica varios capítulos de su obra a la elocuencia en el púlpito. En el siglo XIX la literatura aumentó grandemente en cantidad y valor; pero el interés en el asunto, aunque considerable, no parece haber tenido en Inglaterra el mismo nivel que demostró en Alemania y los Estados Unidos. En América el primer tratado sobre la teoría de la predicación fue el de Cotton Mather, que apareció bajo el título Manuductio in Ministerium (Boston, 1726). Pintoresco y pedante, es característico del autor y de su tiempo, pero no tiene otro valor que el histórico. El comienzo efectivo de la enseñanza homilética en los Estados Unidos procede de la fundación del Seminario Teológico Andover en 1807. Se creó una cátedra de "retórica sagrada", a la que fue llamado, en 1812, Ebenezer Porter. Enseñó el asunto con sinceridad y éxito, escribiendo varias obras menores y finalmente publicando sus Lectures on Homiletics and Preaching (Nueva York, 1834). Esta obra pionera fue continuada por una línea larga y brillante. Distinguidos profesores y predicadores han producido una literatura grande en resumen, en su mayor parte de excelente calidad y dedicada a cada aspecto de la obra de la predicación.
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