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CONCILIOS Y SÍNODOS

Concilios y sínodos son las asambleas de representantes de la Iglesia para la discusión y decisión sobre cuestiones de fe, puntos de disciplina y moral. El concilio (concilium ecclesiæ) puede ser ecuménico, de toda la Iglesia, o de la Iglesia de un país, de una provincia o incluso de una sola iglesia, en cuyo caso es un comité escogido de una congregación que la representa.

Origen.
La reunión de los apóstoles mencionada en Hechos 15 sería la primera de tales asambleas. Aparte de ella las más antiguas fueron las celebradas en Asia Menor en relación con la cuestión montanista y las que tanto en el este como en el oeste intentaron resolver la controversia cuartodecímana. Las primeras tuvieron lugar probablemente entre los años 160 y 175; nuestra información tocante a las mismas se deriva de un narrador casi contemporáneo cuyo relato es utilizado por Eusebio (Hist. eccl., V. xvi. 10). Él no usa el nombre de "sínodo" y de hecho sus palabras no necesariamente suponen tales asambleas; pero la interpretación usual del pasaje es probablemente correcta, suponiendo reuniones de varias iglesias locales con el propósito de discutir la "nueva profecía". El término, los "fieles", que él usa, por supuesto incluye obispos, pero presumiblemente no se limitaba a ellos. El método de representación es incierto; es posible que en algunos casos los obispos se presentaran para hablar en nombre de su iglesia; también es posible que un cierto número de clérigos les acompañaran y que laicos prominentes no estuvieran ausentes; en algunos casos pueden incluso haber sido más numerosos que el clero o haber constituido la única representación de su comunidad. Los términos en los que Eusebio (V. xxiii. 2) habla de los sínodos celebrados en relación con la controversia pascual proporcionan en lo externo una panorámica diferente; pero el conocimiento que tenemos de sus fuentes muestra que él inconscientemente aproxima su relato de los sínodos a finales del siglo segundo a los de su propio tiempo. Los sínodos celebrados hacia 195 no eran convocatorias de obispos exclusivamente; aunque el episcopado ocupó la posición más prominente, se recordaba todavía el tiempo cuando las asambleas eran participadas por todos los fieles. El hecho de que el episcopado monárquico estuviera plenamente desarrollado en el primer periodo aludido (160-175) y que esta constitución de sínodos no es totalmente armoniosa con el mismo, lleva a la conclusión de que tales convocatorias habían sido usuales, al menos ya a mediados del siglo segundo. Sohm halla su origen en la expansión de reuniones, tales como las mencionadas antes, de una iglesia local para la elección de un obispo; otros las trazan a la analogía del "concilio provincial" secular, o las hacen un resultado natural de la necesidad de discutir cuestiones difíciles.

Un entendimiento completo de su origen no se puede obtener sin recordar la constante relación, mediante representantes acreditados, que las comunidades cristianas primitivas mantenían. Si una iglesia local era perturbada por la discordia, las iglesias vecinas se sentían obligadas a ayudar en la restauración del orden (Clementina, I. lxiii. 3); cuando la paz quedaba restaurada tras una tormenta de persecución, incluso iglesias distantes mandaban enviados para expresar su alegría (Ignacio, Ad Philadelphenos, x; ad Smyrneos, xi; ad Polycarpum, vii); si un obispo iba a ser escogido en una pequeña iglesia, los delegados de las comunidades mayores ayudaban en las deliberaciones. Tales enviados, que podían ser obispos o bajo clero, eran escogidos en una reunión general de la iglesia local (Ignacio, Ad Polycarpum, vii; ad Smyerneos, xi). Superficialmente es por tanto apenas un paso añadido a la asamblea de representantes de un número de iglesias con el propósito de llegar a una decisión, sobre una cuestión en disputa. Pero un poco de reflexión mostrará que no es lo mismo. Tanto la discusión de una cuestión local con la ayuda de representantes de fuera como la reunión para discutir una posición que afectaba a un número de comunidades, surge del sentimiento cristiano primitivo de unidad y de la consecuente relación mutua, pero tienen diferentes objetivos e importancia.

Sínodos provinciales.
Estos sínodos del siglo segundo estaban flexiblemente organizados; sucedían cuando se necesitaba una decisión sobre una cuestión y no representaban a un determinado grupo de iglesias; no tenían miembros ex-oficio ni autoridad que pudiera interferir en la independencia local. Sin embargo, gradualmente las consecuencias lógicas del episcopado monárquico y la teoría de la sucesión apostólica se hicieron notar. En el siglo tercero los obispos primordialmente constituían los sínodos. Es verdad que en este período los presbíteros todavía toman parte universalmente con los obispos, como se evidenció en Alejandría en el primer sínodo celebrado por Demetrio contra Orígenes (Focio, MOPG, ciii. 397); en Antioquía (Eusebio, Hist. eccl., VII. xxx. 2, xxviii. 1); en Capadocia (Cipriano, Epist., lxxv. 4); en Roma (Eusebio, Hist. eccl., VI. xliii. 2, sobre la base de la carta de Cornelio a Fabio de Antioquía) y en África (Cipriano, Epist., xix. 2). Pero no es menos evidente que el centro de gravedad se había desplazado. Aunque Cipriano menciona la presencia de presbíteros y diáconos, es evidente por más de un pasaje que en su mente eran los obispos quienes decidían las cuestiones. Los registros del sínodo de septiembre de 256 recogen la presencia de muchos obispos de tres provincias, con presbíteros y diáconos y la mayor parte de los laicos; pero en la decisión los votos de los obispos son los que cuentan. Igualmente las epístolas sinodales africanas van suscritas por los obispos solamente (cf. Epist., lvii, lxiv, lxvii, lxx). La presencia del clero inferior y los laicos contribuyeron a la publicidad de los procedimientos, no a la decisión, que estaba ahora en manos del episcopado. El desarrollo que fue completo hacia mediados del siglo segundo en África fue de alguna manera más lento en otras partes. En Roma en 250 el consensus del clero y laicos era todavía considerado esencial para una decisión sinodal (Cipriano, Epist., xxx. 5) y un similar estado de cosas se halla en Capadocia (Cipriano, Epist., lxxv. 4). Pero la misma tendencia es evidente en todas partes. Por tanto, no es sorprendente que en el primer concilio de Nicea y en el de Antioquía (341) se diera por sentado que sólo los obispos eran los miembros activos (cf. canon v. de Nicea, xiv, xv de Antioquía). En armonía con este desarrollo iba la concepción general de la autoridad sinodal. Los obispos, como sucesores de los apóstoles, fueron oficialmente investidos con el Espíritu Santo; tomaban sus decisiones "bajo inspiración del Espíritu Santo" (Cipriano, Epist., lvii. 5) o "en la presencia del Espíritu Santo y sus ángeles" (carta sinodal del primer concilio de Arlés, Mansi, Concilia, ii. 469); la decisión del sínodo es equivalente a una sentencia divina (carta de Constantino sobre la disolución del concilio de Arlés, Mansi, Concilia, ii. 478).

El siguiente paso fue hacer de los sínodos instituciones ordinarias de la Iglesia. Los extraordinarios continuaron celebrándose, pero eran adicionales a los regulares, que son asumidos en la primera mención de los sínodos orientales por un escritor occidental, probablemente entre 210 y 220 (Tertuliano, De jejunio, xiii). Las reuniones anuales se hicieron pronto la norma, tal como se evidencia en Capadocia ya a mediados del siglo tercero (Cipriano, Epist., lxxv. 4). Esta recurrencia regular llevó a la restricción del distrito representado, y, probablemente por analogía con la asamblea secular, los obispos de cada provincia se encontraban en su capital. La institución se estableció legalmente en el primer concilio de Nicea (canon v), que proveyó para dos reuniones anuales, una antes de Cuaresma y la otra en el otoño. En Antioquía en 341 (canon xx) las fechas fueron definidas así: cuatro semanas antes de Pentecostés y el 15 de octubre, continuando el arreglo en vigor (concilio de Constantinopla, 381, canon ii; de Calcedonia, 451, canon xix). Finalmente el concilio de Trullo de 692 (canon viii) y el segundo de Nicea 787 (canon vi) lo limitaron a una sola asamblea anual. El sínodo provincial se convirtió en el órgano más importante para el gobierno episcopal de la Iglesia. El metropolitano lo convocaba y lo presidía. Su competencia era prácticamente ilimitada, extendiéndose sobre cuestiones de fe y moral, adoración pública y disciplina y organización de la Iglesia. El desarrollo de los sínodos provinciales acompañó al de la jurisdicción metropolitana. Tras la organización del sistema patriarcal en el este, surgió la idea de tener sínodos especiales para esas divisiones más grandes, haciéndose intentos para llevarlas a cabo; pero no desembocaron en reuniones anuales regulares o en la permanencia de la institución.

Concilios ecuménicos.
Los concilios ecuménicos nacieron antes de la organización completa de los sínodos provinciales. En el curso de la controversia donatista, Constantino entregó la decisión primero a una comisión episcopal reunida en Roma y luego a un conjunto mayor de obispos reunidos en Arlés. Esas asambleas habían sido consideradas comúnmente como sínodos y lo eran en el sentido de ser asambleas deliberativas de obispos; pero es obvio que diferían de todos los sínodos anteriores. Su iniciativa no procedía de los obispos sino del emperador, quien determinaba tanto la membresía y lugar como el asunto de discusión, dando su autoridad a las decisiones, que serían vinculantes en la ley secular. Por tanto no eran como los sínodos provinciales, órganos del gobierno episcopal libre, sino asambleas con el propósito de aconsejar al emperador en cuanto a su acción decisiva en asuntos eclesiásticos. Sin embargo, fueron éstos, y no los sínodos provinciales, los prototipos de los concilios ecuménicos. Constantino actuó en la misma forma en la convocatoria del concilio de Nicea. Su intención era que la cuestión arriana fuera resuelta por el concilio, por lo que tomó parte personal en los procedimientos; la adopción de la fórmula nicena fue el resultado de su impulso y él la reconoció como ley vinculante, imponiendo castigos a aquellos que rechazaran suscribirla; él mismo promulgó la decisión sobre la celebración de la Pascua e impuso su observancia sobre los obispos. Por tanto, aunque el concilio de Nicea fue teóricamente una reunión del episcopado católico y la autoridad atribuida a todos los sínodos se puede suponer que le pertenece en grado prominente, fue realmente no un órgano de autogobierno de la Iglesia, sino una ayuda para su gobierno por el gobernante secular. Los siguientes concilios ecuménicos estuvieron modelados por éste y llevaron el mismo carácter. La decisión de convocarlos se origina en la corte y era llevada a cabo por la autoridad secular. Se reunían bajo la presidencia, o al menos en la presencia, de los comisarios imperiales. Sus decisiones quedaban sometidas al emperador antes de su publicación, como ocurrió en el caso del decreto dogmático de Calcedonia (Mansi, Concilia, vii. 117, 136). Él podía confirmar sus decretos, como en Calcedonia (Mansi, vii. 476) y Constantinopla (Mansi, xi. 697, 724) o rechazar su asentimiento, como en Éfeso (Mansi, iv. 1377). Su dependencia de la corte creció, hasta el punto que Constancio pudo decir con brutal franqueza en el sínodo de Milán, "lo que yo quiero, sea considerado canon" (Atanasio, "Historia de los arrianos", xxxiii). Los historiadores católicos nombran ocho concilios ecuménicos en el periodo antiguo: Nicea, 325; Constantinopla, 381; Éfeso, 431; Calcedonia, 451, Constantinopla, 553; Constantinopla, 630; Nicea, 787, Constantinopla, 869. Pero esta enumeración no es históricamente justificable. Aparte del hecho de que el concilio de Constantinopla de 381 representó sólo al imperio oriental (y el de 869 es rechazado por la Iglesia oriental), los de Sárdica 342, Éfeso 449 y Constantinopla 754, tienen tanto derecho al título de ecuménicos, no faltando la confirmación a los decretos de los dos últimos. Su omisión sólo puede basarse en el hecho de que el desarrollo posterior tomó una dirección opuesta a sus conclusiones. La importancia de los concilios ecuménicos yace en su actividad legislativa, especialmente en lo tocante a la doctrina, que usualmente proporciona la razón de sus convocatorias. Trataron también con otras cuestiones de organización eclesiástica y moral privada; pero su acción como tribunal judicial supremo es comparativamente poco importante. Sus excomuniones fueron siempre las consecuencias de sus decretos dogmáticos, que eran considerados infalibles desde la concepción del episcopado como investido con el charisma veritatis.

Sínodos teutones de principios de la Edad Media.
El sistema sinodal quedó sometido a un nuevo desarrollo en las nacionalidades teutonas que surgieron de la ruina del Imperio romano. La antigua división de provincias eclesiásticas tenía ahora menos importancia que en la antigüedad; la unidad más grande de la vida eclesiástica por encima de la diócesis no era la jurisdicción metropolitana sino la Iglesia nacional, desapareciendo la primera enteramente durante un tiempo del reino franco. Más aún, a principios de la Edad Media la diócesis no era una comunidad urbana gobernada por el obispo con un presbiterio unido a su alrededor, sino un territorio extendido dividido en un gran número de parroquias coordinadas. De nuevo, la relación del rey con la Iglesia era importante. Aunque no desempeñaba un poder tan ilimitado como los emperadores habían poseído, era suficientemente análogo a ellos para que el sínodo provincial perdiera mucha de su antigua importancia y se convirtiera en una reunión meramente ocasional. Éste fue especialmente el caso del reino franco, donde en el período merovingio sólo unos pocos de tales sínodos son citados y de los cuales de sólo uno quedan actas. Bonifacio afirmó en 742 que no se había celebrado ningún sínodo durante más de 80 años; pero ni sus esfuerzos ni los de Carlomagno cambiaron la situación materialmente. El caso fue el mismo en Inglaterra; no es que las antiguas provisiones fueran olvidadas, simplemente no eran seguidas.

Concilio de Toledo, Códice Albaldense o Vigiliano , año 975
Concilio de Toledo, Códice Albaldense o Vigiliano, año 975
Los sínodos provinciales fueron más frecuentes en España, en tanto los visigodos fueron arrianos (Tarragona 516, Gerunda 517, Lérida 524, Valencia 524, Toledo 527, Barcelona 540). El lugar de los sínodos provinciales fue ocupado por los concilios nacionales. El primero de éstos en el reino franco fue convocado por Clodoveo en Orleáns en 511, no cesando de celebrarse durante el período merovingio, ya sea para el reino entero o alguna de sus divisiones. Se distinguieron de los sínodos provinciales por no ser asambleas regularmente convocadas, sino reuniones convocadas o al menos sancionadas por el rey con un propósito especial. Sus decisiones no necesariamente requerirían confirmación real, pero los reyes se sintieron en libertad de alterarlas o abrogarlas, especialmente cuando sobrepasaban los límites de la administración espiritual. Después de mediados del siglo séptimo se reunían en la presencia del rey o sus representantes. El reino burgundio también tuvo sus sínodos nacionales (Epao 517, Lión 517). Es significativo que en España comienzan con la conversión de Recaredo (Toledo 589, 597, 633, 636, 638, etc.) y parecen haber tomado el lugar de los sínodos provinciales. Una peculiaridad aquí fue que los magnates del reino y los oficiales reales eran considerados miembros. Solo en Inglaterra fracasó el concilio nacional en adquirir importancia. Este sistema duró, incambiable en esencia, durante la primera mitad de la Edad Media. La extensión del imperio bajo Carlomagno hizo de esas asambleas prácticamente concilios de todo el oeste (Regensburgo 792, Francfort 794). Aunque se adherían en esencia a la doctrina e institución católica, se permitía una amplia latitud en su legislación. El nuevo sistema diocesano desarrolló los sínodos también para cada diócesis separada, de algún modo en la línea del primitivo presbyterium, presidido por el obispo e incluyendo a los sacerdotes parroquiales, abades y deanes de la diócesis. Los primeros de los tales fueron los dos de Auxerre, entre 573 y 603 y 695 y los de Autun, entre 663 y 680. Se hizo el intento de establecer la costumbre de convocarlos anualmente, pero sin mucho éxito.

Ilustración del cuarto concilio de Letrán en uno de los márgenes de la Chronica Maiora de Matthew Paris
Ilustración del cuarto concilio de Letrán en uno de los márgenes
de la Chronica Maiora de Matthew Paris
Concilios papales de la Edad Media.
Los papas no subestimaron el peso que las decisiones sinodales comportaban y por tanto, aunque Italia nunca fue escenario de mucha actividad conciliar, se celebraron más asambleas de esta clase en Roma, bajo presidencia papal, que en ninguna otra ciudad de la cristiandad. La posición de los papas indujo a la participación de iglesias distantes. Julio I convocó uno en el año 341, en el que invitó a los antagonistas orientales de Atanasio. Ellos no se presentaron, pero más de 50 obispos asistieron, incluyendo algunos de Tracia, Cœle-Siria, Fenicia y Tierra Santa. Los obispos galos se sentaron con los de Italia en el sínodo convocado por Dámaso en 369, continuando celebrándose reuniones similares. Fueron convocadas por los papas no como patriarcas de occidente, sino como sucesores de San Pedro y la sanción papal les daba alta autoridad. La importancia de los sínodos celebrados por los emperadores carolingios al norte de los Alpes disminuyó de alguna manera la prominente autoridad de esos concilios romanos; pero un cambio sucedió en el pontificado de León IX (1048-54), quien fue el primer papa en elevar la dignidad papal una vez más tras su prolongada humillación. Hizo abundante uso de los sínodos, y, no contento con celebrarlos en Roma y otras partes de Italia, presidió en persona los sínodos imperiales celebrados en Alemania y Francia. Desde mediados del siglo XI los sínodos papales crecieron constantemente en importancia y consideración (sínodo de Letrán de 1059 bajo Nicolás II; de 1063 bajo Alejandro II, 1074, 1075, 1076, 1078, 1079, 1080, 1083 bajo Gregorio VII; 1095 en Piacenza y Clermont bajo Urbano II; 1119 en Reims bajo Calixto II). El último de esos papas convocó el concilio de Letrán de 1123 bajo el nombre de concilio general; pero el colocarlo al nivel de los antiguos ecuménicos vino posterior y gradualmente; el de Constanza reconoció en esta categoría sólo a tres concilios modernos: Letrán 1215, Lión, 1274 y Vienne 1311. Los teólogos católicos añadieron a estos tres sínodos más de Letrán (1123, 1139, 1179) y el primero de Lión, 1245. Es cierto que tienen una autoridad en la Iglesia medieval que responde a la de los antiguos concilios ecuménicos bajo el Imperio romano; pero estaban confinados a la obediencia papal, convocados y presididos por el papa y dependientes de su sanción para la validez de sus decretos, por lo que eran meros órganos para su gobierno de la Iglesia occidental.

Concilio de Pisa de 1409, grabado de Wilhelm Pleydenwurff
Los concilios reformistas del siglo XV.
La creencia sobre la posición del papa en los siglos XIII y XIV quedó en entredicho por el Cisma de Occidente, que obligó a buscar una autoridad suficientemente poderosa para restaurar la unidad, a pesar de las pretensiones conflictivas del papado. De esta manera se pensó quese había encontrado en el concilio general, sobre las líneas delineadas ya en el siglo XIV por Marsilio de Padua y Guillermo de Occam. En el mismo comienzo del cisma, tras la elección de Clemente VII, se escuchó la apelación a un concilio universal. La promovían teólogos influyentes, como Pierre d'Ailly y Gerson, haciéndose prevaleciente. El intento de acabar con el cisma mediante el concilio de Pisa fue en verdad un fracaso, pero no afectó a la creencia en la eficacia de este método. El concilio de Constanza intentó firmemente alterar la constitución de la Iglesia occidental por la introducción de concilios generales como factor regulador de su gobierno, que ocurrirían a intervalos de cinco, siete y finalmente diez años. Pero la ejecución de este plan, aunque aprobado por el concilio de Basilea, quedó imposibilitado por la natural oposición de la curia. Cuando Eugenio IV trasladó el concilio de Basilea a Ferrara tomó la posición de los principios aceptados antes de Constanza y lógicamente declaró nulos y vacíos, con el asentimiento de su concilio, los decretos de Basilea en cuanto a la superioridad del concilio sobre el papa. En el concilio de Letrán de 1512-1517 León X dio un golpe mortal a la idea en la bula Pastor æternus.

Fresco del concilio de Trento, palacio Farnesio de Caprarola
Fresco del concilio de Trento, palacio Farnesio de Caprarola
Concilios y sínodos: sistema católico moderno.
Tras estos sucesos la curia adquirió una desconfianza no disimulada hacia los concilios generales, siendo sólo la presión de los poderes políticos lo que llevó a la reorganización del catolicismo tras la tormenta de la Reforma mediante el concilio de Trento. Fue sólo cuando la última huella de oposición al ilimitado poder papal desapareció en el siglo XIX que esta desconfianza se calmó finalmente, pudiendo Pío IX dar al mundo el espectáculo que durante mucho tiempo no se había visto de un concilio general en 1870. Los principios entonces aceptados son que esas asambleas sólo pueden ser convocadas por el papa y presididas por él o sus delegados; que su membresía está limitada a los cardenales, obispos, vicarios apostólicos, generales de órdenes religiosas y dignatarios tales, con la exclusión de los laicos; que los asuntos discutidos deben ser previamente expuestos ante el papa y sus decisiones confirmadas por él. Por tanto no son más que asambleas de consejeros del papa, sin poder independiente propio. Los sínodos provinciales ya no ocupan un lugar necesario en la política de la Iglesia católica. De hecho, el concilio de Trento ordenó que deberían ser celebrados cada tres años, un período que en el Vaticano I se extendió a cinco. Se puede decir lo mismo de los sínodos diocesanos, que el concilio de Trento exigió que se celebraran anualmente.

Relación de los concilios ecuménicos reconocidos por la Iglesia católica y la ortodoxa.
Todos los concilios listados son reconocidos como ecuménicos por la Iglesia católica. Solamente los que están en cursiva son reconocidos como tales por la Iglesia ortodoxa.

Primer concilio de Nicea (325)
Primer concilio de Constantinopla (381)
Concilio de Éfeso (431)
Concilio de Calcedonia (451)
Segundo concilio de Constantinopla (553)
Tercer concilio de Constantinopla (680–681)
Segundo concilio de Nicea (787)
Cuarto concilio de Constantinopla (869–870)
Primer concilio de Letrán (1123)
Segundo concilio de Letrán (1139)
Tercer concilio de Letrán (1179)
Cuarto concilio de Letrán (1215)
Primer concilio de Lión (1245)
Segundo concilio de Lión (1274)
Concilio de Vienne (1311–12)
Concilio de Constanza (1414–18)
Concilio de Ferrara-Florencia (1438–c. 1445)
Quinto concilio de Letrán (1512–17)
Concilio de Trento (1545–63)
Primer concilio Vaticano (1869–70)
Segundo concilio Vaticano (1962–65)
Sínodo de Dort
Los sínodos del protestantismo. Iglesias reformadas.
La Reforma rompió con todas las ideas medievales sobre el asunto. Lutero muy pronto repudió la creencia en la infalibilidad de los concilios y, donde la teología católica había tendido a poner sus decisiones a la par con la Biblia, se inclinó más bien a considerar ambas en oposición, retirando todo dominio de la fe, moral y adoración de su jurisdicción legislativa y dejándoles solo el deber de velar contra las desviaciones de la fe y práctica bíblica. Por tanto los consideró prácticamente como tribunales judiciales, en cuyo carácter debían estar compuestos no sólo de obispos, sino también de personas seculares piadosas. A partir de esos principios, con el énfasis puesto sobre la afirmación de que la Iglesia necesita cuidarse solo de la predicación y la administración de los sacramentos, no había razón para esperar que se hiciera ningún uso de un sistema sinodal reformado en la organización de las iglesias territoriales luteranas; finalmente en su desarrollo posterior, con unas pocas excepciones esporádicas, no se consideró tal sistema. En Inglaterra el sistema sinodal de la Edad Media se trasladó a la Iglesia anglicana. Pero las convocatorias, tras la Reforma igual que antes, fueron exclusivamente asambleas clericales; de acuerdo con la doctrina de la supremacía real no se permitía celebrarlas sin licencia del soberano y sus decisiones no eran válidas sin su consentimiento.

El hogar del nuevo sistema sinodal fue la Iglesia reformada, en la que las cuestiones de organización eran de más importancia que entre los luteranos. La organización presbiteriana establecida por Calvino en Ginebra se convirtió en modelo para todas las iglesias reformadas. La de Francia fue la primera en desarrollar el sistema sinodal para una Iglesia nacional. En el primer sínodo nacional (1559) se resolvió que ninguna iglesia local tendría ningún precedente sobre cualquier otra; que los sínodos generales se reunirían de tiempo en tiempo según la ocasión surgiera, compuestos de los ministros y uno o más ancianos o diáconos de cada iglesia, bajo un presidente electo en la convocatoria; que en cada provincia dos veces al año los ministros y al menos un anciano o diácono de cada congregación se reunirían en sínodo. En 1565 la composición de los sínodos nacionales se cambió a uno o dos ministros elegidos y ancianos de cada sínodo provincial. Esos sínodos, de carácter mixto clerical y laico, estaban encargados del gobierno de la Iglesia. En las mismas líneas se procedió a la organización de las iglesias reformadas de Escocia, Países Bajos y Alemania noroccidental. La política fue en cada caso construir sobre una base nacional; la idea de completarla mediante una organización internacional parece haber sido desconocida y el sínodo de Dort fue una mera excepción aislada.

Adopción en las iglesias luteranas alemanas.
La imperfección del antiguo sistema luterano se hizo más y más evidente tras el siglo XVII, pero los primeros intentos de mejorarlo tienen que ver con las iglesias locales. No fue hasta que los cambios políticos dieron ocasión para la reorganización en muchos de los Estados alemanes que se acometió la idea de introducir el sistema sinodal. En 1807 Schleiermacher hizo una propuesta para una nueva constitución de la Iglesia protestante en Prusia, que incluía la adopción del sistema sinodal y este principio ha sido desde entonces dominante. Ya que la relación de la Iglesia con los soberanos temporales hizo imposible simplemente adoptar el plan reformado, se hizo un intento para combinar los sistemas sinodal y consistorial. En 1817 se formaron presbiterios en Prusia, estando constituidos los primeros sínodos por ministros solamente. No mucho se logró de esos intentos, aunque fueron seguidos por Baviera en 1818 y Baden en 1821. Sin embargo, antes de que pasara medio siglo todas, menos unas pocas iglesias luteranas en Alemania, adoptaron las constituciones sinodales, Württemberg 1854, Hannover 1864, Sajonia 1868, Prusia 1873-76, etc. Esos sínodos alemanes no están, como los antiguos reformados, encargados del gobierno de la Iglesia, sino más bien son los representantes de la Iglesia ante el gobierno. Consisten de ministros y laicos, escogidos para los distritos sinodales por las congregaciones y para los sínodos provinciales y nacionales por los cuerpos inferiores. Debido a varias causas, su competencia restringida, sus reuniones infrecuentes (cada cuatro, cinco o seis años), sus rígidos números y sus pesadas formas parlamentarias, no produjeron los resultados que se esperaba de ellos y difícilmente pueden hacerlo a menos que una mayor libertad de acción les haga ser realmente órganos de una Iglesia autogobernada.

Henry Melchior Mühlenberg
El sistema sinodal en América.
Los emigrantes protestantes de Inglaterra a América fueron al principio mayormente independientes, no siendo hasta después de mediados del siglo XVII que se incrementó el número de presbiterianos gradualmente. La primera unión de varias congregaciones en un presbiterio ocurrió en 1705 o 1706 y el primer sínodo se celebró en Filadelfia en 1717. El sistema echó raíces en América, siendo adoptado con variaciones no sólo por los luteranos, sino también por la Iglesia episcopal. Los sínodos reformados en América estaban principalmente delineados según el modelo francés, salvo que los ancianos eran escogidos por las congregaciones y eran considerados representantes de ellas. En cuanto a los luteranos se ha de observar que ellos venían no solamente de Alemania, sino también de los Países Bajos, donde el sistema presbiteriano había estado en vigor desde el principio, y de Suecia, que tenía algo de organización similar. Pero incluso entre los alemanes el hecho de que su principal organizador, H. M. Mühlenberg, perteneciera a la escuela de Spener y que organizó su congregación con ancianos dio un impuso hacia la adopción del sistema sinodal. El primer sínodo luterano se celebró en Filadelfia en 1748, consistente de seis pastores y un gran número de delegados laicos. Tras 1760 se celebraron sínodos anuales. La Iglesia episcopal, como hija de la Iglesia anglicana, comenzó con la misma constitución; pero la separación que siguió tras la Guerra de independencia la obligó a adoptar una nueva organización, cuyos principios quedaron establecidos en las convenciones generales de Filadelfia, 1784, y Richmond, 1785, compuestas ambas de clérigos y laicos. La primera estableció el principio de que "para hacer cánones o leyes no habrá otra autoridad que la de un cuerpo representativo del clero y laicos conjuntamente".
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