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CALVINISMO
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Calvinismo es el nombre de la teología avanzada por Juan Calvino, reformador protestante del siglo XVI, y desarrollada por sus seguidores.

Significado y usos del término.
Calvinismo es un término ambiguo al ser actualmente empleado en dos o tres sentidos, en verdad estrechamente relacionados y en los que se pasa inconscientemente de uno a otro, pero que varían en grados de connotación. A veces designa meramente la enseñanza individual de Juan Calvino. Otras veces, más ampliamente, el sistema doctrinal confesado por ese conjunto de iglesias protestantes conocidas históricamente, en distinción a las iglesias luteranas, como "Iglesia reformada", pero también bastante comúnmente llamadas "iglesias calvinistas" porque la mayor exposición científica de su fe en la edad de la Reforma, y tal vez la más influyente de cualquier edad, la proporcionó Juan Calvino. A veces designa, más ampliamente todavía, el conjunto total de conceptos teológicos, éticos, filosóficos, sociales y políticos, que, bajo la influencia de la mente de Juan Calvino, dominaron en las tierras protestantes de la post-Reforma y dejaron una huella permanente no sólo sobre el pensamiento de la humanidad, sino sobre la historia de los hombres, el orden social de los pueblos civilizados e incluso la organización política de los Estados. En este artículo el término será tomado, por obvias razones, en el segundo de los sentidos.

Interior de un servicio en una iglesia reformada en Lión
Interior de un servicio en una iglesia reformada en Lión

Por un lado Juan Calvino, aunque siempre considerado por las iglesias reformadas como exponente más que creador de su sistema doctrinal, ha sido no obstante a la vez reverenciado como uno de sus fundadores y designado en ese particular como aquel por cuya mano formativa y talento sistematizador el sistema doctrinal le debe su mayor parte. En cualquier exposición de la teología reformada, por tanto, la enseñanza de Juan Calvino debe siempre ocupar un lugar destacado y determinante. Por otro lado, aunque el calvinismo ha excavado un canal por el que no sólo fluye una corriente de pensamiento teológico sino que también surge una gran ola de vida humana, llenando el corazón con ideales y conceptos renovados que han revolucionado las condiciones de la existencia, sin embargo su manantial yace en su sistema teológico; o más bien, para ser más exactos, en un paso antes de eso, en su conciencia religiosa. Pues las raíces del calvinismo están plantadas en una actitud específicamente religiosa, de la cual surge primero una particular teología, de la que emana por un lado una organización eclesiástica especial y por otro un orden social, que involucra un arreglo político dado. El resultado total del calvinismo en la vida es por tanto el efluvio de su conciencia religiosa fundamental, que halla su declaración científica en su sistema teológico.

Principio fundamental.
La formulación exacta del principio fundamental del calvinismo ha afilado la agudeza de una larga serie de pensadores durante los últimos siglos (como Ullmann, Semiech, Hagenbach, Ebrard, Herzog, Schweizer, Baur, Schneckenburger, Guder, Schenkel, Schöberlein, Stahl o Hundeshagen). Tal vez la declaración más simple sea la mejor: Que yace en una profunda percepción de Dios en su majestad, con la inevitable comprensión conmovedora de la exacta naturaleza de la relación sostenida con él por la criatura como tal y particularmente por la criatura pecaminosa. El que cree en Dios sin reservas y está determinado a que Dios sea Dios para él en todo su pensamiento, sentimiento, voluntad, en el curso entero de su vida, actividad intelectual, moral y espiritual, en todas sus relaciones individuales, sociales y religiosas, es un calvinista. En el calvinismo, por tanto, hablando objetivamente, el teísmo llega a sus últimas consecuencias. Subjetivamente hablando la relación religiosa alcanza su pureza y soteriológicamente hablando la fe evangélica encuentra en totalidad su plena expresión y su firme estabilidad. El teísmo llega a sus últimas consecuencias sólo en una concepción teleológica del universo, que percibe en el curso entero de los acontecimientos el desarrollo ordenado del plan de Dios, quien es el autor, preservador y gobernador de todas las cosas, cuya voluntad es consecuentemente la causa última de todo. La relación religiosa obtiene su pureza sólo cuando una actitud de absoluta dependencia en Dios es no solo temporalmente asumida en el hecho de la oración, sino sustentada por todas las actividades de la vida: Intelectuales, emocionales y activas. Y la fe evangélica alcanza su estabilidad sólo cuando el alma pecaminosa descansa únicamente en una humilde, y despojada de sí misma, confianza en la gracia de Dios como inmediata y única fuente de toda la eficacia que produce su salvación.

Boceto de Calvino realizado por uno de sus alumnos
Boceto de Calvino realizado por uno de sus alumnos
Relación con otros sistemas.
La diferencia entre el calvinismo y otras formas de pensamiento teísta, experiencia religiosa y teología evangélica no es de clase sino de grado. El calvinismo no es una variedad específica de teísmo, religión o evangelicalismo, contrapuesto a otras variedades específicas, que junto a ellas constituyen esos diversos géneros, y que posee iguales derechos de existencia y hace afirmaciones similares de perfección, cada una según su propia clase. Difiere de ellas no como una especie difiere de otras especies, sino como un representante perfectamente desarrollado difiere de un representante imperfectamente desarrollado de la misma. No hay muchas clases de teísmo, religión y evangelicalismo entre las cuales los hombres tienen la libertad de escoger para adaptar a voluntad su gusto individual o suplir su especial necesidad, pudiendo todos ellos asumir que sirven a sus propios usos específicos con igual dignidad. No hay sino una clase de teísmo, religión y evangelicalismo y las diversas interpretaciones establecidas para esos nombres difieren entre sí no como especies correlativas de una clase más amplia, sino como más o menos perfectas, más o menos defectivas y ejemplos de una sola especie. El calvinismo se concibe a sí mismo simplemente como la forma más pura de teísmo, religión y evangelicalismo, sobrepasando como tal a las menos puras. Por tanto, no tiene dificultad para reconocer el carácter teísta de todo pensamiento realmente teísta, la nota religiosa en toda actividad religiosa auténtica y la cualidad evangélica de toda fe realmente evangélica. Rechaza situarse antagónicamente contra cualquiera de esas cosas, sea cual sea el grado de imperfección en las que se manifiesten. Cualquiera que cree en Dios, cualquiera que reconoce en lo íntimo de su alma su profunda dependencia de Dios, cualquiera que en todo su pensamiento de salvación oye en su corazón el eco del soli Deo gloria de la profesión evangélica, por cualquier nombre que pueda ser llamado, el calvinismo le reconoce como implícitamente calvinista y al permitir que esos principios fundamentales, que subrayan y dan sentido a toda verdadera religión, actúen libre y plenamente en el pensamiento, sentimiento y acción, lo convierten en un calvinista explícito.

Calvinismo y luteranismo.
Es una desgracia que un gran contenido de la discusión, desde que Max Göbel (Die religiöse Eigenthümlichkeit der lutherischen und reformirten Kirchen, Bonn, 1837) expusiera primero claramente el problema, se haya llevado en alguna manera hacia la idea de determinar el principio fundamental del calvinismo, procurando particularmente exponer su contraste con alguna otra tendencia teológica, comúnmente con la tendencia protestante hermana del luteranismo. Es indudable que de alguna manera espíritus diferentes informan el calvinismo y el luteranismo. Indudablemente también el espíritu distintivo del calvinismo está enraizado no en alguna circunstancia extraña de sus antecedentes u orígenes, como por ejemplo en las tendencias zwinglianas al intelectualismo, en la superior cultura y predilección humanista de Zwinglio o Calvino, en los instintos democráticos de los suizos o en el radical racionalismo de los líderes reformados distinguido del tradicionalismo meramente modificado de los luteranos, sino en su principio formativo. Pero es engañoso encontrar el principio formativo de cualquier tipo de protestantismo en su diferencia respecto a otro: Tienen infinitamente más en común que de diferencia. Y ciertamente nada puede ser más engañoso que presentarlos, como a veces se ha hecho, por sus diferencias, encarnadas respectivamente en el principio de la predestinación y el de la justificación por la fe. La doctrina de la predestinación no es el principio formativo del calvinismo, de cuya raíz surge. Es una de sus consecuencias lógicas, una de las ramas que ha surgido inevitablemente. Ha sido firmemente abrazada y consistentemente afirmada por los calvinistas porque está implicada en el teísmo, está directamente señalada en la conciencia religiosa y es un elemento esencialmente absoluto en la fe evangélica, sin el cual su verdad central de completa dependencia de la gratuita misericordia de Dios no puede mantenerse. No es una peculiaridad de la teología reformada, pues sustentó y dio su forma y poder a todo el movimiento de la Reforma, que fue, desde el punto de vista espiritual, un gran avivamiento de la religión y desde el punto de vista doctrinal un gran avivamiento del agustinianismo. No había por tanto diferencia entre los reformadores en este punto: Lutero, Melanchthon y el acomodaticio Bucero no eran menos celosos de la predestinación absoluta que Zwinglio y Calvino. Incluso Zwinglio no sobrepasó a Lutero al afirmarla clara y rotundamente; y no fue Calvino sino Melanchthon quien le dio un lugar formal en su declaración primordial científica de los elementos de la fe protestante (cf. Schaff, Creeds, i. 451; E. F. Karl Müller, Symbolik, Leipzig, 1896, p. 75; C. J. Niemijer, De Strijd over de Leer der Predestinatie in de IX. Eeuw, Groningen, 1889, p. 21; H. Voigt, Fundamentaldogmatik, Gotha, 1874, pp, 469–470). De igual manera la doctrina de la justificación por la fe no puede ser presentada como algo específicamente luterano. No solamente desde el principio tiene un papel sustancial en la fe reformada, sino que sólo entre los reformados ha retenido o puede retener su pureza, libre de la tendencia a convertirla en una doctrina de la justificación por causa de la fe. Aquí también las diferencias entre los dos tipos de protestantismo son de grado, no de clase. El luteranismo, producto de un profundo sentido del pecado, nacido del clamor de un alma cargada por la culpa que no puede ser calmada hasta que halla paz en el decreto de justificación de Dios, es apto para descansar en esta paz; mientras que el calvinismo, producto de una visión sobrecogedora de Dios, nace de la reflexión en el corazón del hombre sobre la majestad del Dios que no dará su gloria a nadie, que no puede descansar hasta que sitúe el plan de salvación mismo en relación con una completa cosmovisión del mundo, en la que queda subsidiario de la gloria de Dios. El calvinismo pregunta con el luteranismo la más conmovedora de todas las cuestiones: ¿Qué debo hacer para ser salvo? Y responde como el luteranismo responde. Pero la gran cuestión que le lleva más allá es: ¿Cómo será Dios glorificado? Es la contemplación de Dios y el celo por su honor lo que provoca las emociones y absorbe la energía; y el fin del hombre, como de cualquier otra existencia, y de la salvación, como de cualquier otra obtención, es la gloria del Señor de todo. Se hace plena justicia al plan de redención y a la experiencia de salvación, porque se hace plena justicia a la religión misma que subraya esos elementos. Comienza, continúa y acaba con la visión de Dios en su gloria y se sitúa ante todas las cosas para rendir a Dios sus derechos en cada esfera de la actividad humana.

Soteriología del calvinismo.
Una de las consecuencias que surgen de esta actitud fundamental del pensamiento y sentimiento calvinista es el elevado sobrenaturalismo que informa tanto su conciencia religiosa como su construcción doctrinal. El calvinismo no es impropiamente definido, de hecho, como la tendencia que está determinada a hacer justicia a lo sobrenatural inmediatamente, tanto en la primera como en la segunda creación. La fuerza y pureza de su creencia en el Hecho sobrenatural (que es Dios) lo salva de todo desconcierto ante el hecho del acto sobrenatural (que es el milagro). En todo lo que entra en el proceso de redención está impelido, por la fuerza de su primer principio, a poner la iniciativa en Dios. Una revelación sobrenatural en la que Dios hace conocer al hombre su voluntad y sus propósitos de gracia; un registro sobrenatural de esta revelación en un libro sobrenaturalmente dado, en el que Dios da su revelación permanente y extensamente, son cosas que el calvinista da por sentado. Y, por encima de todo, puede insistir con la más firme seguridad en lo sobrenatural de la obra de redención misma, no menos que en su aplicación y su ejecución. Así surge la doctrina de la regeneración monergista, o como fue definida por los antiguos teólogos, de la "gracia irresistible" o del "llamamiento eficaz", siendo el gozne de la soteriología calvinista, estando más profundamente incrustada en el sistema que la doctrina de la predestinación misma, que es popularmente considerada su sello más característico. De hecho, el significado soteriológico de la predestinación para el calvinista consiste en la salvaguarda de la regeneración monergista, para que la salvación sea puramente sobrenatural. Lo que yace en el corazón de su soteriología es la absoluta exclusión del elemento humano en el inicio del proceso salvador, para que la pura gracia de Dios pueda ser magnificada. Sólo así puede expresar su sentido de la completa dependencia del hombre como pecador en la gratuita misericordia de Dios que salva y destruir la maligna levadura del sinergismo por el cual, como claramente percibe, se le quita a Dios su gloria y al hombre se le estimula a pensar que tiene algo de poder, capacidad de elección, iniciativa propia, participando en esa salvación, que es realmente toda de gracia. Por tanto no hay nada contra lo cual el calvinismo se sitúe con más firmeza que contra toda forma y grado de auto-soterismo. Por encima de todo, está determinado a que Dios, en su Hijo Jesucristo, actuando por el Espíritu Santo a quien ha enviado, sea reconocido como nuestro verdadero Salvador. Para ello el hombre pecador no está en necesidad de inducción o ayuda para salvarse, sino de la salvación misma y Jesucristo no viene para aconsejar, exhortar, inducir o ayudarle a salvarse, sino para salvarle. Esta es la raíz de la soteriología calvinista y por causa de ese profundo sentido de la impotencia humana y esa profunda conciencia de deuda en todo lo que pertenece a la salvación, la libre gracia de Dios es la raíz de su soteriología, de la cual la doctrina de la elección llega a ser el cor cordis del evangelio. El que sabe que es Dios quien le ha escogido y no él quien ha escogido a Dios y que debe su salvación total en todo su proceso y en cada una de sus etapas a esta elección de Dios, sería un ingrato si no le diera la gloria de su salvación únicamente al inexplicable amor electivo de Dios.

Mapa de los conflictos religiosos en el siglo XVI

Desarrollo consistente del calvinismo.
Históricamente la teología reformada halla su origen en el movimiento reformador comenzado en Suiza bajo la dirección de Zwinglio (1516). Sus principios fundamentales ya están presentes en la enseñanza de Zwinglio, aunque no fue hasta que el genio penetrante y profundo de Calvino los expusiera, que tomaran su forma final y recibiera su sistemático desarrollo. Desde Suiza el calvinismo se esparció a Francia y a lo largo del Rin por Alemania hasta Holanda, hacia el este a Bohemia y Hungría y hacia el oeste, cruzando el Canal, a Gran Bretaña. En esta expansión a través de tantas tierras su voz se levantó en una multitud de confesiones y en el curso de los siglos que han pasado desde su primera formulación, ha sido expuesto en un gran número de tratados dogmáticos. Su desarrollo ha sido naturalmente mucho más rico y más variopinto que el del sistema hermano del luteranismo, en su más confinado y homogéneo ambiente. Sin embargo, ha retenido su carácter distintivo y preservado sus características fundamentales con maravillosa consistencia a lo largo de toda su historia. Es posible distinguir entre las confesiones reformadas, entre las que llevan más fuertemente la huella de la influencia personal de Calvino y las que la llevan menos; se dividen en dos amplias clases, según se crearan antes o después de la defección arminiana (c. 1618) que demandó claras definiciones por los puntos de controversia levantados por ese movimiento. Unas pocas de ellas surgidas en suelo alemán también llevan trazas de la influencia de las confesiones luteranas. Y, por supuesto, todos los reformados han expuesto los sistemas de doctrina siendo fieles a la fe que profesaban. No obstante, es el mismo sistema de verdad el que está incorporado en todas las grandes confesiones reformadas históricas; no importa si el documento emana de Zurich, Berna, Basilea o Ginebra; si resume el desarrollo suizo, como en la Segunda Confesión Helvética, o publica la fe de las iglesias reformadas nacionales de Francia, Escocia, Holanda, el Palatinado, Hungría, Polonia, Bohemia o Inglaterra; si reedita la doctrina reformada establecida en oposición a las nuevas contradicciones, como los Cánones de Dort (en los que el mundo reformado entero concurrió), o en la Confesión de Westminster, a la que la Gran Bretaña puritana dió su consentimiento, o a la Forma de Consentimiento suiza (que representa el juicio maduro de Suiza a las novedades propuestas de la doctrina). Y a pesar de la inevitable variedad de puntos individuales de vista, así como de las inevitables diferencias en capacidad, saber y alcance, de la multitud de escritores que han procurado exponer la fe reformada a través de sus cinco siglos y de las graves desviaciones de esa fe que se han producido aquí y allá, la gran corriente de la dogmática reformada ha fluido esencialmente intachable, corriendo desde su origen en Zwinglio y Calvino hasta su desembocadura, por decirlo de alguna manera, en Chalmers y Cunningham y Crawford, en Hodge y Thornwell y Shedd.

Heinrich Bullinger
Variedades del calvinismo.
Se ha hecho un intento de distinguir dos tipos de enseñanza reformada desde el principio; uno radical desarrollado bajo la influencia de las enseñanzas peculiares de Calvino y uno denominado de tipo más moderado, propagado principalmente en Alemania, que muestra más bien la influencia de Melanchthon o de Bullinger. Sin embargo, en todo lo que concierne a la esencia del calvinismo no hubo diferencia entre Bullinger y Calvino, Alemania y Suiza; el Catecismo de Heidelberg es sin duda un catecismo no una confesión, pero en sus proposiciones y definiciones es tan puramente calvinista como el catecismo ginebrino o los catecismos de la Asamblea de Westminster. Tampoco quedó la sustancia de la doctrina trastocada por las peculiaridades del método que marcaron tales escuelas y la denominada escolástica (mostrada ya en Zanchius, † 1590 y que culminó en teólogos como Alsted, † 1638 y Voetius, † 1676); ni por los modos especiales de declaración que fueron desarrollados por escuelas tales como la denominada federalista (por ejemplo Cocceius, † 1669, Burman, † 1679, Wittsius, † 1708; cf. Diestel, Studien zur Federaltheologie, en Jahrbücher für deutsche Theologie, 1862, ii; G. Vos, De Verbondsleer in de Gereformeerde Theologie, Grand Rapids, 1891; W. Hastie, The Theology of the Reformed Church, Edimburgo, 1904, páginas 189–210). La primera defección seria de los conceptos fundamentales del sistema reformado vino con el surgimiento del arminianismo en los primeros años del siglo XVII (Arminio, Uytenbogaert, Episcopius, Limborch y Curcellæus), quedando la facción arminiana rápidamente denostada por la condenación de todo el mundo reformado. Los cinco puntos de su protesta contra el sistema calvinista quedaron contestados por la reafirmación de las doctrinas fundamentales de la predestinación absoluta, la redención particular, la total depravación, la gracia irresistible y la perseverancia de los santos (cánones del Sínodo de Dort). La primera modificación importante del sistema calvinista que ha retenido una posición dentro de sus límites se realizó a mediados del siglo XVII por los profesores de la escuela francesa de Saumur, por lo que ha sido llamada saumurianismo, o también amyraldismo o universalismo hipotético (Cameron, † 1625, Amyraut, † 1664, Placæus, † 1655, Testardus, † c. 1650). Esta modificación también recibió la condenación del mundo contemporáneo reformado, con la reafirmación que subraya la importancia de la doctrina de que Cristo verdaderamente salva por su Espíritu a todo aquel por quien él ofrece el sacrificio de su sangre (por ejemplo, la confesión de Westminster y la Forma de Consentimiento suiza).

Supralapsarianismo e infralapsarianismo.
Si por "variedades de calvinismo" se quiere decir algo más que detalles, no hay más que tres que requieren mención: Supralapsarianismo, infralapsarianismo y tal vez lo que puede ser denominado en este aspecto postredencionismo, los cuales parten de un acuerdo fundamental sobre los principios que gobiernan el sistema. Las diferencias entre esas diversas tendencias de pensamiento, dentro de los límites del sistema, abordan el lugar dado por cada una al decreto de elección en el orden lógico de los "decretos de Dios". Los supralapsarios suponen que la elección sustenta el decreto de la caída misma y conciben éste como un medio para llevar a cabo el decreto de la elección. Por otro lado, los infralapsarios consideran que la elección presupone el decreto de la caída y sostienen, por tanto, que en la elección para vida Dios tiene en mente una humanidad que es massa perditionis. La amplitud de la diferencia entre ambas partes es a veces, y de hecho usualmente, grandemente exagerada e incluso por historiadores de reputación que presentan al infralapsarianismo implicando, o al menos permitiendo, la negación de que la caída tuviera algún lugar en el decreto de Dios; como si la elección pudiera ser pospuesta en el ordo decretorum al decreto de la caída, mientras que se duda si hubo algún decreto de caída; o como si de hecho se pudiera sostener que Dios pudo concebir al hombre, en su decreto de elección, como caído, sin por ese mismo acto fijar la caída presupuesta en su eterno decreto. De hecho no hay ni puede haber diferencia entre los calvinistas en cuanto a la inclusión de la caída en el decreto de Dios; dudar de esta inclusión es ponerse en disensión con el principio calvinista fundamental, que concibe todo lo que ocurre teleológicamente y atribuye todo en última instancia a la voluntad de Dios.

Post-redencionismo.
Por tanto incluso los post-redencionistas (es decir los saumurianos o amyraldistas) no encuentran dificultad en este punto. Su particularidad consiste en insistir que la elección tiene en cuenta, en el orden del pensamiento, no meramente el decreto de la caída sino el de la redención también, tomando el término redención aquí en el sentido limitado de la ejecución de la redención por Cristo. Por tanto, ellos suponen que en su decreto de elección Dios concibió al hombre no solamente caído sino ya redimido. Esto supone una doctrina modificada de la expiación, de la cual la facción ha recibido el nombre de universalismo hipotético, al sostener que Cristo murió para hacer satisfacción por los pecados de todos los hombres sin excepción si creen; pero previendo que nadie creería, Dios eligió a algunos para que se les otorgara la fe por la operación eficaz del Espíritu Santo. La posición de los post-redencionistas en el calvinismo histórico está indicada por el tratamiento que se le da en las confesiones históricas. De las "variedades de calvinismo" aquí mencionadas es la única que sido objeto de condenación formal confesional, habiendo siendo condenada en cada importante confesión reformada escrita después de su desarrollo. No hay, ciertamente, confesiones supralapsarias; muchos, de hecho, dejan las cuestiones que dividen al supralapsarianismo y al infralapsarianismo totalmente a un lado y de esta manera evitan pronunciarse por ninguna de ellas y ninguna está polémicamente dirigida contra el supralapsarianismo. Por otro lado, no sólo ninguna confesión cierra la puerta al infralapsarianismo, sino que un considerable número explícitamente lo enseñan, emergiendo de esta manera como la forma típica de calvinismo. A pesar de su condenación formal el post-redencionismo ha permanecido como una forma reconocida de calvinismo, habiendo elaborado una historia propia en las iglesias calvinistas (especialmente en América) que puede tomarse como evidencia de que sus defensores, aunque desviándose, en algunos aspectos importantes, del calvinismo típico, sin embargo han permanecido, en lo principal, fieles a los postulados fundamentales del sistema. Hay otra variedad de post-redencionismo de la que esto difícilmente se puede decir. Esta variedad, que llegó a ser dominante entre las iglesias congregacionales de Nueva Inglaterra hacia el segundo tercio del siglo XIX (por ejemplo N W. Taylor, † 1858; C. G. Finney, † 1875; E. A. Park, † 1900), intentó, según el modo de los "congruistas" de la Iglesia católica, unir una doctrina pelagiana de la voluntad con la doctrina calvinista de la predestinación absoluta. El resultado fue, por supuesto, la destrucción de las doctrinas calvinistas de la "gracia irresistible" y de la "satisfacción de Cristo", siendo desplazadas en favor de la teoría de Grocio de la expiación gubernamental, quedando poco de calvinismo salvo la mera doctrina de la predestinación. Tal vez no es extraño, por tanto, que este "calvinismo mejorado" se ha desmoronado y dado lugar a nuevas y explícitamente anti-calvinistas tendencias de doctrina.

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