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Daniel

TABLA CRONOLÓGICA
Fecha a. C. Hebreos Babilonios Persas Griegos Romanos
600 1ª Deportación a Babilonia Nabucodonosor II
Daniel en la corte
Civilización etrusca
598 2ª Deportación a Babilonia Solón
587 3ª Deportación a Babilonia
538 Caída de Babilonia Ciro
522-486 Darío I
Daniel en la corte
Guerras persas República romana (509)

Daniel en el foso de los leones (Briton Riviere)Daniel está colocado en la Biblia cristiana entre los profetas, pero en la Biblia hebrea está puesto entre los escritos, en la sección que tiene libros tan dispares en estilo como Salmos, Job o Crónicas. Habría que preguntarse cuál es el motivo por el que no pusieron los judíos este libro entre los profetas. Aunque en realidad la pregunta sería por qué fue puesto en la Biblia cristiana entre los profetas. La esencia del ministerio profético no es la predicción sobre acontecimientos futuros en sí, sino la predicación del mensaje de Dios; la respuesta a ese mensaje es lo que determina cuál será el futuro del individuo o de la nación a la cual va dirigido, dando pie al profeta a anunciar la calamidad o la bendición que resultará como consecuencia. Pero Daniel no predica un mensaje en el que presenta dos alternativas posibles de respuesta, sino que transmite el majestuoso plan que Dios ha concebido para hacer su voluntad en esta tierra, a pesar de todas las fuerzas que se le opongan. Un plan que le es revelado en forma de sueños y visiones. En su forma y contenido Daniel tiene un paralelismo con Apocalipsis en el Nuevo Testamento.

El libro lleva el nombre de su personaje principal, Daniel, quien fue uno de los desterrados en la primera deportación que llevó a cabo Nabucodonosor. Este libro fue escrito en hebreo (1:1–2:4a y 8:1–12:13) y en arameo (2:4b–7:28), lengua emparentada con la primera y que fue durante un tiempo la lengua internacional de Oriente Medio. Hay cuatro reyes mencionados en este libro: Nabucodonosor (capítulos 2, 3 y 4), Belsasar (capítulos 5, 7 y 8), Darío (capítulos 6 y 9) y Ciro (capítulos 10, 11 y 12). Los dos primeros eran babilonios, los dos últimos persas.

La gran lección de este libro es la soberanía de Dios sobre los reinos de este mundo. De hecho, Altísimo es la designación frecuente para Dios en este libro (3:26; 4:2,17,24,25,34; 5:18,21; 7:18,22,25,27). Ya en el mismo comienzo del libro se hace notar que la caída de Joacim en manos de Nabucodonosor se debe a que Dios (el Señor) lo ha entregado en sus manos (1:2). Por tanto, por encima del rey de Babilonia hay otro Rey, que le entrega al rey de Judá. Dios no sólo es el Señor de una pequeña nación, Israel, que está bajo el dominio de grandes fuerzas militares y políticas, sino que es el Señor de esas mismas fuerzas y también de sus magnates. En realidad él es Señor de la Historia, ya que traza su designio y la lleva a una culminación que ha planeado de antemano. Frente a los reinos de este mundo surge el reino de Dios, que sin ser imponente como ellos en su origen y apariencia, acaba destruyéndolos y convirtiéndose en el único reino universal y definitivo. Pero esa superioridad no sólo se manifiesta al final de los tiempos, sino que en el transcurso de la vida de Daniel también se manifiesta, a pesar del cautiverio, pues Daniel mismo es superior a todos los magos y astrólogos de Babilonia (1:10), destacándose especialmente en las confesiones de Nabucodonosor (2:47; 3:28-29; 4:2-3,34,37) y Darío (6:26), que ensalzan al Dios de Daniel.

Una constante en el libro de Daniel es la hostilidad contra Dios y su pueblo por mano de poderosas fuerzas enemigas, destacando en varios capítulos la acción de un siniestro personaje que procura destruir la adoración de Dios y a su pueblo (7:25; 8:24; 9:27; 11:28), personaje que prefigura al Anticristo del Nuevo Testamento.

El capítulo 1 retrata el carácter moral y espiritual de Daniel y su introducción en la corte. Ahí destaca la fidelidad a Dios del joven Daniel en un entorno pagano, fidelidad en la que perseverará a lo largo de su vida. El intento de paganizar a este joven y a sus tres compañeros de cautiverio se aprecia en su cambio de nombres; sus nombres originales llevan todos la partícula teofórica (El o Yah) que hace referencia a Dios, pero los nuevos nombres que les son impuestos son todos nombres de divinidades babilónicas (1:7). No obstante, estos muchachos no permitirán que se les cambie su identidad esencial, aunque se les hayan cambiado sus nombres. En el caso de Daniel se compatibilizan dos papeles que parecen incompatibles, como son ser un hombre de Dios y ser un hombre de Estado. Pero cuando surge el conflicto entre la lealtad a Dios y la lealtad al Estado, Daniel no duda en cuál es la lealtad que ha de prevalecer en su corazón, aunque le cueste pagar un alto precio. En ese conflicto se verá envuelto tanto bajo el intransigente poder babilónico como bajo el tolerante poder persa.

El capítulo 2 presenta la primera ocasión en la que Daniel muestra su superioridad sobre todos los magos y astrólogos de Babilonia, al ser capaz, por revelación de Dios, de dar no sólo la interpretación del sueño de Nabucodonosor sino el sueño mismo. La impotencia de los magos de Babilonia (2:10) se mostrará en dos ocasiones más (4:7; 5:8).

Sobre la identificación de los cuatro reinos mencionados en el sueño ha habido varias interpretaciones, siendo la más plausible la interpretación 3:

Los cuatro reinos del sueño de Nabucodonosor
Reinos Interpretación 1 Interpretación 2 Interpretación 3
Cabeza de oro
Pecho y brazos de plata
Vientre y muslos de bronce
Piernas de hierro; pies de hierro y barro
Babilonia
Media-Persia
Grecia
Diadocos
Babilonia
Media
Persia
Grecia
Babilonia
Media-Persia
Grecia
Roma

En cualquier caso es el quinto reino, el reino de Dios, el que destruirá y sustituirá a los cuatro, permaneciendo para siempre; partiendo de unos orígenes insignificantes alcanzará la hegemonía total (2:44). Mientras que los reinos terrenales van de más a menos, de oro a barro, el reino celestial va de menos a más, de piedra a monte. Hay un marcado contraste entre los cuatro reinos representados por la imagen y el reino de Dios en cuanto a su origen, siendo los primeros humanos y el segundo divino, en cuanto a su duración, siendo los primeros terrenales y el segundo eterno, y en cuanto a su poder, siendo los primeros conquistables y el segundo inconquistable.

En el capítulo 3 Nabucodonosor levanta una estatua de oro en el campo de Dura y exige que todos sus súbditos, bajo pena de muerte, la adoren. Ciertos caldeos informan al rey que Sadrac, Mesac y Abed-nego no han adorado la estatua de oro. Nabucodonosor ordena que traigan a los acusados ante él y pregunta si la acusación es verdadera. A continuación repite su edicto, ante lo cual contestan que su confianza está en Dios, sea que los libre del horno o no (3:17-18). Con gran enojo el rey ordena que se caliente el horno siete veces más de lo acostumbrado y que se lance a los tres al fuego. Se obedece este mandato. Pero dentro del horno el rey los contempla sin daño alguno y acompañados por un cuarto personaje. Por tanto ordena que salgan y bendice a Dios.

Todo el capítulo 4 es un documento escrito por Nabucodonosor y en ese sentido difiere de los restantes capítulos. En el mismo el rey refiere el sueño que ha tenido sobre un gran árbol que es derribado, mandando, al despertar, traer a sus sabios quienes no encuentran la interpretación. Se trae a Daniel y la declara. La sentencia del sueño se cumple cuando el rey proclama su propia gloria (4:30) y durante un tiempo pierde la razón. Al recuperarse, alaba al Dios de Daniel, como ya hizo al principio del relato. Mientras en el capítulo 2 este rey proclama a Dios como revelador de los misterios (2:47), en este capítulo 4 declara su omnipotencia (4:35).

En el capítulo 5 Belsasar efectúa una gran fiesta para la que usa utensilios del templo de Jerusalén en honor de sus dioses, en el curso de la cual aparece una escritura sobre la pared del palacio. Daniel interpreta la escritura que es la sentencia de la caída de Belsasar. La razón de esa caída es el pecado de soberbia del rey (5:23), semejante al que cometió Nabucodonosor, pero a diferencia de éste no se humilla ante Dios. La declaración se cumple y Belsasar muere, derrumbándose el poder babilónico y ocupando su lugar el poder medo. Ese derrumbe súbito del poder, hasta entonces hegemónico, supone un gozne histórico de consecuencias de largo alcance.

En el capítulo 6 Darío el medo ocupa el trono después de Belsasar. Incitado a actuar por ciertos rivales celosos de Daniel que le acusan de violar la ley, le condena a ser arrojado en un foso de leones, del cual es milagrosamente librado. Darío alaba al Dios de Daniel. El capítulo muestra que aquella integridad juvenil que tuvo Daniel se mantiene intacta en su ancianidad. Una integridad en la administración de los asuntos terrenales que incluso sus adversarios han de admitir, integridad que volverá a demostrar también cuando se le someta a la disyuntiva de elegir entre su fidelidad al Estado y su fidelidad a Dios. Es destacable que la misma trama de sus enemigos revela que éstos reconocen la fidelidad de Daniel a sus principios, fidelidad que facilitará su deseo de destruirlo. Hubiera sido sencillo para Daniel pasar por alto durante treinta días, lapso de tiempo del edicto, su adoración a Dios o hacerla en secreto, pero mantendrá incólume su costumbre durante ese tiempo de hacerlo con las ventanas abiertas hacia Jerusalén, igual que antes.

El capítulo 7 se puede dividir en dos secciones; en la primera (7:1-14) se describe la visión y en la segunda (7:15-28) la interpretación. Las cuatro bestias representan las cuatro fuerzas del sueño del capítulo 2, si bien la descripción de la cuarta bestia se amplía. La interpretación clásica de estas cuatro bestias es la siguiente: El león representa a Babilonia, el oso a Media-Persia, el leopardo a Grecia y la bestia espantosa a Roma. En Apocalipsis 13:2 hay una evocación de las cuatro bestias de Daniel 7, que quedan reflejadas en una sola. En este capítulo de Daniel también es posible discernir la naturaleza abiertamente hostil a Dios del cuarto reino (7:25), lo que prepara el escenario para el personaje blasfemo de 11:36, quien es descrito en 2 Tesalonicenses 2:4 y Apocalipsis 13:6-7. Aquí también, como en el capítulo 2, se decreta una sentencia de condenación sobre estos reinos y al mismo tiempo el establecimiento del reino de Dios, otorgado a un hombre. Es decir, hay un contraste entre la naturaleza terrenal y animal de los cuatro reinos y la naturaleza celestial y humana del reino de Dios, único reino con legitimidad intrínseca. El relato de la sentencia está descrito en términos judiciales, pues el Anciano de días de 7:9 es el Juez de 7:10, que emitirá veredicto de acuerdo a lo escrito en los libros, es decir, de acuerdo a los hechos. A la escena de 7:13 aludirá Jesús ante la pregunta del sumo sacerdote que le conmina a que declare su identidad (Mateo 26:63-64). El reino del que el hombre celestial se hace cargo es poderoso, glorioso, universal y eterno (7:14). En la interpretación de la visión ese reino es compartido por el pueblo de Dios (7:27).

En el capítulo 8 Daniel tiene una visión de un carnero y un macho cabrío. La interpretación que el mismo texto proporciona (8:20-21) es que el imperio medo-persa (el carnero) será vencido por Grecia (el macho cabrío), lo cual señala a la victoria de Alejandro Magno sobre Darío (a quien no hay que confundir con Darío el medo del capítulo 6) en Isos (333 a. C.). Cuando Alejandro muere en el apogeo de su poder (8:8), se divide el reino, hecho que está representado por los cuatro cuernos. De uno de estos cuatro proviene un pequeño cuerno. Este cuerno (Antíoco Epífanes) se hace grande y persigue al pueblo de Dios (8:11-12). Finalmente Antíoco es destruido. Este personaje y la revuelta judía que provocan sus medidas es el núcleo del relato del libro primero de Macabeos. Si la visión del capítulo 7 dejó a Daniel perturbado (7:28), la de este capítulo lo deja enfermo (8:27).

Mapa de las conquistas de Alejandro Magno

En el capítulo 9 Daniel considera la profecía de Jeremías acerca de los 70 años de exilio (Jeremías 29:10) y ora a Dios, confesando sus pecados y los de su pueblo. Gabriel contesta la oración de Daniel, con la profecía de las setenta semanas (9:24). Se describe esta obra mesiánica en términos tanto positivos como negativos; negativos al acabar de expiar el pecado; positivos al traer justicia eterna. Las setenta semanas (de años) se dividen en tres periodos, un primero de siete semanas, un segundo de sesenta y dos semanas y un tercero de una semana. Las primeras siete semanas abarcan desde el primer año de Ciro al tiempo de Esdras y Nehemías, las sesenta y dos semanas desde esa época hasta la venida de Cristo y la última semana es el tiempo final de la apostasía y del dominio del gobernante opuesto a Dios, tiempo cuya fecha no sabemos.

En los capítulos 10 y 11 se revela un mensaje a Daniel, donde se describen las guerras entre los reyes de Egipto (Ptolomeos) y los de Siria (Seléucidas). Se anuncia el levantamiento de Antíoco Epífanes al poder (11:21-24), sus campañas contra Egipto (11:25-29) y su severa persecución contra el pueblo de Dios (11:30-35). Luego se describe su aniquilación. Este personaje es figura del Anticristo.

El capítulo 12 es un anuncio de la resurrección general con la remuneración adecuada a cada uno. Se trata del más claro anuncio en el Antiguo Testamento sobre la resurrección.

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