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1 y 2 Crónicas
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Crónicas
El rey Salomón en su trono
Ilustración para la traducción de la Biblia de Lutero, 1534, folio 111
En la Biblia hebrea los dos libros de Crónicas llevan el título de "las palabras de los días" (divere hayyamim), estando puestos no detrás de los de Reyes, como en la Septuaginta y las Biblias cristianas, sino en la sección de los escritos (ketuvím), cerrando el Antiguo Testamento. La Septuaginta los llamó Paraleipomena, esto es, que refieren cosas omitidas. Jerónimo, en la Vulgata, tradujo el título hebreo como verba dierum ("palabras de los días") y sugirió que los libros podrían llamarse en una forma más significativa una crónica de toda la historia divina (chronicon totius divinæ historiæ). Dice que popularmente se les designó con el nombre de Paralipomenon primus et secundus (Prologus Galeatus, PL, xxviii, col. 554). Puede decirse que los libros de Crónicas junto con los de Esdras y Nehemías forman una unidad, como se aprecia porque el final de Crónicas es el principio de Esdras y por los temas destacados que esos libros comparten. También se demuestra esa unidad porque la genealogía de 1 Crónicas 9 es la de los regresados del exilio que moraron en Jerusalén, la cual está en Nehemías 11:1-24, lo que indica que el autor de Crónicas conocía la lista de Nehemías. Es más, el autor de Crónicas registra nombres que llegan hasta el tiempo de Nehemías (1 Crónicas 3:15-24).

Los dos libros de Crónicas pueden dividirse fácilmente en las siguientes partes:

  1. Material genealógico (1 Crónicas 1:1-9:44).
  2. Reinado de David (1 Crónicas 10:1-29:30).
  3. Reinado de Salomón (2 Crónicas 1:1-9:31).
  4. Reinados posteriores hasta la caída del reino (2 Crónicas 10:1-36:23).

Una idea principal en estos libros, al igual que en su continuación en Esdras y Nehemías, es la de legitimidad. De ahí la importancia que se da a las genealogías, que certifican que los incluidos en las mismas son depositarios legítimos de las promesas asociadas a su linaje, como es el israelita, el sacerdotal y el real. La falta de demostración genealógica es causa de exclusión, como se aprecia en Esdras 2:59,62 y Nehemías 7:64. Dentro de la larga lista de nombres hay eslabones de importancia particular, porque determinan la dirección de la lista en una línea concreta, frente a otras posibles opciones, siendo los nombres de Sem (1 Crónicas 1:24), Abraham (1:28) e Israel (2:1) claves en esa concreción. Destacable es que la primera tribu mencionada sea la de Judá (2:3), la tribu real, y no la de Rubén. Que las genealogías retrocedan hasta Adán, el primer hombre, muestran que no estamos en el terreno del mito ni de lo legendario, sino en el de la Historia, en marcado contraste con los relatos nacionales procedentes de otros pueblos, donde se mezclan, a medida que se retrocede en el tiempo, los personajes de carne y hueso con otros inventados, fruto de la fantasía. Crónicas es historia. Pero una historia que está ligada, para que se efectúe el propósito de Dios, a un determinado linaje.

Hasta para un lector superficial es detectable a primera vista que hay una gran similitud entre los libros de Crónicas y los de Reyes. Pero al mismo tiempo también es detectable que hay diferencias entre ellos. La más palpable es que mientras Reyes se ocupa de los dos reinos surgidos de la escisión de la nación, Crónicas sólo se ocupa del reino del sur, el de Judá. La razón de ello es que la legitimidad está de parte de ese reino, pues sus reyes eran descendientes de David y por tanto depositarios de la promesa que Dios le hiciera (1 Crónicas 17:11-14), mientras que los reyes del reino de las diez tribus no lo eran.

Otra característica peculiar de los libros de Crónicas es su interés en todo lo referente al templo y al culto que allí se realizaba. Por tanto, se puede afirmar que el trono y el templo son los dos grandes raíles sobre los que corre el mensaje de Crónicas.

El reinado de David, aparte del relato de sus victorias militares (18-19), se centra en el traslado del arca (15-16), en el pacto de Dios con él (17), en los preparativos para el templo (22) y en la organización de los levitas, sacerdotes, cantores y porteros (23-26). Es decir, todo lo relativo al culto está minuciosamente organizado, siendo este orden establecido durante el reinado de David el prototipo ideal. El capítulo 27 muestra la organización militar, económica y administrativa del reino. Los dos capítulos finales (28-29) se ocupan de la sucesión en el trono en favor de Salomón, con el énfasis puesto en la edificación del templo.

El reinado de Salomón tiene como núcleo principal de su actividad la edificación del templo y su dedicación a Dios (2-7). Los preparativos, especificados en 2 Crónicas 2, suponen la movilización de grandes recursos humanos (2:2,17-18), todos ellos extranjeros. Las cifras que se manejan dan una idea del coste, suntuosidad y grandiosidad de la obra (2:10; 4:18). Al igual que ocurriera en la dedicación del tabernáculo (Éxodo 40:34-35), que la presencia de Dios llenó el recinto y nadie podía estar en el mismo, así ocurrió en la dedicación del templo (2 Crónicas 5:14; 7:2) y del mismo modo que el culto en el tabernáculo se inició con fuego procedente de Dios (Levítico 9:24), así ocurrió en el templo (2 Crónicas 7:1). De hecho, la misma frase sobre la plenitud de la gloria de Dios se usa en ambas ocasiones, lo cual indica que de la misma manera que el tabernáculo fue la voluntad perfecta de Dios igualmente lo fue el templo, pues uno y otro eran en definitiva la expresión del deseo de Dios de morar en medio de su pueblo. No obstante, eso no significa que dicha presencia esté garantizada incondicionalmente, ni que el templo sea un talismán protector en sí mismo, sino que dicha presencia está sujeta al arrepentimiento (2 Crónicas 7:14) y la obediencia; de lo contrario las consecuencias serán caras (7:19-22).

Dos omisiones notorias en Crónicas son las caídas de David y Salomón, que los libros de Samuel y Reyes describen con todo detalle (2 Samuel 11; 1 Reyes 11) y todo el peso por la división del reino se pone en Crónicas en la insensata actitud de Roboam (2 Crónicas 10), no en la apostasía de Salomón. No obstante, se constata el pecado de David por el censo (1 Crónicas 21), que servirá, tras el apaciguamiento de Dios, para señalar el lugar del templo (22:1), el monte Moriah (2 Crónicas 3:1), el mismo lugar en el que Abraham fue a sacrificar a Isaac (Génesis 22:2).

Mapa del ataque de Senaquerib
Mapa del ataque de Senaquerib

Además de David y Salomón, de entre la lista de reyes, Crónicas da importancia destacada a los reinados de Ezequías y Josías por una razón: Ambos se ocuparon con mucha intensidad del templo y el culto que allí se celebraba. Las reformas de Ezequías ocupan tres capítulos (29-31) y las de Josías dos (34-35), por lo que la actividad de ambos reyes se ciñe casi exclusivamente al templo en Crónicas. Es llamativo el caso de Josafat, en quien por un lado destaca su piedad personal y las reformas en la buena dirección que emprendió (2 Crónicas 17:6-9) y por otro la alianza familiar que estableció con la casa de Acab, al casar a su hijo con la hija de Acab (18:1), lo cual no sólo le va a suponer mezclarse personalmente en asuntos turbios (19:2; 20:35), sino que esa alianza va a poner en peligro su propia dinastía (22:10).

Otros reyes de los cuales es posible extraer granes lecciones son Asa, con una primera y larga etapa brillante en su reinado (14-15) y otra corta y final pero decadente (16), lo que muestra la importancia de perseverar hasta el fin, no solamente un tiempo. Joram (21) es la prueba de que no basta con ser hijo de un hombre de Dios (Josafat) para serlo él mismo y mucho menos si el cónyuge es Atalía, la hija de Acab (21:6). Que la providencia milagrosa y soberana de Dios está vigente en todo momento, también en los de mayor oscuridad, se aprecia en que cuando todo parece indicar que la dinastía de David está abocada a la desaparición (22:10), Dios usa instrumentos inesperados para preservarla (22:11), garantizando así sus planes. Joás, el niño-rey que se salvó del exterminio, muestra la ingratitud del corazón humano, no sólo hacia Dios sino también hacia su tutor (24:20-22). Con Amasías se aprende cómo es posible obtener una gran victoria (25:11) sin necesidad de recurrir a ayudas espurias (25:6-7) y al mismo tiempo sucumbir ante lo que ha sido derrotado (25:14). La vida de Uzías enseña que en el apogeo de la fuerza puede esconderse el mayor peligro (26:16). Acaz, nieto de Uzías, se descarrió por las abominables sendas de los cananeos (28:3), siendo traicionado por los mismos a quienes había pedido ayuda (28:16,20-21) y recurriendo a dioses que le habían arruinado (28:23). Manasés es el rey, hijo de Ezequías, que lleva la iniquidad a su grado más extremo en Judá (33:2-7), aumentando la provocación hasta el máximo. Sin embargo, este mismo hombre experimentará un cambio radical por el arrepentimiento (33:12), habiendo, por tanto, dos claras etapas en su vida. Manasés es la demostración de que incluso para el más notorio pecador puede haber remedio a través de la humillación ante Dios. Amón seguirá en los caminos primeros que anduvo su padre Manasés, pero no en los segundos (33:22-23). Mientras que Josías será un ejemplo de rectitud y obediencia (34-35).

Los reyes de Judá son la prueba de que la responsabilidad es personal de cada cual, pues de la misma manera que de un tronco piadoso (Josafat) puede salir un vástago impío (Joram), también puede ocurrir lo contrario, que de un tronco impío (Acaz) salga un vástago piadoso (Ezequías) y de éste uno malvado (Manasés) que puede cambiar a justo. Y de nuevo, de un ejemplo justo (Manasés) un hijo perverso (Amón), el cual puede tener un hijo ejemplar (Josías), quien, a su vez, tuvo una descendencia maligna (Joacaz, Joacim, Joaquín y Sedequías).

A partir de la muerte de Josías se produce un hecho significativo: El reino se convierte en vasallo o bien de Egipto (2 Crónicas 36:3) o bien de Babilonia (36:6), comenzando un prolongado periodo de varios siglos en el que la nación pierde su independencia nacional y está sujeta a la voluntad de las potencias dominantes en cada momento. Ese nuevo escenario requerirá un aprendizaje para saber ser fieles a Dios bajo un poder pagano. Pero también servirá para comprobar que por encima de los poderes paganos sigue intacto el poder de Dios.

Crónicas nos presenta el mismo mensaje de retribución que Reyes. Es decir, la victoria y prosperidad están en función de la obediencia a Dios, mientras que la derrota y decadencia están en función de la desobediencia (1 Crónicas 5:25-26; 10:13-14; 18:6,13; 21:7; 2 Crónicas 14:11-12; 16:9; 24:24; 25:20,27; 26:5,19; 27:6; 28:4-6,19; 31:21). Por tanto, las advertencias de Deuteronomio también están patentes aquí.

Gran lección en estos libros supone el hecho de que aunque el trono terrenal pueda estar en decadencia en ciertos momentos, por los pecados manifiestos de ciertos reyes, el trono celestial no sufre merma por ello. Y la prueba está en que es Dios quien levanta determinados instrumentos para ejecutar su castigo (2 Crónicas 12:5; 21:16; 22:7; 28:5; 33:11; 36:17), algo que ya se constató en el periodo de Jueces, lo cual significa que si bien la nación puede estar al borde del colapso o en el colapso mismo, la soberanía de Dios permanece intacta, pues es él quien sigue dirigiendo el curso de los acontecimientos. En esa soberanía, precisamente, descansa la esperanza con la que termina el libro, ya que el decreto de Ciro obedece al impulso de Dios (2 Crónicas 36:22-23).

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