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RENATA DE FERRARA (1510-1575)
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Renata de Ferrara (Renée de Francia) nació en Blois el 25 de octubre de 1510 y murió en Montargis el 12 de junio de 1575.

Renata de Ferrara
Era hija del rey Luis XII de Francia y esposa de Hércules II, duque de Ferrara. Habiendo quedado huérfana a temprana edad fue criada por la devota Madame de Soubise. Se casó en abril de 1528 y recibió de Francisco I una amplia dote y anualidad. La corte que congregó a su alrededor en Ferrara se correspondía con la tradición que cultivaba la ciencia y el arte, incluyendo a eruditos como Bernardo Tasso y Fulvio Pellegrini. Su primera hija, Ana, nació en 1531, dando a luz después a Alfonso en 1533, Lucrecia en 1535 y Eleonora y Luigi, cuya educación dirigió personalmente. En 1534 murió el anciano duque y Hércules le sucedió en el trono. Apenas había hecho su juramento de lealtad al papa, cuando se volvió contra los franceses en su propia corte. Tanto su número como su influencia le desagradaban, además de encontrarlos demasiado caros, de manera que por medios directos e indirectos procuró su dimisión, incluyendo al poeta Clément Marot. Mientras la curia presionaba al duque para que expulsara a los franceses que eran sospechosos de herejía, Juan Calvino llegó a Ferrara, viaje que debe haber sucedido entre marzo y abril de 1536. Calvino pasó varias semanas en la corte de Renata, aunque la persecución ya había comenzado, siendo hechos prisioneros y juzgados un miembro del coro de nombre Jehannet, otro de nombre Cornillan y ayudantes de la duquesa, junto a un clérigo de Tournay, Bouchefort. En un 'hombre pequeño de estatura' a quien la Inquisición consideró sospechoso, si bien pudo escapar, hay que reconocer no a Calvino sino a Clément Marot.

Renata no sólo mantenía correspondencia con varios protestantes en el exterior, con simpatías intelectuales como Vergerio, Camillo Renato, Giulio di Milano y Francisco Dryander, sino que en dos o tres ocasiones, hacia 1550 o más tarde, participó de la Cena al modo evangélico, junto con sus hijas y otros. Mientras tanto, a pesar del esplendor externo su vida se tornaba infeliz. Los últimos de sus huéspedes franceses, la hija y el yerno de Madame de Soubise de Pons, habían sido obligados, por imposición del duque, en 1543, a dejar la corte. El impulso de la Contrarreforma, que había estado operativa en Roma desde 1542, llevó a una introducción de un tribunal especial inquisidor en Ferrara en 1545, decretándose por su medio en 1550 y 1551 sentencias de muerte contra simpatizantes evangélicos (Fannio de Faenza y Giorgio de Sicilia), siendo ejecutados por el brazo secular. Finalmente, el duque Hércules interpuso acusación contra Renata ante el rey Enrique II de Francia; mediante el inquisidor Oriz, a quien el rey encargó de este asunto, Renata fue arrestada como hereje, siendo confiscadas todas sus posesiones a menos que se retractara. Ella se sometió y confesó el 23 de septiembre de 1554, recibiendo la comunión en misa. 'Qué raro es un ejemplo de firmeza entre los aristócratas', escribió Calvino a Farel con fecha de 2 de febrero de 1555.

El deseo de Renata de regresar a su hogar no fue satisfecho hasta un año después de la muerte de su marido, el 3 de octubre de 1559. En Francia halló a su yerno, Francisco de Guisa, a la cabeza de la facción católica, si bien su poder fue quebrado a la muerte de Francisco II, en diciembre de 1560, de forma que Renata pudo no solo proporcionar adoración evangélica en su propiedad, Montargis, contratando un predicador solicitado a Calvino, sino que también benefició a los evangélicos de las inmediaciones. De hecho, hizo de su castillo un refugio, donde su yerno encendió una vez más la antorcha de la guerra. Esta vez su conducta se ganó la alabanza de Calvino (10 de marzo de 1563), siendo una de las figuras recurrentes en su correspondencia de ese periodo; Calvino repetidamente muestra su reconocimiento por la intervención a favor de la causa evangélica y uno de sus últimos escritos en lengua francesa, despachado en su lecho de muerte (4 de abril de 1564), va dirigido a ella. Aunque Renata no fue importunada en la segunda guerra de religión (1567), en la tercera (1568-70) su castillo ya no fue respetado como lugar de asilo. Por otro lado, pudo rescatar a varios protestantes de la Matanza de San Bartolomé, cuando estaba en París. Permaneció inamovible todo ese tiempo, aunque Catalina de Médicis quería que se retractara, muriendo en la fe evangélica.

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