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El conocimiento de Elisabet
Wenceslao Calvo (17-01-2018)
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El conocimiento de Elisabet

Se conoce con el nombre de epistemología la ciencia que estudia el conocimiento humano, especialmente el modo como se obtiene. Una enseñanza al respecto es que ya venimos a este mundo con una serie de ideas innatas plantadas en nuestra mente, que son las grandes nociones que mueven al ser humano, referentes a la religión y la moral. De ese modo la idea de Dios sería una idea innata, como también la idea del bien y del mal. Esta clase de postura se conoce con el nombre de idealismo y el filósofo griego Platón (c. 427-347)​​ fue su expositor principal, al afirmar que hay una serie de ideas inmutables eternas que forman la base y trasfondo del siempre cambiante mundo de los fenómenos.

Pero al revés que Platón, el filósofo escocés David Hume (1711-1776) enseñó que el conocimiento lo adquirimos a través de nuestras percepciones, que se dividen en sensaciones y reflexiones. Así que, lejos de que existan ideas innatas, todo el material para nuestras ideas surge de nuestras impresiones, según Hume.

Pero cuando aplicamos estos dos sistemas contrapuestos para que expliquen un determinado tipo de conocimiento, vemos que ambos hacen agua y no son capaces de darnos una solución. Por lo cual hay que concluir que existe otra vía por la cual recibimos conocimiento, que no es ni la de las ideas innatas ni la de las impresiones.

Ese tipo de conocimiento, no a posteriori sino a priori, no por pruebas sino sin pruebas, no por percepciones sino sin percepciones, es un conocimiento especial.

Al abrir el evangelio de Lucas nos encontramos con una serie de personajes que supieron cosas que el resto de la gente no supo, siendo el suyo un conocimiento que el futuro inmediato confirmaría como verdadero. Dicho conocimiento tenía que ver con la identidad del niño que estaba por nacer o que acababa de nacer.

Uno de tales personajes fue Elisabet, la que sería madre de Juan el Bautista, quien en su sexto mes de gestación recibió la visita de su prima María, quien acababa de concebir y cuyo embarazo no era conocido de nadie todavía. Lo sorprendente es que Elisabet no sólo supo que María estaba en estado sino que también supo quién era la criatura que traía en su seno. ¿De dónde obtuvo Elisabet ese conocimiento especial? ¿De las ideas innatas? Evidentemente no, porque si así hubiera sido todos los demás habrían llegado a la misma conclusión que ella. Pero no fue así. ¿O tal vez obtuvo ese conocimiento de su percepción y reflexión? Pero si no se percibía el embarazo de María ¿cómo iba a reflexionar sobre algo que no era evidente a los sentidos?  Y en el caso de que hubiera sido perceptible ese embarazo ¿de dónde le vino el conocimiento sobre la identidad del que estaba por nacer? Por mucho que hubiera reflexionado, todo lo más a que podría haber llegado es que alguien iba a nacer. Pero no sólo supo el sexo de la criatura sino también quién era. La declaración de Elisabet no deja dudas, al llamar a María ‘la madre de mi Señor.’

¿Fue verdadero su conocimiento o fue una elucubración que resultó ser falsa? Ciertamente Elisabet dio en la diana. Y acertó plenamente no por una afortunada probabilidad entre mil millones de probabilidades, sino por un conocimiento infalible, conocimiento que le vino por el Espíritu Santo. Los racionalistas, que todo lo reducen al conocimiento que la inteligencia humana puede conseguir por sí misma, se burlarán de la afirmación; pero el caso es que tienen que admitir, a su pesar, que por la propia inteligencia de Elisabet ella jamás habría sabido lo que estaba oculto. Luego es lógico reconocer que hay otra fuente de conocimiento distinta a la inteligencia natural y distinta a las ideas innatas.

Cuando Jesús fue adulto e hizo milagros y portentos sobrenaturales, no tendría que haber resultado difícil llegar a la conclusión, por reflexión basada en las impresiones recibidas, de que era una persona especial; pero el caso es que incluso con esas facilidades, hubo quienes no estuvieron dispuestos a admitir dicha conclusión. Lo cual es una señal evidente de que la inteligencia humana puede no ser el órgano infalible con el cual llegamos a alcanzar el conocimiento de las cosas, porque aun con todas las ventajas y evidencias innegables, niega lo que es manifiesto. Eso quiere decir que tenemos un grave problema que afecta a nuestra inteligencia y que falsea sus deducciones.

Pero Elisabet no necesitó ver ni percibir hechos extraordinarios, que le hubieran ayudado a saber a ciencia cierta quién era el que estaba por nacer. Ese tipo de conocimiento, no a posteriori sino a priori, no por pruebas sino sin pruebas, no por percepciones sino sin percepciones, es un conocimiento especial, al que Jesús aludió cuando dijo: ‘Escondiste estas cosas de los sabios y entendidos y las revelaste a los niños.’[i] Los sabios y entendidos son los que consideran que les basta y sobra su inteligencia y que no necesitan de ninguna otra. Son los sabios en su propia opinión. Pero los niños son los que reconociendo la limitación de su conocimiento y desconfiando del mismo, reciben el que les viene de Dios. Un conocimiento que otorga salvación.

[i] Mateo 11:25

Otros artículos de esta serie:
(3) El oráculo de Simeón
(2) La conclusión de los pastores

Cuadro: La visitación de Rafael

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