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¿Nadie pierde nada?
Wenceslao Calvo (05-07-2017)
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¿Nadie pierde nada?

El día de la aprobación del matrimonio homosexual en Alemania el pasado 30 de junio uno de sus promotores manifestó exultantemente su alegría en el Bundestag tras la votación, esgrimiendo a continuación el siguiente argumento tranquilizador: 'Nadie pierde nada, a nadie se le arrebata nada.' La frase no era suya, pero se ha convertido en uno de los lemas de los defensores de esa clase de unión. La expresión parece contundente, porque a primera vista esa legalización no supone ninguna merma para el matrimonio heterosexual, que sigue siendo reconocido como siempre y por lo tanto nadie puede sentirse lesionado ni perjudicado en sus derechos. Estaríamos, pues, ante un acto totalmente inocuo para lo que ya existía y totalmente ventajoso para lo que ahora comienza a existir. Todo son beneficios. Adelante, pues, con el proyecto.

Pero las cosas no son lo que parecen y la falacia del argumento es fácil de desmontar, porque ¿cómo no va a perder lo genuino cuando es equiparado con lo sucedáneo? El celo que cualquier empresa muestra por el producto que fabrica se aprecia en la denuncia inmediata que presenta contra toda imitación de su producto. De China y otras partes nos llueven artículos que son muy parecidos a las marcas originales y en algunos casos sólo avezados expertos pueden discernir la diferencia entre lo original y lo falso. ¿Podrán los falsificadores argumentar ante el tribunal que los juzga por estafa que 'nadie pierde nada, a nadie se le arrebata nada' por lo que están haciendo? Hasta podrían añadir que lo que hacen es muy beneficioso, porque ponen al alcance de muchos algo que está bajo las posibilidades de muy pocos, cuando se trata de marcas de lujo. Y su falsificación hasta proporciona trabajo a gente que de otra manera no lo tendría. ¿Habrá alguna marca original que se quede contenta con el argumento de que 'nadie pierde nada'? Pierde la marca, pierde su prestigio, pierde su autenticidad, pierde su categoría. Porque se equipara lo falso con lo verdadero.

Si me dedico a fabricar una bebida por mi cuenta y la comercializo con el nombre de Champagne ¿se quedarán contentos los franceses con mi iniciativa? Yo también podría argumentar que 'nadie pierde nada, a nadie se le arrebata nada', pero no estoy seguro que ellos estuvieran de acuerdo con el razonamiento. Por la sencilla razón de que una cosa es el champagne y otra mi bebida. Y ambas cosas no deben ser confundidas, porque los consumidores serían engañados.

Si monto un taller y me pongo a fabricar billetes de 50 y 100 euros, cuando me detengan ¿podré emplear como defensa que 'nadie pierde nada, a nadie se le arrebata nada'? Solamente estoy intentando igualar mis billetes con los de curso legal, ¿qué hay de malo en eso? Es cuestión, simplemente, de que así como se han legalizado los originales también se legalicen los míos. Y todos contentos. Pero tampoco estoy seguro de que el Banco de España y el Banco Central Europeo estuvieran de acuerdo con mi proposición.

Igualar lo verdadero con lo falso sí perjudica a lo verdadero, porque en esencia es un robo a su genuinidad, una parodia de su calidad y un atentado contra su exclusividad. Supone pretender dar gato por liebre, lo cual es un engaño a todas luces, además de ser un atropello contra el fabricante.

Y ya que fue en Alemania donde se aprobó esa clase de unión ¿podría comenzar yo a fabricar vehículos a los que les ponga en la parte frontal el famoso logo de la W de Wolkswagen? Es simplemente un pequeño detalle. No voy a imitar su motor, ni su carrocería, ni nada por el estilo. Es una letra sin importancia. Pero aun así, me temo que los alemanes no serán nada tolerantes con mi pretensión, aunque desde mi punto de vista 'nadie pierde nada, a nadie se le arrebata nada.'

Pero alguien replicará que en los ejemplos anteriores hay un evidente perjuicio económico a lo original que ocasiona lo sucedáneo, perjuicio que no existe en el caso que estamos considerando del matrimonio. Pero es preciso recordar que el daño económico es solamente un ingrediente en el daño que se efectúa a lo genuino.

¿Cómo va a ser lo mismo una unión que ha hecho posible que el género humano haya llegado hasta aquí, que una unión que acaba en ella misma? ¿Cuál de las dos garantiza la continuidad generacional y por tanto el futuro de cualquier sociedad? Incluso en términos económicos ¿cuál aporta la necesaria renovación para que la pirámide demográfica pueda sostenerse? Si no hay nuevos nacimientos ¿de qué se va nutrir no ya el estado del bienestar sino cualquier estado? Stanley Kramer dirigió una película en 1963 que se titulaba El mundo está loco, loco, loco, loco. Tal vez era una premonición de lo que iba a pasar unas décadas después.

Igualar lo verdadero con lo falso sí perjudica a lo verdadero, porque en esencia es un robo a su genuinidad, una parodia de su calidad y un atentado contra su exclusividad. Supone pretender dar gato por liebre, lo cual es un engaño a todas luces, además de ser un atropello contra el fabricante.

Resulta llamativo que los Verdes han estado entre los más vigorosos impulsores para sacar adelante el sucedáneo proyecto en el Bundestag alemán. Los mismos que están preocupados por las aguas residuales, las energías contaminantes, la destrucción de la capa de ozono y el calentamiento del planeta, atentados todos ellos contra la Tierra, son quienes atentan abiertamente contra el matrimonio y pretenden, al mismo tiempo, que nos creamos que 'nadie pierde nada, a nadie se le arrebata nada.' Si se atenta contra el matrimonio, se atenta también contra la Tierra. El holismo, esa creencia ecologista de que nada está aislado del conjunto, enseña eso.

Una señal que muestra la decadencia de una sociedad es la equiparación de lo bueno con lo malo, de lo justo con lo injusto, de lo verdadero con lo erróneo, de lo recto con lo torcido. Ya hubo sociedades pasadas que se dedicaron a mezclar y a embrollar las cosas esenciales y ciertamente la pérdida que experimentaron fue fatal en todos los sentidos. Aunque seguramente habría también en dichas sociedades los que vendieran sus sucedáneos bajo el seductor lema de que 'nadie pierde nada, a nadie se le arrebata nada.' Y al creerles cavaron su propia tumba.

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