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Promesas fallidas y promesas cumplidas
Wenceslao Calvo (10-05-2017)
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Promesas fallidas y promesas cumplidas

Una promesa es una declaración formal mediante la cual alguien se impone la obligación de cumplir algo. En la vida cotidiana las promesas son comunes, habiendo algunas que destacan por su frecuencia o relevancia, como por ejemplo las promesas comerciales, las electorales o las nupciales. Es sabido que las promesas comerciales son demasiadas veces un anzuelo interesado que a la hora de la verdad se convierte en un espejismo. A las electorales les puede suceder algo parecido, como en ocasiones puede constatar el ciudadano a las pocas semanas de haber depositado su voto en la urna, hecho al que aludió hace años un político español en una mezcla de sinceridad y sarcasmo cuando dijo: ‘Ya se sabe que las promesas electorales están para no cumplirse.’ Las nupciales son las más trascendentales de las tres y por lo tanto las que mayor ejercicio de responsabilidad demandan; pero precisamente por su alta exigencia no resultan fáciles de cumplir, razón por la cual en tantos casos se convierten en palabras que se lleva el viento con las consecuencias resultantes.

El valor de una promesa depende del carácter de quien la realiza y es por eso que las promesas humanas ya parten de un valor relativo, al ser los seres humanos cambiantes y fluctuantes. Claro que hay ocasiones en las que el verdadero problema ya no radica solamente en la propia debilidad del ser humano sino en la maldad y el engaño preconcebido de antemano, generándose entonces la desconfianza y la incredulidad.

Para que una promesa sea creíble es necesario que sea creíble la persona que la declara. Si la persona es de fiar su promesa será de fiar. Si la persona no es fiable, no importa lo que prometa, la promesa será desconfiable.

Cuando el apóstol Pablo escribió: ‘Porque todas las promesas de Dios son en él Sí y en él Amén1’estaba señalando a una clase de promesas que no pertenecen a ese tipo de promesas fallidas a las que, tristemente, estamos tan habituados. La razón primordial es porque el que las ha efectuado ‘no es hombre, para que mienta, ni hijo de hombre para que se arrepienta.2’ Siendo la verdad misma, todas sus declaraciones son verdaderas y como una de las cualidades de su carácter es la fidelidad, está garantizada la inmutabilidad de sus promesas. Como es alguien que no está a expensas de terceros para poder cumplirlas, su realización no es una posibilidad sino una seguridad. ¡Qué descanso supone poder confiar en estas promesas y en quien las ha realizado, sabiendo que no va a fallar!

Las (promesas) nupciales son las más trascendentales de las tres y por lo tanto las que mayor ejercicio de responsabilidad demandan; pero precisamente por su alta exigencia no resultan fáciles de cumplir, razón por la cual en tantos casos se convierten en palabras que se lleva el viento con las consecuencias resultantes.

Pero el pasaje también muestra que esas promesas además de un autor tienen un ejecutor. El autor es Dios, el ejecutor es Cristo y tanto uno como otro son imprescindibles. Sin autor no habría promesas; sin ejecutor no se llevarían a cabo. El autor es quien las delinea, quien las define; el ejecutor es quien las hace realidad.

El pasaje también enseña cuál es el paquete de promesas que caen dentro de ese espectro que puede denominarse promesas confiables. Son todas las promesas de Dios. Todas es un adjetivo en el que las aproximaciones y las mayorías simples o absolutas se quedan cortas, al señalar que cada promesa suya, sin que falte una sola, forma parte de ese conjunto fiable.

El Sí del pasaje es una afirmación. No es un tal vez ni un probablemente; tampoco es un sí, pero... Ese Sí categórico es lo contrario de la negación y también de la duda. La negación es el desmentido, la imposibilidad de que algo suceda; la duda es la incertidumbre de que algo vaya a pasar. Pero el Sí de Dios a sus promesas efectuadas en Cristo es la afirmación irrefutable sobre la vigencia de lo prometido. Esa afirmación es la aseveración de que sus palabras son realidades, que no dependen de estados de ánimo, circunstancias externas u otro tipo de condicionantes.

Pero además de ser Sí, esas promesas son Amén. Amén es la palabra que normalmente se ha traducido como así sea, expresando el deseo del que la pronuncia. En realidad la palabra Amén no expresa un deseo sino una corroboración, una ratificación. De manera que Amén no es así sea, sino así es y así será. Es decir, cierto, seguro, indiscutible. Amén quiere decir que aunque las promesas de Dios todavía nosotros no las vemos efectuadas en su plenitud, solamente en su etapa formativa, inequívocamente se cumplirán, ya que ese Amén de Dios así lo confirma. Así pues, si el Sí de Dios es la afirmación a sus promesas, el Amén de Dios es su ratificación a las mismas. Estamos pisando terreno bien sólido y estable, al contrario del cenagoso de las promesas humanas.

En el lenguaje humano promesa es una palabra sobre algo que está en el aire. Fácil de decir, pero el hacerla es otra cosa. Por eso hay una diferencia en el lenguaje humano entre prometer y cumplir, ya que lo primero no significa necesariamente lo segundo y hasta en ocasiones lo primero indica que no sucederá lo segundo. En el lenguaje de Dios promesa y cumplimiento son términos correlativos invariablemente, aunque haya un lapso de tiempo que los separe. Promesa es probabilidad e hipótesis en el lenguaje humano. Promesa es seguridad y certeza en el lenguaje de Dios. Por eso creo y descanso en sus promesas.

1 2 Corintios 1:20
2 Números 23:19

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