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Esdras: una ética de coherencia
Wenceslao Calvo (27-07-2001)
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Esdras 8:22

Una de las cuestiones más frecuentes que provoca el cese o dimisión de cargos públicos es cuando, en el desempeño de sus funciones, se descubren manejos o conductas impropias en una persona que ocupa tal posición. La caída de un cargo público, incluso de todo un Gobierno, puede venir precedida por un escándalo cuya raíz está en la falta de ética de uno de sus componentes. Por supuesto esto es todavía más aplicable al ámbito cristiano, toda vez que las normas por las que nosotros nos movemos son mucho más elevadas.

Quisiera en este y en mis próximos artículos reflexionar sobre ciertas lecciones de ética que algunos personajes de la Biblia tienen que darnos y el primero en el que quisiera fijarme es Esdras.

Esdras es, en muchas maneras, un ejemplo: un ejemplo de compromiso con su pueblo, de persona competente en su especialidad -la enseñanza de la Sagrada Escritura- y de persona respetada y considerada. No sólo tiene la consideración de su propio pueblo, también de los de fuera; el mismo soberano de Persia, Artajerjes, aprecia grandemente a Esdras; lo cual demuestra la talla moral de este hombre.

Pero las circunstancias en las que se va a manifestar, de manera penetrante, la ética de Esdras es cuando se halla en el siguiente dilema: por un lado ha dado testimonio al rey, quien es pagano, de la realidad, el poder y la grandeza del Dios de Israel; por otro, tiene delante de sí un largo y peligroso viaje de Babilonia a Jerusalén; viaje salpicado de eventualidades, salteadores e inseguridad. ¿Qué hacer ante tal encrucijada?

lo que está en juego es, ni más menos, que el nombre de Dios y la credibilidad de la fe en él

La solución más fácil es, evidentemente, pedir la ayuda del rey, ante quien tiene favor. Bastará solicitar un contingente de hombres armados y todos los temores de Esdras se esfumarán. Sin embargo, eso se hará a costa de quedar en entredicho el testimonio dado. Si Esdras da tal paso, el rey podrá, con toda legitimidad, dudar de la realidad del Dios al que Esdras anuncia y dudar de la autenticidad de las creencias de Esdras; podrá preguntarle: Si tu Dios es verdadero y tan poderoso como dices, ¿por qué no se lo pides a él? Es decir, lo que está en juego es, ni más menos, que el nombre de Dios y la credibilidad de la fe en él. Si Esdras actúa así, tanto él como el Dios al que representa, no serán diferentes, a los ojos del monarca, de los múltiples dioses y servidores que en su Imperio existen; dioses y servidores sin ética ni moral.

Pero aquí es donde se pone de manifiesto el hombre de principios, el hombre coherente con el testimonio previamente dado:

"Porque tuve vergüenza de pedir al rey tropa y gente de a caballo que nos defendiesen del enemigo en el camino; porque habíamos hablado al rey, diciendo: La mano de nuestro Dios es para bien sobre todos los que le buscan; mas su poder y su furor contra todos los que le abandonan." (Esdras 8:22)

Esta es la ética de coherencia, a la que también podríamos denominar ética de pudor o ética de integridad. Un sinvergüenza no hubiera tenido ningún complejo en hacer el pedido; un cara dura tampoco; un cobarde, sí, pero el mismo miedo le hubiera frenado de ser consecuente.

Esdras, no era ni un sinvergüenza ni un cobarde, sino un hombre con sensibilidad suficiente para darse cuenta de la frontera que no debía cruzar y al mismo tiempo con el valor necesario para afrontar las adversidades que su actuación pudiera plantearle.

Ser coherente significa complicarse la vida en determinadas situaciones; supone tomar riesgos. A la corta, es más cómodo ser incoherente, pero a la larga la coherencia recibirá su recompensa y la incoherencia su oprobio.

Hay varias conclusiones que podemos sacar del caso de Esdras:

  1. Nuestras palabras nos gobiernan; como dice el refrán árabe: antes de ser pronunciada, tú controlas la palabra; tras ser pronunciada es la palabra quien te controla a ti.
  2. Cuando el testimonio dado sobre Dios está en juego, no caben componendas ni chanchullos.
  3. Los medios para obtener algo, han de adecuarse a los fines. Era un noble fin el que Esdras perseguía: ir a Jerusalén para contribuir material y espiritualmente a la obra de la casa de Dios; el medio que escogió también fue igualmente noble: confiar en el Dios al que predicaba y no en el brazo de carne.
  4. Al final, Dios da la cara por los que dan la cara por él.

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