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Reforma en la Europa de ayer y en la de hoy
Wenceslao Calvo (22-02-2017)
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Reforma en la Europa de ayer y en la de hoy

Al rememorar en 2017 una fecha que supuso un hito en la historia de Europa, no es posible dejar de experimentar un sentimiento agridulce, tal como el que invade al visitante que contempla los restos arqueológicos de lo que un día fueron grandes monumentos de esplendor. En ocasiones sucede que la propia celebración de un acontecimiento histórico no hace más que constatar el contraste radical entre el pasado memorable y el presente desolador.

La fuerza hegemónica en 1517 en Europa era el cristianismo, si bien un cristianismo que era el resultado de lo que se había ido fraguando durante siglos, en los que la acumulación de corrupciones morales y añadiduras doctrinales habían deformado el rostro de aquella fe que, habiendo nacido fuera de Europa, había echado raíces en ese continente. Y en esas circunstancias de lo que se trataba era de recuperar el modelo original, difícilmente reconocible entre un conglomerado de intereses terrenales, instituciones jerárquicas ansiosas de poder y una masa ingente de enseñanza basada en buena medida en doctrinas de hombres acumuladas a lo largo de siglos. No se trataba de derribar totalmente el edificio y empezar de cero, aunque había quien defendía esa opción, sino de discriminar lo genuino de lo adulterado y actuar en consecuencia.

Pero ¿cómo llevar a cabo tal cosa si el paso del tiempo hace imposible el regreso al pasado? ¿Cuál sería el criterio a seguir para dirimir entre lo correcto y lo falso? Y aquí es donde quedó patente que, a pesar de todas las deformaciones habidas, seguía existiendo una regla que servía para distinguir de manera definitiva lo recto de lo torcido. Al aplicar esa regla se comprobó que bastantes de las creencias y prácticas que habían quedado consagradas por la tradición y el tiempo, no soportaban la prueba. Una vez llegados a este punto, la cuestión a decidir era si se emprenderían las acciones pertinentes para recuperar el modelo original y en caso afirmativo hasta dónde se consideraba que era necesario llegar en ese proceso de enderezamiento.

Dependiendo de la respuesta que se diera a esta última cuestión, así sería la profundidad y el alcance de la reforma. Por eso la Reforma tuvo varios semblantes, desde el más conservador, como el de la Iglesia anglicana, hasta el más extremista, como el de algunos grupos anabaptistas, pasando por los intermedios del luteranismo y el calvinismo. Incluso la institución que se consideraba a sí misma como depositaria legítima del modelo original, la Iglesia católica, terminó reconociendo que había una necesidad de reformar las cosas, solamente que dicha necesidad se limitaba a tocar los aspectos de disciplina y moral, al no considerar que hubiera algo equivocado en su enseñanza doctrinal.

En la Palabra de Dios estaba el criterio infalible que trazaba la raya de separación final. Ella era el fundamento sólido sobre el cual se sustentaba la doctrina y la moral, sin importar lo que dijeran hombres o instituciones, por más prestigio que tuvieran. Por eso había esperanza para la cristiandad, porque a pesar de que la verdad había quedado sepultada bajo un edificio artificialmente creado, esa verdad podía ser claramente identificada al estar contenida en un libro. De lo que se trataba era de anunciar y predicar su contenido.

Por esas discrepancias en el siglo XVI, Europa se convirtió en escenario de una lucha que comenzó en los púlpitos, siguió en los centros de enseñanza, continuó en las cancillerías y acabó en los campos de batalla.

Pero volviendo a la pregunta decisiva, ¿cuál era la regla determinante para saber si algo era aceptable o desechable? Muchos no titubearon en la respuesta, aunque llegaron a la misma conclusión por diferentes caminos. La Biblia era la autoridad última y el juez inapelable al cual debían someterse todas las opiniones y credos. En la Palabra de Dios estaba el criterio infalible que trazaba la raya de separación final. Ella era el fundamento sólido sobre el cual se sustentaba la doctrina y la moral, sin importar lo que dijeran hombres o instituciones, por más prestigio que tuvieran. Por eso había esperanza para la cristiandad, porque a pesar de que la verdad había quedado sepultada bajo un edificio artificialmente creado, esa verdad podía ser claramente identificada al estar contenida en un libro. De lo que se trataba era de anunciar y predicar su contenido.

Pero hoy, 500 años después, la situación en Europa es bien distinta. Aunque persisten los protagonistas de antaño, bastantes de ellos son ya irreconocibles, al haber renegado, en teoría y de facto, de que la Biblia sea el fundamento estable de creencias y moral. Hasta la Iglesia católica, que siempre se jactó de ser semper idem, ha dado un giro de 180 grados en cuestiones morales que eran irrenunciables para ella. La fuerza hegemónica ya no es el cristianismo, en ninguna de sus formas, y ahora quien manda es un secularismo militante que ha degenerado en ateísmo anti-cristiano. Las anteriores y neutrales posiciones que se amparaban bajo los nombres de escepticismo y agnosticismo, se han convertido en ateísmo puro y duro, cuyo fin es erradicar el cristianismo de Europa o, por lo menos, reducirlo a la mínima expresión. Y como las iglesias históricamente herederas de la Reforma han renunciado a sus principios, el terreno ha quedado expedito para que el secularismo ateo cumpla su propósito.

Mas en esa Biblia que hace 500 años se redescubrió, hay unas palabras que siguen vigentes hoy. Son las que pronunció Jesucristo, cuando dijo: 'Las puertas del Hades no prevalecerán contra ella (la Iglesia).'1 Una Iglesia cuya característica es, por encima de todo, ser fiel a su Fundador y a su Palabra, aunque para ello tenga que pagar un alto precio.

Por eso, en medio de este derrumbe generalizado, que es el cristianismo histórico en Europa, y frente a una fuerza enemiga de formidable poderío, la misión del remanente fiel que Dios ha dejado en este continente es predicar esa Palabra, lo mismo que hicieron los que vivieron hace cinco siglos. Esa es la mejor manera de celebrar ese 500 aniversario.

1 Mateo 16:18

Fotografía: Logotipo de la conmemoración de la Reforma Protestante

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