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¿Inmortalidad de silicona? No, gracias
Wenceslao Calvo (15-02-2017)

¿Inmortalidad de silicona? No, gracias

Silicon Valley es la zona geográfica de California, alrededor de la bahía de la ciudad de San Francisco, donde están concentradas muchas empresas dedicadas a la tecnología de vanguardia. La traducción al español de la región sería Valle Silicona, debido a que ese producto, la silicona, es el material imprescindible para la fabricación de los semiconductores empleados en los circuitos de las computadoras. Anteriormente ese valle se llamó Valle de los Deleites del Corazón, debido a la abundancia de frutos procedentes de sus numerosos huertos. Pero con el auge de la industria de las computadoras y la tecnología digital, la agricultura cedió el paso al frenético avance de las máquinas inteligentes y así fue como el anterior romántico nombre del valle fue sustituido por el nuevo.

Pero Silicon Valley no es solamente un centro neurálgico donde están radicadas grandes corporaciones cuyas repercusiones tecnológicas alcanzan a todas las naciones del mundo, sino que también se ha convertido en un paradigma de éxito, de crecimiento continuo y de expectativas insospechadas, que abren un futuro para la humanidad en la que los mitos de Jauja y El Dorado pueden hacerse realidad. De ahí que abunden también centros de investigación y universidades donde cerebros privilegiados y expertos de vanguardia exploran las inmensas posibilidades que, gracias a la llave de la tecnología, se han abierto ante nosotros.

Una de esas posibilidades insospechadas que acaba de anunciar uno de los talentos de Silicon Valley es que la muerte será vencida en cuestión de dos décadas, año arriba, año abajo. Qué lástima, porque a estas alturas de mi vida no sé si me va a dar tiempo a llegar a tan magno acontecimiento. Pero bueno, lo importante es que le llegue a mis hijos y nietos. Pero no solamente los expertos de Silicon Valley anuncian el final de la muerte, por supuesto siempre que el individuo lo desee, sino que también proclaman que esa inmortalidad se vivirá bajo una juventud imperecedera. Como la inmortalidad arrastrando un cuerpo cochambroso sería más una maldición que una gratificación, ellos anuncian aquel elixir de la eterna juventud que fue la obsesión en la Edad Media de los alquimistas, mitad soñadores, mitad charlatanes, obsesionados con encontrar la panacea que diera remedio a todos los males de la humanidad y la piedra filosofal que transmutara los metales en oro. Pues bien, los expertos de Silicon Valley, como fieles continuadores de los alquimistas medievales, proclaman el fin de todas las tragedias que vienen asolando a la humanidad y la piedra filosofal que han encontrado se llama tecnología.

Pero no solamente los expertos de Silicon Valley anuncian el final de la muerte, por supuesto siempre que el individuo lo desee, sino que también proclaman que esa inmortalidad se vivirá bajo una juventud imperecedera

No satisfechos con tan esplendoroso futuro estos expertos también proclaman el fin del hambre y la pobreza en el mundo, con una sociedad mundial totalmente transformada, donde por supuesto las creencias en realidades sobrenaturales ya no serán necesarias, al tener explicación todo. Así que Dios, el cielo, el infierno, el pecado o la salvación no tendrán fundamento ni razón de ser.

Lo que no nos dicen estos cerebros de Silicon Valley es cómo se va a eliminar esa realidad tenebrosa, persistente y destructora, alojada en el mismo centro de la personalidad del ser humano, que se llama maldad. Porque aquí no estamos tratando con algo físico que puede ser anulado mediante un chip instalado en la corteza cerebral, sino con una realidad inmaterial y evasiva, pero indiscutible, que escapa a todo intento de reducirla a categorías moleculares, celulares o atómicas. El mal tiene que ver con la voluntad, es producto suyo, y la única manera de que no exista es o que la voluntad sea siempre inmutablemente buena o que desaparezca. Pero al desaparecer la voluntad automáticamente dejamos de ser seres humanos y nos convertimos en otra cosa: Máquinas, androides, autómatas, espantapájaros o marionetas. ¿Es esa la solución de los cerebros de Silicon Valley? ¿Convertirnos en máquinas? Porque ¿cómo van a conseguir que todas las voluntades humanas sean buenas y permanezcan siempre buenas?

Es sabido que la silicona es un producto artificial que está de moda; sirve para hacer implantes, para efectuar rellenos y para realizar operaciones quirúrgicas. Especialmente es útil, en nuestra sociedad de la imagen y la apariencia, para dar el pego, para intentar fingir ser lo que no se es y para procurar tener lo que no se tiene. La silicona es, pues, sinónimo de simulación y engañifa. Pues bien, esto es lo que hay en el asombroso anuncio de estos ingenieros intelectuales de Silicon Valley. La inminente y grandiosa esperanza que nos prometen es de silicona.

Por eso me quedo con la verdadera inmortalidad que me promete, en el evangelio, quien la tiene inherente en sí mismo: ‘El único que tiene inmortalidad1’, el cual ya la ha sacado a la luz2, mediante la resurrección de Jesucristo, quien con un cuerpo inmortal, salió de la tumba vencedor de la muerte y, por ende, del pecado y el mal. Esa es la clase de inmortalidad en la que creo y espero, procedente de quien no puede mentir.

1 1 Timoteo 6:16
2 2 Timoteo 1:10

Cuadro: El día de la Muerte, de William-Adolphe Bouguereau

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