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La buena guerra
Wenceslao Calvo (02-04-2003)
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La buena guerra

1 Timoteo 1:18-20

Parecía que iba a ser una guerra aséptica donde sólo morirían culpables y exclusivamente se destruirían objetivos militares. Los avanzados armamentos de tecnología punta así nos lo hacían prever, pues su capacidad de refinamiento con el láser, los satélites y las computadoras nos daban un alto porcentaje de probabilidades de que así fuera. Estábamos a las puertas de la primera guerra limpia, a un paso de alcanzar el sueño de reconciliar los fines con los medios. Los inocentes juegos de software domésticos que nos permiten diseñar estrategias, señalar objetivos y aniquilar al enemigo ya no eran solamente cosa virtual sino también real, o al menos eso parecía.

El problema comenzó ya en la fase de preparación, es decir, en la fase de justificación, donde las conciencias buscan un fundamento en el que apoyar una decisión de tan profundo calado como es la declaración de una guerra. La división en el seno del Consejo de Seguridad de las Naciones ¿Unidas? y la división entre los miembros de la ¿Unión? Europea era la evidencia de que para muchos no había suficiente fundamento para embarcarse en tal decisión. Es decir, la primera y fundamental cuestión, si el fin (la declaración de guerra) era legítimo, estaba trastocado; no era el mejor de los comienzos pero no obstante se siguió adelante con una declaración de facto a la que le faltaba el de jure. Pero nos gustase o no ya estábamos metidos de lleno en la guerra y aunque el fin no parecía convincente del todo abrigamos la esperanza de que, al menos, los medios sí lo serían. Y ahí es donde se nos decía de la extraordinaria capacidad de las armas inteligentes para dar en el punto señalado y sólo allí. La impresión era que la población civil prácticamente podría seguir haciendo su vida cotidiana: trabajando, comprando, paseando... Bagdad sería la bulliciosa ciudad de siempre. ¿Qué pasaba un misil por encima de sus cabezas? No había nada que temer: Ese misil buscaba a Sadam o a sus hijos o a alguien del Estado Mayor. ¿No son capaces los satélites de tomar fotografías con tanta precisión que pueden captar hasta la imagen de un reloj de pulsera? (Esto nunca lo he entendido del todo, porque si los satélites son capaces de hacer algo así ¿cómo no han encontrado todavía a Bin Laden?). Pero en fin, para los que no hubieran quedado satisfechos con el asunto de los fines quedaba el consuelo de que los medios eran totalmente legítimos, al respetar escrupulosamente las normas morales.

Pero ¡oh decepción! La realidad es que esas cosas sólo pasan en los tebeos (cómics) y las armas inteligentes no lo son tanto después de todo. Añadido a ello está el hecho de que los seres humanos seguimos cometiendo errores: Muertos por "fuego amigo", muertos al confundir a civiles con terroristas, muertos al señalar equivocadamente como objetivos militares simples barriadas civiles... Y la lista de muertos por error sigue aumentando... Muertos y más muertos. Muertos que no estaban en el guión. Y así nos hemos despertado de aquel fugaz sueño de la guerra aséptica para caer en la cuenta de que estamos, ni más ni menos, ante una guerra más, que no tiene nada de extraordinaria, salvo el hecho de verla diariamente en directo a miles de kilómetros.

Las guerras se pueden clasificar, moralmente hablando, en varias categorías: Las hay infames, muchas, movidas por la codicia y la rapiña de individuos que buscan su engrandecimiento personal; las hay injustificables, cuando las ideologías son el sustrato que las alientan; las hay justificables, cuando son defensivas y se han agotado todos los recursos. Creo que este último calificativo, justificable, es el único moralmente defendible al que puede aspirar una guerra; ahora bien, justificable no es lo mismo que justo; lo justificable es un mal necesario o es la elección entre el menor de dos males, pero es evidente que siempre hay una componente de mal que lo acompaña sólo que paliada por otras razones de peso. Justificable, según entiendo, es la cota moral máxima a la que puede pretender una guerra. Es decir, yo desecharía el concepto teológico de guerra justa por ser una contradicción de términos y hablaría, como mucho, de guerra justificable.

Pero hay una guerra que es más que justificable e incluso más que justa; es una guerra buena, es la guerra a la que hace referencia el texto bíblico arriba citado. Hay varias características que tiene esta guerra:

  • Es una guerra única. Allí se habla de una determinada milicia, pero no una cualquiera sino una muy particular pues lleva el artículo determinado singular "la" lo que indica que es única, sin par.
  • Es una guerra sublime, pues se le añade el calificativo de "buena". En castellano esta palabra parece gastada por el uso pero su significado nunca debemos perderlo de vista pues viene a decir lo amable, lo agradable, lo bello, lo útil, lo honorable. Frente a las otras guerras, que hasta en el mejor de los casos son terribles, el cristiano está militando en la única que tiene un carácter excelente.
  • Es una guerra de naturaleza espiritual, pues allí se nos dicen las cosas a ser defendidas y son dos: la fe y la buena conciencia. La primera es el don más grande que Dios nos ha dado porque por medio de la fe, de la fe en Cristo, es como somos salvos; la segunda es la consecuencia de esa fe que se materializa en una vida limpia y santa, que recibe la aprobación de la conciencia. Por lo tanto, por la una recibimos la aprobación de Dios y por la otra la de Dios y la de la propia conciencia. ¿Hay algo más grande que eso? Ahora bien, ambas cosas, fe y buena conciencia, son objeto del asalto enemigo que quiere arrebatarnos la primera y ensuciar la segunda.

Cada cristiano está sumido en esta batalla, una batalla diaria, una batalla prácticamente sin tregua, pero una batalla sin igual, sublime, magnífica, excelente... La buena batalla, la buena guerra; en la que merece la pena estar, en la que no hay duda acerca de su legitimidad en cuanto a sus fines y en cuanto a sus medios.

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