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La Epifanía que acabó con el eclipse
Wenceslao Calvo (09-01-2017)

La Epifanía que acabó con el eclipse

Entre los fenómenos astronómicos que más han cautivado desde el principio de los tiempos a los seres humanos están los eclipses, habiendo ya registros de los mismos en diversos documentos procedentes de China, Babilonia, Egipto y otras antiguas civilizaciones. Consisten en la alineación de tres cuerpos celestes y es comprensible que desde siempre hayan despertado el asombro, pues al hecho de su espectacularidad se une el de su distanciamiento en el tiempo. Lo que ocurre todos los días, por muy asombroso que sea, acaba por convertirse en algo habitual y por tanto pierde su fascinación a causa de su frecuencia.

El eclipse de sol ocurre cuando la luna se interpone entre ese astro y la tierra, impidiendo no solo que el sol sea visto sino también que sus rayos de luz y calor lleguen a la superficie terrestre directamente afectada por el fenómeno. Como la duración del ocultamiento del sol es de unos minutos nada más, sus efectos son más psicológicos y emocionales que otra cosa, tanto en los animales como en los seres humanos. Además, la superficie en la que la umbra u oscuridad es más acusada es bastante reducida. Otra cosa muy diferente sería si dicho ocultamiento se prolongara en el tiempo y si la superficie fuera la totalidad de la corteza terrestre; en ese caso los resultados serían mucho más amplios y podrían afectar incluso a la supervivencia. Es decir, hasta en el caso de un eclipse total de sol hay una limitación de su efecto en el espacio y en el tiempo.

Pero hay un eclipse de naturaleza totalmente diferente, ya que su alcance no está limitado a una franja de la Tierra, ni a una porción escasa de tiempo. Además sus efectos no sólo tienen que ver con la vida biológica sino con cualquier forma de existencia. Comenzó casi en los albores de la humanidad y su nocivo resultado absoluto ha durado hasta hace dos mil años.

Ese eclipse consistió en la interferencia permanente de la muerte entre la fuente de vida y luz, que es Dios, y el ser humano, que recibía sus benéficos rayos. Al producirse ese catastrófico fenómeno, la muerte proyectó sus negras sombras sobre todos los descendientes de Adán, que quedaron sumidos desde entonces en un reino en el que lo lóbrego es el escenario natural. El manto sombrío de la muerte era tan extenso y denso que no dejaba resquicio alguno para que hubiera una posibilidad de luz procedente de la ocultada fuente de vida. La muerte, a diferencia del fugaz eclipse de sol, había venido para quedarse y la vida y la inmortalidad se habían perdido para siempre. El reinado de la muerte había comenzado y todo indicaba que no tendría fin, porque ¿quién sería capaz de remover ese formidable obstáculo, infinitamente más pesado que cualquier cuerpo celeste? No hacía acepción de personas, no reconocía privilegios y no ejercía compasión por ninguna causa.

La muerte, a diferencia del fugaz eclipse de sol, había venido para quedarse y la vida y la inmortalidad se habían perdido para siempre. El reinado de la muerte había comenzado y todo indicaba que no tendría fin, porque ¿quién sería capaz de remover ese formidable obstáculo, infinitamente más pesado que cualquier cuerpo celeste?

Y así fue como el ser humano, puesto originalmente para recibir directamente de su Creador los rayos vivificantes que de su luz emanaban, quedó separado de él al hacer acto de presencia la muerte, a consecuencia del pecado.

Pero lo que no tenía remedio humano lo tuvo divino, a través de un ser humano. El apóstol Pablo afirma: ‘por la aparición de nuestro Salvador Jesucristo, el cual quitó la muerte y sacó a luz la vida y la inmortalidad por el evangelio.’1 La palabra aparición es epifanía, que hace referencia a la venida de Jesús al mundo, este mundo sumido en las tinieblas, con el propósito de quitar la muerte. Es notoria esta última expresión, porque indica la remoción del gran impedimento que se interponía entre nosotros y Dios.

Pero ¿en qué se nota que la muerte ha sido quitada? Porque la realidad es que la gente se sigue muriendo igual que antes. También los cristianos. El mismo que escribió esas palabras, Pablo, murió.

La muerte ha sido quitada porque ha sido despojada de su señorío, al haber un ser humano que no sólo no fue engullido por ella sino que salió triunfante frente a ella. Y como los actos del representante repercuten en los representados, la resurrección que Jesucristo experimentó será la experiencia, a su debido tiempo, de quienes se han acogido a él. Ese despojamiento de hegemonía es la señal del principio del fin de un régimen de pavor en todos los sentidos, espiritual y físico.

Como el impedimento ha sido quitado de en medio, a la vez ha quedado descubierto aquello que ocultaba, esto es, la vida y la inmortalidad, que proceden de Dios, con quien ahora podemos tener relación de nuevo gracias a la Epifanía salvadora efectuada por Jesucristo. Y así es como el más prolongado y temible eclipse llegó a su fin. Es solo cuestión de tiempo que su efecto colateral, la muerte física, también acabe para siempre.

1 2 Timoteo 1:10

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