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El síndrome de Marta
Wenceslao Calvo (06-12-2016)
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El síndrome de Marta

Marta y María han sido contempladas tradicionalmente como el prototipo de dos clases de seguidores de Jesús, siendo unos activos y prácticos y otros contemplativos y místicos. La lección sería que la vida contemplativa es superior a la vida práctica y que el estado de los cristianos ocupados en cuestiones temporales es inferior. Se desprende de aquí todo un sistema que divide en dos categorías a los cristianos, siendo unos de primera y otros de segunda. Pero antes de llegar a conclusiones apresuradas hay que examinar bien lo que dice el texto de Lucas 10:38-42, que puede dividirse en cuatro partes:

  1. La capacidad de Marta. Que era de servicio. Es evidente que estamos ante una mujer trabajadora y diligente, concentrada en un tipo de tarea que podríamos denominar de intendencia, porque tiene que ver con el abastecimiento de lo material. La hospitalidad que ejerce supone estar pendiente de las necesidades de otros y preocuparse de suplirlas, concretamente de acoger en su casa a Jesús y su círculo íntimo. Su capacidad consiste en ver las necesidades ajenas. No todo el mundo tiene esta capacidad e incluso hay quienes hacen por no tenerla, porque supone una responsabilidad. Es una capacidad de trabajo, de saber resolver situaciones de necesidad, lo cual quiere decir que es una mujer servicial y también generosa, al poner sus bienes al servicio de los demás. Es innegable la energía que Marta tenía y desplegaba para realizar su tarea.

  2. El problema de Marta. Es un problema de prioridades, de concentrarse tanto en el servicio que se deja a un lado la relación. Esto significa que sirviendo a Dios se puede perder a Dios, quedándose solo con el servicio. Se puede caer en la hiperactividad, con lo cual se entra en el activismo y se acaba en el estrés, con las consecuencias dañinas que conlleva. La idea de indispensabilidad puede estar detrás de esta actitud, al imaginar que nadie lo puede hacer tan bien, lo cual desemboca en querer hacerlo todo y estar en todo. El peligro que acecha es que el servicio se convierte en un ídolo. La vanidad personal no es ajena a esta tendencia, pues se persigue el logro y el reconocimiento. Las personas perfeccionistas pueden tener un problema en este sentido, al querer siempre alcanzar las cumbres de la excelencia.

  3. La hospitalidad que ejerce supone estar pendiente de las necesidades de otros y preocuparse de suplirlas, concretamente de acoger en su casa a Jesús y su círculo íntimo. Su capacidad consiste en ver las necesidades ajenas. No todo el mundo tiene esta capacidad e incluso hay quienes hacen por no tenerla, porque supone una responsabilidad. Es una capacidad de trabajo, de saber resolver situaciones de necesidad, lo cual quiere decir que es una mujer servicial y también generosa, al poner sus bienes al servicio de los demás.

    El disparate de Marta. Consistente en la doble acusación detrás de sus palabras de reproche. La acusación es doble, porque no solamente va dirigida contra su hermana, que, según su perspectiva, no está haciendo nada, sino también contra el mismo Jesús, que está tolerando que algo así esté pasando. Aquí aparece el desenfoque en el que el servicio de Marta se ha convertido, al transformarse en un afán que termina por criticar agriamente a los demás. De la misma manera que hay un afán pagano, que es la obsesión por la ganancia material, puede haber también un afán cristiano, pero afán a fin de cuentas, que consiste en la obsesión por el servicio mismo. Pero el problema no está en la supuesta pasividad de su hermana, ni en la despreocupación de Jesús, que parece no enterarse del problema, sino en Marta misma. Esta actitud de recriminación e irritación por su parte malogra el valor de su servicio, porque está hecho desde la queja y lo que debería ser para bendición se convierte en fastidio.

  4. La lección a Marta. Consiste en recordarle que el servicio siempre es consecuencia de la relación y no al revés. No es que Jesús esté menospreciando lo que ella está haciendo, sino que está poniendo las cosas en sus justos términos, en su perspectiva correcta. Hay tiempo para hacer las cosas prácticas y desde luego hay que hacerlas, pero nunca a expensas de abandonar la comunión estrecha con él.

Como vivimos en una sociedad que ensalza lo práctico y también lo inmediato y el rendimiento, es muy fácil entrar en esa dinámica. Pero el resultado de esa tendencia suele acabar en el agotamiento, en quemarse, lo cual significa que, finalmente, se es inútil para el propio servicio al que tanto empeño se ha dedicado. Es imprescindible el tiempo devocional diario, siendo insustituible su benéfica acción en nuestro corazón. La parte de María es necesaria, porque sin ella no se llega muy lejos; es buena, porque es la raíz consistente de todo lo demás que se hace; y es segura, porque no puede perderse.

Cuidado con el síndrome de Marta, no sea que, sin darnos cuenta, estemos poniendo antes el servicio que la relación.

Pintura: Cristo en casa de Marta y María, por Diego Velázquez

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