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Madres trabajadoras
Wenceslao Calvo (29-10-2002)
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Madres trabajadoras

1 Samuel 1:23

Érase una vez una familia económicamente modesta compuesta de seis miembros: el padre, la madre y cuatro hijos. Uno de los hijos necesitaba gafas y la madre acudió a los servicios sociales para ver si había alguna subvención que ayudara a paliar los gastos de las gafas. La asistenta que le atendió le dijo que efectivamente había ayudas para la compra de gafas, especialmente si se trataba de una familia numerosa con recursos económicos modestos. La madre cursó la solicitud, pero la respuesta que recibió a su petición fue negativa porque "no trabajaba". Con una mezcla de estupor, humillación e indignación, la madre salió con las manos vacías de la oficina pública.

Este caso es real; le sucedió en Madrid, hace algo más de diez años, a una familia que conozco bien y que cumplía de sobra todos los requisitos necesarios para ser beneficiaria de tal ayuda... bueno, todos menos uno: La madre "no trabajaba". Esta buena mujer era la administradora de la contabilidad de una empresa llamada hogar, la pedagoga de sus hijos, la consejera de su marido, la cocinera de la casa, la lavandera de la ropa, la empleada de la limpieza, la anfitriona de visitas, la responsable de la intendencia alimenticia, el alma, en fin, de todo lo que estaba entre el techo y el suelo de la vivienda. Sin salario, sin pagas extras, sin vacaciones, sin pluses, sin antigüedad, sin días de descanso, sin promoción y, a veces, sin reconocimiento. Y sin embargo, esta mujer "no trabajaba".

Si esa misma madre fuera hoy a solicitar una ayuda semejante, la respuesta que obtendría de la Administración sería la misma: "No, porque no trabaja". Aunque el partido político que gobernaba entonces en España era de signo diametralmente diferente al que gobierna ahora, e ideológicamente en poquísimas cosas coinciden, en esto parece que están de acuerdo: Un ama de casa no trabaja. Lo digo porque se está preparando un paquete de medidas de apoyo a la familia, entre las cuales se incluye una asignación o deducción en cuota de 100 euros mensuales para las madres trabajadoras (el subrayado es mío) durante los tres años siguientes al nacimiento o adopción de cada hijo. De manera que ya saben a lo que atenerse aquellas madres que no son trabajadoras: No tendrán derecho a beneficiarse de esta ayuda. Vaya por delante mi felicitación hacia aquellas madres que sí lo van a recibir y que creo es justo y necesario que lo reciban, pero lo que me produce consternación es que se haga tal discriminación conceptual entre madres trabajadoras y no trabajadoras. La única discriminación que en justicia puede hacerse es la económica: Si las entradas en el hogar son lo suficientemente desahogadas está de más otorgar una prestación social de ese tipo, pero en los demás casos no es de recibo infravalorar de esa manera el sacrificado y valioso trabajo que una madre efectúa en su hogar.

Detrás de esta discriminación subyace una paupérrima noción del trabajo, según la cual trabajo es sólo aquello cuantificable en términos numéricos de rendimiento económico y que puede ser sujeto a tributación fiscal. Es un concepto puramente mercantilista que reduce a las personas a bienes de producción que generan ganancias económicas. Es una idea miope, materialista y mezquina, que define el valor de las cosas y de las personas siempre y cuando puedan ser reflejadas en un papel llamado nómina. Es decir, todo queda sometido al imperio de la burocracia, a la dictadura del papel; pero un Estado que se rige sólo por los papeles es un Estado que ha perdido los papeles. En última instancia estamos, pues, ante esta disyuntiva: O recuperamos el verdadero papel de un Estado o nos convertimos en un Estado de papel. O humanizamos al Estado o el Estado nos deshumaniza a nosotros.

¿Se puede pensar en una inversión de más trascendencia que la hecha por una madre en su hogar, especialmente en todo lo que tiene que ver con la atención y formación de sus hijos? ¿Cómo es posible que se bonifique al sucedáneo de una madre (la guardería) y no se bonifique a la madre misma? Me explico: La ayuda a las madres que trabajan fuera de casa irá a las guarderías, porque esas madres tendrán que pagar el coste de dejar a sus niños en ellas y así poder salir a trabajar fuera de casa. En cambio, la madre que se queda con su hijo/a en casa no recibe ni un euro. Es decir, se fomenta y alienta una política de formación pedagógica de segunda categoría (la guardería) mientras que a la de primera categoría (el hogar) ni se la considera ¿Alguien entiende esto? ¡Qué oportunidad se pierde, por ser cortos de vista, de hacer un poco de justicia y de paliar en algo la larga historia de olvidos e ingratitudes hecha a las madres trabajadoras dentro de casa! ¡Qué pérdida irreparable para el porvenir de una nación que priva a sus futuros ciudadanos de la oportunidad de una formación de excelencia y les aboca a otra de menudencia! Si no hubiera dinero en las arcas del Estado sería entendible que no se subvencionara la maternidad; pero la cuestión es que sí lo hay: Hay suficiente para subvencionar a las madres trabajadoras dentro y fuera de casa. Si España no ostentara el triste puesto de ser la nación del mundo con la tasa de natalidad más baja, podríamos permitirnos el lujo de no subvencionar la maternidad; pero el caso es que dentro de unas décadas seremos un país de viejos ¡Qué poca perspectiva y visión de futuro tenemos!

Quiero dar desde aquí mi reconocimiento, aunque eso no les ayude económicamente, a las madres que han optado por quedarse en casa, sacrificando a veces perspectivas profesionales y económicas halagüeñas, para poder estar con sus hijos: Vuestro esfuerzo no es en vano. No sois trabajadoras de segunda sino de primerísima categoría. Que Dios os recompense y supla lo que los hombres no saben o no quieren daros.

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