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Luz y verdad
Wenceslao Calvo (07-09-2016)

Luz y verdad

Cuando Jesús fue incitado por el diablo en el desierto para que convirtiera las piedras en pan, le respondió que no sólo de pan vivirá el hombre1, estableciendo de ese modo que además de las necesidades materiales el ser humano tiene otras de un orden diferente. Hace 3.000 años alguien hizo la siguiente oración: ‘Envía tu luz y tu verdad; éstas me guiarán.2’ Esa petición tiene que ver con dos realidades, luz y verdad, del orden al que Jesús se refería.

Una de las mejores maneras para apreciar la necesidad de algo es considerar su opuesto. De ese modo encontramos que lo opuesto de luz y verdad es tinieblas y error. Nada más escuchar esas dos palabras se produce un rechazo en nuestra mente, dado que nos remiten a lo tenebroso y lo falso.

La luz es imprescindible para la vida, como muy bien sabe la ciencia, que ha demostrado que de no existir el proceso de la fotosíntesis la vida en nuestro planeta sería insostenible. Básicamente la fotosíntesis consiste en la captación de la luz por las plantas de color verde para transformar el agua, el dióxido de carbono y minerales en oxígeno y componentes orgánicos, un mecanismo sin el cual desaparecerían la mayoría de los organismos y el oxígeno de la tierra. Es también gracias a la fotosíntesis que tenemos combustibles fósiles: Carbón, gas y petróleo.

Por tanto, entre luz y vida hay una relación de estrecho parentesco, al ser la primera madre de la segunda. Pero ese parentesco ya quedó formulado en Génesis 1:3, cuando Dios creó la luz antes de cualquier forma de vida, estableciendo el principio de que la una es imprescindible para la otra. Por tanto, Biblia y ciencia concuerdan en este principio directriz de que así como para el comienzo de la vida se precisó la luz también hace falta para su continuidad.

Mas del mismo modo que existe esa clase de luz, que es una radiación electromagnética vital para la vida biológica, también existe esa otra clase de luz espiritual que proporciona vida al espíritu humano. Esa clase de luz es la que el autor del salmo le está pidiendo a Dios que le envíe.

¿cómo va a emitir un juez sentencia justa si no es porque primero ha llegado a dilucidar la verdad, de entre un cúmulo de declaraciones contradictorias que se le han presentado? o ¿cómo va a construirse la confianza en un matrimonio si la verdad está ausente?

Así como la luz es imprescindible también lo es la verdad. Hasta en nuestro tiempo, cuando tanto se niega la existencia de una verdad objetiva y final, se reconoce que la verdad es necesaria. Porque ¿cómo va a emitir un juez sentencia justa si no es porque primero ha llegado a dilucidar la verdad, de entre un cúmulo de declaraciones contradictorias que se le han presentado? o ¿cómo va a construirse la confianza en un matrimonio si la verdad está ausente?

Luz y verdad forman un binomio inseparable. Porque luz es sinónimo de iluminación y verdad de revelación, complementándose ambos términos. Iluminación sin revelación puede degenerar en un misticismo que se pierde en lo subjetivo y en la especulación. ¡Cuántos se han perdido al meterse en el laberinto del iluminismo sin revelación! Pero revelación sin iluminación fácilmente se convierte en letra muerta, tal como le ha pasado a gran parte del pueblo judío, que teniendo la revelación no ven en ella al gran Protagonista, que es Cristo.

La pregunta que nos asalta es ¿dónde se encuentran esa luz y esa verdad indispensables? La respuesta la tiene el autor del salmo, al decir ‘tu luz y tu verdad.’ Es decir, están en Dios y proceden de él. Aquí tenemos un conocimiento vital. Esta persona, que escribió esta oración hace 3.000 años, sabía más sobre la luz y la verdad que la inmensa mayoría de la gente de nuestro tiempo, aunque la gente de nuestro tiempo sepa mucho más sobre otras cuestiones que él. Él ignoraba lo que muchos hoy saben, pero él sabía lo que muchos hoy ignoran. Y hay que preguntarse qué es lo que tiene más valor. Por mi parte no tengo duda. Es mejor el conocimiento que él tenía entonces que el conocimiento que predomina ahora. Es mejor conocer la luz y la verdad que estar al corriente de dimes y diretes en las redes sociales.

El problema de tantos hoy, como ayer, es que son sabios en su propia opinión, como aquellos filósofos que Pablo se encontró en Atenas, quienes ya tenían su propia verdad que era la última novedad3, una verdad siempre fluctuante. O como Pilato, al que por su famosa pregunta4 se le puede llamar padre de los escépticos y agnósticos, pero también padre de los pragmáticos, ya que la verdad que le interesaba era mantenerse en el poder a cualquier precio, aunque para ello tuviera que condenar a un inocente.

Dios envía la luz y la verdad a quienes, como el autor de esa oración, tienen disposición de humildad y reconocen su necesidad. De hecho, esa luz y esa verdad han sido enviadas por Dios en forma tangible y visible, en la persona de Cristo, quien dijo de sí mismo: Yo soy la luz5, yo soy la verdad6.

1 Mateo 4:4
2 Salmo 43:3
3 Hechos 17:21
4 Juan 18:38
5 Juan 8:12
6 Juan 14:6

Fotografía: David Niblack

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