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¿Estados de ánimo?
Cristian Bodnari (31-03-2016)

¿Estados de ánimo?

La verdadera felicidad consiste en aceptar que uno no siempre será acompañado por ella. Aparentemente esta afirmación podría parecer una contrariedad pero ¿qué felicidad de tipo terrenal perdura para siempre?

Podríamos intentar argumentar o filosofar sobre la felicidad, utilizar versos eminentes para describirla, sucumbir en una profunda meditación siguiendo culturas orientales o sonreír siempre para parecerlo, la verdad es que siempre e inequívocamente llega el fin de la misma haciendo de nuestra vida una perpetua fluctuación.

Ciertamente el ser humano en lo más profundo, odia ese pico de felicidad porque teme el tobogán que le lleva al otro extremo de la realidad de esta vida, y cuando está abajo se esfuerza y mantiene la esperanza de alcanzarla de nuevo. Esta lucha extenuante y continua acompañada por la ansiedad provocada por la incertidumbre, hace que la característica del mundo que nos rodea sea de infelicidad.

Lo interesante es que cada cual enfoca este tema desde su proprio prisma y, desde luego, el estándar de felicidad de un rico no es el mismo que el de un mendigo. Sin embargo, coinciden en dos cosas; primero, la felicidad en esencia es lo mismo para los dos y lo segundo, es que los dos son unos fracasados en su empeño de conseguirla.

el estándar de felicidad de un rico no es el mismo que el de un mendigo. Sin embargo, coinciden en dos cosas; primero, la felicidad en esencia es lo mismo para los dos y lo segundo, es que los dos son unos fracasados en su empeño de conseguirla

La definición propiamente dicha de la palabra felicidad en el diccionario es la siguiente: "estado de ánimo de la persona que se siente plenamente satisfecha por gozar de lo que desea o por disfrutar de algo bueno". Empezando por la definición y desgranando el texto se podría establecer que la felicidad es en primer lugar un estado de ánimo y en segundo lugar se consigue cuando se goza de lo que se desea. La misma definición establece y da por hecho al catalogar la felicidad como un estado de ánimo que estamos tratando de algo efímero y frágil sobre todo porque se basa y depende de las circunstancias cambiantes de nuestras vidas. Esta percepción es una de las causas por la cual resulta muy difícil alcanzar el verdadero estado de bienaventuranza. Pongamos como ejemplo algunas situaciones de la vida real, pensemos en alguien que atribuye su felicidad al dinero. Por supuesto que mientras lo tenga será feliz pero por circunstancias diversas el dinero podría faltar y es entonces cuando se le acaba la felicidad para ese tipo de persona. Otro ejemplo sería alguien que adora a su esposa y eso está bien. Su concepto de felicidad está basado en ese amor pero por desgracia está persona desaparece de su vida y por consiguiente la felicidad desaparece de la suya. Otra vez nos damos cuenta que si la felicidad es solamente un estado de ánimo entonces es algo muy poco fiable y transitorio. De alguna forma u otra todas las cosas de esta vida son destellos de felicidad rodeados de vacíos carentes de ella, por lo tanto si esa es la realidad de nuestras vidas seremos infelices para siempre.

Esos vacíos que abundan tanto en nuestro mundo es necesario rellenarlos con un componente que haga correctamente las transiciones y restablezca las zonas cortocircuitadas. Esto sería posible solamente si se replantea la afirmación de que la felicidad es un estado de ánimo y se acepta la original definición de la misma "la felicidad es una promesa de Dios". Es inaceptable e impopular en el día de hoy relegar nuestra suerte en las manos de Dios. Vamos, es una locura, y sería una irresponsabilidad por parte de alguien hacer eso. Primeramente Dios no existe y si existe está muy lejos ocupado en sus asuntos. Esta es la realidad del pensamiento actual, y así nos va.

Desde luego que es duro y humanamente imposible convencer a alguien de lo contrario, pero lo que sí es posible y lo voy hacer, es exponer la verdad sobre este asunto. La Biblia, palabra y voluntad de Dios, contiene el secreto de la felicidad auténtica y no sólo el secreto, también la promesa. Los primeros habitantes de esta tierra (Adán y Eva), recibieron la promesa de la felicidad verdadera y auténtica con una condición, la obediencia, pero eligieron desobedecer y por lo tanto la infelicidad. Pero aún en el estado de desgracia, Dios les hizo la promesa de la bienaventuranza, para ellos y su descendencia, adelantándoles ya desde entonces su plan de salvación mediante su Hijo (Génesis 3:15).

La historia de la humanidad transcurre siempre por el camino divergente al de la salvación y las evidencias son patentes a lo largo de ella hasta hoy, sin embargo las promesas de la felicidad auténtica por parte de Dios no cesaron nunca y más que nunca hoy la tenemos delante de nuestras narices. Esta contumacia humana de rebelarse en contra de su Creador reside en su condición de depravación total causada por el pecado en el sentido que son incapaces y tampoco desean agradar a Dios, buscar la justicia y la verdad y por ende la felicidad. La misma definición que hemos mencionado sobre lo que es la felicidad decía que el ser humano se siente feliz solamente cuando se cumplen sus deseos. El problema de los deseos del hombre alejado de Dios es que son de la misma naturaleza que él mismo, es decir, sus deseos buscan la propia, momentánea y pecaminosa satisfacción y por lo tanto la felicidad resulta ser egoísta, momentánea e insatisfactoria. La auténtica felicidad es una promesa y es una realidad y comienza con unos buenos cimientos, una buena base que es el reconocer que no somos capaces por nuestros propios medios en conseguirla. Pero Dios, habiendo pasado por alto los tiempos de esta ignorancia, ahora manda a todos los hombres en todo lugar, que se arrepientan; Hechos 17:30. Este pasaje extraído de una predicación del apóstol Pedro nos anima bastante diciéndonos que aunque en el pasado anduvimos en nuestros caminos considerando las cosas a nuestro modo de ver, Dios no tiene en cuenta ese periodo que lo considera ignorancia, solamente nos pide que aceptemos la necesidad que tenemos de ser perdonados pidiéndoselo y Él está listo y presto para hacerlo. Él está deseando restablecer en nosotros y con nosotros la relación perdida, restablecer nuestro estatus delante de Él y además a provisto el medio perfecto para ello, Su hijo, el Mesías, Jesucristo. Él, su sacrificio y su resurrección es la garantía de la felicidad terrenal y eterna para la humanidad. Si le pusiéramos en el primer lugar en nuestras vidas, en nuestras relaciones, en nuestro trabajo, equivaldría a la felicidad, es la felicidad plena y auténtica. La esperanza es la felicidad y Jesús nos proporciona la esperanza de algo muchísimo mejor que los años que podemos vivir en este mundo. Imaginaros a alguien en una situación límite estando a punto de morir por la picadura letal de una serpiente. ¿Cuál sería su mayor felicidad en esa circunstancia? Evidentemente el antídoto. Para la humanidad sin distinción alguna y en definitiva, la felicidad es conocer a Jesús, el antídoto del veneno mortal que llevamos en nuestras venas y que es el pecado.

La felicidad es una promesa de Dios de una realidad efectiva provocada por el deseo de agradarle.

Fotografía: David Niblack

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