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Recién llegados no deseados
Wenceslao Calvo (16-12-2015)
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Recién llegados no deseados

Los movimientos migratorios causados por las guerras, el terrorismo o el hambre hacia los países desarrollados, se han convertido en uno de los grandes problemas de nuestro tiempo. Pero las avalanchas masivas producidas en los últimos meses a causa de la guerra en Siria y lugares colindantes, han hecho saltar todas las alarmas, debido a la desesperada situación humanitaria de los que llaman a la puerta y a las reticencias de las naciones escogidas como destino por estas personas. Las imágenes de países de tránsito levantando alambradas para impedirles el paso, de los responsables de la Unión Europea discutiendo qué medidas tomar para resolver el problema y de los propios afectados clamando para que se les abran las puertas, son expresión fehaciente de la gravedad de la situación.

Hasta tal punto el asunto se ha convertido en prioritario, que la candidatura de Turquía para ingresar en la Unión Europea, que estaba desde hace muchos años estancada por razones de peso, de pronto se ha convertido en una posibilidad más que probable, a cambio de que esa nación ayude a solventar el problema de los refugiados, asumiendo el enorme flujo que pasa por sus fronteras. Y así, lo que ayer era prácticamente imposible, que una nación mayoritariamente musulmana sea parte de la Unión, hoy es factible.

Europa ve como una amenaza, en términos generales, la llegada masiva de tanta gente, porque admitir tan gran número de personas supone un elevado coste económico, social y político. El estado del bienestar, summum bonum de los valores europeos, peligra, al tener que repartirse la tarta entre más comensales porque hay que rebajar necesariamente la porción que le toca a cada uno. Como el terrorismo es un factor que no es ajeno al desplazamiento de estas personas, los temores aumentan aún más, ya que conquistas logradas, como el espacio Schengen, pueden perderse. Y dado que la situación de la Unión Europea no estaba precisamente para tirar cohetes antes de estos acontecimientos, el problema agrava todavía más las cosas.

¿cómo es posible que a estos otros recién llegados al vientre materno sí se les pueda liquidar físicamente y legitimar esa acción mediante argumentos? ¿Por qué una cosa es detestable y la otra aceptable?

En resumen, para los gobiernos europeos los recién llegados son un quebradero de cabeza y una molestia difícilmente soportable, oscilando las reacciones ante su llegada entre la aprensión, el miedo y el rechazo. En el mejor de los casos, se trata de una contrariedad para la que hay buenas palabras, aunque los hechos son otro cantar. Y es que a todo lo que suponga un incordio para un determinado statu quo establecido, no se le da una feliz bienvenida.

Pero estos recién llegados, que resultan tan incómodos, me recuerdan a otros recién llegados que también llaman a nuestra puerta y ante los cuales se han tomado todas las medidas necesarias para cerrarles el paso, en caso de que no se les quiera aceptar. Me refiero a los que están por nacer, pero ya están concebidos. Como hay 100.000 casos de ellos cada año cuya presencia es amenazante e insufrible, porque suponen una carga para 100.000 madres y padres que no quieren tenerlos, se ha legislado que lo mejor es eliminarlos, sin más. Y al habérseles negado todo derecho, frente al derecho absoluto de sus progenitores, su aniquilación no supone escándalo alguno.

Se ha criticado mucho durante estos meses a determinados países del este de Europa por su actitud de rechazo total a los emigrantes recién llegados. Se critica duramente también a los partidos políticos que promueven esa actitud en sus programas, tachándolos de xenófobos, fascistas, etc. Pero entonces ¿cómo es posible que a estos otros recién llegados al vientre materno sí se les pueda liquidar físicamente y legitimar esa acción mediante argumentos? ¿Por qué una cosa es detestable y la otra aceptable? Por la misma lógica se podía dar libertad al país que no quiera refugiados a que emplace en su frontera unos cuantos puestos de ametralladoras para, según se acercan los indeseables, acabar con ellos. O también se puede considerar perfectamente ético que un parlamento nacional les retire todo derecho, incluido el de la vida, a los recién llegados, si los naturales del país estiman que sus propios derechos o simplemente su comodidad están en peligro.

Si para los recién llegados que vienen de Siria se intentan buscar soluciones humanitarias ¿por qué no se buscan soluciones para los otros recién llegados? ¿Es la única medida eliminarlos? ¿No hay otra? ¿Dónde está la humanidad hacia ellos? La diferencia es que los recién llegados que se ven tienen al menos, en ocasiones, la ventaja de la denuncia, de la cámara filmando su sufrimiento; pero los recién llegados que no se ven sufren y mueren sin que haya ninguna cámara que muestre su dolor. De este modo la conciencia no acusa, porque ya lo dice el refrán: Ojos que no ven, corazón que no siente.

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