en la web en la Biblia
 
           
Destructores de legados
Wenceslao Calvo (06-07-2015)
Guardar como Pdf Guardar como Pdf
Imprimir Imprimir
Enviar este enlace por e-mail a un amigo Enviar este enlace por e-mail a un amigo
Ver más Artículos de opinión Ver más Artículos de opinión
 

Destructores de legados

La destrucción de diversos restos de antiguas civilizaciones por parte de los yihadistas en Oriente Medio ha hecho saltar las alarmas, no sólo en los medios estrictamente culturales, como la UNESCO u organizaciones afines, sino también en ámbitos más generales, al constatarse la pérdida irreparable de legados históricos de valor incalculable. La investigación y el estudio que tales lugares y vestigios proporcionaban para el conocimiento de las culturas que en ellos se desarrollaron, ya no podrá continuarse, al haber desaparecido el material tangible que lo sustentaba. Para etiquetar la gravedad de lo ocurrido, la UNESCO lo ha calificado de crimen de guerra.

Lo que había resistido durante milenios, aguantando todas las contingencias que provoca el paso del tiempo y la acción del hombre, ha terminado por sucumbir ante la deliberada ola de destrucción llevada a cabo por estos iconoclastas actuales. Lo que está por verse es si el famoso enclave arqueológico de Palmira, ahora bajo su dominio, será borrado de la faz de la tierra o permanecerá intacto.

Pero para ser justos, es preciso reconocer que ellos no son los primeros ni serán los últimos en realizar este tipo de actos fanáticos. Los cruzados, en su camino a Tierra Santa en el siglo XIII, expoliaron Constantinopla, perdiéndose para siempre todo un depósito cultural e histórico que el imperio bizantino había custodiado durante siglos. También en plena efervescencia Reforma-Contrarreforma no faltaron episodios, protagonizados por algunos protestantes, en los que iglesias católicas fueron saqueadas, siendo destruidas sus imágenes y utensilios de culto.

se va a echar abajo todo un legado que aborrecían, porque tenía un sello inequívocamente divino

Pero la destrucción de legados no sólo se limita a los que son tangibles, de piedra o metal, sino también a los que son intangibles, pero tan reales o más que la piedra y el metal. Y la responsabilidad por esta clase de destrucción no se limita a personas de índole religiosa, sino que puede estar fomentada por quienes son enemigos de la fe.

Y así es el caso que mientras en Oriente Medio se lleva a cabo una destrucción de un legado tangible por adeptos de una religión, en Occidente se lleva a cabo otra destrucción de otro legado por personas secularistas. Este legado al que me refiero tiene que ver con la eliminación de la noción de matrimonio y familia. Se trata de una tarea de demolición sistemática de la piedra angular que sostiene cualquier sociedad. Aquí no estamos ante algo que tiene una vigencia en el tiempo de dos o tres mil años, sino de algo que arranca desde el mismo principio de la humanidad y por medio del cual la humanidad ha llegado hasta hoy.

En este trabajo de demolición hay los que han cogido la piqueta y el martillo para aplicarse celosa y activamente en su furibunda obra de desmantelamiento; también hay los que cooperan en esa tarea justificando intelectualmente a aquéllos y exponiendo con razones la conveniencia de hacer la destructiva obra. Están igualmente los que aplauden y jalean a unos y otros, contentos de ver que, por fin, se va a echar abajo todo un legado que aborrecían, porque tenía un sello inequívocamente divino. Asimismo es factible encontrar a los que han cambiado de bando, al ver la aprobación mayoritaria que reporta unirse a la corriente aniquiladora. Y finalmente, están los que miran pasivamente cómo ante sus ojos se produce esta barbarie, pero no mueven ni un dedo para impedirlo o denunciarlo.

A semejanza de la destrucción que la ceguera religiosa produce, la ceguera secular sustrae a las nuevas generaciones el valor insustituible de un legado vital y precioso. Pero la diferencia está en que mientras es posible sobrevivir a la liquidación de yacimientos arqueológicos, la destrucción del matrimonio y la familia lleva aparejada la propia autodestrucción de la sociedad que la promueve. Es decir, se trata de una descomunal tarea de suicidio colectivo. Aunque no sólo hay una autodestrucción inmanente asegurada, porque también el Autor de la idea que está siendo derruida no va permanecer de brazos cruzados ante este atentado contra su obra, lo cual es normal en cualquier autor que tenga celo por su trabajo.

El problema es que hemos sido atrapados en nuestra propia sabiduría, que consiste en combatir todo dogmatismo y absolutismo, divinizando al relativismo. Y de este modo no podemos ahora condenar la destrucción de un legado tangible si nosotros participamos en la destrucción de otro intangible. Porque los yihadistas también tienen sus razones para hacer lo que hacen, aunque sus argumentos sean aborrecibles para nosotros. Pero como lo aborrecible también es relativo, no es posible aplicarles a ellos lo que no queremos aplicarnos a nosotros, pues para ser fieles al principio del relativismo, hemos de ser coherentes y asumir que unos pueden destruir unas cosas lo mismo que otros pueden destruir otras, sean unos restos arqueológicos o sea la noción de matrimonio y familia. Triste carrera ésta, por ver quién aventaja a quién destruyendo: Los unos piedras milenarias materiales, los otros piedras angulares inmateriales. Si de barbarie se trata, la competencia entre ambos bandos es feroz, aunque yo tengo claro quién sale más culpable en este frenesí de destrucción.

Fotografía: Przemek Jahr

© No se permite la reproducción o copia de este material sin la autorización expresa del autor. Es propiedad de Iglesia Evangélica Pueblo Nuevo
Iglesia Evangélica Pueblo Nuevo c/ Villacarlos, 14 28032 - Madrid
info@iglesiapueblonuevo.es - Horario de culto: Domingo 11 horas
Inscrita en el Ministerio de Justicia con el número 015638