en la web en la Biblia
 
           
Las reglas del juego
Wenceslao Calvo (17-11-2014)
Guardar como Pdf Guardar como Pdf
Imprimir Imprimir
Enviar este enlace por e-mail a un amigo Enviar este enlace por e-mail a un amigo
Ver más Artículos de opinión Ver más Artículos de opinión
 

Las reglas del juego

Cuando era niño jugaba, como los demás de mi edad, a una serie de entretenimientos asequibles y baratos, dadas las circunstancias en las que nos tocó vivir. Disponíamos de una gran variedad de posibilidades, pues ya se sabe que el ingenio se agudiza cuando hay escasez; y así jugábamos al gua, con aquellas bolitas que comenzaron siendo de barro cocido y luego fueron de cristal; a las chapas, en las que aprovechábamos los tapones de cervezas tirados por la calle, pegándoles la imagen de un ciclista, sujetándola con un cristalito que redondeábamos y pegándolo alrededor con una porción de jabón; a los indios, en las que figuritas de plástico de indios y vaqueros nos servían para tejer las más fabulosas aventuras que imaginarse puedan; al balón, donde con una simple pelota pasábamos horas y horas emulando el juego de nuestros futbolistas favoritos; o a la china, que era un fragmento redondeado por nosotros mismos de baldosas desechadas, con el que competíamos por ver quién tenía más puntería al arrojarlo y caer más cerca del contrario. Cuando llovía jugábamos a la lima, haciendo redondeles en el suelo y lanzando la lima para clavar su punta dentro de los círculos.

Pero en todas las clases de juego había un denominador común: Unas reglas que determinaban su funcionamiento y, por tanto, definían quién ganaba y quién perdía legalmente. Esas reglas eran el acuerdo tácito y la norma respetada por todos los que participábamos en el juego. Si alguien se las saltaba era un tramposo y ponía en peligro la continuidad del juego. En caso de que ganara su victoria no era reconocida, al haberse inventado unas reglas extrañas e interesadas.

La importancia de las reglas del juego no era algo válido solamente para mi época de la infancia sino para cualquier tiempo, no importa lo sofisticados o modernos que puedan ser los juegos. De hecho, el axioma definitivo podría ser el siguiente: Sin reglas no hay juego. O también este otro: Donde alguien trasgrede las reglas es imposible el juego.

Pero este principio es aplicable a todas las esferas de la vida, especialmente a las que tienen que ver con la convivencia, dado que las reglas son el precepto regulador superior que arbitra y establece, por encima del capricho de cada cual, el proceso a seguir. Cualquier entidad o asociación, sea de carácter civil o religioso, político o militar, deportivo o industrial, necesita reglas para su funcionamiento. La misma sociedad en su expresión más básica, el matrimonio, precisa de unas reglas para mantener el equilibrio; si esto es así en la expresión más básica, es obvio que también ha de serlo en la manifestación más extensa, que es la sociedad que se constituye en un conjunto organizado de personas. La ruptura de las reglas pone en peligro la armonía y desestabiliza la convivencia.

En España tenemos un grave problema de convivencia, que ha venido siéndolo desde siglos atrás. La Constitución de 1978 era una fórmula para intentar que dicha convivencia no fuera convulsa y tormentosa, sino lo más pacífica y armoniosa posible. Los hombres y mujeres que la elaboraron sacrificaron algunos de sus más preciados ideales particulares para alcanzar un acuerdo donde cupiera una amplia mayoría. Esa Constitución era la regla del juego. Salvo los intentos violentos, pero minoritarios, del terrorismo etarra por dinamitarla, hubo un respeto hacia ella, lo que permitió que pudiéramos coexistir. Y así fue, para asombro del mundo y de nosotros mismos, durante algunas décadas.

Pero otra generación se ha levantado, habiendo una parte de ella que quiere imponer otras reglas del juego distintas a las que hay. No hay consenso sobre las mismas, como lo hubo sobre las actualmente vigentes, por lo que debido a la insistencia en esa modificación e imposición, el juego, esto es, la convivencia, se torna imposible. Si aplicáramos la terminología de la infancia diríamos que el que se salta las reglas y quiere imponer otras es un tramposo y hay que dar el juego por terminado. Claro que aquí no estamos ante una inocente e intrascendente partida de canicas, sino ante el presente y futuro de millones de personas.

Si volvemos por nuestros fueros, los que nos llevaron al abismo en el pasado, no es imposible que ese pasado se repita, por romper unas reglas del juego, la Constitución de 1978, cuya utilidad ha quedado demostrada, al haber proporcionado el periodo más prolongado de convivencia en libertad de toda la historia de España. Pero la memoria humana es volátil y nos cuesta aprender, si no es a fuerza de fracasos y ni siquiera de ese modo.

Pero al recapacitar sobre todo esto no es posible dejar de comparar que algunos se salten ahora las reglas del juego menor con el hecho de que otros ya se saltaron hace unos años las del juego mayor y a tantos no pareció importarle demasiado. Quiero decir que si se hizo trampa sobre las reglas que definen una realidad universal e intemporal como es el matrimonio, no debe extrañarnos que se haga trampa también ahora sobre las reglas que definen una realidad local y temporal como es España.

© No se permite la reproducción o copia de este material sin la autorización expresa del autor. Es propiedad de Iglesia Evangélica Pueblo Nuevo
Iglesia Evangélica Pueblo Nuevo c/ Villacarlos, 14 28032 - Madrid
info@iglesiapueblonuevo.es - Horario de culto: Domingo 11 horas
Inscrita en el Ministerio de Justicia con el número 015638