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Carne de cañón
Wenceslao Calvo (05-03-2002)
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Carne de cañón

Salmo 49:13,14

Veinte años. Toda una vida por delante. Estaba parado en la puerta de un centro comercial de mi ciudad. Durante unos minutos le hicimos la encuesta y al final le expuse el evangelio. Sus respuestas a las preguntas eran o teóricamente correctas o típicas de la salvación por obras. Al finalizar la encuesta le expuse el evangelio y le insté a buscar a Dios. Sin embargo, su reacción también fue típica: demasiado ocupado para pensar en esas cosas. Me llamó la atención su nombre: se llamaba Saúl y me dijo que era el nombre del primer rey de Israel. Le dejé un evangelio y me despedí de él. Regresamos a la iglesia para encontrarnos con los otros equipos de evangelismo que habían salido por el barrio. Compartimos nuestras experiencias y yo hablé de mi encuentro con Saúl y de su respuesta de indiferencia. Oramos por él. Al volver a casa supe que Saúl había sido por varios años compañero de clase de algunas de mis hijas.

Una semana más tarde leí la trágica noticia. Saúl había perdido la vida en un accidente de coche en la madrugada del sábado al domingo. Iba al volante y embistió contra una valla de protección cayendo a la calzada del nivel inferior. Murió en el acto. Él pensaba que tenía toda una vida y no sabía que le quedaban pocos días de existencia. Me quedé parado, impactado; aunque la lista de muertes de jóvenes cada fin de semana es un goteo incesante, esta muerte tenía algo de particular, supongo que por el hecho de haber hablado con él sólo unos días antes del asunto más trascendental que existe. Pero sí, no era un sueño, no era una pesadilla, no había vuelta de hoja. Es más, no había a quien reclamar ni a quien pedir cuentas. La muerte, una vez más, se había mostrado como es en realidad: terrible e implacable.

Hoy veo las noticias y me entero de que dos jóvenes han muerto como consecuencia de los excesos y el desorden en una macro-fiesta. ¡Cómo os han engañado! ¡Cómo os habéis engañado! ¿Dónde están vuestros colegas con los cuales os sentíais invulnerables? Que se presenten ahora y respondan de esta tragedia. Se han quedado sin respuesta: Mudos, lívidos, desencajados. ¿En qué han venido a parar las ansias de placer, los sueños de alcohol, sexo y pastillas? La muerte esperaba agazapada a estos incautos, saliéndoles al encuentro disfrazada de jolgorio; los adormeció, los entonteció... en un instante se quitó su máscara y mostró su gélido rostro, clavándoles su puñal inmisericorde y llevándoselos para siempre.

La muerte, una vez más, se había mostrado como es en realidad: terrible e implacable

¡Qué obscenidad! ¡Qué aberración! ¡Qué sinrazón! Atreverse con estos privilegiados de la abundancia, del consumo, del derecho y de la diversión. Pase que se encare con los viejos, con los decrépitos, con los enfermos, con los desahuciados y marginados... pero ¿con estos otros, llenos de vida y rebosantes de sí mismos, favoritos de El Corte Inglés, mimados de la publicidad y halagados por la TV? ¿Osar penetrar en ese reducto en el que reina la fantasía, la imaginación, los sueños y, de un golpe, hacerlo todo añicos y convertirlo en un antro de horror? ¿Quebrar la trayectoria de los que se comían el mundo, de los que estaban sobre el pedestal?

Dicen que ya no somos los bárbaros de antaño; hemos avanzado, hemos progresado, hemos erradicado la tortura, hemos abolido la pena de muerte, hemos humanizado la sociedad y vamos de peor a mejor. Pero parece que alguien no se da por aludido de estas mejoras, parece que alguien no ha suavizado sus procedimientos, parece que alguien sigue empeñada en destrozar nuestras mejores aspiraciones, parece que alguien no se entera de nada. Hemos logrado domesticar al salvaje que llevamos dentro, hemos conseguido clonar embriones para mejorar la especie. Pero parece que hay alguien que está de espaldas a toda esta realidad. No atiende a razones, ni se le puede llevar ante tribunales, no entiende de piedad, ni edad, ni condición. No ha cambiado su esencia, ni métodos, ni voracidad. Es el mismo rostro, la misma guadaña y el mismo rictus de siempre. Todos nuestros logros se estrellan en su presencia; es el muro infranqueable, el jinete de Brueghel el Viejo. La civilización occidental ahora quiere domeñarla, dulcificarla, hacerla entrar por el aro por el que hasta los más obstinados han entrado y se habla, se exige, se legisla para tener una muerte digna; de esta manera, piensan, hemos humanizado hasta la misma muerte. Este sería nuestro "triunfo" sobre este personaje siniestro: Quitarle la posibilidad de que nos tienda una emboscada, de que nos sorprenda con su horror; en lugar de eso, nosotros le dictaremos el cómo y el cuándo. El hecho no podemos eludirlo; despojémosla, al menos, de las terribles componentes que la acompañan.

Pero los datos son obstinados: riadas y riadas de jóvenes occidentales pastoreados por la muerte -accidentes, drogas, alcohol, peleas y desenfreno- pasando a la eternidad con ese pastor cruel. Sin Cristo.

Éste sí es el pastor, el buen pastor, el pastor que guía a buenos pastos, el pastor que cuando pasamos por valle de sombra de muerte está con nosotros, el pastor que nos lleva por sendas de justicia y de paz, el pastor que da su vida por las ovejas, el pastor que las defiende del lobo, el pastor que conoce a sus ovejas, el gran pastor al que Dios resucitó de los muertos. El único por medio del cual podemos alcanzar el verdadero triunfo sobre la muerte. ¿Con qué pastor vas a cruzar el umbral? Ven a Cristo y deja que él te pastoree para siempre.

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