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Cuando el jefe tiene que dimitir
Wenceslao Calvo (06-03-2013)

Cuando el jefe tiene que dimitir

La reciente dimisión de Benedicto XVI ha pillado con el paso cambiado a muchos si no a todos, tanto dentro como fuera de la Iglesia católica. El rostro del cardenal, enfocado en un ángulo de la imagen por las cámaras mientras Ratzinger leía su alocución anunciando su decisión, no dejaba lugar a dudas. Además de entender el mensaje en latín se daba cuenta de la envergadura de lo que estaba pasando, de ahí su expresión de asombro y perplejidad. No era para menos, dado que una cosa así no sucedía desde que Gregorio XII se viera obligado a hacerlo el 4 de julio de 1415 para encontrar una solución al atolladero en que se había convertido el Cisma de Occidente, cuando tres papas a la vez reclamaban su legitimidad para serlo.

Mucho antes que él Celestino V también dimitió el 13 de diciembre de 1294. Aunque el caso de Pietro Da Morrone (nombre de pila de Celestino V) era bien distinto, ya que su dimisión fue por causa de su incapacidad para manejar los complicados asuntos políticos y administrativos de una Iglesia que era más que una Iglesia, al haberse convertido en un gran poder mundano y terren-al, no muy distinto a los demás. Ante lo insólito de su decisión, que no tenía precedente, y las dudas sobre si una dimisión de un papa era posible, pues según se decía "la unión del papa con la iglesia de Roma es un matrimonio indisoluble, que no conoce divorcio", Celestino V emitió una bula que declaraba que el papa puede renunciar a su cargo. Pero entre sus contemporáneos no todos lo entendieron así, de ahí que Dante consignara a Celestino V al infierno en La Divina Comedia, aunque sin citarlo por nombre, si bien aludiendo a él y su acción claramente en estos términos: "Luego de haber mirado fijamente reconocí a algunos y vi la sombra de aquel que hizo la gran renuncia por cobardía."1

Que el antecesor de Benedicto XVI, Juan Pablo II, estuviera al pie del cañón hasta el final, incluso cuando ese final ya era patético por su evidente deterioro físico y más que físico, es demostración de que a todos los efectos la dimisión de un papa solo puede ser contemplada como la evidencia de un fracaso o como el intento de conjurar un grave peligro. La cuestión es dilucidar si el fracaso es propio o ajeno y si el peligro viene de dentro o de fuera de la institución eclesiástica de la que el papa es jefe.

Es evidente que nadie puede exigir a nadie lo que no puede dar y en ese sentido no se debe ser demasiado duro con Joseph Ratzinger por el abandono de lo que, en un momento dado, aceptó. No toda constitución humana está preparada para poder resistir los embates que hay que librar en las altas esferas, especialmente cuando esa constitución tiene una aguda sensibilidad y las facultades que la adornan no están entre aquellas que la harían apta para resistir hasta el final. Una cosa es la férrea voluntad de un Karol Wojtyła y otra la delicada inteligencia de un Joseph Ratzinger. Celestino V era un monje benedictino al que sacaron de su ascético retiro para convertirlo en jefe de una intrincada maquinaria que terminó triturándolo. Algo parecido a lo que le ha sucedido al teólogo Ratzinger, idóneo para moverse en el mundo académico de las ideas, pero limitado para manejar la política eclesiástica.

Es evidente que no son las amenazas externas las que han podido con Benedicto XVI sino las internas, lo cual muestra que un mal muy grave está alojado en el seno de la Iglesia católica y por eso su renuncia es la constatación de un fracaso, aunque no suyo sino de esa Iglesia. Si este hombre ha tenido que tomar una decisión de ese calibre, con las preguntas que plantea (¿se equivocó el Espíritu Santo en su elección?), las sospechas que infunde (¿qué turbios manejos hay en el Vaticano?) y el dilema que comporta (¿hay que tapar la basura o sacarla a la luz?), ello demuestra la seriedad de lo que está pasando. Un hombre superado por la propia institución a la que sirve y al que no le ha quedado más remedio que sacrificarse para intentar salvarla.

Pontifex Maximuses el título que ostentan los obispos de Roma. Es decir, Sumo Pontífice o Sumo Sacerdote, entre Dios y los demás. El problema es que al ostentar ese título se vuelve otra vez a los viejos e inservibles fundamentos que quedaron patentes en el orden sacerdotal del Antiguo Testamento, donde el sumo sacerdote "está rodeado de debilidad."2 Porque a fin de cuentas se trataba de un sacerdocio frágil, pecador y mortal, esto es, tan necesitado como aquellos a quienes representaba.

Era preciso otro tipo de sacerdocio y de sacerdote. Un Pontifex Maximusfuerte, inmutable, santo, que no tenga antecesor ni sucesor, porque vive para siempre. Un Pontifex Maximuscuyo sacrificio no consiste en una renuncia in extremis, sino en la ofrenda de una vida perfecta, agradable a Dios, en expiación por los pecados de muchos. Ese Pontifex Maximuses Jesucristo, quien tiene un sacerdocio intransferible3 . Con él no hay que temer incapacidad ni necesidad.

1 Divina Comedia, Infierno, Canto III
2 Hebreos 5:2
3 Hebreos 7:23

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