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Aborto: La vuelta al pasado
Wenceslao Calvo (25-07-2012)
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Aborto: La vuelta al pasado

El reciente anuncio por parte del ministro de Justicia español de eliminar la posibilidad de abortar en caso de malformación del feto, ha provocado que los partidarios del aborto le hayan acusado de volver a tiempos pretéritos, esto es, a los tiempos del franquismo, o lo que es igual, a lo peor que alguien pueda imaginar. Cuando para defender o atacar una postura hay que recurrir a lo desmesurado del lenguaje es porque hay una debilidad en esa defensa o en ese ataque, que al estar carente de consistencia tiene que justificar su falta de argumentos con la utilización de ciertos estereotipos interesadamente utilizados. Tal es lo que ocurre con la alusión al pasado y al franquismo en este caso.

La apelación al pasado como si ese término fuera algo en sí denigratorio y condenable no se sostiene, ya que en el pasado se encuentran las claves y referencias por las que nos movemos en el presente, mirando al futuro. Por ejemplo, el paganismo, con toda su pretensión de mirada prospectiva y progresista, a finales de la Edad Media echó la vista atrás y retrocedió siglos y siglos para encontrar el dechado al que poder parecerse. De ese modo, aquel movimiento que luego fue llamado Renacimiento, que buscaba salirse del molde impuesto por el clericalismo dominante, no tuvo ningún problema en echar mano de la era dorada de los clásicos griegos y romanos para encontrar en ella su fuente de inspiración. ¿Era condenable el Renacimiento por el solo hecho de retroceder en el pasado? Lo que hubiera de objetable habría que buscarlo en sus argumentos filosóficos e ideológicos, pero no a priori en su vuelta al pasado. Hacer esto lo único que hubiera demostrado es la pobreza intelectual de sus adversarios.

Del mismo modo, el cristianismo de todos los tiempos ha considerado la edad apostólica como un referente a tener en cuenta y un espejo en el cual mirarse. Todos los movimientos de renovación y restauración a lo largo de la historia han pretendido recuperar el espíritu de aquellos tiempos como el ideal a ser alcanzado. ¿Significa eso que tales movimientos son reprobables por el solo hecho de mirar atrás?

Pero el sofisma de condenar lo pasado solamente por ser pasado esconde otro no menos peligroso, que es enaltecer el presente porque se da por sentado que lo actual es mejor que lo anterior. Ahora bien, si se me diera a elegir entre las guerras del pasado, con espadas y flechas, y las guerras actuales, con armas de destrucción masiva, me quedo con el mal menor, es decir, con las espadas y flechas. Y si se me diera a elegir ecológicamente entre el mundo actual, que es un vertedero de basura a causa de la contaminación de agua, tierra y mar, y el mundo del pasado, donde había equilibrio y limpieza, me quedo con el segundo. Es decir, el presente no es garantía en sí mismo de lo excelente y óptimo, de la misma manera que el pasado no es sinónimo en sí mismo de atraso y vuelta a las cavernas.

Hay que juzgar el presente y el pasado por sus hechos, no por prejuicios interesados, parciales e ignorantes. Al hacerlo así, descubriremos que en el pasado hay cosas vergonzosas y otras que son muy valiosas, así como en el presente hay algunas abominables y otras admirables.

El ministro de Justicia considera que la malformación del feto no es causa suficiente para abortar. Pretender echar por tierra esa consideración con el solo argumento de que es franquista solo demuestra una cosa: el reducido campo intelectual que tienen quienes lo emplean.

Son estimaciones de orden moral las que deben pesar en este asunto; asunto en el que la crucial cuestión del aborto se intensifica todavía más, dadas las especiales condiciones del feto. Hay, por lo menos, tras grandes estimaciones a tener en cuenta. La primera es el derecho a la vida que todo no nacido tiene, incluido el que tiene malformaciones congénitas. Si negamos este derecho nos estaremos aproximando al razonamiento que se empleó en el pasado para gasear a personas que no cumplían unos requisitos mínimos de humanidad, según sus verdugos. La segunda es que le existencia de alguien que arrastra taras físicas o psicológicas no es el ideal de la existencia, por el sufrimiento y las limitaciones que eso conlleva. Pero la dignidad de la existencia humana no se mide por el grado de bienestar o malestar que se pueda tener, sino por la misma naturaleza de tal condición humana, de modo que alguien con síndrome de Down, por ejemplo, tiene la misma dignidad humana que alguien que no lo tiene. La tercera es que como el proceso desde la concepción hasta el nacimiento no es neutro, sino que hay una segunda persona directamente involucrada, que es la madre, se precisa que ésta dé su consentimiento interior y personal para que el no nacido que sufre de tales deformaciones pueda nacer, ya que ella tendrá que hacerse cargo de la responsabilidad de cuidarlo, amarlo y criarlo una vez que lo dé a luz. Eso requiere apoyo, aliento y compromiso por parte del marido y orientación y ayuda práctica de las autoridades que trabajan en el campo social y de la sanidad, así como empatía por parte de la sociedad. Y en el caso de seguir siendo renuente a seguir adelante con el embarazo porque no se siente con fuerzas, ofrecerle la alternativa de cuando nazca darlo en adopción.

Esto es lo que está en juego en la propuesta del ministro. Los que hablan de pasado y de franquismo usan esas palabras únicamente para manipular malévolamente la delicada cuestión del feto con malformaciones.

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